Opinión

Sevilla vendida, Sevilla vivida

El espacio público, esa plaza que todos pisamos y que casi nadie posee, no es un decorado inocente donde transcurre la vida: es el campo de batalla donde se decide, día a día, qué ciudad tiene derecho a existir.

  • Un momento de la gala de los premios Escaparate, en plaza Virgen de los Reyes.

Hay un principio muy sencillo que todos los tiranos olvidan y que todos los pueblos recuerdan tarde: no se derriba un gobierno por sus pecados, sino por su sobremesa. A Sevilla le ha bastado un banquete elitista en la Plaza Virgen de los Reyes, pagado con dinero público, mientras la ciudad, fuera del encuadre, hacía cuentas para el alquiler. La Historia tiene un sentido del humor tan preciso como cruel: siempre encuentra la mesa exacta donde sentar a los culpables.

Aquí está lo verdaderamente irónico del asunto, que es la única forma seria de decir la verdad: no ha sido la vivienda cara lo que ha roto el hechizo, ni las calles sucias, ni los autobuses fantasma. Ha sido una fotografía. Se puede gobernar mal durante años enteros sin que nadie proteste, siempre que se tenga la decencia elemental de hacerlo en silencio. Lo que ningún pueblo perdona —y en esto Sevilla es más sabia que sus gobernantes— es que se gobierne mal y además se celebre, con los amigos, delante de la Catedral. Ese es el único pecado verdaderamente mortal: el de la alegría mal repartida.

Toda ciudad, si se la mira con atención, resulta ser dos ciudades superpuestas que jamás se han dado la mano. Está la Sevilla que se anuncia —de folleto brillante, de rueda de prensa, de cifra millonaria — y está la Sevilla que se camina, se paga y, sobre todo, se sufre. Comparten bandera y no comparten destino. Una crece en presupuesto cada año; la otra, en fatiga. El gran truco de ilusionismo de este mandato de la derecha PP-VOX ha consistido en cambiar de dueño sin cambiar de inquilino, que es la manera más melancólica de progresar sin moverse un centímetro.

El espacio público, esa plaza que todos pisamos y que casi nadie posee, no es un decorado inocente donde transcurre la vida: es el campo de batalla donde se decide, día a día, qué ciudad tiene derecho a existir. En un bando —y vamos a nombrarlo sin eufemismos— una alianza cada vez más impúdica entre el Ayuntamiento, los grandes operadores turísticos, la hostelería de escaparate y el capital inmobiliario, todos ellos convencidos, con la fe del converso, de que Sevilla es una marca vendible antes que una casa habitada. En el otro bando, los vecinos, armados apenas con la pretensión modestísima de seguir viviendo donde nacieron. Tres años de mandato han bastado para saber quién gana esa guerra silenciosa, y sobre todo, con qué armas se gana.

La vivienda es la prueba más honesta de todas, porque los números, a diferencia de este Ayuntamiento, no tienen la costumbre de mentir. Mientras el Ayuntamiento sigue anunciando miles de VPO —esa palabra mágica que funciona exactamente como los ensalmos medievales: se pronuncia, pero no cura—, el precio de la vivienda ha subido un 38% desde 2023, y el alquiler, un 27%. No hay retrato más fiel de un gobierno que su propia aritmética: presume de sumar presupuestos y calla, con elegancia, que ha restado vecinos.

El turismo, mientras tanto, crece con la alegría bruta y algo bestial de lo que nunca ha tenido que rendir cuentas: 3,8 millones de visitantes, 8,4 millones de pernoctaciones en 2025. Es la única industria del mundo capaz de dejar al cliente satisfecho y al anfitrión arruinado, y sin embargo seguimos llamando éxito a lo que en cualquier comercio de barrio llamaríamos ruina sin más adjetivos. No todos los sevillanos son iguales ante esa fiesta: unos pocos cobran la entrada, y la mayoría paga —religiosamente, mes a mes— la salida. A los primeros los llaman "sector estratégico"; a los segundos, simplemente, vecinos. Se dice que Sevilla se vende bien. Y es verdad: se vende tan bien que empieza a no quedar casi nadie dentro capaz de comprarla de vuelta.

En limpieza y en servicios, el Ayuntamiento ha perfeccionado el único arte que domina de veras: gastar más para que se note menos. Más plantilla, más medios, más titulares, y sin embargo la misma sensación exacta de abandono, como si esta ciudad hubiera descubierto el secreto alquímico de absorber recursos sin devolver jamás resultado alguno. No existe abundancia más parecida al vacío que el vacío bien decorado, y este mandato ha decorado el vacío con un talento verdaderamente digno de mejor causa. En movilidad, la ciudad sigue atascada en el sentido más literal y menos metafórico posible: sin metro completo, sin transporte metropolitano decente, congestionada por dentro mientras se abre de par en par, como una puerta sin bisagras, a millones de visitantes por fuera. Hay ciudades que mueren de pobreza y ciudades que mueren de éxito. Sevilla está descubriendo, con el estupor propio de quien lee el final de un libro que ya conocía, que la segunda muerte es tan definitiva como la primera, y bastante más elegante.

Al final de todo balance, aparece la verdad que ningún informe de gestión se atreve jamás a firmar: que se puede anunciar mucho dinero y transformar casi nada; que un presupuesto puede engordar sin que la vida de un solo ciudadano mejore un grado. La diferencia entre un alcalde y un anuncio publicitario es, en el fondo, muy pequeña: al segundo, al menos, se le nota que miente. La pregunta nunca ha sido cuánto ha prometido gastar Sanz, sino en quién, y quién ha pagado —con su salario, con su barrio, con su paciencia— la diferencia.

Los sevillanos, que rara vez piden milagros, habían depositado en este alcalde algo tan modesto como peligroso de defraudar: un poco de esperanza. Tres años después se encuentran con la ironía perfecta, esa que solo la realidad sabe escribir sin ayuda de guionista alguno: una ciudad cada vez más preparada para ser vendida, y cada vez menos, para ser vivida. Ningún imperio ha caído nunca por sus enemigos; todos han caído por sus banquetes. Roma tuvo el suyo, y Sevilla —modesta, católica, chica, pero no tonta— acaba de celebrar el suyo propio en la Plaza Virgen de los Reyes. Con una diferencia, quizá, que ni Roma tuvo: a esta caída sí le va a dar tiempo de votar.

Hay un principio muy sencillo que todos los tiranos olvidan y que todos los pueblos recuerdan tarde: no se derriba un gobierno por sus pecados, sino por su sobremesa. A Sevilla le ha bastado un banquete elitista en la Plaza Virgen de los Reyes, pagado con dinero público, mientras la ciudad, fuera del encuadre, hacía cuentas para el alquiler. La Historia tiene un sentido del humor tan preciso como cruel: siempre encuentra la mesa exacta donde sentar a los culpables.

Aquí está lo verdaderamente irónico del asunto, que es la única forma seria de decir la verdad: no ha sido la vivienda cara lo que ha roto el hechizo, ni las calles sucias, ni los autobuses fantasma. Ha sido una fotografía. Se puede gobernar mal durante años enteros sin que nadie proteste, siempre que se tenga la decencia elemental de hacerlo en silencio. Lo que ningún pueblo perdona —y en esto Sevilla es más sabia que sus gobernantes— es que se gobierne mal y además se celebre, con los amigos, delante de la Catedral. Ese es el único pecado verdaderamente mortal: el de la alegría mal repartida.

Toda ciudad, si se la mira con atención, resulta ser dos ciudades superpuestas que jamás se han dado la mano. Está la Sevilla que se anuncia —de folleto brillante, de rueda de prensa, de cifra millonaria — y está la Sevilla que se camina, se paga y, sobre todo, se sufre. Comparten bandera y no comparten destino. Una crece en presupuesto cada año; la otra, en fatiga. El gran truco de ilusionismo de este mandato de la derecha PP-VOX ha consistido en cambiar de dueño sin cambiar de inquilino, que es la manera más melancólica de progresar sin moverse un centímetro.

El espacio público, esa plaza que todos pisamos y que casi nadie posee, no es un decorado inocente donde transcurre la vida: es el campo de batalla donde se decide, día a día, qué ciudad tiene derecho a existir. En un bando —y vamos a nombrarlo sin eufemismos— una alianza cada vez más impúdica entre el Ayuntamiento, los grandes operadores turísticos, la hostelería de escaparate y el capital inmobiliario, todos ellos convencidos, con la fe del converso, de que Sevilla es una marca vendible antes que una casa habitada. En el otro bando, los vecinos, armados apenas con la pretensión modestísima de seguir viviendo donde nacieron. Tres años de mandato han bastado para saber quién gana esa guerra silenciosa, y sobre todo, con qué armas se gana.

La vivienda es la prueba más honesta de todas, porque los números, a diferencia de este Ayuntamiento, no tienen la costumbre de mentir. Mientras el Ayuntamiento sigue anunciando miles de VPO —esa palabra mágica que funciona exactamente como los ensalmos medievales: se pronuncia, pero no cura—, el precio de la vivienda ha subido un 38% desde 2023, y el alquiler, un 27%. No hay retrato más fiel de un gobierno que su propia aritmética: presume de sumar presupuestos y calla, con elegancia, que ha restado vecinos.

El turismo, mientras tanto, crece con la alegría bruta y algo bestial de lo que nunca ha tenido que rendir cuentas: 3,8 millones de visitantes, 8,4 millones de pernoctaciones en 2025. Es la única industria del mundo capaz de dejar al cliente satisfecho y al anfitrión arruinado, y sin embargo seguimos llamando éxito a lo que en cualquier comercio de barrio llamaríamos ruina sin más adjetivos. No todos los sevillanos son iguales ante esa fiesta: unos pocos cobran la entrada, y la mayoría paga —religiosamente, mes a mes— la salida. A los primeros los llaman "sector estratégico"; a los segundos, simplemente, vecinos. Se dice que Sevilla se vende bien. Y es verdad: se vende tan bien que empieza a no quedar casi nadie dentro capaz de comprarla de vuelta.

En limpieza y en servicios, el Ayuntamiento ha perfeccionado el único arte que domina de veras: gastar más para que se note menos. Más plantilla, más medios, más titulares, y sin embargo la misma sensación exacta de abandono, como si esta ciudad hubiera descubierto el secreto alquímico de absorber recursos sin devolver jamás resultado alguno. No existe abundancia más parecida al vacío que el vacío bien decorado, y este mandato ha decorado el vacío con un talento verdaderamente digno de mejor causa. En movilidad, la ciudad sigue atascada en el sentido más literal y menos metafórico posible: sin metro completo, sin transporte metropolitano decente, congestionada por dentro mientras se abre de par en par, como una puerta sin bisagras, a millones de visitantes por fuera. Hay ciudades que mueren de pobreza y ciudades que mueren de éxito. Sevilla está descubriendo, con el estupor propio de quien lee el final de un libro que ya conocía, que la segunda muerte es tan definitiva como la primera, y bastante más elegante.

Al final de todo balance, aparece la verdad que ningún informe de gestión se atreve jamás a firmar: que se puede anunciar mucho dinero y transformar casi nada; que un presupuesto puede engordar sin que la vida de un solo ciudadano mejore un grado. La diferencia entre un alcalde y un anuncio publicitario es, en el fondo, muy pequeña: al segundo, al menos, se le nota que miente. La pregunta nunca ha sido cuánto ha prometido gastar Sanz, sino en quién, y quién ha pagado —con su salario, con su barrio, con su paciencia— la diferencia.

Los sevillanos, que rara vez piden milagros, habían depositado en este alcalde algo tan modesto como peligroso de defraudar: un poco de esperanza. Tres años después se encuentran con la ironía perfecta, esa que solo la realidad sabe escribir sin ayuda de guionista alguno: una ciudad cada vez más preparada para ser vendida, y cada vez menos, para ser vivida. Ningún imperio ha caído nunca por sus enemigos; todos han caído por sus banquetes. Roma tuvo el suyo, y Sevilla —modesta, católica, chica, pero no tonta— acaba de celebrar el suyo propio en la Plaza Virgen de los Reyes. Con una diferencia, quizá, que ni Roma tuvo: a esta caída sí le va a dar tiempo de votar.

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