Uno no es moderno o antiguo por sí mismo, sino en relación a un contexto determinado. Ahora, Santo Tomás de Aquino nos parece un pensador tradicionalista vinculado al oficialismo eclesiástico. En el siglo XIII, en cambio, representaba la vanguardia teológica. De hecho, hoy sigue siendo un autor más avanzado de lo que podríamos sospechar. Para descubrirlo, contamos con la reciente publicación de Introducción a Tomás de Aquino (Rialp, 2026), del filósofo alemán Josep Pieper (1904-1997). El autor cumple a la perfección con el objetivo de este tipo de obras: despertarnos el deseo de saber más gracias a su prosa didáctica y su capacidad para sumergirnos en una de las grandes renovaciones intelectuales de la Edad Media.
Tomás pertenecía a los dominicos, una de las órdenes que apareció con el objetivo de renovar la Iglesia a partir de la vida de pobreza. Como acostumbra a suceder en estos casos, el nuevo movimiento encontró una oposición muy dura. El hecho de que obtuviera sus recursos de la mendicidad se veía como un peligro para la independencia espiritual de los religiosos. Se argumentaba que, en los Evangelios, Jesús y los apóstoles nunca se habían procurado su manutención económica de esa forma.
Los enemigos de las órdenes mendicantes también les reprochaban que actuasen como si ellos fueran los primeros en encarnar la perfección espiritual desde los tiempos de los apóstoles. Tomás de Aquino replicaba que eso no era cierto, pero que una nueva época reclamaba una nueva espiritualidad.
A los dominicos también se les culpó del menosprecio popular hacia los obispos porque estos no predicaban de la misma manera. El de Aquino reaccionó a esta crítica con especial contundencia: si alguien practicaba el bien de tal manera que los demás, por comparación, quedaban mal parados, el problema lo ponían estos últimos. Era a ellos a los que había que enfrentarse. Como señala Pieper, sus palabras fueron “inusitadamente fuertes”.
El denominado “buey mudo” también ganó enemigos por su intento de conciliar a Jesucristo con Aristóteles, una tarea colosal que Pieper describe con una imagen poderosa: el arco de Ulises, un instrumento que solo se podía tensar con una fuerza inaudita por la dificultad en aproximar sus extremos. En realidad, las ideas de nuestro protagonista no son tan aristotélicas como se acostumbra a imaginar. Solo tenemos que recordar que, en muchas ocasiones, en lugar de defender este tipo de posiciones, prefiere decantarse por las de Platón. Desde su óptica, lo importante no es el pensamiento de un autor determinado sino aproximarse en lo posible a la verdad. De ahí que se opusiera a los que tomaban al filósofo griego acríticamente, como si nunca hubiera escrito nada problemático para un cristiano. Siempre que se trate de un conocimiento humano, es decir, de algo que no pertenezca a la Revelación, el argumento de autoridad le parece débil.
Otros fueron partidarios de censurar a Aristóteles en lo que no fuera compatible con la fe. Él, por el contrario, se preocupó de averiguar con exactitud cuál había sido su pensamiento. Ese era un paso imprescindible cuando se abordaban las ideas de cualquier autor. Tomás de Aquino resumía con tanta pulcritud el pensamiento ajeno que, en muchas ocasiones, se le han atribuido posiciones que no eran suyas. ¡Presentaba las de los demás hasta con mayor poder de persuasión! En un mundo como el nuestro, marcado por la polarización, ese es un camino a seguir: no caricaturizar al contrario sino hacer un retrato fiel de sus convicciones y elegir, entre dos o más interpretaciones posibles, la que le resulte más favorable. No en vano, las disputas intelectuales de la Edad Media tenían su parte de controversia pero también de diálogo. ¿No es eso lo que a nosotros nos falta?
No obstante, sería un error creer que nos encontramos ante una figura demasiado moderada y blanda. El denominado “doctor angélico” también podía ser un polemista temible. Como cuando, en cierta ocasión, se burla de cierto o argumento por ser “más digno de risa que de respuesta”. En otro momento, reta a sus posibles oponentes a que intenten refutarle si es que se atreven. Tal vez este tipo de afirmaciones pueda resultar demasiado agresiva para nuestros oídos, pero de tanto en tanto también hay que ser enérgico al defender las convicciones propias y decir lo que la gente no quiere oír.
Un último apunte: Tomás de Aquino no solo fue un erudito fuera de la común. También posee una dimensión mística. Se cuenta que, poco antes de morir, abandonó la tarea intelectual y dijo que todo le parecía “paja” en comparación con la que había tenido ocasión de contemplar. Su idea de Dios era compleja y humilde. No lo presenta como una evidencia. Repetía que sabemos lo que no es, no lo que es. Eso, sin embargo, no implicaba que no lo pudiéramos conocer. Su cognoscibilidad resultaba inagotable. De un modo peculiar, eso sí: “Éste es el mayor conocimiento humano de Dios: saber que no sabemos a Dios”.
Uno no es moderno o antiguo por sí mismo, sino en relación a un contexto determinado. Ahora, Santo Tomás de Aquino nos parece un pensador tradicionalista vinculado al oficialismo eclesiástico. En el siglo XIII, en cambio, representaba la vanguardia teológica. De hecho, hoy sigue siendo un autor más avanzado de lo que podríamos sospechar. Para descubrirlo, contamos con la reciente publicación de Introducción a Tomás de Aquino (Rialp, 2026), del filósofo alemán Josep Pieper (1904-1997). El autor cumple a la perfección con el objetivo de este tipo de obras: despertarnos el deseo de saber más gracias a su prosa didáctica y su capacidad para sumergirnos en una de las grandes renovaciones intelectuales de la Edad Media.
Tomás pertenecía a los dominicos, una de las órdenes que apareció con el objetivo de renovar la Iglesia a partir de la vida de pobreza. Como acostumbra a suceder en estos casos, el nuevo movimiento encontró una oposición muy dura. El hecho de que obtuviera sus recursos de la mendicidad se veía como un peligro para la independencia espiritual de los religiosos. Se argumentaba que, en los Evangelios, Jesús y los apóstoles nunca se habían procurado su manutención económica de esa forma.
Los enemigos de las órdenes mendicantes también les reprochaban que actuasen como si ellos fueran los primeros en encarnar la perfección espiritual desde los tiempos de los apóstoles. Tomás de Aquino replicaba que eso no era cierto, pero que una nueva época reclamaba una nueva espiritualidad.
A los dominicos también se les culpó del menosprecio popular hacia los obispos porque estos no predicaban de la misma manera. El de Aquino reaccionó a esta crítica con especial contundencia: si alguien practicaba el bien de tal manera que los demás, por comparación, quedaban mal parados, el problema lo ponían estos últimos. Era a ellos a los que había que enfrentarse. Como señala Pieper, sus palabras fueron “inusitadamente fuertes”.
El denominado “buey mudo” también ganó enemigos por su intento de conciliar a Jesucristo con Aristóteles, una tarea colosal que Pieper describe con una imagen poderosa: el arco de Ulises, un instrumento que solo se podía tensar con una fuerza inaudita por la dificultad en aproximar sus extremos. En realidad, las ideas de nuestro protagonista no son tan aristotélicas como se acostumbra a imaginar. Solo tenemos que recordar que, en muchas ocasiones, en lugar de defender este tipo de posiciones, prefiere decantarse por las de Platón. Desde su óptica, lo importante no es el pensamiento de un autor determinado sino aproximarse en lo posible a la verdad. De ahí que se opusiera a los que tomaban al filósofo griego acríticamente, como si nunca hubiera escrito nada problemático para un cristiano. Siempre que se trate de un conocimiento humano, es decir, de algo que no pertenezca a la Revelación, el argumento de autoridad le parece débil.
Otros fueron partidarios de censurar a Aristóteles en lo que no fuera compatible con la fe. Él, por el contrario, se preocupó de averiguar con exactitud cuál había sido su pensamiento. Ese era un paso imprescindible cuando se abordaban las ideas de cualquier autor. Tomás de Aquino resumía con tanta pulcritud el pensamiento ajeno que, en muchas ocasiones, se le han atribuido posiciones que no eran suyas. ¡Presentaba las de los demás hasta con mayor poder de persuasión! En un mundo como el nuestro, marcado por la polarización, ese es un camino a seguir: no caricaturizar al contrario sino hacer un retrato fiel de sus convicciones y elegir, entre dos o más interpretaciones posibles, la que le resulte más favorable. No en vano, las disputas intelectuales de la Edad Media tenían su parte de controversia pero también de diálogo. ¿No es eso lo que a nosotros nos falta?
No obstante, sería un error creer que nos encontramos ante una figura demasiado moderada y blanda. El denominado “doctor angélico” también podía ser un polemista temible. Como cuando, en cierta ocasión, se burla de cierto o argumento por ser “más digno de risa que de respuesta”. En otro momento, reta a sus posibles oponentes a que intenten refutarle si es que se atreven. Tal vez este tipo de afirmaciones pueda resultar demasiado agresiva para nuestros oídos, pero de tanto en tanto también hay que ser enérgico al defender las convicciones propias y decir lo que la gente no quiere oír.
Un último apunte: Tomás de Aquino no solo fue un erudito fuera de la común. También posee una dimensión mística. Se cuenta que, poco antes de morir, abandonó la tarea intelectual y dijo que todo le parecía “paja” en comparación con la que había tenido ocasión de contemplar. Su idea de Dios era compleja y humilde. No lo presenta como una evidencia. Repetía que sabemos lo que no es, no lo que es. Eso, sin embargo, no implicaba que no lo pudiéramos conocer. Su cognoscibilidad resultaba inagotable. De un modo peculiar, eso sí: “Éste es el mayor conocimiento humano de Dios: saber que no sabemos a Dios”.
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