Al margen de la alegría por el triunfo de la selección española de fútbol, de la calidad de su juego y de todo el ruido y el barro de las redes sociales, hay una figura sobre la que he querido detenerme: la de Luis de la Fuente.
No me interesa cuál sea su ideología. Es una cuestión que pertenece a su intimidad y que, sinceramente, no condiciona mi opinión sobre él. Sí me parece significativo que haya hablado con naturalidad de su fe cristiana y de su costumbre de rezar. No porque eso le haga mejor entrenador, sino porque creo que esa dimensión espiritual explica, al menos en parte, la serenidad con la que afronta el liderazgo.
Lo que más valoro de Luis de la Fuente no son únicamente sus aciertos deportivos. Lo que admiro es su forma de estar. Su tranquilidad, su empatía, su humildad, su cercanía y, sobre todo, el respeto con el que se dirige a los demás. En una época en la que el liderazgo parece identificarse con el enfrentamiento, el ego o el espectáculo, él ha demostrado que también se puede dirigir un grupo desde la calma y la coherencia.
Estoy convencido de que una parte importante del éxito de esta selección no se explica solo por el talento de sus futbolistas. También responde a una cultura que el seleccionador ha sabido construir. Hemos visto a un equipo que no ha entrado en provocaciones, que ha competido con intensidad sin perder la compostura y que ha transmitido una imagen de unidad y deportividad que ha sido reconocida dentro y fuera de España. Ese comportamiento no nace por generación espontánea. Es el reflejo del carácter de quien dirige el vestuario.
Vivimos en una sociedad excesivamente polarizada. Da la impresión de que solo caben dos posiciones: conmigo o contra mí. El desacuerdo se transforma enseguida en descalificación y el insulto sustituye al argumento. Por eso agradezco encontrar personas que hacen del respeto una forma de actuar y no simplemente una palabra políticamente correcta.
No es casualidad que el término que más he escuchado pronunciar a Luis de la Fuente en sus ruedas de prensa sea precisamente ese: respeto. Respeto al rival, a los compañeros, a los árbitros, a la afición y a quienes piensan de manera distinta. En los tiempos que corren, ese mensaje me parece mucho más revolucionario de lo que algunos imaginan.
Ahora bien, tampoco quiero idealizar a nadie. Hay un episodio de la trayectoria de Luis de la Fuente que me hizo reflexionar. Durante la crisis provocada por el comportamiento de Luis Rubiales con Jennifer Hermoso, muchos esperábamos una posición más clara. Todos recordamos aquella asamblea de la Federación en la que el seleccionador aplaudió al entonces presidente. Yo mismo interpreté ese gesto como una forma de ponerse de perfil y así lo manifesté en su momento.
Con el paso del tiempo, sin embargo, he intentado mirar aquel episodio con más perspectiva. Es posible que influyeran la lealtad personal, el agradecimiento hacia quien le había dado la oportunidad de dirigir la selección o simplemente la dificultad de reaccionar con acierto en una situación tan compleja. No me corresponde juzgar sus motivaciones. Sí creo, en cualquier caso, que ante comportamientos que atentan contra la dignidad de las mujeres es importante expresar con claridad el compromiso con la igualdad y el respeto. Confío en que ese sea también el camino que siga recorriendo en el futuro.
Precisamente por eso creo que Luis de la Fuente tiene todavía la oportunidad de completar el mensaje que tan bien ha transmitido hasta ahora. Si ha conseguido convertir el respeto en el eje de su liderazgo, me gustaría escucharlo hablar también de igualdad con la misma convicción. Porque no puede haber respeto verdadero si no existe igualdad.
Incluso en los pequeños gestos. Comenzar a utilizar un lenguaje más inclusivo en sus ruedas de prensa, visibilizar con naturalidad la igualdad entre hombres y mujeres o aprovechar la enorme autoridad moral que hoy posee para lanzar ese mensaje sería una magnífica contribución. Los referentes deportivos educan mucho más de lo que a veces imaginan.
Gracias, Luis, por recordarnos que también se puede ganar desde la serenidad, la humildad y el respeto. Ojalá esa cultura del respeto siga creciendo y se complete con un compromiso igualmente firme con la igualdad. Si eso ocurre, su mayor victoria no será solo levantar un trofeo, sino haber contribuido a construir una sociedad un poco mejor. Necesitamos más hombres que no tengan miedo a dar ese paso.
Al margen de la alegría por el triunfo de la selección española de fútbol, de la calidad de su juego y de todo el ruido y el barro de las redes sociales, hay una figura sobre la que he querido detenerme: la de Luis de la Fuente.
No me interesa cuál sea su ideología. Es una cuestión que pertenece a su intimidad y que, sinceramente, no condiciona mi opinión sobre él. Sí me parece significativo que haya hablado con naturalidad de su fe cristiana y de su costumbre de rezar. No porque eso le haga mejor entrenador, sino porque creo que esa dimensión espiritual explica, al menos en parte, la serenidad con la que afronta el liderazgo.
Lo que más valoro de Luis de la Fuente no son únicamente sus aciertos deportivos. Lo que admiro es su forma de estar. Su tranquilidad, su empatía, su humildad, su cercanía y, sobre todo, el respeto con el que se dirige a los demás. En una época en la que el liderazgo parece identificarse con el enfrentamiento, el ego o el espectáculo, él ha demostrado que también se puede dirigir un grupo desde la calma y la coherencia.
Estoy convencido de que una parte importante del éxito de esta selección no se explica solo por el talento de sus futbolistas. También responde a una cultura que el seleccionador ha sabido construir. Hemos visto a un equipo que no ha entrado en provocaciones, que ha competido con intensidad sin perder la compostura y que ha transmitido una imagen de unidad y deportividad que ha sido reconocida dentro y fuera de España. Ese comportamiento no nace por generación espontánea. Es el reflejo del carácter de quien dirige el vestuario.
Vivimos en una sociedad excesivamente polarizada. Da la impresión de que solo caben dos posiciones: conmigo o contra mí. El desacuerdo se transforma enseguida en descalificación y el insulto sustituye al argumento. Por eso agradezco encontrar personas que hacen del respeto una forma de actuar y no simplemente una palabra políticamente correcta.
No es casualidad que el término que más he escuchado pronunciar a Luis de la Fuente en sus ruedas de prensa sea precisamente ese: respeto. Respeto al rival, a los compañeros, a los árbitros, a la afición y a quienes piensan de manera distinta. En los tiempos que corren, ese mensaje me parece mucho más revolucionario de lo que algunos imaginan.
Ahora bien, tampoco quiero idealizar a nadie. Hay un episodio de la trayectoria de Luis de la Fuente que me hizo reflexionar. Durante la crisis provocada por el comportamiento de Luis Rubiales con Jennifer Hermoso, muchos esperábamos una posición más clara. Todos recordamos aquella asamblea de la Federación en la que el seleccionador aplaudió al entonces presidente. Yo mismo interpreté ese gesto como una forma de ponerse de perfil y así lo manifesté en su momento.
Con el paso del tiempo, sin embargo, he intentado mirar aquel episodio con más perspectiva. Es posible que influyeran la lealtad personal, el agradecimiento hacia quien le había dado la oportunidad de dirigir la selección o simplemente la dificultad de reaccionar con acierto en una situación tan compleja. No me corresponde juzgar sus motivaciones. Sí creo, en cualquier caso, que ante comportamientos que atentan contra la dignidad de las mujeres es importante expresar con claridad el compromiso con la igualdad y el respeto. Confío en que ese sea también el camino que siga recorriendo en el futuro.
Precisamente por eso creo que Luis de la Fuente tiene todavía la oportunidad de completar el mensaje que tan bien ha transmitido hasta ahora. Si ha conseguido convertir el respeto en el eje de su liderazgo, me gustaría escucharlo hablar también de igualdad con la misma convicción. Porque no puede haber respeto verdadero si no existe igualdad.
Incluso en los pequeños gestos. Comenzar a utilizar un lenguaje más inclusivo en sus ruedas de prensa, visibilizar con naturalidad la igualdad entre hombres y mujeres o aprovechar la enorme autoridad moral que hoy posee para lanzar ese mensaje sería una magnífica contribución. Los referentes deportivos educan mucho más de lo que a veces imaginan.
Gracias, Luis, por recordarnos que también se puede ganar desde la serenidad, la humildad y el respeto. Ojalá esa cultura del respeto siga creciendo y se complete con un compromiso igualmente firme con la igualdad. Si eso ocurre, su mayor victoria no será solo levantar un trofeo, sino haber contribuido a construir una sociedad un poco mejor. Necesitamos más hombres que no tengan miedo a dar ese paso.
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