Me avisaron que llevara para cenar en el estadio, pero ya estaba fuera de casa y no me daba tiempo a nada, así que me fui a un 7&Eleven a reencontrarme con una parte fugaz de mi biografía. Compré una botella de agua, unos sanguchitos de pan de miga tan, para mí, rioplatenses y unos crackers de arroz, claro. A mí los sanguchitos de pan de miga japoneses que más me gustan son los de huevo, ensalada de huevo o de atún con mayonesa. En Montevideo o en Buenos Aires la oferta de sanguchitos es infinitamente más variada; pero igual, son el almuerzo barato y a lo rápido de las dos orillas de dos océanos tan lejanas entre sí. Tengo que decir que la versión más japonesa de sanguchito es la de arroz con un relleno, por ejemplo de copos de salmón, y alga marina que lo envuelve. Me parece también sabrosa.
Vino toda la familia a buscarme e ir todos juntos al estad
io. Primero fui cuidadosamente presentado: aunque, a la vez que ceremonial, fue una presentación distendida. En el aparcamiento esperaban los abuelos, con algo más de formalidad, pero muchas risas y alegría de por medio. Me gustó que las niñas ni nadie tuvo que cambiar su lugar en el auto para darme alguna preferencia: lo comprendí como mi relativa incorporación al cotidiano de ese momento y me agradó mucho.
Ante el estadio habían levantado casetas para vender comidas y chucherías, Había ambiente de fiesta. El Fukushima juega en la tercera división y sus seguidores e hinchas son aguerridos en sus soflamas. Ya en una esquina se veía como las peñas agitaban las enormes banderas, a falta todavía de media hora para que empezara el partido. Entramos, tomamos nuestros asientos: yo pude sentarme junto a elles que son socios. Poquito a poco iba calentándose el ambiente y mi anfitriona iba describiéndome lo que iba ocurriendo. Por ejemplo, al principio del partido, cuando los dos equipos y los colegiados formaron en el centro de la cancha, el capitán de cada equipo leyó un breve discurso contra la discriminación.
Hago un excursus para contar que el café, donde escribo sentado a la japonesa, se fue llenando fundamentalmente de mujeres: somos solo dos varones. Un café en mitad del campo con vistas al pueblo al que pertenece, entre arrozales y alguna pequeña industria o taller. La carta está en japonés, claro, y mi traductor del móvil me salva la vida junto a esas palabras internacionales como café, así como gestos con pies y manos y las fotos de la carta. Sobre todo, la actitud cooperativa de estas mujeres que regentan el café. La llamada amabilidad, que yo nombro cooperación, de todas las personas que yo me voy encontrando, sea en Tokio o en la Roma de Sancho Panza, llega a conmoverme. La anécdota del taxista universal de Narita es, eso, una anécdota, después de un mes de andar por estos pagos. Cooperación y ganas de conversar: encuentro que mucha gente es más parlera de lo que su reserva y ceremonia pareciera indicar.
Comenzó el partido y la hinchada visitante hizo sonar su charanga, a la que solo le faltó interpretar el Paquito, El Chocolatero, desde el fondo sur; al final de la tribuna, la única, bramaban las peñas locales. Metió el visitante el primer gol y los locales siguieron apoyando hasta que entró el suyo y empató el partido. Fuimos al descanso con la igualada y llegó el momento de la cena. Todo el mundo sacó sus avíos, lo que significa los palillos y las viandas. El partido quedó luego definitivamente escorado a los visitantes. Antes de disolverse la pachanga el colegiado pitó y las tres formaciones se dieron cita, de nuevo, en el centro del campo e hicieron una reverencia al público. Luego, los vencedores, salieron con una pancarta, de nuevo al centro, y vuelta con otra reverencia. Por fin, los locales, se vinieron a la tribuna y otra reverencia. Tomoko sacó de su bolso una suerte de bufanda en la que daba las gracias por su esfuerzo a su equipo del alma, que había perdido. La niña pequeña había pasado todo el partido leyendo su novela, porque el fútbol le interesa nada.
Salimos del estadio, atravesamos ese mismo parque del que os hablé, con osos peligrosos, serpientes re venenosas y las chicharras más gigantescas que puedan existir: kumazemi, pero la gente parece que dice semi, 蝉. Ya en Fukushima City no quedaba ni rastro de la parada militar del mediodía, que conmemoraba la defensa de la ciudad.
El sabor del café cultivado en Okinawa, que había disfrutado en horas del mediodía, volvía a mi boca por el recuerdo, y con él la canción de The Boom, en un lugar inesperado e increíble, arriba de una escalera, en el primer piso: Blue&Beans, en la Paseo Street. Sí, la presencia del castellano en Fukushima se puede encontrar hasta en el estadio, aunque sea escueta.
Me avisaron que llevara para cenar en el estadio, pero ya estaba fuera de casa y no me daba tiempo a nada, así que me fui a un 7&Eleven a reencontrarme con una parte fugaz de mi biografía. Compré una botella de agua, unos sanguchitos de pan de miga tan, para mí, rioplatenses y unos crackers de arroz, claro. A mí los sanguchitos de pan de miga japoneses que más me gustan son los de huevo, ensalada de huevo o de atún con mayonesa. En Montevideo o en Buenos Aires la oferta de sanguchitos es infinitamente más variada; pero igual, son el almuerzo barato y a lo rápido de las dos orillas de dos océanos tan lejanas entre sí. Tengo que decir que la versión más japonesa de sanguchito es la de arroz con un relleno, por ejemplo de copos de salmón, y alga marina que lo envuelve. Me parece también sabrosa.
Vino toda la familia a buscarme e ir todos juntos al estad
io. Primero fui cuidadosamente presentado: aunque, a la vez que ceremonial, fue una presentación distendida. En el aparcamiento esperaban los abuelos, con algo más de formalidad, pero muchas risas y alegría de por medio. Me gustó que las niñas ni nadie tuvo que cambiar su lugar en el auto para darme alguna preferencia: lo comprendí como mi relativa incorporación al cotidiano de ese momento y me agradó mucho.
Ante el estadio habían levantado casetas para vender comidas y chucherías, Había ambiente de fiesta. El Fukushima juega en la tercera división y sus seguidores e hinchas son aguerridos en sus soflamas. Ya en una esquina se veía como las peñas agitaban las enormes banderas, a falta todavía de media hora para que empezara el partido. Entramos, tomamos nuestros asientos: yo pude sentarme junto a elles que son socios. Poquito a poco iba calentándose el ambiente y mi anfitriona iba describiéndome lo que iba ocurriendo. Por ejemplo, al principio del partido, cuando los dos equipos y los colegiados formaron en el centro de la cancha, el capitán de cada equipo leyó un breve discurso contra la discriminación.
Hago un excursus para contar que el café, donde escribo sentado a la japonesa, se fue llenando fundamentalmente de mujeres: somos solo dos varones. Un café en mitad del campo con vistas al pueblo al que pertenece, entre arrozales y alguna pequeña industria o taller. La carta está en japonés, claro, y mi traductor del móvil me salva la vida junto a esas palabras internacionales como café, así como gestos con pies y manos y las fotos de la carta. Sobre todo, la actitud cooperativa de estas mujeres que regentan el café. La llamada amabilidad, que yo nombro cooperación, de todas las personas que yo me voy encontrando, sea en Tokio o en la Roma de Sancho Panza, llega a conmoverme. La anécdota del taxista universal de Narita es, eso, una anécdota, después de un mes de andar por estos pagos. Cooperación y ganas de conversar: encuentro que mucha gente es más parlera de lo que su reserva y ceremonia pareciera indicar.
Comenzó el partido y la hinchada visitante hizo sonar su charanga, a la que solo le faltó interpretar el Paquito, El Chocolatero, desde el fondo sur; al final de la tribuna, la única, bramaban las peñas locales. Metió el visitante el primer gol y los locales siguieron apoyando hasta que entró el suyo y empató el partido. Fuimos al descanso con la igualada y llegó el momento de la cena. Todo el mundo sacó sus avíos, lo que significa los palillos y las viandas. El partido quedó luego definitivamente escorado a los visitantes. Antes de disolverse la pachanga el colegiado pitó y las tres formaciones se dieron cita, de nuevo, en el centro del campo e hicieron una reverencia al público. Luego, los vencedores, salieron con una pancarta, de nuevo al centro, y vuelta con otra reverencia. Por fin, los locales, se vinieron a la tribuna y otra reverencia. Tomoko sacó de su bolso una suerte de bufanda en la que daba las gracias por su esfuerzo a su equipo del alma, que había perdido. La niña pequeña había pasado todo el partido leyendo su novela, porque el fútbol le interesa nada.
Salimos del estadio, atravesamos ese mismo parque del que os hablé, con osos peligrosos, serpientes re venenosas y las chicharras más gigantescas que puedan existir: kumazemi, pero la gente parece que dice semi, 蝉. Ya en Fukushima City no quedaba ni rastro de la parada militar del mediodía, que conmemoraba la defensa de la ciudad.
El sabor del café cultivado en Okinawa, que había disfrutado en horas del mediodía, volvía a mi boca por el recuerdo, y con él la canción de The Boom, en un lugar inesperado e increíble, arriba de una escalera, en el primer piso: Blue&Beans, en la Paseo Street. Sí, la presencia del castellano en Fukushima se puede encontrar hasta en el estadio, aunque sea escueta.
Comentarios