Existen decisiones que te cambian la vida, y la mía llegó con mi primera vacante como maestra de infantil interina en el mapa de Málaga: Cortes de la Frontera. Recuerdo que estaba de vacaciones en El Rompido con mi familia, y me llegó la noticia en cuanto anunciaron la adjudicación de destinos para el próximo curso. Primera llamada para comunicar tan excitante y al mismo tiempo intranquilizadora noticia, como siempre solía hacer, a mi queridísima madre, quien siempre estaba esperando, sufriendo y rezando por cada nuevo y desconocido destino.
Cambiar la rutina de tantos años como, madre, esposa y opositora por la Serranía de Ronda no era solo un reto profesional; era una mudanza de mi vida absoluta. Me llevé conmigo la ilusión del debut como destino por un año, mis ganas de enseñar y a mis tres compañeros de vida más exigentes: Antonio, mi esposo y mis hijas Ana y Begoña de 12 y 10 años, en aquel momento.
Llegar a Cortes de la Frontera, un pequeño pueblo rodeado densamente de alcornocales y con el ritmo pausado del sur profundo, impone respeto al principio. Y más, atravesando aquellas montañas hasta llegar allí por esas carreteras de cornisa, de peligroso vértigo. Veníamos de la prisa y del asfalto. Aquí, el tiempo, el estilo de vida y la enseñanza funcionaban de otra manera.
Llevaba también la ilusión de poder ir cada mañana al colegio con Begoña, mi hija pequeña, pero mi sorpresa fue que, en realidad, mi destino iba a ser Jimera de Líbar, un pueblo a unos 9 kilómetros aproximadamente y aún más pequeño que Cortes. Al tratarse de centros educativos tan pequeños, finalmente terminan siendo agrupados. A mí me tocó ese desplazamiento. Pero como siempre sucede y cuando pasan los años lo entiendes mejor, todo pasa por algo y para algo. Begoña se quedaba en el cole del pueblo donde residíamos y haría amigos nuevos junto a nuestra nueva casa.
En la escuela rural, la educación se ve desde otro prisma. El tiempo es más lento y el ruido desaparece…¡qué privilegio apreciar el silencio en los tiempo que corren! Con los años, he ido valorándo más la ausencia de ruido(físico y mental). Hoy escribiendo estas líneas, creo que me he dado cuenta que allí empecé a ser una gran amante del silencio observando la naturaleza.
Recuerdo el momento del patio, en el que me quedaba perpleja observando el vuelo de aquellos impresionantes buitres sobre la cumbre de las montañas que lindaban con la parte trasera del colegio, de un verde esmeralda que llamaba la atención o cuando salíamos a hacer educación física con mis 6 alumnos, en aquel “fondo de pantalla” con un gallo cacareando, anunciando la hora del bocadillo. Otras veces disfrutábamos en un rincón de la plaza de Jimera a la que se asomaba dicho patio, un burrito que parecía saludarnos con un meloso rebuzno queriendo participar de las risas de los zagales. El sol hacía brillar aquellas briznas tan verdes que rodeaban nuestro pequeño colegio, y el calorcito de media mañana en los peculiares fríos inviernos de Jimera, sentaba mejor que cualquier cafelito del en el ratito del descanso, que a veces tenemos los maestros.
Algo que hace también muy grande a la escuela rural es el factor humano y las aulas de un centro rural se convierten en pequeñas familias donde el aprendizaje está conectado con la tierra, el sol y el agua. El olor a pan, a morcilla y a bellota, parecían saber entre sí, la fórmula maestra para hacerte sentir feliz y que pensar que estabas en el lugar correcto y con la gente adecuada.
Ese curso se creó un estrecho lazo con los padres y madres del colegio quienes se volcaron conmigo desde el primer día. Entre ellos, siempre guardaré un lugar sagrado en el corazón para Roque y su mujer, Agustina. Ellos y sus hermanos. Eran personas entrañables que me arropaban en cada locura pedagógica; sus palabras de aliento eran el motor que me motivaba a seguir siendo creativa en las fiestas del colegio y en todo lo que supusiera mejorar la escuela. La tragedia se cebó con esa maravillosa familia, cuando Roque falleció mientras llevaba a su hija pequeña Sofía, mi alumna, al colegio. Su pérdida nos rompió a todos, pero su generosidad y el apoyo que me brindó junto a Agustina se quedaron para siempre en los cimientos de mi vocación.
Y en el centro de esta experiencia, por supuesto, estaban ellos, los niños y niñas del colegio. Me cautivó desde el primer momento su lenguaje peculiar, lleno de giros locales y una frescura que solo se encuentra en el entorno rural como es Jimera de Líbar. Entre tantas caritas, es imposible olvidar a una niña de origen árabe que derrochaba una bondad y una dulzura extremas. Su madre trabajaba muy duro en un restaurante del pueblo, y en un par de ocasiones se quedó a mi cuidado; recuerdo con un nudo en la garganta cómo lloraba al final del curso porque no quería que me fuese. Su llanto era el reflejo más puro de los vínculos que se crean cuando la enseñanza se da desde el alma.
El compañerismo que se respira entre las paredes de un colegio rural, tiene un aroma diferente. Se crea un círculo de confianza muy fuerte debido a la lejanía que se siente de los tuyos. Allí tuve la suerte de coincidir con un grupo de compañeras extraordinarias con las que creé un vínculo que el tiempo no ha podido borrar. Seguimos manteniendo el contacto hoy en día. Marina fue mi compañera de lluviosas tardes en aquella barra de cocina rústica con vinos de la zona y exquisitas tapas de queso payoyo. Cristina, maestra luchadora donde las haya, con quien las risas y carcajadas siempre era la conclusión de cualquier tema de nuestras profundas conversaciones. Nunca podré olvidar el cuidado que pusieron en hacerme una fiesta de cumpleaños sorpresa con el apoyo de los niños y niñas de nuestro cole. ¡Qué bonito recuerdo guardo! Aunque hoy nos falta una pieza fundamental de aquel pequeño grupo de amigas, aprovecho estas líneas para recordar a Conchi, una compañera excepcional que falleció en un trágico accidente al año siguiente de aquella experiencia. Ella fue un faro de bondad, generosidad y apoyo absoluto conmigo en mis inicios; un alma maravillosa de las que dejan una huella imborrable en el corazón de quienes compartimos aula con ella. Gracias, Conchi.
Vivir en Cortes era también una experiencia para los sentidos. Aún hoy puedo cerrar los ojos y oler los guisos tradicionales que preparaba mi vecina María, una cocinera de las que apenas se encuentran. Me encantaba asomarme a la ventana del baño, que daba directamente a su patio, solo para escucharla cantar mientras cocinaba, acompañada de los pajaritos que cuidaba su marido Diego. Era la banda sonora de una vida pausada, vecinal y auténtica que en las ciudades ya se ha perdido.
En aquel año, el calendario se volvió un poco loco de la mejor de las maneras, los viernes se convirtieron en sábados. El cansancio de la semana se diluía en el bar de Andrés, donde el tapeo y las risas con Sergia, Ana María y otras compañeras, se alargaban hasta la madrugada. Los fines de semana eran sinónimo de aventura: las espectaculares rutas de senderismo descubriendo impresionantes paisajes de bosques con Alberto y Mariola, o las jornadas de recogida de setas con Mariví y José. Aquello era un auténtico ritual que siempre terminaba en la cocina o en una tradicional venta, transformando lo recolectado en deliciosos arroces con chantarela y croquetas de boletus, que aún recuerdan mis hijas, alrededor de una mesa compartida con aquellas cálidas y divertidas sobremesas.
Las visitas de fines de semana de mi familia y algunas amistades motivados para hacer rutas de senderismo, era una bocanada de aire fresco que hacia conectar con mis raíces y mis costumbres por aquellos días de añoranza de lo que se refiere a mi vida hasta esos días, pues no fue tan fácil el adaptarse a una vida completamente rural. Con ellos descubrimos la asombrosa época de berrea, en la que Cortes se convierte en un escenario de amaneceres y atardeceres inigualables mientras los ciervos emiten bramidos resonando por los inolvidables parajes en los que está enclavado Cortes. El Cañón de las Buitreras, declarado Monumento Natural de Andalucía, un impresionante desfiladero excavado por la fuerza del agua del rio Guadiaro, hace que a veces olvides que estás fuera del cuadro que estás contemplando, fueron momentos que solo puede ser descrito viviéndolo allí, pues hacerlo en estas palabras, les roba el valor y emoción que causa contemplarlo en el momento. La Sauceda, un pequeño poblado y lo más parecido a un bosque encantado, denso de alcornoques, quejigos, musgo, arbustos y helechos, el cual es de obligada visita, entre lo anteriormente citado, para los amantes de la naturaleza.
Para Ana y Begoña, mis hijas, aquel año también supuso un antes y un después. La mayor, con 12 años, comenzó allí el instituto. ¡Qué grande nos venía ese comienzo! Era una edad difícil para los cambios, pero Cortes de la Frontera las recibió con los brazos abiertos. Hicieron un grupo de amistades tan sano y fuerte que, a pesar de la distancia y de los años que han pasado, todavía hoy las conservan y cuidan con un cariño inmenso. La menor, a sus 10 años, descubrió la libertad de jugar en la plaza, respirar aire puro y crecer en una comunidad donde todos se cuidan, a pesar de que los primeros meses fueron muy duros para ella.
Para Ana fue también un capítulo muy importante en la historia de su vida hasta hoy. Sigue manteniendo el contacto con aquellas amistades tan divertidas y sanas y gracias a una de ellas, conoció a quien hoy por hoy es su pareja actual y quien como cada época estival sigue visitando y disfrutando de Cortes de la Frontera junto a su familia.
Málaga es costa y turismo, es verdad. No hay nada comparado con la luz de del mar malagueño y sus maravillosas playas, pero su verdadera alma reside en la calidez, el esfuerzo y la memoria de su gente, y del espectacular entorno que nos ofrece y que a veces olvidamos disfrutar. Vivir y trabajar como maestra rural en la provincia de Málaga ha sido un privilegio absoluto y va mucho más allá de la típica postal de sol y playas, en las que también he tenido la oportunidad de disfrutarlas. Tenemos la fortuna de contar con una diversidad de paisajes que abarca desde la espectacularidad de El Chorro o el Torcal de Antequera, hasta la serenidad de la Serranía de Ronda y la Axarquía, entre ellos, Cortes de la Frontera.
Dicen que los interinos dejamos un trocito de nosotros en cada colegio que pisamos. Es verdad. Fue solo un curso escolar, sin embargo, la huella es eterna. Pero lo que no te dicen es que pueblos como Cortes de la Frontera y Jimera de Líbar, te devuelven el doble. Nos fuimos con las maletas llenas de nostalgia y con el corazón rebosante de gratitud hacia su gente. Porque la educación y la vida, cuando se cocinan a fuego lento, con amor y en buena compañía, dejan un sabor que dura para siempre en la memoria del corazón.
Existen decisiones que te cambian la vida, y la mía llegó con mi primera vacante como maestra de infantil interina en el mapa de Málaga: Cortes de la Frontera. Recuerdo que estaba de vacaciones en El Rompido con mi familia, y me llegó la noticia en cuanto anunciaron la adjudicación de destinos para el próximo curso. Primera llamada para comunicar tan excitante y al mismo tiempo intranquilizadora noticia, como siempre solía hacer, a mi queridísima madre, quien siempre estaba esperando, sufriendo y rezando por cada nuevo y desconocido destino.
Cambiar la rutina de tantos años como, madre, esposa y opositora por la Serranía de Ronda no era solo un reto profesional; era una mudanza de mi vida absoluta. Me llevé conmigo la ilusión del debut como destino por un año, mis ganas de enseñar y a mis tres compañeros de vida más exigentes: Antonio, mi esposo y mis hijas Ana y Begoña de 12 y 10 años, en aquel momento.
Llegar a Cortes de la Frontera, un pequeño pueblo rodeado densamente de alcornocales y con el ritmo pausado del sur profundo, impone respeto al principio. Y más, atravesando aquellas montañas hasta llegar allí por esas carreteras de cornisa, de peligroso vértigo. Veníamos de la prisa y del asfalto. Aquí, el tiempo, el estilo de vida y la enseñanza funcionaban de otra manera.
Llevaba también la ilusión de poder ir cada mañana al colegio con Begoña, mi hija pequeña, pero mi sorpresa fue que, en realidad, mi destino iba a ser Jimera de Líbar, un pueblo a unos 9 kilómetros aproximadamente y aún más pequeño que Cortes. Al tratarse de centros educativos tan pequeños, finalmente terminan siendo agrupados. A mí me tocó ese desplazamiento. Pero como siempre sucede y cuando pasan los años lo entiendes mejor, todo pasa por algo y para algo. Begoña se quedaba en el cole del pueblo donde residíamos y haría amigos nuevos junto a nuestra nueva casa.
En la escuela rural, la educación se ve desde otro prisma. El tiempo es más lento y el ruido desaparece…¡qué privilegio apreciar el silencio en los tiempo que corren! Con los años, he ido valorándo más la ausencia de ruido(físico y mental). Hoy escribiendo estas líneas, creo que me he dado cuenta que allí empecé a ser una gran amante del silencio observando la naturaleza.
Recuerdo el momento del patio, en el que me quedaba perpleja observando el vuelo de aquellos impresionantes buitres sobre la cumbre de las montañas que lindaban con la parte trasera del colegio, de un verde esmeralda que llamaba la atención o cuando salíamos a hacer educación física con mis 6 alumnos, en aquel “fondo de pantalla” con un gallo cacareando, anunciando la hora del bocadillo. Otras veces disfrutábamos en un rincón de la plaza de Jimera a la que se asomaba dicho patio, un burrito que parecía saludarnos con un meloso rebuzno queriendo participar de las risas de los zagales. El sol hacía brillar aquellas briznas tan verdes que rodeaban nuestro pequeño colegio, y el calorcito de media mañana en los peculiares fríos inviernos de Jimera, sentaba mejor que cualquier cafelito del en el ratito del descanso, que a veces tenemos los maestros.
Algo que hace también muy grande a la escuela rural es el factor humano y las aulas de un centro rural se convierten en pequeñas familias donde el aprendizaje está conectado con la tierra, el sol y el agua. El olor a pan, a morcilla y a bellota, parecían saber entre sí, la fórmula maestra para hacerte sentir feliz y que pensar que estabas en el lugar correcto y con la gente adecuada.
Ese curso se creó un estrecho lazo con los padres y madres del colegio quienes se volcaron conmigo desde el primer día. Entre ellos, siempre guardaré un lugar sagrado en el corazón para Roque y su mujer, Agustina. Ellos y sus hermanos. Eran personas entrañables que me arropaban en cada locura pedagógica; sus palabras de aliento eran el motor que me motivaba a seguir siendo creativa en las fiestas del colegio y en todo lo que supusiera mejorar la escuela. La tragedia se cebó con esa maravillosa familia, cuando Roque falleció mientras llevaba a su hija pequeña Sofía, mi alumna, al colegio. Su pérdida nos rompió a todos, pero su generosidad y el apoyo que me brindó junto a Agustina se quedaron para siempre en los cimientos de mi vocación.
Y en el centro de esta experiencia, por supuesto, estaban ellos, los niños y niñas del colegio. Me cautivó desde el primer momento su lenguaje peculiar, lleno de giros locales y una frescura que solo se encuentra en el entorno rural como es Jimera de Líbar. Entre tantas caritas, es imposible olvidar a una niña de origen árabe que derrochaba una bondad y una dulzura extremas. Su madre trabajaba muy duro en un restaurante del pueblo, y en un par de ocasiones se quedó a mi cuidado; recuerdo con un nudo en la garganta cómo lloraba al final del curso porque no quería que me fuese. Su llanto era el reflejo más puro de los vínculos que se crean cuando la enseñanza se da desde el alma.
El compañerismo que se respira entre las paredes de un colegio rural, tiene un aroma diferente. Se crea un círculo de confianza muy fuerte debido a la lejanía que se siente de los tuyos. Allí tuve la suerte de coincidir con un grupo de compañeras extraordinarias con las que creé un vínculo que el tiempo no ha podido borrar. Seguimos manteniendo el contacto hoy en día. Marina fue mi compañera de lluviosas tardes en aquella barra de cocina rústica con vinos de la zona y exquisitas tapas de queso payoyo. Cristina, maestra luchadora donde las haya, con quien las risas y carcajadas siempre era la conclusión de cualquier tema de nuestras profundas conversaciones. Nunca podré olvidar el cuidado que pusieron en hacerme una fiesta de cumpleaños sorpresa con el apoyo de los niños y niñas de nuestro cole. ¡Qué bonito recuerdo guardo! Aunque hoy nos falta una pieza fundamental de aquel pequeño grupo de amigas, aprovecho estas líneas para recordar a Conchi, una compañera excepcional que falleció en un trágico accidente al año siguiente de aquella experiencia. Ella fue un faro de bondad, generosidad y apoyo absoluto conmigo en mis inicios; un alma maravillosa de las que dejan una huella imborrable en el corazón de quienes compartimos aula con ella. Gracias, Conchi.
Vivir en Cortes era también una experiencia para los sentidos. Aún hoy puedo cerrar los ojos y oler los guisos tradicionales que preparaba mi vecina María, una cocinera de las que apenas se encuentran. Me encantaba asomarme a la ventana del baño, que daba directamente a su patio, solo para escucharla cantar mientras cocinaba, acompañada de los pajaritos que cuidaba su marido Diego. Era la banda sonora de una vida pausada, vecinal y auténtica que en las ciudades ya se ha perdido.
En aquel año, el calendario se volvió un poco loco de la mejor de las maneras, los viernes se convirtieron en sábados. El cansancio de la semana se diluía en el bar de Andrés, donde el tapeo y las risas con Sergia, Ana María y otras compañeras, se alargaban hasta la madrugada. Los fines de semana eran sinónimo de aventura: las espectaculares rutas de senderismo descubriendo impresionantes paisajes de bosques con Alberto y Mariola, o las jornadas de recogida de setas con Mariví y José. Aquello era un auténtico ritual que siempre terminaba en la cocina o en una tradicional venta, transformando lo recolectado en deliciosos arroces con chantarela y croquetas de boletus, que aún recuerdan mis hijas, alrededor de una mesa compartida con aquellas cálidas y divertidas sobremesas.
Las visitas de fines de semana de mi familia y algunas amistades motivados para hacer rutas de senderismo, era una bocanada de aire fresco que hacia conectar con mis raíces y mis costumbres por aquellos días de añoranza de lo que se refiere a mi vida hasta esos días, pues no fue tan fácil el adaptarse a una vida completamente rural. Con ellos descubrimos la asombrosa época de berrea, en la que Cortes se convierte en un escenario de amaneceres y atardeceres inigualables mientras los ciervos emiten bramidos resonando por los inolvidables parajes en los que está enclavado Cortes. El Cañón de las Buitreras, declarado Monumento Natural de Andalucía, un impresionante desfiladero excavado por la fuerza del agua del rio Guadiaro, hace que a veces olvides que estás fuera del cuadro que estás contemplando, fueron momentos que solo puede ser descrito viviéndolo allí, pues hacerlo en estas palabras, les roba el valor y emoción que causa contemplarlo en el momento. La Sauceda, un pequeño poblado y lo más parecido a un bosque encantado, denso de alcornoques, quejigos, musgo, arbustos y helechos, el cual es de obligada visita, entre lo anteriormente citado, para los amantes de la naturaleza.
Para Ana y Begoña, mis hijas, aquel año también supuso un antes y un después. La mayor, con 12 años, comenzó allí el instituto. ¡Qué grande nos venía ese comienzo! Era una edad difícil para los cambios, pero Cortes de la Frontera las recibió con los brazos abiertos. Hicieron un grupo de amistades tan sano y fuerte que, a pesar de la distancia y de los años que han pasado, todavía hoy las conservan y cuidan con un cariño inmenso. La menor, a sus 10 años, descubrió la libertad de jugar en la plaza, respirar aire puro y crecer en una comunidad donde todos se cuidan, a pesar de que los primeros meses fueron muy duros para ella.
Para Ana fue también un capítulo muy importante en la historia de su vida hasta hoy. Sigue manteniendo el contacto con aquellas amistades tan divertidas y sanas y gracias a una de ellas, conoció a quien hoy por hoy es su pareja actual y quien como cada época estival sigue visitando y disfrutando de Cortes de la Frontera junto a su familia.
Málaga es costa y turismo, es verdad. No hay nada comparado con la luz de del mar malagueño y sus maravillosas playas, pero su verdadera alma reside en la calidez, el esfuerzo y la memoria de su gente, y del espectacular entorno que nos ofrece y que a veces olvidamos disfrutar. Vivir y trabajar como maestra rural en la provincia de Málaga ha sido un privilegio absoluto y va mucho más allá de la típica postal de sol y playas, en las que también he tenido la oportunidad de disfrutarlas. Tenemos la fortuna de contar con una diversidad de paisajes que abarca desde la espectacularidad de El Chorro o el Torcal de Antequera, hasta la serenidad de la Serranía de Ronda y la Axarquía, entre ellos, Cortes de la Frontera.
Dicen que los interinos dejamos un trocito de nosotros en cada colegio que pisamos. Es verdad. Fue solo un curso escolar, sin embargo, la huella es eterna. Pero lo que no te dicen es que pueblos como Cortes de la Frontera y Jimera de Líbar, te devuelven el doble. Nos fuimos con las maletas llenas de nostalgia y con el corazón rebosante de gratitud hacia su gente. Porque la educación y la vida, cuando se cocinan a fuego lento, con amor y en buena compañía, dejan un sabor que dura para siempre en la memoria del corazón.
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