Iba a titular este texto “Simone Weil y la radiografía del ser humano”. Después he cambiado “radiografía” por “cartografía”. Porque eso es precisamente el pensamiento de la gran filósofa francesa: un mapa que nos permite orientarnos por la complejidad del yo y sus relaciones sociales. En Echar raíces (Trotta, 2026), Simone comienza con un disparo al corazón de nuestros prejuicios narcisistas, basados en la noción de derecho: el nuestro. Ella, por el contrario, nos advierte que la idea de obligación ha de tener prioridad. ¿Qué sería un derecho cualquiera si los demás no tuvieran el deber de respetarlo?
Nos movemos en un ámbito, el de las necesidades del alma, mucho más sutil de lo que parece. La autora cita diversos aspectos esenciales para la vida del espíritu y lo que primero nos choca es la incompatibilidad aparente de algunos. ¿Igualdad y, a la vez, jerarquía? La memoria se me va a mi padrino Pepe, recientemente fallecido. Cada vez que entraba en su casa no lo hacía como un igual, algo que me hubiera parecido disparatado, sino desde el reconocimiento leal a una superioridad evidente. Su presencia mágica se imponía por sí misma. Los seres humanos somos así: necesitamos admirar a otros y valemos tanto como valgan nuestros ídolos. Yo siento por mi tío esa “veneración” de la que habla Weil, referida, más a una persona, a un símbolo.
Dentro de todo lo que requerimos para llevar una vida plena, nuestra autora sugiere que el enraizamiento podría ocupar el primer puesto. Se trata de una cuestión, por desgracia, todavía acuciante en pleno siglo XXI. ¿Por qué nos sentimos solos y soñamos despiertos, como la protagonista de Moulin Rouge, con alzar el vuelo: One day i’ll fly away?
En nuestra cultura, el individuo parece un elemento aislado y vivir en un estado de permanente extranjería, perdido en un sistema que solo lo reconoce como consumidor. Simone Weil sigue teniendo razón cuando señala la contradicción en la que viven los obreros, libres durante un breve tiempo pero esclavos la mayor parte del día. En ese estado, el individuo sufre un descuartizamiento escalofriante. Aún no ha encontrado, y puede que nunca lo encuentre, su lugar en el mundo. ¿Qué hacer para remediarlo? Aquí se propone una espiritualidad basada en el trabajo. Este sería un remedio sano en contraposición a soluciones tóxicas como el nacionalismo que proclama la falsa santidad de la nación. Aunque eso no quiere decir que para Simone la patria sea algo prescindible: debemos servirla sin caer en la tentación de divinizarla.
Nuestro desarraigo también se debe a una falsa concepción de la grandeza. Un tirano como Hitler tiene poder porque despierta admiración entre sus seguidores. Lo que debemos hacer es redefinir aquello que despierta nuestro entusiasmo de forma que excluya a los personajes despreciables. Una vez más, Weil acierta en el centro de la diana. Solo tenemos que fijarnos en lo que pasa todos los días: la estrella de un reality show acapara nuestra atención, no así aquel que escribe una tesis doctoral sobre Leonardo da Vinci.
Leer a Simone Weil siempre es una experiencia turbadora, de la que uno no sale del todo indemne. Incluso cuando se equivoca, o creemos que lo hace, nos obliga a mirar las cosas desde otro prisma y cuestionarnos nuestras seguridades. Su palabra es afilada como una espada: en eso se parece a todos los espíritus puros, poco dados a las componendas. Apuesta, por el contrario, por una moral exigente, siempre en nombre de una pasión desbordada por la verdad. Porque sabe que la verdad no solo nos informa, también nos alimenta.
Iba a titular este texto “Simone Weil y la radiografía del ser humano”. Después he cambiado “radiografía” por “cartografía”. Porque eso es precisamente el pensamiento de la gran filósofa francesa: un mapa que nos permite orientarnos por la complejidad del yo y sus relaciones sociales. En Echar raíces (Trotta, 2026), Simone comienza con un disparo al corazón de nuestros prejuicios narcisistas, basados en la noción de derecho: el nuestro. Ella, por el contrario, nos advierte que la idea de obligación ha de tener prioridad. ¿Qué sería un derecho cualquiera si los demás no tuvieran el deber de respetarlo?
Nos movemos en un ámbito, el de las necesidades del alma, mucho más sutil de lo que parece. La autora cita diversos aspectos esenciales para la vida del espíritu y lo que primero nos choca es la incompatibilidad aparente de algunos. ¿Igualdad y, a la vez, jerarquía? La memoria se me va a mi padrino Pepe, recientemente fallecido. Cada vez que entraba en su casa no lo hacía como un igual, algo que me hubiera parecido disparatado, sino desde el reconocimiento leal a una superioridad evidente. Su presencia mágica se imponía por sí misma. Los seres humanos somos así: necesitamos admirar a otros y valemos tanto como valgan nuestros ídolos. Yo siento por mi tío esa “veneración” de la que habla Weil, referida, más a una persona, a un símbolo.
Dentro de todo lo que requerimos para llevar una vida plena, nuestra autora sugiere que el enraizamiento podría ocupar el primer puesto. Se trata de una cuestión, por desgracia, todavía acuciante en pleno siglo XXI. ¿Por qué nos sentimos solos y soñamos despiertos, como la protagonista de Moulin Rouge, con alzar el vuelo: One day i’ll fly away?
En nuestra cultura, el individuo parece un elemento aislado y vivir en un estado de permanente extranjería, perdido en un sistema que solo lo reconoce como consumidor. Simone Weil sigue teniendo razón cuando señala la contradicción en la que viven los obreros, libres durante un breve tiempo pero esclavos la mayor parte del día. En ese estado, el individuo sufre un descuartizamiento escalofriante. Aún no ha encontrado, y puede que nunca lo encuentre, su lugar en el mundo. ¿Qué hacer para remediarlo? Aquí se propone una espiritualidad basada en el trabajo. Este sería un remedio sano en contraposición a soluciones tóxicas como el nacionalismo que proclama la falsa santidad de la nación. Aunque eso no quiere decir que para Simone la patria sea algo prescindible: debemos servirla sin caer en la tentación de divinizarla.
Nuestro desarraigo también se debe a una falsa concepción de la grandeza. Un tirano como Hitler tiene poder porque despierta admiración entre sus seguidores. Lo que debemos hacer es redefinir aquello que despierta nuestro entusiasmo de forma que excluya a los personajes despreciables. Una vez más, Weil acierta en el centro de la diana. Solo tenemos que fijarnos en lo que pasa todos los días: la estrella de un reality show acapara nuestra atención, no así aquel que escribe una tesis doctoral sobre Leonardo da Vinci.
Leer a Simone Weil siempre es una experiencia turbadora, de la que uno no sale del todo indemne. Incluso cuando se equivoca, o creemos que lo hace, nos obliga a mirar las cosas desde otro prisma y cuestionarnos nuestras seguridades. Su palabra es afilada como una espada: en eso se parece a todos los espíritus puros, poco dados a las componendas. Apuesta, por el contrario, por una moral exigente, siempre en nombre de una pasión desbordada por la verdad. Porque sabe que la verdad no solo nos informa, también nos alimenta.
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