En paralelo al día a día de una guerra cuya comprensión es difícil para cualquiera, en las dos últimas semanas han sucedido algunos acontecimientos que, aparentemente inconexos, guardan elementos en común. En concreto, nos referimos a algunas controversias que tienen fondo y que deberían observarse con detenimiento, aunque algunas sean fruto de esta concepción de la gestión de lo inmediato como forma de manipulación de la opinión pública.
En primer lugar, Sam Altman, el controvertido fundador y CEO de OpenAI, ha vuelto a insistir en la necesidad de repensar el reparto de la riqueza que deriva de la implantación generalizada de sistemas de inteligencia artificial, de cómo debería afectar al trabajo y cómo sería necesario conformar un nuevo sistema impositivo que tuviera en consideración tal circunstancia, poniendo un mayor foco en las rentas del capital.
Sometido al tiempo a una campaña importante de desprestigio profesional, e independientemente de lo acertado de sus planteamientos -siempre opinables-, no puede cuestionarse que los cambios estructurales que suponen el desarrollo y generalización de la aplicación de la IA deberían conllevar una reflexión sobre el valor añadido que implican y cómo debería contribuir al interés general, algo que habría que atender y sobre lo que es necesario tomar partido; sobre todo porque muchos de estos intangibles -datos y perfiles- que crean esta nueva forma de riqueza provienen y son titularidad de los propios ciudadanos. Es tanto como plantear qué modelo de sociedad, a nivel económico, fiscal y de protección social -incluyendo los efectos sobre el empleo- debemos anticipar ante esta nueva, y ya en pleno desarrollo, auténtica “revolución industrial”.
La respuesta a estos planteamientos por parte de los desarrolladores de modelos de IA, junto a otras empresas tecnológicas que todos podemos tener en mente, está siendo evidente. Estas empresas suponen un nuevo poder y no están dispuestas a ceder un ápice de las ganancias -y del auténtico control- que supone un nuevo modelo social y económico basado en la gestión de datos. En una alianza explícita con el poder político (no precisamente respetuoso con los procedimientos democráticos, como está ocurriendo con claridad en Estados Unidos), están anticipándose a esta nueva realidad, de cuya creación son protagonistas y para la que han planteado un programa implícito cuyos presupuestos han determinado desde hace tiempo.
Por ejemplo, en esta nueva y auténtica revolución latente, no habrá una contestación colectiva como en el siglo XIX. Falta, al menos por el momento, la construcción de una idea colectiva del cambio y de sus efectos. Se han anticipado para evitar tal “tentación”. No hay siquiera una demanda social del conocimiento que permita y sepa crear una base cultural de carácter transversal suficiente sobre las consecuencias del cambio y las necesidades de respuesta. Se ha impuesto una individualización propiciada por los modelos de redes, asentados en la personificación de los contenidos de acceso a la información, que en gran medida se basan en la ignorancia y en el fomento del desprecio real a cualquier forma de análisis. Es, quizá, una de las grandes diferencias frente a otros momentos de cambio estructural.
Por ello, independientemente de que las soluciones que plantea Altman sean más o menos acertadas, sería deseable construir un discurso amplio sobre los efectos de la implantación generalizada de sistemas inteligentes. La respuesta normativa a nivel, fundamentalmente, de la Unión Europea, sin mayores pretensiones reales que establecer unos límites mínimos a la demostrada capacidad de injerencia de la IA incluso en los ámbitos más íntimos de la persona, partiendo de su capacidad de inferencia, que la define, y de su también capacidad de condicionar la decisión humana, ha dado lugar a la oposición más furibunda de este nuevo poder tecnológico, que no ha dudado en convertirla en ataques directos al modelo que representa la Unión. En situaciones como esta es cuando más se echa de menos la paradigmática incapacidad europea de defensa de su propio proyecto.
En relación con este tema podría llamar la atención la posición de la Iglesia, lo que nos da pie a reconocer un auténtico “aggiornamento” ante los temas de actualidad. No solo ha publicado documentos interesantes al respecto, fruto del estudio de expertos y expertas que han desembocado en la Nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y del Dicasterio para la Cultura y la Educación, “Antiqua et Nova” (Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana), sino que en el mismo Vía Crucis de Roma este Viernes Santo se afirmaba, como comentario a la X Estación (“Jesús es despojado de sus vestiduras”), que este despojo lo hacen, entre otros, “…aquellos que autorizan y utilizan formas de inspección y control que no respetan la dignidad de la persona”, en una alusión que podríamos comprender también a quienes abusan de nuestros datos creando perfiles para condicionar nuestra personalidad.
Pero no ha sido por esto por lo que precisamente haya sido protagonista la Iglesia en estos días y, en particular, León XIV. Y este es el segundo aspecto que queríamos destacar. El Papa ha sido, y está siendo, muy claro en su posición frente a la guerra y en defensa de la dignidad de las personas. No es casual que el primer Papa agustino vaya a Argelia a visitar, en la antigua Hipona, la tumba de San Agustín; como tampoco debe obviarse que fuera éste quien construyera la doctrina sobre la guerra justa, siendo coetáneo del saqueo de Roma por Alarico y diera su respuesta, desde la fe, al suceso a través de sus escritos –“La Ciudad de Dios”-. La Iglesia mide muy precisamente cualquier movimiento. Y la diplomacia vaticana se caracteriza por su precisión y anticipación, además de por su capacidad de influencia. Por eso adquieren particular valor las palabras del Papa en su visita a África. Como relatan las crónicas, en Camerún llega a afirmar lo siguiente: “Los artífices de la guerra fingen ignorar que basta un instante para destruir, pero que a menudo toda una vida no es suficiente para reconstruir”. Después, en Malabo, destacaría que habría que “valorar a quienes creen en la paz, y atreverse a aplicar políticas que vayan contracorriente, centradas en el bien común”, en un mundo “herido por la prepotencia”.
Con todo, el aspecto más mediático de la posición de la Iglesia frente a la guerra ha venido de la pretendida respuesta de Trump y de su entorno, con sus habituales salidas de tono (incluida foto simulando ser Jesucristo) y llegando su Vicepresidente a cuestionar la autoridad teológica del Papa. Al menos desde la perspectiva europea (y no hay nada más evidente que la reacción de Meloni en Italia) yerran Trump y sus acólitos cuando pretenden competir con el Papa. Arrogarse la mera imagen de Cristo supone pretender suplantar, en el ámbito mediático más desafortunado, el carácter de vicario de Cristo que solo tiene instituido el Obispo de Roma, lo que supone un insulto directo a todos los creyentes y causa rubor, incluso, en los no creyentes. Por cierto, ¿dónde están los autodenominados defensores de los sentimientos religiosos?
Son imágenes tan heréticas como ridículas, que solo representan (además de la aludida falta de respeto a los católicos, que no le será gratis) su intención de erigirse en líder de una fatuidad prepotente en lo que bien parece un pulso entre propaganda y fe; ente lo inmediato de las campañas de imagen dirigidas a confundir y una doctrina asentada sobre pilares milenarios de los padres de la Iglesia. Un pulso, en definitiva, que debería causar repulsión solo por el intento de equiparar en un mismo plano ambas dimensiones. No podemos olvidar que el programa de la presidencia norteamericana viene apoyado por sectores evangélicos muy conservadores (no sin influencia en nuestro país) y que el intento de convertir en guerra de religión los ataques a Irán (cuando el motivo es exclusivamente espurio) solo se sostiene desde estos planteamientos a los que la diplomacia vaticana ha sabido anticiparse.
En nuestra opinión, se equivocan también quienes quieran encasillar al Papa en los habituales estándares políticos. El Papa quiere mostrar la doctrina de la Iglesia desde sus propios valores trascendentes; desde los postulados teológicos que le son propios, que entiende universales y eternos. Que sean válidos y deseables y que representen la ansiada búsqueda del referido bien común que puedan abrazar creyentes y no creyentes, católicos y fieles de otras confesiones, es parte del deseo general de paz que debiera compartir cualquier persona de buena fe.
Los que escribimos estas líneas no somos personas religiosas, aunque sí educados en una sociedad cristiana, y partimos muy sinceramente del respeto de lo que está representando actualmente la doctrina de León XIV. Por supuesto, también partimos, desde una comprensión que no puede ser sino limitada de lo que supone la fe y el acervo teológico que sustenta la Iglesia (con todos esos errores que sus referentes se afanan a achacar a su lado humano), del reconocimiento de la claridad de su exposición en cuestiones con las que es fácil, quizá hasta necesario, compartir, porque precisamente surgen del innegociable e indiscutible valor de la dignidad humana. No hay otro elemento más básico de partida; no hay otro principio más elemental y universal. Y ahí la Iglesia siempre ganará.
El tercer elemento a considerar es la reunión de Barcelona y la llamada a conformar una “internacional progresista”, conectado con lo anterior por la propia coincidencia de fechas (seguramente provocada). Los principios de que parte (la defensa de la democracia, del derecho internacional y de unos valores universales de defensa de las personas) son obviamente asumibles; pero nacen en contraposición de los postulados del populismo iliberal y tienen el riesgo de convertirse en una respuesta meramente coyuntural a un problema estructural de la democracia. Como decimos, parece aprovechar, precisamente, el contexto de contestación que han supuesto los errores de la administración americana no solo con la guerra (que por supuesto) sino con la respuesta mediática a la que aludíamos antes; sin embargo, para ser realmente creíble en su intención, requeriría de, al menos, dos presupuestos de fondo que se pueden echar en falta.
En primer lugar, la defensa de la democracia requiere ampliar el espectro político, porque, de lo contrario, hay el riesgo de caer en el populismo que se dice confrontar. Pero, en segundo lugar, sería necesario construir un proyecto de respuesta desde estos postulados a la nueva realidad que parece imponerse. Es tanto como pedir que estos planteamientos no tengan un mero carácter oportunista. El gran debe de la socialdemocracia, y de otras ideologías democráticas, está precisamente en la carencia de proyecto y de ahí la posible falta de identificación por parte de sectores importantes de la sociedad, comenzando por las personas más jóvenes.
Y el cuarto elemento tiene que ver con el tratamiento de la inmigración. Tanto en relación con la modificación del reglamento de extranjería como en relación con los exabruptos derivados de los acuerdos de gobierno en Extremadura y Aragón, tutelados y conformados por las direcciones nacionales de los partidos en cuestión, no hay posicionamientos más claros que los de la Iglesia, lo que ha provocado una confrontación directa entre la extrema derecha, hasta ahora pretendidamente identificada con su doctrina, de la que, por cierto, querían nominalmente hacer causa, con la Curia. El Obispo de Canarias, antiguo director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla, del que siempre guardaremos un agradabilísimo recuerdo, ha sido contundente. Para él es fácil serlo cuando defiende algo tan sustancial como es la vida y la dignidad de todas las personas en igualdad, rechazando cualquier identitarismo excluyente. Será que algunos no entienden el carácter universal de una Iglesia que se define, precisamente, y si se nos permite la reiteración, por ser católica. De nuevo, la Iglesia va por delante. Debe ser el Espíritu Santo. Ojalá nos ilumine.





