Cuando uno trabaja entre historias, misterio y memoria; como me pasa a mí; hay temas que no te sueltan. Este es uno de ellos. La idea de que la inteligencia artificial pueda devolvernos la voz, la cadencia y hasta los silencios de alguien que ya no está no es solo un avance tecnológico: Es un espejo incómodo donde se refleja lo que somos capaces de hacer con tal de no aceptar la pérdida. Abrir una app y escuchar hablar a tu padre fallecido como si nada hubiese cambiado. Ese vértigo no es ciencia ficción, es el hoy.
Lo inquietante es que esta tecnología no nace de la maldad, sino de algo profundamente humano: El deseo de retener. Desde máscaras funerarias egipcias hasta las fotos post mortem del XIX, siempre hemos buscado fijar la presencia del ausente. Pero ahora el salto es otro. Startups como “HereAfter AI”, “Eternos” o “Re;memory” venden algo que antes solo pertenecía al terreno del duelo y la espiritualidad: Una presencia que responde. El caso de Michael Bommer, cuyo avatar sigue acompañando a su viuda, es el ejemplo perfecto de cómo el consuelo puede convertirse en producto.
Mientras en Asia esto se integra casi de forma natural; porque allí la comunicación con los ancestros forma parte del tejido cultural; en España vamos más despacio. Y quizá, por una vez, eso sea una ventaja. La regulación europea exige transparencia, pero ¿de qué sirve si la app está alojada en Taiwan o Seúl? El usuario español que hoy conversa con un avatar póstumo lo hace sin red legal, sin garantías, sin saber qué ocurrirá si la empresa quiebra. Y ya ha pasado: “StoryFile” se declaró en bancarrota en 2024. ¿Qué ocurre entonces? ¿El muerto muere otra vez, esta vez en código?
Pero lo más delicado no es lo legal, sino lo emocional. ¿Quién dio su consentimiento para ser reconstruido? ¿Quién controla al avatar? ¿Qué pasa cuando ese avatar empieza a enviar recordatorios de suscripción o publicidad disfrazada de cariño? La imagen es grotesca: Tu padre muerto pidiéndote renovar el plan premium. Y sin embargo, es perfectamente posible. La psicología ya advierte que estos “griefbots”; robots de duelo; pueden prolongar el duelo, generar dependencia y distorsionar la memoria del fallecido. El Trastorno de Duelo Prolongado, reconocido por la APA y la OMS, encuentra aquí un terreno fértil. El psicoanalista Gabriel Rolón lo dice sin rodeos: La IA puede alejarnos de la vida real.
Y por si fuera poco, el mercado no se detiene en los humanos. “Soul Link” ya trabaja en avatares de mascotas fallecidas capaces de “enviar mensajes”. Donde hay dolor, hay negocio. Y donde hay negocio, hay prisa por avanzar sin pensar.
Para quienes venimos del mundo del misterio, hay un ángulo más: La interferencia con la parapsicología. ¿Cómo distinguir en el futuro una experiencia mediúmnica genuina de una contaminación digital? ¿Cómo investigar la supervivencia de la conciencia cuando millones de avatares simulan exactamente eso? El gemelo digital es un zombie filosófico: Parece vivo, pero no siente. Y su existencia puede ahogar cualquier intento serio de estudiar lo real, si es que lo real existe.
Al final, todo vuelve a lo mismo: La muerte es la única experiencia que nadie puede vivir por nosotros. La tecnología del duelo promete evitar la pérdida, comprar tiempo, comprar presencia. Pero quizá la tecnología verdaderamente valiente no sea la que nos devuelve a los muertos, sino la que nos ayuda a soltarlos. Porque los muertos merecen descansar, y los vivos merecemos aprender a vivir sin ellos. Y si no nos hacemos estas preguntas ahora, el mercado las responderá por nosotros. Y el mercado, ya lo sabemos, siempre encuentra la forma de vender consuelo, aunque ese consuelo sea una forma elegante de no sanar.
Cuando uno trabaja entre historias, misterio y memoria; como me pasa a mí; hay temas que no te sueltan. Este es uno de ellos. La idea de que la inteligencia artificial pueda devolvernos la voz, la cadencia y hasta los silencios de alguien que ya no está no es solo un avance tecnológico: Es un espejo incómodo donde se refleja lo que somos capaces de hacer con tal de no aceptar la pérdida. Abrir una app y escuchar hablar a tu padre fallecido como si nada hubiese cambiado. Ese vértigo no es ciencia ficción, es el hoy.
Lo inquietante es que esta tecnología no nace de la maldad, sino de algo profundamente humano: El deseo de retener. Desde máscaras funerarias egipcias hasta las fotos post mortem del XIX, siempre hemos buscado fijar la presencia del ausente. Pero ahora el salto es otro. Startups como “HereAfter AI”, “Eternos” o “Re;memory” venden algo que antes solo pertenecía al terreno del duelo y la espiritualidad: Una presencia que responde. El caso de Michael Bommer, cuyo avatar sigue acompañando a su viuda, es el ejemplo perfecto de cómo el consuelo puede convertirse en producto.
Mientras en Asia esto se integra casi de forma natural; porque allí la comunicación con los ancestros forma parte del tejido cultural; en España vamos más despacio. Y quizá, por una vez, eso sea una ventaja. La regulación europea exige transparencia, pero ¿de qué sirve si la app está alojada en Taiwan o Seúl? El usuario español que hoy conversa con un avatar póstumo lo hace sin red legal, sin garantías, sin saber qué ocurrirá si la empresa quiebra. Y ya ha pasado: “StoryFile” se declaró en bancarrota en 2024. ¿Qué ocurre entonces? ¿El muerto muere otra vez, esta vez en código?
Pero lo más delicado no es lo legal, sino lo emocional. ¿Quién dio su consentimiento para ser reconstruido? ¿Quién controla al avatar? ¿Qué pasa cuando ese avatar empieza a enviar recordatorios de suscripción o publicidad disfrazada de cariño? La imagen es grotesca: Tu padre muerto pidiéndote renovar el plan premium. Y sin embargo, es perfectamente posible. La psicología ya advierte que estos “griefbots”; robots de duelo; pueden prolongar el duelo, generar dependencia y distorsionar la memoria del fallecido. El Trastorno de Duelo Prolongado, reconocido por la APA y la OMS, encuentra aquí un terreno fértil. El psicoanalista Gabriel Rolón lo dice sin rodeos: La IA puede alejarnos de la vida real.
Y por si fuera poco, el mercado no se detiene en los humanos. “Soul Link” ya trabaja en avatares de mascotas fallecidas capaces de “enviar mensajes”. Donde hay dolor, hay negocio. Y donde hay negocio, hay prisa por avanzar sin pensar.
Para quienes venimos del mundo del misterio, hay un ángulo más: La interferencia con la parapsicología. ¿Cómo distinguir en el futuro una experiencia mediúmnica genuina de una contaminación digital? ¿Cómo investigar la supervivencia de la conciencia cuando millones de avatares simulan exactamente eso? El gemelo digital es un zombie filosófico: Parece vivo, pero no siente. Y su existencia puede ahogar cualquier intento serio de estudiar lo real, si es que lo real existe.
Al final, todo vuelve a lo mismo: La muerte es la única experiencia que nadie puede vivir por nosotros. La tecnología del duelo promete evitar la pérdida, comprar tiempo, comprar presencia. Pero quizá la tecnología verdaderamente valiente no sea la que nos devuelve a los muertos, sino la que nos ayuda a soltarlos. Porque los muertos merecen descansar, y los vivos merecemos aprender a vivir sin ellos. Y si no nos hacemos estas preguntas ahora, el mercado las responderá por nosotros. Y el mercado, ya lo sabemos, siempre encuentra la forma de vender consuelo, aunque ese consuelo sea una forma elegante de no sanar.
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