Cuaderno de investigación.
Son las 3.33 de la madrugada del 2 de septiembre de 2026; mala hora, dicen, para investigar. El sujeto me mira ataviado con una cazadora de cuero barata.
—¡qué calor debe de estar pasando!— y el resto de la ropa visible, camiseta, pantalones y botines, de un negro monocromático. Lleva el pelo engominado como un profesional del misterio. Es más, se cree que ese es el look de uno de ellos.
—¿Por qué le cuentas a la gente historias sobre tu vida que no son ciertas?
—pregunto.
—Porque es más interesante para los demás —me responde con una sonrisa—.
¿Quién se quedaría escuchando tu vida aburrida?
—¿Perdón?
—Dime la verdad, te gusto. Es más, te gustaría que fuera más conocido y poder estar a la par de otros grandes investigadores, o influencias de internet —me contesta Richard Stine—. Te avergüenzas hasta de tu primer apellido, por eso tus novelas las firmabas como: «Antonio S. Jiménez».
—Esos son motivos personales —le digo poniéndome más serio—. Creo que no deberías darme lecciones.
—¿Qué no es personal? —pregunta mientras separa los brazos para que lo vea mejor—. Entonces, ¿por qué existo? ¿Por qué usas mi identidad delante de todos cuando estás en público? ¿No será porque escondes algo?
—¿Qué quieres decir con eso? —le devuelvo una pregunta como respuesta.
—Desde que usas mi nombre tus libros son más leídos, has ido ascendiendo para quienes trabajas en verano acumulando rutas y más rutas misteriosas, e incluso te has atrevido a mover tus sueños de ser youtuber.
—No me haces falta —le respondo seriamente—. Te recuerdo que antes de que llegaras ya intenté mis cositas por YouTube. Además, me movía por las ferias del libro como autor independiente aunque no tuviese hueco.
—Y mírate ahora —me interpela con una sonrisa maquiavélica—, eres incapaz de ir a una feria del libro si no te llaman, y si no lo hacen te pones a llorar por tus redes sociales.
—Pero…
—Además, yo soy tu idealización. Mírate, físicamente te ves con esa panza, mientras que yo mantengo la línea. Antes te esforzabas, ahora te cuesta simplemente hacer un vídeo de 15 minutos de deporte extremo —termina mientras se ríe.
—Pero si cuando empecé a ponerme en forma, apenas eras una idea en el aire…
—Claro, pero yo ya estaba dentro de ti. Formándome. Y en el momento en que nos separamos, te estancaste. Tus objetivos fueron ahogarte en alcohol y depender emocionalmente de una buena relación, en vez de centrarte en seguir investigando y trabajando en tu salud. ¿Cuántos cigarros te fumabas para poder estar tranquilo contigo mismo? —me pregunta, apoyando la cabeza entre las manos.
—Yo no estaba pasando por una buena etapa… Bueno, tú también lo sabrás
—respondo dubitativo.
—Y en ese momento fue cuando más te aferrabas a mí. Diciendo que tuviste que crearme porque tu familia repudiaba tu faceta parapsicológica, y ahora que ya no hago falta sigues usándome.
—Pero quiero separar mi vida literaria de mi vida investigadora —le contesto como si fuese un mantra.
—¿Y por qué esa separación? —vuelve a la carga con malicia—. Eres incapaz de soñar a lo grande, o al menos de seguir luchando para conseguirlo. ¿Adónde vas a llegar teniendo ya cerca de cuarenta años? No vas a alcanzar a esos que
tanto envidias. El tiempo se te acaba y sigues viviendo en un pueblo que no es el tuyo, mientras en tu tierra ya apenas se acuerdan de ti, si es que alguna vez lo hicieron.
—Hay gente que a día de hoy me admira y me tiene en cuenta —le replico con enojo.
—Admiran a Richard Stine. ¿Dónde están los libros que firmó Antonio S. Jiménez? —me tira con una risita—. Escondidos en una caja en el armario de una casa en la que vives de alquiler. ¿Odias mucho a tu padre? Creo que ya vas tarde para intentar igualar lo que hizo él, o incluso tu hermano.
—Bueno, cada uno va a su ritmo… Y sobre los libros, se vendieron —me defiendo.
—Pasado… ¡Qué bonito es recordar las ferias del libro de Aracena, la de Puerto Real o las de San Fernando cuando vivías en la casa de tu madre! Pero eso ya pasó y solo te quedan a las que acude Richard Stine, es decir, yo.
—Pero tú saliste de mí, ¿no? Entonces tus triunfos son mis triunfos, y mis derrotas las tuyas…
—Exacto —me responde sin dejar de sonreír—. Richard Stine está aquí porque sin mí no serías capaz de levantarte de la cama evitando mirar al sol. Richard Stine es quien hace que Antonio S. Jiménez no caiga en la desesperación. ¿Qué te mantiene despierto hasta las tantas? ¿Los problemas de Antonio o los de Richard?
—Tampoco es que seas una eminencia en el misterio y vivamos de lujo por tus ventas —le respondo de malas maneras.
—Pero ya son más de las que Antonio S. Jiménez pudo conseguir. ¿Algún libro tuyo llegó a la tercera edición?
—No.
—De nada.
—¿Por qué me dices eso? —le pregunto.
—Porque lo dijiste antes, somos el mismo… Y siempre estaré en tu cabeza como Richard Stine, o como quieras denominarme: Soy tu ansiedad hecha persona. Siempre exigiendo más, porque si no lo hiciera, seríamos aún menos.
Cuaderno de investigación.
Son las 3.33 de la madrugada del 2 de septiembre de 2026; mala hora, dicen, para investigar. El sujeto me mira ataviado con una cazadora de cuero barata.
—¡qué calor debe de estar pasando!— y el resto de la ropa visible, camiseta, pantalones y botines, de un negro monocromático. Lleva el pelo engominado como un profesional del misterio. Es más, se cree que ese es el look de uno de ellos.
—¿Por qué le cuentas a la gente historias sobre tu vida que no son ciertas?
—pregunto.
—Porque es más interesante para los demás —me responde con una sonrisa—.
¿Quién se quedaría escuchando tu vida aburrida?
—¿Perdón?
—Dime la verdad, te gusto. Es más, te gustaría que fuera más conocido y poder estar a la par de otros grandes investigadores, o influencias de internet —me contesta Richard Stine—. Te avergüenzas hasta de tu primer apellido, por eso tus novelas las firmabas como: «Antonio S. Jiménez».
—Esos son motivos personales —le digo poniéndome más serio—. Creo que no deberías darme lecciones.
—¿Qué no es personal? —pregunta mientras separa los brazos para que lo vea mejor—. Entonces, ¿por qué existo? ¿Por qué usas mi identidad delante de todos cuando estás en público? ¿No será porque escondes algo?
—¿Qué quieres decir con eso? —le devuelvo una pregunta como respuesta.
—Desde que usas mi nombre tus libros son más leídos, has ido ascendiendo para quienes trabajas en verano acumulando rutas y más rutas misteriosas, e incluso te has atrevido a mover tus sueños de ser youtuber.
—No me haces falta —le respondo seriamente—. Te recuerdo que antes de que llegaras ya intenté mis cositas por YouTube. Además, me movía por las ferias del libro como autor independiente aunque no tuviese hueco.
—Y mírate ahora —me interpela con una sonrisa maquiavélica—, eres incapaz de ir a una feria del libro si no te llaman, y si no lo hacen te pones a llorar por tus redes sociales.
—Pero…
—Además, yo soy tu idealización. Mírate, físicamente te ves con esa panza, mientras que yo mantengo la línea. Antes te esforzabas, ahora te cuesta simplemente hacer un vídeo de 15 minutos de deporte extremo —termina mientras se ríe.
—Pero si cuando empecé a ponerme en forma, apenas eras una idea en el aire…
—Claro, pero yo ya estaba dentro de ti. Formándome. Y en el momento en que nos separamos, te estancaste. Tus objetivos fueron ahogarte en alcohol y depender emocionalmente de una buena relación, en vez de centrarte en seguir investigando y trabajando en tu salud. ¿Cuántos cigarros te fumabas para poder estar tranquilo contigo mismo? —me pregunta, apoyando la cabeza entre las manos.
—Yo no estaba pasando por una buena etapa… Bueno, tú también lo sabrás
—respondo dubitativo.
—Y en ese momento fue cuando más te aferrabas a mí. Diciendo que tuviste que crearme porque tu familia repudiaba tu faceta parapsicológica, y ahora que ya no hago falta sigues usándome.
—Pero quiero separar mi vida literaria de mi vida investigadora —le contesto como si fuese un mantra.
—¿Y por qué esa separación? —vuelve a la carga con malicia—. Eres incapaz de soñar a lo grande, o al menos de seguir luchando para conseguirlo. ¿Adónde vas a llegar teniendo ya cerca de cuarenta años? No vas a alcanzar a esos que
tanto envidias. El tiempo se te acaba y sigues viviendo en un pueblo que no es el tuyo, mientras en tu tierra ya apenas se acuerdan de ti, si es que alguna vez lo hicieron.
—Hay gente que a día de hoy me admira y me tiene en cuenta —le replico con enojo.
—Admiran a Richard Stine. ¿Dónde están los libros que firmó Antonio S. Jiménez? —me tira con una risita—. Escondidos en una caja en el armario de una casa en la que vives de alquiler. ¿Odias mucho a tu padre? Creo que ya vas tarde para intentar igualar lo que hizo él, o incluso tu hermano.
—Bueno, cada uno va a su ritmo… Y sobre los libros, se vendieron —me defiendo.
—Pasado… ¡Qué bonito es recordar las ferias del libro de Aracena, la de Puerto Real o las de San Fernando cuando vivías en la casa de tu madre! Pero eso ya pasó y solo te quedan a las que acude Richard Stine, es decir, yo.
—Pero tú saliste de mí, ¿no? Entonces tus triunfos son mis triunfos, y mis derrotas las tuyas…
—Exacto —me responde sin dejar de sonreír—. Richard Stine está aquí porque sin mí no serías capaz de levantarte de la cama evitando mirar al sol. Richard Stine es quien hace que Antonio S. Jiménez no caiga en la desesperación. ¿Qué te mantiene despierto hasta las tantas? ¿Los problemas de Antonio o los de Richard?
—Tampoco es que seas una eminencia en el misterio y vivamos de lujo por tus ventas —le respondo de malas maneras.
—Pero ya son más de las que Antonio S. Jiménez pudo conseguir. ¿Algún libro tuyo llegó a la tercera edición?
—No.
—De nada.
—¿Por qué me dices eso? —le pregunto.
—Porque lo dijiste antes, somos el mismo… Y siempre estaré en tu cabeza como Richard Stine, o como quieras denominarme: Soy tu ansiedad hecha persona. Siempre exigiendo más, porque si no lo hiciera, seríamos aún menos.
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