Hay una forma especialmente indecente de no asumir responsabilidades: repartirlas entre todos. Si todos provocaron el incendio, nadie encendió la cerilla. Si todos polarizan, nadie polarizó primero. Si todos perdieron una guerra, ya no hace falta preguntarse quién la empezó, quién la ganó, quién murió y quién siguió mandando después. La igualdad de la culpa es, muchas veces, la forma más grosera de esconder la desigualdad de las responsabilidades.
Ese es el mecanismo que interesa mirar y señalar. No solo porque explica una determinada manera de contar la Guerra Civil, sino porque lleva décadas funcionando también en la política española: borrar las diferencias, igualar las responsabilidades y llamar 'polarización' al resultado. La derecha española ha utilizado con demasiada frecuencia esta operación. Primero se difuminan los hechos; después se reparten las culpas; finalmente se presenta la confusión como una virtud democrática. La niebla es el único paisaje donde el culpable se siente a salvo.
Vuelve Pérez-Reverte con su ciclo 'La guerra que todos perdimos' en la Fundación Cajasol, denunciando sectarismos y boicots. Hay algo curioso en la acusación: el título ya contiene una manera de contar la historia. Quien dice 'todos perdimos' ha decidido, antes de abrir el libro, que nadie ganó. Y, sobre todo, ha decidido que ya no merece la pena preguntar quién hizo qué. Pero los muertos tienen la mala costumbre de estropear los empates.
El Estado registra ya 510.857 víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, una cifra todavía en revisión, entre ellas unos 140.000 desaparecidos. Antes de decir que 'todos perdimos', convendría contar quiénes fueron los muertos, quiénes los desaparecidos y quiénes tuvieron el poder después y sus herederos. La aritmética no tiene ideología, pero tiene memoria, y eso es lo que no se le perdona.
El arte de no perder nunca
Hay un truco más viejo que la reacción misma, y tiene la ventaja de parecer una virtud: decir, con gesto grave, que la «crispación» es como el tiempo, que llueve sobre todos y no tiene dueño. Nada hay más tranquilizador, y por eso conviene desconfiar. Si todos son culpables, no lo es nadie. El que lo repite no acusa a su vecino: acusa a la humanidad, que es la única acusada que nunca comparece.
Lo que se pretende es adormecer al público, que es más barato que hundir al adversario: que olvide quién convirtió al rival en enemigo, quién usó las cañerías del Estado para mojar al vecino y quién no aceptó una derrota electoral porque no le cabía en su idea del poder, que es una idea muy pequeña con un marco muy grande. La polarización no cayó del cielo, y es una suerte, porque los cielos jamás han organizado una campaña de prensa.
Una parte de la derecha española acepta la alternancia como un gato el baño: no es que no vea su utilidad, es que le parece una ofensa personal. Cuando el poder cae en manos de quienes juzga indignos, la derrota se convierte en un robo, y ante un robo no se discute una política: se llama a la policía.
Recuérdese el 11-M, cuando parte de aquel mundo político y mediático sostuvo durante años una conspiración, porque era más fácil inventarse un misterio que admitir un resultado. Y recuérdense las palabras: 'ilegítimo', 'traición', 'banda', 'okupa'. Quien dice 'okupa' de un Gobierno no discute lo que hace, discute que tenga derecho a existir. Es más cómodo: no obliga a leer los presupuestos. Hay quien cree que insultar es una forma de argumentar, igual que hay quien cree que gritar es una forma de tener razón.
El laboratorio y la cacería
Cuando Podemos alteró el tablero, ciertos sectores políticos, mediáticos y policiales no respondieron con debate, que tiene el inconveniente de poder perderse, sino con laboratorio: filtraciones, informes sin firma, noticias falsas, querellas, titulares. Las causas acabaron archivadas, pero el archivo se publica en la página 37 y la acusación en portada. Recordemos también la «policía patriótica», la «Operación Cataluña», Kitchen: la investigación judicial ha ido mostrando que se emplearon recursos públicos con fines políticos. La lista es larga, y se alarga cada vez que alguien la cree terminada.
Pero, sin embargo, las acusaciones de la derecha no necesitan prosperar, necesitan quedarse. Un titular es una mancha de vino sobre un mantel blanco: el vino podía ser malo, pero la mancha se queda.
La izquierda moderada creyó que aquella máquina se había construido para otros, como quien ve arder la casa del vecino y razona que el fuego respeta las ideologías. Se equivocó. Con Sánchez la máquina cambió de objetivo sin cambiar de método: el Consejo General del Poder Judicial pasó casi seis años con el mandato caducado, bloqueado por el PP, hasta 2024. No se trataba de ganar las elecciones. Se trataba de que ganarlas resultara insoportable.
El barro como sistema
La izquierda, que se basta y sobra para fragmentarse y pelearse, no logra convertir en mayoría lo que cualquiera nota en el bolsillo: la vivienda, los alquileres, los salarios, la sanidad. Y la derecha ha aprendido lo que suelen aprender los listos: no hace falta ganar la discusión si se puede elegir de qué se discute.
Tómese la vivienda. Es un terreno ingrato para quienes llevan años defendiendo ciertas recetas, y las recetas tienen nombre, que es lo que más les pica.
En 2013, el Ayuntamiento de Madrid, con Ana Botella de alcaldesa, vendió unas 1.800 viviendas públicas a Fidere, sociedad de Blackstone. La Cámara de Cuentas halló que se hizo sin pliegos de condiciones; el Tribunal de Cuentas condenó en 2018 a Botella y a su equipo y luego revocó la condena. Lo que no se revocó es el resultado: un parque público que pasó a ser negocio privado, y a quien lo habitaba le cambiaron el casero por un fondo. Poco antes, en 2012, Luis de Guindos había creado la Sareb, el «banco malo», con una promesa que ha envejecido como la leche: que no costaría un euro al contribuyente. Eurostat acabó exigiendo que su deuda contara como deuda pública, y buena parte de lo que acumuló terminó en manos de fondos como Blackstone o Goldman Sachs. A la vez, el Gobierno de Rajoy reformó el régimen de las SOCIMI. Se tuvo en la mano un enorme patrimonio de vivienda y se decidió entregarlo al mercado. No fue un accidente. Fue una política, y con firma.
Pero basta ahora con trasladar la conversación a Sánchez, al insulto, a los pactos, a la patria, a Cataluña, a ETA, al comunismo o a Ceuta, y el problema se desvanece como el ladrón que, al oír gritar «¡fuego!» en el piso de arriba, se queda a mirar con los demás. Es burdo, pero funciona, porque esta derecha, además de sus males y vicios, tiene la costumbre de ser burda y ridícula.
Ceuta lo demuestra con claridad casi pedagógica. Cuando miles de personas cruzaron la frontera, buena parte del discurso político eligió una palabra, 'invasión', y con ella una pregunta: ¿quién traiciona a la patria? La pregunta es magnífica, porque no tiene respuesta y produce muchos titulares. Pero la «invasión» fue una campaña vergonzosa de manipulación, con el presidente Vivas a la cabeza que, al ver el chaparrón, se convirtió, como algunos le decían, en un «vivo». Hay patriotas que ven la patria en peligro solo cuando les conviene que esté en peligro.
El ciudadano deja de preguntarse "¿qué me ofrecen?" y se pregunta "¿a quién detesto más?". Es la pregunta más fácil del mundo, y la única que no sirve para pagar la hipoteca. La política convertida en barro no padece la desafección: la cultiva como quien cultiva un huerto, y el hombre que no se fía de nada acaba fiándose del primero que grite más fuerte.
Hay una forma especialmente indecente de no asumir responsabilidades: repartirlas entre todos. Si todos provocaron el incendio, nadie encendió la cerilla. Si todos polarizan, nadie polarizó primero. Si todos perdieron una guerra, ya no hace falta preguntarse quién la empezó, quién la ganó, quién murió y quién siguió mandando después. La igualdad de la culpa es, muchas veces, la forma más grosera de esconder la desigualdad de las responsabilidades.
Ese es el mecanismo que interesa mirar y señalar. No solo porque explica una determinada manera de contar la Guerra Civil, sino porque lleva décadas funcionando también en la política española: borrar las diferencias, igualar las responsabilidades y llamar 'polarización' al resultado. La derecha española ha utilizado con demasiada frecuencia esta operación. Primero se difuminan los hechos; después se reparten las culpas; finalmente se presenta la confusión como una virtud democrática. La niebla es el único paisaje donde el culpable se siente a salvo.
Vuelve Pérez-Reverte con su ciclo 'La guerra que todos perdimos' en la Fundación Cajasol, denunciando sectarismos y boicots. Hay algo curioso en la acusación: el título ya contiene una manera de contar la historia. Quien dice 'todos perdimos' ha decidido, antes de abrir el libro, que nadie ganó. Y, sobre todo, ha decidido que ya no merece la pena preguntar quién hizo qué. Pero los muertos tienen la mala costumbre de estropear los empates.
El Estado registra ya 510.857 víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, una cifra todavía en revisión, entre ellas unos 140.000 desaparecidos. Antes de decir que 'todos perdimos', convendría contar quiénes fueron los muertos, quiénes los desaparecidos y quiénes tuvieron el poder después y sus herederos. La aritmética no tiene ideología, pero tiene memoria, y eso es lo que no se le perdona.
El arte de no perder nunca
Hay un truco más viejo que la reacción misma, y tiene la ventaja de parecer una virtud: decir, con gesto grave, que la «crispación» es como el tiempo, que llueve sobre todos y no tiene dueño. Nada hay más tranquilizador, y por eso conviene desconfiar. Si todos son culpables, no lo es nadie. El que lo repite no acusa a su vecino: acusa a la humanidad, que es la única acusada que nunca comparece.
Lo que se pretende es adormecer al público, que es más barato que hundir al adversario: que olvide quién convirtió al rival en enemigo, quién usó las cañerías del Estado para mojar al vecino y quién no aceptó una derrota electoral porque no le cabía en su idea del poder, que es una idea muy pequeña con un marco muy grande. La polarización no cayó del cielo, y es una suerte, porque los cielos jamás han organizado una campaña de prensa.
Una parte de la derecha española acepta la alternancia como un gato el baño: no es que no vea su utilidad, es que le parece una ofensa personal. Cuando el poder cae en manos de quienes juzga indignos, la derrota se convierte en un robo, y ante un robo no se discute una política: se llama a la policía.
Recuérdese el 11-M, cuando parte de aquel mundo político y mediático sostuvo durante años una conspiración, porque era más fácil inventarse un misterio que admitir un resultado. Y recuérdense las palabras: 'ilegítimo', 'traición', 'banda', 'okupa'. Quien dice 'okupa' de un Gobierno no discute lo que hace, discute que tenga derecho a existir. Es más cómodo: no obliga a leer los presupuestos. Hay quien cree que insultar es una forma de argumentar, igual que hay quien cree que gritar es una forma de tener razón.
El laboratorio y la cacería
Cuando Podemos alteró el tablero, ciertos sectores políticos, mediáticos y policiales no respondieron con debate, que tiene el inconveniente de poder perderse, sino con laboratorio: filtraciones, informes sin firma, noticias falsas, querellas, titulares. Las causas acabaron archivadas, pero el archivo se publica en la página 37 y la acusación en portada. Recordemos también la «policía patriótica», la «Operación Cataluña», Kitchen: la investigación judicial ha ido mostrando que se emplearon recursos públicos con fines políticos. La lista es larga, y se alarga cada vez que alguien la cree terminada.
Pero, sin embargo, las acusaciones de la derecha no necesitan prosperar, necesitan quedarse. Un titular es una mancha de vino sobre un mantel blanco: el vino podía ser malo, pero la mancha se queda.
La izquierda moderada creyó que aquella máquina se había construido para otros, como quien ve arder la casa del vecino y razona que el fuego respeta las ideologías. Se equivocó. Con Sánchez la máquina cambió de objetivo sin cambiar de método: el Consejo General del Poder Judicial pasó casi seis años con el mandato caducado, bloqueado por el PP, hasta 2024. No se trataba de ganar las elecciones. Se trataba de que ganarlas resultara insoportable.
El barro como sistema
La izquierda, que se basta y sobra para fragmentarse y pelearse, no logra convertir en mayoría lo que cualquiera nota en el bolsillo: la vivienda, los alquileres, los salarios, la sanidad. Y la derecha ha aprendido lo que suelen aprender los listos: no hace falta ganar la discusión si se puede elegir de qué se discute.
Tómese la vivienda. Es un terreno ingrato para quienes llevan años defendiendo ciertas recetas, y las recetas tienen nombre, que es lo que más les pica.
En 2013, el Ayuntamiento de Madrid, con Ana Botella de alcaldesa, vendió unas 1.800 viviendas públicas a Fidere, sociedad de Blackstone. La Cámara de Cuentas halló que se hizo sin pliegos de condiciones; el Tribunal de Cuentas condenó en 2018 a Botella y a su equipo y luego revocó la condena. Lo que no se revocó es el resultado: un parque público que pasó a ser negocio privado, y a quien lo habitaba le cambiaron el casero por un fondo. Poco antes, en 2012, Luis de Guindos había creado la Sareb, el «banco malo», con una promesa que ha envejecido como la leche: que no costaría un euro al contribuyente. Eurostat acabó exigiendo que su deuda contara como deuda pública, y buena parte de lo que acumuló terminó en manos de fondos como Blackstone o Goldman Sachs. A la vez, el Gobierno de Rajoy reformó el régimen de las SOCIMI. Se tuvo en la mano un enorme patrimonio de vivienda y se decidió entregarlo al mercado. No fue un accidente. Fue una política, y con firma.
Pero basta ahora con trasladar la conversación a Sánchez, al insulto, a los pactos, a la patria, a Cataluña, a ETA, al comunismo o a Ceuta, y el problema se desvanece como el ladrón que, al oír gritar «¡fuego!» en el piso de arriba, se queda a mirar con los demás. Es burdo, pero funciona, porque esta derecha, además de sus males y vicios, tiene la costumbre de ser burda y ridícula.
Ceuta lo demuestra con claridad casi pedagógica. Cuando miles de personas cruzaron la frontera, buena parte del discurso político eligió una palabra, 'invasión', y con ella una pregunta: ¿quién traiciona a la patria? La pregunta es magnífica, porque no tiene respuesta y produce muchos titulares. Pero la «invasión» fue una campaña vergonzosa de manipulación, con el presidente Vivas a la cabeza que, al ver el chaparrón, se convirtió, como algunos le decían, en un «vivo». Hay patriotas que ven la patria en peligro solo cuando les conviene que esté en peligro.
El ciudadano deja de preguntarse "¿qué me ofrecen?" y se pregunta "¿a quién detesto más?". Es la pregunta más fácil del mundo, y la única que no sirve para pagar la hipoteca. La política convertida en barro no padece la desafección: la cultiva como quien cultiva un huerto, y el hombre que no se fía de nada acaba fiándose del primero que grite más fuerte.
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