El presidente de EEUU, Donald Trump.
El presidente de EEUU, Donald Trump.

En nuestros artículos inaugurales en Primeros Principios, hace ya casi un año, mostramos nuestro convencimiento de que, con el segundo mandato de Donald Trump, que entonces acababa de comenzar, se iniciaba un camino irreversible a un nuevo (y gran) desorden mundial.  Esta previsión no sólo se ha consolidado, sino que algunos autores hablan ya, con razón y directamente, de caos.  No sabemos o, al menos, aún no sabríamos calibrar, las repercusiones o las consecuencias del conflicto con Irán pero, a estas alturas, ya hay tres certezas incuestionables: serán muy graves, serán globales y, quizá lo peor, son imprevisibles.

Y es que la guerra recientemente iniciada no es solo un exponente más de la nueva política.  Aunque repita patrones y se pueda incluir en una evolución de actuaciones precedentes, supone un salto cualitativo con una conclusión, de haberla, muy difícil de predecir.  Esta guerra abierta, pero no declarada formalmente, tiene una dimensión descontrolada.  Va más allá de la enésima escalada del conflicto de Oriente Medio y se aproxima a una especie de “solución final” en manos de adalides de la guerra, con discursos llenos de un “ardor guerrero” que sonarían ridículos –de hecho, suenan ridículos– si no fueran dramáticos.

El ataque a Irán, y la correspondiente escalada de la guerra a toda la región y a las rutas comerciales de crudo, conlleva consecuencias que, si no se han valorado suficientemente –o si se dan por amortizadas–, indican el nivel de irresponsabilidad, o directamente desvergüenza, de sus protagonistas.  Sus graves efectos van a ser sentidos por toda la humanidad, cierto que con distinta intensidad, empezando por las miles de víctimas inocentes, directos damnificados que pasan a convertirse en un número, cuando no en “un daño colateral”.

¿Por qué la guerra?

Pero ¿qué empuja a la guerra como solución? No puede ser solo la idiotez, aunque es cierto que cuando se combinan la estulticia con la infamia los resultados son tremendos.

El régimen iraní es merecedor sobrado de condena, tanto por sus acciones internas, contra sus propios ciudadanos, como por las externas, como patrocinador del terrorismo internacional, pero, dados los antecedentes, sostener que la acción militar está justificada para impulsar un eventual cambio de régimen no resulta creíble. La guerra responde a otras motivaciones. Se incluye en un programa más amplio que contempla la reordenación del mundo desde una visión unitaria y autocrática. No puede ser fruto de la improvisación. Esta solo sería predicable de los idiotas y de quienes se sirven de los idiotas (aunque visto lo visto, no descartemos esta posibilidad).  Pero lo cierto es que lo vamos a pagar todos.

Las preguntas que cabría hacerse son las de siempre, las elementales, por qué, pero, sobre todo, para qué.  De otra forma habría que plantearse cuál es el coste de oportunidad que supone la guerra para quienes optan por matar como vía para imponer un determinado modelo político, social y económico a escala mundial, que solo a trazos se hace explícito y, además, sin ponderar sus gravísimas repercusiones.  Qué se gana (y quién gana) con el precio que estamos empezando a pagar.

Durante el tiempo que nos dedicamos a pensar para escribir una breve columna como esta (tiempo precioso de largas conversaciones entre amigos), se han sucedido tantas amenazas, versiones, explicaciones, posiciones y previsiones del conflicto por parte del gobierno de los EE.UU. y de otras instituciones que es inevitable la perplejidad y el desaliento – clamorosas, por cierto, las contradicciones de la presidenta de la Comisión Europea.  Por ello, es difícil encontrar una explicación, un argumento, un patrón sobre la situación.

Un nuevo paradigma

En todo caso, en el intento de encontrar este guion razonable, la decisión de plantear una solución definitiva parece coherente con una serie de aspectos y premisas de la nueva política que hemos venido señalando de forma reiterada desde estas páginas. Estamos no solo ante la reconsideración del tablero sino ante la pretensión de cambiar las reglas de juego, en un intento de transformación del orden político global en paralelo a los profundos cambios sociales y económicos que se están produciendo. Este cambio supone un nuevo paradigma, una auténtica revolución general, largamente diseñada, basada en interés o intereses concurrentes de parte. 

Entre otras premisas, los nuevos postulados rechazan el modelo democrático liberal, mientras que sus defensores naturales, por otra parte, no aciertan en protegerlo como debieran. También de la conformación de una serie de alianzas de conveniencia entre distintos sectores sociales y, sobre todo, económicos y políticos. Actores que, en algún país, están ya ejerciendo el poder ejecutivo. Destacan sectores muy conservadores. Por ejemplo, en el ámbito religioso, fundamentalmente evangélicos en expansión. En cambio, la jerarquía de la Iglesia Católica parece mantener una posición coherente en defensa de la fraternidad, no sin contestación interna. 

El surgimiento y el relativamente reciente alineamiento de las nuevas oligarquías tecnológicas con estos postulados es otro aspecto a considerar. Estos grupos de privilegiados tienen gran capacidad de influencia en la conformación de la opinión pública y requieren de la cercanía con el poder político para satisfacer sus intereses. Necesitan bienes y materias primas básicas (agua, energía, minerales) y financiación y cobertura normativa para mantener el negocio.  Con esa habilidad que demuestran siempre para manipular las palabras, sin duda bien asesorados por profesionales, han conseguido que hablar “desregulación” se vea como positivo, aunque en la acepción que les interesa implique, en realidad, la desprotección de la ciudadanía.  En ello también basan su pacto con la nueva clase política.  Necesitan el cambio para asegurar su dominio.  A su vez, el poder político-económico requiere de esta oligarquía por su capacidad de influencia y de determinación en el modelo social que parecen compartir.  Por el momento, mientras que el concurso de los ciudadanos sea necesario para acceder al poder, a través de un proceso electoral, hay que asegurar su convicción.  No es descartable que, pasado un tiempo, incluso la “molestia” de unas elecciones se considere innecesaria.

Un un nacionalismo ramplón y simplista

Estas alianzas se anticipan a lo que serían los marcos regulatorios e impositivos de los actuales tiempos ante las nuevas formas de riquezas (y de ricos); aquellos que debieran venir a atender los nuevos riesgos sociales derivadas de las grandes transiciones actuales: tecnológicas, demográficas y medioambientales. En la base, triunfa una determinada concepción política, que pretende fundamentar su “programa” global en varios aspectos. Entre otros, en un nacionalismo ramplón y simplista, que se pretende de dimensión internacional, pese a la contradicción que supone, al tener los nacionalismos, por definición, siempre carácter excluyente; en la negación o rechazo de cualquier proceso de transformación social, como la demográfica o la medioambiental (no en cambio, la tecnológica de la que se sirven y a la que sirven); en el rechazo a cualquier modelo de protección social porque se debe sustentar en un sistema fiscal justo que no están dispuestos a soportar. La puesta en escena pretende ser disruptiva, basada en una aparente ejecutividad de sus decisiones y pretendiendo en estos rasgos la generación de una nueva legitimación. Su forma de acción política es un “story board” infantiloide, que solo es sostenible por su capacidad de control de los nuevos canales (redes) de información, formación y comunicación, donde se introducen como lluvia fina hasta hacerlos pasar por “normales”.

Pero volvamos al principio.  Como consecuencia de todo lo anterior, y de otros aspectos de carácter histórico, nos encontramos inmersos en una guerra.  La guerra es un sinsentido sin disculpa.  La muerte de nuestros semejantes no puede encontrar ninguna causa que merezca la consideración de justa.  El ataque a Irán viene precedido, además, por el desprecio explícito de cualquier forma de justificación o procedimiento.  Si la actuación del comandante en jefe del mayor ejército del mundo renuncia a poder tener razón, obviando, entre otras cuestiones, su propia constitución, simplemente se está incumpliendo deliberadamente la obligación de una legitimación que no se fundamente en su mera determinación personal, alardeando de ello y escondiendo cualquier explicación realista, más allá de la declaración pueril de enemistad a un régimen.  Hoy Irán, mañana quién…  Un líder, en definitiva, que dice querer cambiar la Historia, pero que alardea de su incultura: es dudoso que haya leído ni una página de esa Historia.

El gobernante debe ser previsible

Lo que se demanda de cualquier gobernante es que sea previsible; una previsibilidad fundamentada en el respeto a los procedimientos y en la defensa de unos principios y valores transversales basados en las normas y declaraciones internacionales. Lo contrario es un desastre. Lo es porque no podemos interpretar cuál es el nuevo orden que se pretende, qué riesgos reales conlleva, más allá de las gravísimas consecuencias de cualquier guerra empeoradas, además, porque en este caso no parece, siquiera, tener o apreciar ninguna valoración real de riesgos. Se nos pide, eso sí, una adhesión inquebrantable, sin empacho de insultar a nuestra inteligencia.

Que nos intenten trasladar explicaciones y posiciones infantiles no es más que la expresión de una concepción naif de la sociedad, de la forma de la comunicación y de la información. Se espera que a una sociedad sumida en una ignorancia convenientemente trabajada, se la pueda convencer en base a los argumentos más simplistas y los sentimientos más tribales.  Lo que hay realmente es un desprecio declarado hacia la ciudadanía con criterio.  En esto se basa seguramente el “pacto” de la oligarquía con la plebe, necesario para la alianza entre poderosos.

Cuando la avaricia, la estulticia y la vanidad compiten al alza, y se desprecian principios y valores esenciales en favor de intereses particulares (ya ni siquiera inconfesados) gana el mal. Y ahora tenemos dosis más que de sobra de todos estos ingredientes. Y Europa, sigue perdida. 

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