Opinión

¿Puede Pedro Sánchez volver a ser presidente?

Las izquierdas necesitan comprender por qué una parte de su electorado se distancia, qué demandas sociales no están consiguiendo representar y hasta qué punto sus diferencias organizativas dificultan la construcción de una alternativa de Gobierno

  • Acto de Pedro Sánchez, este pasado sábado, en Dos Hermanas, arranque de la precampaña del 29N.

La política tiene una particularidad que conviene no olvidar, y es que las elecciones no se ganan en las encuestas, pero tampoco se remontan únicamente apelando a la esperanza.

Como politólogo pienso que entre ambos extremos se encuentra el análisis de los datos, la interpretación de los cambios sociales y la capacidad de los partidos para convertir sus apoyos en mayorías parlamentarias, y aquí Pedro Sánchez ha demostrado gran capacidad.

El viernes vi las declaraciones de Iván Redondo sobre las posibilidades electorales de la izquierda y las mismas invitan a plantear una cuestión que va más allá de las expectativas de campaña: ¿puede Pedro Sánchez volver a ser presidente del Gobierno tras las elecciones generales del próximo 29 de noviembre?

Mi respuesta, atendiendo al escenario demoscópico que conocemos a 9 de octubre, es que resulta poco probable, no imposible, pero sí difícil. Y conviene explicar por qué.

La encuesta de 40dB para El País y la Cadena SER sitúa al Partido Popular en 132 escaños, al PSOE en 112 y a Vox en 66. En el espacio situado a la izquierda de los socialistas, el Frente Amplio obtendría cinco diputados y Podemos, dos, según la estimación planteada. Con estas cifras, PP y Vox sumarían 198 escaños, frente a los 119 del PSOE y las dos formaciones mencionadas.

La distancia es considerable. En un Congreso de 350 diputados, donde la mayoría absoluta se sitúa en 176, la derecha partiría de una posición parlamentaria muy favorable y la izquierda necesitaría modificar sustancialmente este reparto para disponer de una mayoría alternativa. Sin embargo, una encuesta representa una fotografía de un momento concreto, no una sentencia electoral como hemos podido comprobar en otras ocasiones. Su utilidad consiste en identificar tendencias, dificultades y posibles escenarios, no en anticipar como inevitable un resultado que todavía depende de la decisión de millones de electores. Somos científicos sociales, no brujas con bolas de cristal que predicen el futuro.

La pregunta, por tanto, no es si la izquierda puede mejorar sus expectativas, sino qué tendría que suceder para transformar una situación desfavorable en una posibilidad real de Gobierno.

Uno de los principales problemas de las izquierdas es su dificultad para articular una alternativa electoral suficientemente amplia y reconocible y con ello la dispersión de votos y castigo la aplicación de la ley D’Hondt. Las diferencias entre el PSOE, Sumar, Podemos y las iniciativas que buscan una candidatura común no son únicamente organizativas. También expresan discrepancias sobre liderazgo, estrategia y capacidad para representar a un electorado diverso. Por ello la posibilidad de una coalición entre el Frente Amplio y Podemos plantea un interrogante relevante. Si una candidatura conjunta mejora la representación parlamentaria respecto a la concurrencia por separado, la unidad podría contribuir a reducir las pérdidas derivadas de la fragmentación. Pero el análisis no puede limitarse a sumar diputados: también debe valorar el efecto sobre el PSOE y sobre el conjunto del bloque progresista.

La unidad electoral no garantiza por sí misma la unidad política ni la ampliación de la base social. Una coalición puede optimizar el reparto de escaños y, al mismo tiempo, no conseguir atraer nuevos votantes. También puede generar expectativas que después no se correspondan con la participación efectiva. Por ello la cuestión decisiva es si las fuerzas progresistas son capaces de construir un proyecto compartido que resulte convincente para quienes ya las votan y para quienes se han distanciado de ellas.

La derecha, pienso con el peor candidato posible, el señor Feijóo, mientras tanto, no necesita necesariamente conquistar a una mayoría absoluta de la ciudadanía para gobernar. Le basta con reunir los apoyos parlamentarios suficientes, mientras sus adversarios no consiguen articular una mayoría alternativa. Esa es una de las claves de la actual aritmética electoral: la suma de PP y Vox.

El segundo factor es el liderazgo del presidente del Gobierno. Sánchez afronta unas elecciones en las que no solo se evaluarán las propuestas de su partido, sino también su gestión, su credibilidad y la confianza que inspira entre los electores, no todos los votantes que abandonan un partido lo hacen por las mismas razones ni están necesariamente dispuestos a regresar, por ello para recuperar apoyos, el PSOE tendrá que demostrar que comprende las preocupaciones de la ciudadanía y que dispone de respuestas creíbles. La vivienda, el coste de la vida, el empleo y el funcionamiento de los servicios públicos pueden ocupar un lugar central en la campaña. Sin embargo, su relevancia electoral dependerá de cómo valore la ciudadanía la gestión realizada en los últimos ocho años, y de si percibe que las propuestas actuales ofrecen soluciones a sus problemas cotidianos.

Existe una diferencia importante entre situar un asunto en la agenda política y convencer al electorado de que se está resolviendo. En campaña, esa distancia puede convertirse en una de las principales debilidades del Gobierno.

Tampoco bastará con plantear las elecciones como una disyuntiva entre Sánchez y la derecha como se pretende. El temor a una alternativa política puede movilizar a una parte del electorado, pero difícilmente sustituirá por completo a la necesidad de generar confianza en un proyecto propio.

El PSOE necesita algo más que evitar una victoria de sus adversarios: necesita explicar por qué merece continuar gobernando.

A tener en cuenta la participación pues puede alterar el escenario. La movilización electoral será otro elemento determinante pues el elector de izquierda es más proclive a quedarse en casa y no ir a votar, pues una parte del electorado progresista podría encontrarse desmovilizada por el desgaste del Gobierno, las disputas internas o la falta de identificación con las alternativas disponibles. Si la campaña consigue recuperar a esos votantes, el escenario podría cambiar.

Pero sería un error atribuir automáticamente a la izquierda los beneficios de una mayor participación. La derecha también puede movilizar a sus electores, especialmente si percibe que tiene cerca la posibilidad de un cambio de Gobierno, aunque también la confianza mató al gato, y esto puede ocurrir si parte del electorado del PP se ve ganador antes del escrutinio.

Por eso, no basta con observar si aumenta la participación general. Será necesario analizar qué sectores sociales acuden a las urnas, qué bloques se benefician de esa movilización y cómo se distribuyen territorialmente los votos.

Nuestro sistema electoral introduce, además, una variable fundamental: la conversión de votos en escaños depende de los resultados en cada circunscripción. Una mejora nacional del PSOE no garantiza que obtenga los diputados necesarios para formar una mayoría parlamentaria. La distribución territorial puede resultar tan importante como la evolución del porcentaje de voto.

En este contexto, los sindicatos también pueden desempeñar un papel relevante mediante la movilización social y la incorporación de cuestiones laborales al debate público como ya estamos observando con el anuncio de huelga general. No obstante, conviene distinguir entre capacidad de convocatoria y transferencia electoral. Una protesta puede expresar un rechazo a determinadas políticas sin traducirse necesariamente en un incremento de votos para el Gobierno.

Una de las confusiones más frecuentes en el debate político de la ciudadanía consiste en identificar la victoria electoral con la posibilidad de gobernar.

El PSOE podría mejorar sus resultados y seguir sin disponer de una mayoría parlamentaria suficiente. También podría quedar por detrás del PP y, en determinadas circunstancias, existir dificultades para construir una mayoría alternativa de derechas, estos son escenarios diferentes que requieren un análisis específico.

Por ello la continuidad de Sánchez dependerá de tres condiciones: la evolución de los resultados socialistas, la representación de las demás fuerzas progresistas y la capacidad del conjunto de partidos potencialmente favorables a su investidura para reunir los apoyos necesarios, el análisis no puede limitarse a comparar PP y PSOE. Debe incorporar a Vox, a las formaciones situadas a la izquierda de los socialistas y a los partidos nacionalistas y regionalistas cuya representación pueda resultar decisiva.

Las diferencias entre las encuestas privadas y el barómetro del CIS de septiembre, más favorable al PSOE, aconsejan también prudencia. Las distintas mediciones responden a metodologías y momentos de elaboración diferentes. Para valorar si existe una recuperación socialista habrá que observar la evolución de los sondeos y comprobar si las tendencias se consolidan, en lugar de escoger únicamente los datos más favorables a una determinada interpretación.

El verdadero problema de la izquierda, más allá de la coyuntura electoral, considero que existe una cuestión de mayor profundidad y aquí me surge la pregunta ¿estamos ante un problema de liderazgo de Pedro Sánchez, ante una crisis de confianza en el PSOE o ante una fragmentación estructural de las izquierdas españolas?

La distinción es fundamental, si el principal problema es el desgaste personal del presidente, la campaña tendrá que evaluar su capacidad para recuperar credibilidad. Si la dificultad reside en la gestión gubernamental, la respuesta exigirá revisar los resultados y las prioridades políticas. Pero si existe una crisis más profunda de representación, ninguna campaña ni acuerdo de coalición resolverá por sí solo el problema.

Las izquierdas necesitan comprender por qué una parte de su electorado se distancia, qué demandas sociales no están consiguiendo representar y hasta qué punto sus diferencias organizativas dificultan la construcción de una alternativa de Gobierno.

La respuesta no puede consistir exclusivamente en sumar siglas o apelar a la movilización frente a la derecha. Hace falta un proyecto capaz de generar confianza, ofrecer soluciones reconocibles y demostrar que existe una mayoría social susceptible de convertirse en mayoría parlamentaria.

Mi análisis es que una remontada es posible, pero no probable para volver a gobernar.

A fecha de 9 de octubre, las estimaciones disponibles dibujan un escenario desfavorable para Pedro Sánchez. La distancia parlamentaria, la fragmentación de las izquierdas y las dificultades para recuperar la confianza de una parte del electorado hacen que su continuidad resulte poco probable según los datos considerados.

Pero sería precipitado convertir esa valoración en una predicción definitiva. Las próximas semanas permitirán comprobar si el PSOE reduce distancias, si las fuerzas a su izquierda consiguen articular una candidatura competitiva, si Vox mantiene su posición y si la movilización electoral modifica las expectativas actuales.

Como politólogo, considero más útil analizar las condiciones de una posible remontada que anunciarla o descartarla de antemano. La política exige diferenciar entre lo posible y lo probable, entre una mejora electoral y una mayoría parlamentaria, entre ganar votos y conseguir gobernar, por ello mi conclusión es clara: la izquierda todavía tiene margen para modificar el escenario, pero hoy no existen razones suficientes para considerar probable una mayoría que permita a Pedro Sánchez continuar en la presidencia.

La política tiene una particularidad que conviene no olvidar, y es que las elecciones no se ganan en las encuestas, pero tampoco se remontan únicamente apelando a la esperanza.

Como politólogo pienso que entre ambos extremos se encuentra el análisis de los datos, la interpretación de los cambios sociales y la capacidad de los partidos para convertir sus apoyos en mayorías parlamentarias, y aquí Pedro Sánchez ha demostrado gran capacidad.

El viernes vi las declaraciones de Iván Redondo sobre las posibilidades electorales de la izquierda y las mismas invitan a plantear una cuestión que va más allá de las expectativas de campaña: ¿puede Pedro Sánchez volver a ser presidente del Gobierno tras las elecciones generales del próximo 29 de noviembre?

Mi respuesta, atendiendo al escenario demoscópico que conocemos a 9 de octubre, es que resulta poco probable, no imposible, pero sí difícil. Y conviene explicar por qué.

La encuesta de 40dB para El País y la Cadena SER sitúa al Partido Popular en 132 escaños, al PSOE en 112 y a Vox en 66. En el espacio situado a la izquierda de los socialistas, el Frente Amplio obtendría cinco diputados y Podemos, dos, según la estimación planteada. Con estas cifras, PP y Vox sumarían 198 escaños, frente a los 119 del PSOE y las dos formaciones mencionadas.

La distancia es considerable. En un Congreso de 350 diputados, donde la mayoría absoluta se sitúa en 176, la derecha partiría de una posición parlamentaria muy favorable y la izquierda necesitaría modificar sustancialmente este reparto para disponer de una mayoría alternativa. Sin embargo, una encuesta representa una fotografía de un momento concreto, no una sentencia electoral como hemos podido comprobar en otras ocasiones. Su utilidad consiste en identificar tendencias, dificultades y posibles escenarios, no en anticipar como inevitable un resultado que todavía depende de la decisión de millones de electores. Somos científicos sociales, no brujas con bolas de cristal que predicen el futuro.

La pregunta, por tanto, no es si la izquierda puede mejorar sus expectativas, sino qué tendría que suceder para transformar una situación desfavorable en una posibilidad real de Gobierno.

Uno de los principales problemas de las izquierdas es su dificultad para articular una alternativa electoral suficientemente amplia y reconocible y con ello la dispersión de votos y castigo la aplicación de la ley D’Hondt. Las diferencias entre el PSOE, Sumar, Podemos y las iniciativas que buscan una candidatura común no son únicamente organizativas. También expresan discrepancias sobre liderazgo, estrategia y capacidad para representar a un electorado diverso. Por ello la posibilidad de una coalición entre el Frente Amplio y Podemos plantea un interrogante relevante. Si una candidatura conjunta mejora la representación parlamentaria respecto a la concurrencia por separado, la unidad podría contribuir a reducir las pérdidas derivadas de la fragmentación. Pero el análisis no puede limitarse a sumar diputados: también debe valorar el efecto sobre el PSOE y sobre el conjunto del bloque progresista.

La unidad electoral no garantiza por sí misma la unidad política ni la ampliación de la base social. Una coalición puede optimizar el reparto de escaños y, al mismo tiempo, no conseguir atraer nuevos votantes. También puede generar expectativas que después no se correspondan con la participación efectiva. Por ello la cuestión decisiva es si las fuerzas progresistas son capaces de construir un proyecto compartido que resulte convincente para quienes ya las votan y para quienes se han distanciado de ellas.

La derecha, pienso con el peor candidato posible, el señor Feijóo, mientras tanto, no necesita necesariamente conquistar a una mayoría absoluta de la ciudadanía para gobernar. Le basta con reunir los apoyos parlamentarios suficientes, mientras sus adversarios no consiguen articular una mayoría alternativa. Esa es una de las claves de la actual aritmética electoral: la suma de PP y Vox.

El segundo factor es el liderazgo del presidente del Gobierno. Sánchez afronta unas elecciones en las que no solo se evaluarán las propuestas de su partido, sino también su gestión, su credibilidad y la confianza que inspira entre los electores, no todos los votantes que abandonan un partido lo hacen por las mismas razones ni están necesariamente dispuestos a regresar, por ello para recuperar apoyos, el PSOE tendrá que demostrar que comprende las preocupaciones de la ciudadanía y que dispone de respuestas creíbles. La vivienda, el coste de la vida, el empleo y el funcionamiento de los servicios públicos pueden ocupar un lugar central en la campaña. Sin embargo, su relevancia electoral dependerá de cómo valore la ciudadanía la gestión realizada en los últimos ocho años, y de si percibe que las propuestas actuales ofrecen soluciones a sus problemas cotidianos.

Existe una diferencia importante entre situar un asunto en la agenda política y convencer al electorado de que se está resolviendo. En campaña, esa distancia puede convertirse en una de las principales debilidades del Gobierno.

Tampoco bastará con plantear las elecciones como una disyuntiva entre Sánchez y la derecha como se pretende. El temor a una alternativa política puede movilizar a una parte del electorado, pero difícilmente sustituirá por completo a la necesidad de generar confianza en un proyecto propio.

El PSOE necesita algo más que evitar una victoria de sus adversarios: necesita explicar por qué merece continuar gobernando.

A tener en cuenta la participación pues puede alterar el escenario. La movilización electoral será otro elemento determinante pues el elector de izquierda es más proclive a quedarse en casa y no ir a votar, pues una parte del electorado progresista podría encontrarse desmovilizada por el desgaste del Gobierno, las disputas internas o la falta de identificación con las alternativas disponibles. Si la campaña consigue recuperar a esos votantes, el escenario podría cambiar.

Pero sería un error atribuir automáticamente a la izquierda los beneficios de una mayor participación. La derecha también puede movilizar a sus electores, especialmente si percibe que tiene cerca la posibilidad de un cambio de Gobierno, aunque también la confianza mató al gato, y esto puede ocurrir si parte del electorado del PP se ve ganador antes del escrutinio.

Por eso, no basta con observar si aumenta la participación general. Será necesario analizar qué sectores sociales acuden a las urnas, qué bloques se benefician de esa movilización y cómo se distribuyen territorialmente los votos.

Nuestro sistema electoral introduce, además, una variable fundamental: la conversión de votos en escaños depende de los resultados en cada circunscripción. Una mejora nacional del PSOE no garantiza que obtenga los diputados necesarios para formar una mayoría parlamentaria. La distribución territorial puede resultar tan importante como la evolución del porcentaje de voto.

En este contexto, los sindicatos también pueden desempeñar un papel relevante mediante la movilización social y la incorporación de cuestiones laborales al debate público como ya estamos observando con el anuncio de huelga general. No obstante, conviene distinguir entre capacidad de convocatoria y transferencia electoral. Una protesta puede expresar un rechazo a determinadas políticas sin traducirse necesariamente en un incremento de votos para el Gobierno.

Una de las confusiones más frecuentes en el debate político de la ciudadanía consiste en identificar la victoria electoral con la posibilidad de gobernar.

El PSOE podría mejorar sus resultados y seguir sin disponer de una mayoría parlamentaria suficiente. También podría quedar por detrás del PP y, en determinadas circunstancias, existir dificultades para construir una mayoría alternativa de derechas, estos son escenarios diferentes que requieren un análisis específico.

Por ello la continuidad de Sánchez dependerá de tres condiciones: la evolución de los resultados socialistas, la representación de las demás fuerzas progresistas y la capacidad del conjunto de partidos potencialmente favorables a su investidura para reunir los apoyos necesarios, el análisis no puede limitarse a comparar PP y PSOE. Debe incorporar a Vox, a las formaciones situadas a la izquierda de los socialistas y a los partidos nacionalistas y regionalistas cuya representación pueda resultar decisiva.

Las diferencias entre las encuestas privadas y el barómetro del CIS de septiembre, más favorable al PSOE, aconsejan también prudencia. Las distintas mediciones responden a metodologías y momentos de elaboración diferentes. Para valorar si existe una recuperación socialista habrá que observar la evolución de los sondeos y comprobar si las tendencias se consolidan, en lugar de escoger únicamente los datos más favorables a una determinada interpretación.

El verdadero problema de la izquierda, más allá de la coyuntura electoral, considero que existe una cuestión de mayor profundidad y aquí me surge la pregunta ¿estamos ante un problema de liderazgo de Pedro Sánchez, ante una crisis de confianza en el PSOE o ante una fragmentación estructural de las izquierdas españolas?

La distinción es fundamental, si el principal problema es el desgaste personal del presidente, la campaña tendrá que evaluar su capacidad para recuperar credibilidad. Si la dificultad reside en la gestión gubernamental, la respuesta exigirá revisar los resultados y las prioridades políticas. Pero si existe una crisis más profunda de representación, ninguna campaña ni acuerdo de coalición resolverá por sí solo el problema.

Las izquierdas necesitan comprender por qué una parte de su electorado se distancia, qué demandas sociales no están consiguiendo representar y hasta qué punto sus diferencias organizativas dificultan la construcción de una alternativa de Gobierno.

La respuesta no puede consistir exclusivamente en sumar siglas o apelar a la movilización frente a la derecha. Hace falta un proyecto capaz de generar confianza, ofrecer soluciones reconocibles y demostrar que existe una mayoría social susceptible de convertirse en mayoría parlamentaria.

Mi análisis es que una remontada es posible, pero no probable para volver a gobernar.

A fecha de 9 de octubre, las estimaciones disponibles dibujan un escenario desfavorable para Pedro Sánchez. La distancia parlamentaria, la fragmentación de las izquierdas y las dificultades para recuperar la confianza de una parte del electorado hacen que su continuidad resulte poco probable según los datos considerados.

Pero sería precipitado convertir esa valoración en una predicción definitiva. Las próximas semanas permitirán comprobar si el PSOE reduce distancias, si las fuerzas a su izquierda consiguen articular una candidatura competitiva, si Vox mantiene su posición y si la movilización electoral modifica las expectativas actuales.

Como politólogo, considero más útil analizar las condiciones de una posible remontada que anunciarla o descartarla de antemano. La política exige diferenciar entre lo posible y lo probable, entre una mejora electoral y una mayoría parlamentaria, entre ganar votos y conseguir gobernar, por ello mi conclusión es clara: la izquierda todavía tiene margen para modificar el escenario, pero hoy no existen razones suficientes para considerar probable una mayoría que permita a Pedro Sánchez continuar en la presidencia.

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