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Opinión

La visibilización de las mujeres: una cuestión de derechos humanos

Lo que no se nombra, no existe en el imaginario colectivo. Lo que no existe en el imaginario colectivo no se convierte en referente

  • Zhou Qunfei en una fotografía junto a Elon Mask.

Zhou Qunfei: un nombre que debería conocer el mundo

Hay una fotografía que circula en los círculos empresariales del sector tecnológico: en ella aparece una mujer sentada entre Elon Musk, de Tesla, y Tim Cook, de Apple. Su nombre es Zhou Qunfei. Es la mujer más rica de China, la fundadora de Lens Technology, empresa proveedora de pantallas para Apple, Samsung, Tesla, BMW y Mercedes, y una de las figuras más influyentes de la industria tecnológica global. Sin embargo, salvo en los ámbitos especializados, casi nadie sabe quién es.

La historia de Zhou Qunfei reúne todos los elementos que la cultura popular reserva a los grandes relatos del éxito: pobreza extrema, infancia marcada por la adversidad (perdió a su madre a los cinco años y su padre quedó ciego tras un accidente laboral cuando era adolescente), abandono escolar a los dieciséis, trabajo en una fábrica de vidrio y formación autodidacta simultánea en contabilidad, informática y otras áreas técnicas. A comienzos de los años 2000, cuando el mercado de la telefonía móvil comenzaba a transformarse, supo identificar la oportunidad antes que nadie. Fundó Lens Technology y, en 2007, su empresa fue la única capaz de satisfacer las exigencias técnicas, primero de Motorola, y más adelante de Steve Jobs para la pantalla del primer iPhone. Hoy su patrimonio supera los 7.000 millones de dólares y las grandes tecnológicas dependen de su empresa. Y, sin embargo, casi nadie la conoce.

La invisibilidad es una injusticia estructural

La escasa visibilidad de Zhou Qunfei no se explica por falta de talento, de liderazgo ni de mérito; sino por un patrón sistemático, documentado y profundamente arraigado: la tendencia histórica a no nombrar a las mujeres, a no incorporarlas al relato colectivo del éxito, la ciencia, la innovación y el poder.

Este patrón no es nuevo. Cuando se narra el primer viaje a la Luna, se invocan los nombres de Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Rara vez se mencionan los de las físicas, matemáticas e ingenieras sin cuyas contribuciones ese logro habría sido imposible: Margaret Hamilton, cuyo código hizo posible el alunizaje; Katherine Johnson, cuyos cálculos de trayectoria fueron determinantes; Frances "Poppy" Northcutt, JoAnn Morgan, Judy Sullivan y Mareta West, entre tantas otras. Sus aportaciones existieron. Sus nombres, en cambio, permanecieron durante décadas fuera del relato oficial.

Lo que no se nombra, no existe en el imaginario colectivo. Lo que no existe en el imaginario colectivo no se convierte en referente. Y lo que no sirve de referente contribuye, por omisión, a perpetuar la idea falsa de que el liderazgo, el éxito y la excelencia son atributos masculinos y son los hombres los que deben tener el poder.

La visibilidad como derecho: el marco jurídico internacional

Desde el Derecho internacional de los derechos humanos, la invisibilidad de las mujeres no es una cuestión de sensibilidad o de corrección cultural: es una vulneración de derechos fundamentales. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979, consagra el derecho de las mujeres a la igualdad en todas las esferas de la vida pública y privada, incluida su plena participación en la vida económica, social, política, cultural y todos los demás ámbitos socialmente relevantes.

La Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce en su artículo 2 el principio de no discriminación, que prohíbe cualquier distinción basada en el sexo. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en su Objetivo 5, llama explícitamente a lograr la igualdad entre mujeres y hombres y a permitir que las mujeres puedan participar en la toma de decisiones como condición transversal para el desarrollo humano.

Ninguno de estos instrumentos puede interpretarse de forma reduccionista. Garantizar la igualdad entre mujeres y hombres implica también garantizar que las aportaciones de las mujeres a la historia, la ciencia, la economía, el deporte, la política y la cultura sean reconocidas, documentadas y transmitidas. La exclusión del relato colectivo es una forma de discriminación que, lejos de ser inocua, tiene efectos materiales: determina quién tiene voz, qué agendas son relevantes, quien ocupa el espacio del éxito, quién sirve de modelo y quién ejerce influencia sobre el presente, el futuro y deja huella en la historia.

Visibilizar es reconocer: el reconocimiento es poder

El reconocimiento público de las mujeres tiene consecuencias concretas. En primer lugar, produce referentes. Las niñas y mujeres jóvenes que crecen sin ver mujeres en los espacios del éxito, la innovación o el liderazgo interiorizan, aunque sea de forma inconsciente, que esos espacios no les pertenecen. La presencia de referentes femeninos no es un complemento estético al discurso de la igualdad: es una condición estructural para que la igualdad de trato y oportunidades sea algo más que una declaración de intenciones, porque conviene recordar, la igualdad es un derecho. 

En segundo lugar, corrige el relato histórico. Durante siglos, las mujeres han contribuido al avance del conocimiento, la cultura, las ciencias, la política y la economía en condiciones de invisibilidad y sin reconocimiento institucional. Reparar esa deuda histórica es una exigencia de justicia que va más allá de la buena voluntad: es una corrección de una injusticia acumulada durante generaciones.

Y en tercer lugar, tiene un efecto transformador sobre la estructura del poder. El poder no se ejerce únicamente a través del dinero, la fuerza o las armas: se ejerce también a través del reconocimiento, de la capacidad de ser nombrado y de ocupar un lugar en la memoria colectiva. Las mujeres y los colectivos que no son nombrados quedan excluidos de ese poder. Visibilizar a las mujeres es, en consecuencia, redistribuir de forma más justa los recursos simbólicos sobre los que se construye la influencia social.

Un deber colectivo, no una deferencia individual

Zhou Qunfei no es una excepción. Es la manifestación más visible de una realidad mucho más extensa: la de generaciones de mujeres que han construido empresas, impulsado investigaciones, liderado transformaciones sociales y aportado ideas decisivas desde la más absoluta invisibilidad. Sus historias no se cuentan, o se cuentan con menos frecuencia y con menos amplitud que las de sus pares masculinos. Ese déficit narrativo no es neutral: alimenta y legitima la desigualdad, la opresión, la exclusión y la violencia contra las mujeres en todas sus formas.

Visibilizar el trabajo y las aportaciones de las mujeres no es una concesión: es una obligación legal, una cuestión de justicia social, que incumbe a los medios de comunicación, las instituciones educativas, los Estados y la sociedad civil. Es también una forma de rigor intelectual: un relato que excluye a la mitad de la humanidad no es un relato distorsionado de la realidad. Las mujeres y niñas no podemos esperar a 2149 para lograr la igualdad entre mujeres y hombres. 

Zhou Qunfei: un nombre que debería conocer el mundo

Hay una fotografía que circula en los círculos empresariales del sector tecnológico: en ella aparece una mujer sentada entre Elon Musk, de Tesla, y Tim Cook, de Apple. Su nombre es Zhou Qunfei. Es la mujer más rica de China, la fundadora de Lens Technology, empresa proveedora de pantallas para Apple, Samsung, Tesla, BMW y Mercedes, y una de las figuras más influyentes de la industria tecnológica global. Sin embargo, salvo en los ámbitos especializados, casi nadie sabe quién es.

La historia de Zhou Qunfei reúne todos los elementos que la cultura popular reserva a los grandes relatos del éxito: pobreza extrema, infancia marcada por la adversidad (perdió a su madre a los cinco años y su padre quedó ciego tras un accidente laboral cuando era adolescente), abandono escolar a los dieciséis, trabajo en una fábrica de vidrio y formación autodidacta simultánea en contabilidad, informática y otras áreas técnicas. A comienzos de los años 2000, cuando el mercado de la telefonía móvil comenzaba a transformarse, supo identificar la oportunidad antes que nadie. Fundó Lens Technology y, en 2007, su empresa fue la única capaz de satisfacer las exigencias técnicas, primero de Motorola, y más adelante de Steve Jobs para la pantalla del primer iPhone. Hoy su patrimonio supera los 7.000 millones de dólares y las grandes tecnológicas dependen de su empresa. Y, sin embargo, casi nadie la conoce.

La invisibilidad es una injusticia estructural

La escasa visibilidad de Zhou Qunfei no se explica por falta de talento, de liderazgo ni de mérito; sino por un patrón sistemático, documentado y profundamente arraigado: la tendencia histórica a no nombrar a las mujeres, a no incorporarlas al relato colectivo del éxito, la ciencia, la innovación y el poder.

Este patrón no es nuevo. Cuando se narra el primer viaje a la Luna, se invocan los nombres de Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Rara vez se mencionan los de las físicas, matemáticas e ingenieras sin cuyas contribuciones ese logro habría sido imposible: Margaret Hamilton, cuyo código hizo posible el alunizaje; Katherine Johnson, cuyos cálculos de trayectoria fueron determinantes; Frances "Poppy" Northcutt, JoAnn Morgan, Judy Sullivan y Mareta West, entre tantas otras. Sus aportaciones existieron. Sus nombres, en cambio, permanecieron durante décadas fuera del relato oficial.

Lo que no se nombra, no existe en el imaginario colectivo. Lo que no existe en el imaginario colectivo no se convierte en referente. Y lo que no sirve de referente contribuye, por omisión, a perpetuar la idea falsa de que el liderazgo, el éxito y la excelencia son atributos masculinos y son los hombres los que deben tener el poder.

La visibilidad como derecho: el marco jurídico internacional

Desde el Derecho internacional de los derechos humanos, la invisibilidad de las mujeres no es una cuestión de sensibilidad o de corrección cultural: es una vulneración de derechos fundamentales. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979, consagra el derecho de las mujeres a la igualdad en todas las esferas de la vida pública y privada, incluida su plena participación en la vida económica, social, política, cultural y todos los demás ámbitos socialmente relevantes.

La Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce en su artículo 2 el principio de no discriminación, que prohíbe cualquier distinción basada en el sexo. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en su Objetivo 5, llama explícitamente a lograr la igualdad entre mujeres y hombres y a permitir que las mujeres puedan participar en la toma de decisiones como condición transversal para el desarrollo humano.

Ninguno de estos instrumentos puede interpretarse de forma reduccionista. Garantizar la igualdad entre mujeres y hombres implica también garantizar que las aportaciones de las mujeres a la historia, la ciencia, la economía, el deporte, la política y la cultura sean reconocidas, documentadas y transmitidas. La exclusión del relato colectivo es una forma de discriminación que, lejos de ser inocua, tiene efectos materiales: determina quién tiene voz, qué agendas son relevantes, quien ocupa el espacio del éxito, quién sirve de modelo y quién ejerce influencia sobre el presente, el futuro y deja huella en la historia.

Visibilizar es reconocer: el reconocimiento es poder

El reconocimiento público de las mujeres tiene consecuencias concretas. En primer lugar, produce referentes. Las niñas y mujeres jóvenes que crecen sin ver mujeres en los espacios del éxito, la innovación o el liderazgo interiorizan, aunque sea de forma inconsciente, que esos espacios no les pertenecen. La presencia de referentes femeninos no es un complemento estético al discurso de la igualdad: es una condición estructural para que la igualdad de trato y oportunidades sea algo más que una declaración de intenciones, porque conviene recordar, la igualdad es un derecho. 

En segundo lugar, corrige el relato histórico. Durante siglos, las mujeres han contribuido al avance del conocimiento, la cultura, las ciencias, la política y la economía en condiciones de invisibilidad y sin reconocimiento institucional. Reparar esa deuda histórica es una exigencia de justicia que va más allá de la buena voluntad: es una corrección de una injusticia acumulada durante generaciones.

Y en tercer lugar, tiene un efecto transformador sobre la estructura del poder. El poder no se ejerce únicamente a través del dinero, la fuerza o las armas: se ejerce también a través del reconocimiento, de la capacidad de ser nombrado y de ocupar un lugar en la memoria colectiva. Las mujeres y los colectivos que no son nombrados quedan excluidos de ese poder. Visibilizar a las mujeres es, en consecuencia, redistribuir de forma más justa los recursos simbólicos sobre los que se construye la influencia social.

Un deber colectivo, no una deferencia individual

Zhou Qunfei no es una excepción. Es la manifestación más visible de una realidad mucho más extensa: la de generaciones de mujeres que han construido empresas, impulsado investigaciones, liderado transformaciones sociales y aportado ideas decisivas desde la más absoluta invisibilidad. Sus historias no se cuentan, o se cuentan con menos frecuencia y con menos amplitud que las de sus pares masculinos. Ese déficit narrativo no es neutral: alimenta y legitima la desigualdad, la opresión, la exclusión y la violencia contra las mujeres en todas sus formas.

Visibilizar el trabajo y las aportaciones de las mujeres no es una concesión: es una obligación legal, una cuestión de justicia social, que incumbe a los medios de comunicación, las instituciones educativas, los Estados y la sociedad civil. Es también una forma de rigor intelectual: un relato que excluye a la mitad de la humanidad no es un relato distorsionado de la realidad. Las mujeres y niñas no podemos esperar a 2149 para lograr la igualdad entre mujeres y hombres. 

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