El colegio de mis hijas es una enorme Organización de Naciones Unidas escolar donde el lema de la dirección cada vez que llega un nuevo pequeño o pequeña de fuera es: "A su casa viene". Era un dicho antiguo que oíamos a las abuelas con los embarazos inesperados. Lejos de ver esa buena nueva como un conflicto —aunque pudiera representar un problema, más apreturas, más bocas para comer…—, todo eran facilidades para asumir cuanto antes al nuevo miembro y darle su sitio, dejando claro siempre que donde comen dos, comen tres.
Era la época de los patios de vecinos, los juegos en el patio y las comunidades tejiendo redes solidarias. "Dejad que los niños se acerquen a mí", advirtió Jesús a sus discípulos. En este centro educativo de este barrio de 40 nacionalidades esto es una constante, ya que raro es el mes del curso en el que no hay una nueva matriculación de alumnos que proceden de lugares tan dispares como Gambia o Venezuela. Y pese a todo, "a su casa vienen".
El claustro de profesores es un prodigio de atención, inclusión e integración con todos estos alumnos, vengan de donde vengan y pese a las dificultades y los siempre escasos recursos humanos y materiales a su alcance. Una maestra me comentaba cómo cualquier golpe significaba para un pequeño refugiado ucraniano de su clase revivir la psicosis de quien ha escuchado de cerca el terror de los bombardeos. Otro pequeño llegó casi a final de curso, casi sin saber decir más que "seño, pipí". Y ahora entra en la clase dando los buenos días en español y estando perfectamente integrado junto a sus compañeros, con quienes juega en el patio a balonazo limpio. Quizás en veinte años sea otro Lamine Yamal, orgulloso líder de la selección de selecciones, la campeona del mundo.
Bajo la batuta de una dirección cien por cien comprometida, que este curso se ha propuesto que toda la comunidad deje "huellas bonitas" —como pide la canción del roteño Antoñito Molina—, andan diariamente estos docentes enfrascados en que nadie se quede atrás. PISA pregunta por el origen del alumnado, por la lengua que se habla en casa, por los años que llevan aquí; lo tiene todo medido y desagregado. Lo que no cabe en ninguna escala, ni en esta ni en ninguna, es el trabajo de sostener durante meses a un niño que llegó en abril sabiendo decir "seño, pipí" hasta que da los buenos días él solo.
Este centro público, con los muros del patio sin un triste remiendo este curso por parte de la autoridad municipal, tiene unas instalaciones antiquísimas que, en cambio, son luminosas y coloridas, alimentadas por una comunidad educativa unida y donde las alegrías ganan a los problemas, pese al infierno en sus países de origen del que escapan muchos de los alumnos que pueblan las vetustas aulas.
Un tablón fruto de un mundo hostil
En este inicio de curso, me detuve en uno de los tablones donde muchos escolares habían dejado sus deseos para el presente y el futuro. Y no solo se me cayó el alma a los pies, sino que repasar muchos de esos mensajes me hizo estar aún más orgulloso de la comunidad donde comparten pupitre y libros de texto mis hijas. Un refugio seguro, plural y multicultural para los niños, en medio de un mundo hostil, cruelmente competitivo y globalizado hasta la homogeneización más alienante que les está esperando a la vuelta de unos años. Un espacio seguro para unos niños que, como dicen sus mensajes, en muchos casos solo ansían "volver a ver a mis abuelos en Ucrania" o "ir a Colombia para ver a mi familia". "Que la familia esté unida"; "necesitamos un coche"; "quiero una casa"; "quiero que mi madre sea feliz"; "salud y familia junta"; "deseo ver a mi familia", "que la familia siga siempre unida y creciendo"…
Leí el tablón entero dos veces. Ninguno pidió una pantalla. Ninguno pidió una tablet, ni un móvil, ni que se la quitaran. Ninguno, tampoco, pidió una pizarra digital. Uno quiso ser futbolista, otro muy alto, y otro adoptar todos los gatos de la calle.
En esta patria de acogida, son conscientes de lo mucho que extrañan esa tierra de la que tuvieron que huir o de la que se vieron forzados a emigrar en busca de un futuro próspero; y al tiempo, nos hacen conscientes con esos mensajes de colores, a menudo con el tono más triste del pantone, de la suerte que tenemos por haber podido crecer y desarrollar un proyecto de vida en este lado del mundo.
Mientras los dirigentes políticos en este país se reparten culpas y garrotazos ante cuestiones como la crisis migratoria en Ceuta y la protección de las fronteras frente a las mafias y los sátrapas, son los docentes, muy especialmente, los que se parten la cara cada día para integrar y acoger en las aulas públicas a quienes vienen en busca de una vida; mejor o peor, pero una vida.
De lo digital nos salvará al fentanilo tecnológico
Y si estos centros cada vez son más políglotas y heterogéneos, lo que cada vez se ven menos en ellos son pizarras digitales. Eso que hace una década vendía la administración como la panacea que iba a acabar con todos los problemas de la educación e iba a combatir el fracaso escolar —y en lo que se fue una cantidad de dinero público que nadie ha auditado nunca del todo— ya es material de derribo, una herramienta casi vetada debido al síndrome de las multipantallas que trastornan, condicionan y moldean a los niños fuera de los muros del colegio, donde hoy en día todo son peligros, riesgos y un contexto social de malos ejemplos.
Y dice César Rendueles en Redes vacías (Anagrama, 2026) —un ensayo que, muy en coherencia con lo que defiende, se ha publicado bajo licencia Creative Commons— que "hemos pasado de la teoría de la inteligencia infantil incrementada digitalmente a “el móvil fríe el cerebro de los adolescentes” a una velocidad asombrosa. Si uno lo piensa desde el punto de vista de los niños y jóvenes, nuestra volubilidad debe de resultar desconcertante. Las mismas personas que se maravillaban de su capacidad para manejar pantallas táctiles antes de aprender a hablar, que llenaron sus aulas de pizarras digitales, que sustituyeron los libros de texto por tablets, que entregaron a multinacionales tecnológicas el control de las plataformas y los correos electrónicos educativos, que les obligaron a llevar relojes geolocalizados, que les regalaron un móvil en la primera comunión... Esas mismas personas, digo, parecen creer que los vídeos tontos de TikTok son una especie de fentanilo".
El rechazo actual a las pantallas en el aula le parece "una muestra de laboratorio casi perfecta del momento histórico que estamos viviendo": una reacción pendular a la introducción fanática de tecnología en las escuelas como panacea pedagógica, que ha sido la norma durante décadas, pero una reacción que, escribe, "se limita a recorrer en sentido contrario el problema". Ni la tablet nos iba a salvar ni prohibirla nos va a salvar. Mientras tanto, sostiene, la transición digital educativa nunca llegó a producirse: las pizarras, las tablets y las aulas virtuales han sido sobre todo decorado, atrezo para prácticas que apenas han cambiado en cincuenta años. Nuestros hijos leen en el Chromebook el PDF del libro de texto de siempre y resuelven en el aula virtual las operaciones combinadas de un cuaderno Rubio. Pero eso sí, olvidamos la caligrafía, que es la mejor manera de aprender a ir por la vida escribiendo de forma recta.
Hay que decir que el libro se escribió antes del martes pasado. Rendueles sostiene que el nivel educativo no ha descendido en España en las últimas décadas, y el PISA publicado el 8 de septiembre le ha enmendado ese dato sin contemplaciones: 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura, 477 en ciencias, los peores resultados de nuestra serie histórica, las tres competencias cayendo a la vez por primera vez desde que participamos, y cuarenta y cinco puntos perdidos en comprensión lectora desde 2015. El informe añade además que a los alumnos les va peor cuando el uso de dispositivos en clase es excesivo o meramente recreativo, y que más de uno de cada cuatro dice que sus compañeros se distraen con aparatos en casi todas las clases. Habrá que leerlo con calma, porque las exclusiones de alumnado han crecido bastante y Cataluña ni siquiera ha entrado en la muestra. Pero el titular es el que es.
Y aun así, o precisamente por eso, el diagnóstico de fondo del ensayo sale reforzado. Porque si el nivel se hunde mientras las pizarras digitales son decorado y el debate público lleva quince años oscilando entre la tablet milagrosa y el móvil estupefaciente, lo que queda demostrado es exactamente lo que él denuncia: que nuestras soluciones son pobres. Y que esa pobreza, escribe, refleja "nuestra visión también pobre de la infancia y la juventud" y, sobre todo, "nuestra propia impotencia política". Una visión pobre de la infancia es, entre otras cosas, no leer el tablón. Que no votan y consumen poco, se me ocurre a mí, tendrá algo que ver.
¿Es que nadie va a escuchar a los niños?
¿Hay solución a todo esto? Ninguna fácil y a corto plazo, obviamente. Rendueles apunta a "desmantelar los monopolios digitales, desarrollar plataformas tecnológicas públicas, introducir regulaciones democráticas en internet…". Y quizás haya que mezclarlo con aquella intuición de Gramsci de una educación conservadora para una política radical, aunque sé que él me discutiría esto último, porque en su libro el retorno a los recios valores pedagógicos tradicionales aparece justamente como la palanca que la derecha más ultramontana está usando para su contrarreforma. Discutible, pues. Pero es que empezar a preocuparse de verdad por la infancia y por las generaciones futuras no puede consistir solo en decidir qué les prohibimos.
Y dice quien suscribe: de lo que no tengo duda es de que cualquier solución a futuro siempre empezará por casa, de una casa en paz y con futuro, por mucho que haya docentes abnegados que sigan haciendo de este mundo un lugar mejor frente a los desalmados. Para que un niño lea, y comprenda, quizás lo mejor sea que nos pille leyendo. Y si es posible, con un cacho de pan. Como pedía Lorca.
El colegio de mis hijas es una enorme Organización de Naciones Unidas escolar donde el lema de la dirección cada vez que llega un nuevo pequeño o pequeña de fuera es: "A su casa viene". Era un dicho antiguo que oíamos a las abuelas con los embarazos inesperados. Lejos de ver esa buena nueva como un conflicto —aunque pudiera representar un problema, más apreturas, más bocas para comer…—, todo eran facilidades para asumir cuanto antes al nuevo miembro y darle su sitio, dejando claro siempre que donde comen dos, comen tres.
Era la época de los patios de vecinos, los juegos en el patio y las comunidades tejiendo redes solidarias. "Dejad que los niños se acerquen a mí", advirtió Jesús a sus discípulos. En este centro educativo de este barrio de 40 nacionalidades esto es una constante, ya que raro es el mes del curso en el que no hay una nueva matriculación de alumnos que proceden de lugares tan dispares como Gambia o Venezuela. Y pese a todo, "a su casa vienen".
El claustro de profesores es un prodigio de atención, inclusión e integración con todos estos alumnos, vengan de donde vengan y pese a las dificultades y los siempre escasos recursos humanos y materiales a su alcance. Una maestra me comentaba cómo cualquier golpe significaba para un pequeño refugiado ucraniano de su clase revivir la psicosis de quien ha escuchado de cerca el terror de los bombardeos. Otro pequeño llegó casi a final de curso, casi sin saber decir más que "seño, pipí". Y ahora entra en la clase dando los buenos días en español y estando perfectamente integrado junto a sus compañeros, con quienes juega en el patio a balonazo limpio. Quizás en veinte años sea otro Lamine Yamal, orgulloso líder de la selección de selecciones, la campeona del mundo.
Bajo la batuta de una dirección cien por cien comprometida, que este curso se ha propuesto que toda la comunidad deje "huellas bonitas" —como pide la canción del roteño Antoñito Molina—, andan diariamente estos docentes enfrascados en que nadie se quede atrás. PISA pregunta por el origen del alumnado, por la lengua que se habla en casa, por los años que llevan aquí; lo tiene todo medido y desagregado. Lo que no cabe en ninguna escala, ni en esta ni en ninguna, es el trabajo de sostener durante meses a un niño que llegó en abril sabiendo decir "seño, pipí" hasta que da los buenos días él solo.
Este centro público, con los muros del patio sin un triste remiendo este curso por parte de la autoridad municipal, tiene unas instalaciones antiquísimas que, en cambio, son luminosas y coloridas, alimentadas por una comunidad educativa unida y donde las alegrías ganan a los problemas, pese al infierno en sus países de origen del que escapan muchos de los alumnos que pueblan las vetustas aulas.
Un tablón fruto de un mundo hostil
En este inicio de curso, me detuve en uno de los tablones donde muchos escolares habían dejado sus deseos para el presente y el futuro. Y no solo se me cayó el alma a los pies, sino que repasar muchos de esos mensajes me hizo estar aún más orgulloso de la comunidad donde comparten pupitre y libros de texto mis hijas. Un refugio seguro, plural y multicultural para los niños, en medio de un mundo hostil, cruelmente competitivo y globalizado hasta la homogeneización más alienante que les está esperando a la vuelta de unos años. Un espacio seguro para unos niños que, como dicen sus mensajes, en muchos casos solo ansían "volver a ver a mis abuelos en Ucrania" o "ir a Colombia para ver a mi familia". "Que la familia esté unida"; "necesitamos un coche"; "quiero una casa"; "quiero que mi madre sea feliz"; "salud y familia junta"; "deseo ver a mi familia", "que la familia siga siempre unida y creciendo"…
Leí el tablón entero dos veces. Ninguno pidió una pantalla. Ninguno pidió una tablet, ni un móvil, ni que se la quitaran. Ninguno, tampoco, pidió una pizarra digital. Uno quiso ser futbolista, otro muy alto, y otro adoptar todos los gatos de la calle.
En esta patria de acogida, son conscientes de lo mucho que extrañan esa tierra de la que tuvieron que huir o de la que se vieron forzados a emigrar en busca de un futuro próspero; y al tiempo, nos hacen conscientes con esos mensajes de colores, a menudo con el tono más triste del pantone, de la suerte que tenemos por haber podido crecer y desarrollar un proyecto de vida en este lado del mundo.
Mientras los dirigentes políticos en este país se reparten culpas y garrotazos ante cuestiones como la crisis migratoria en Ceuta y la protección de las fronteras frente a las mafias y los sátrapas, son los docentes, muy especialmente, los que se parten la cara cada día para integrar y acoger en las aulas públicas a quienes vienen en busca de una vida; mejor o peor, pero una vida.
De lo digital nos salvará al fentanilo tecnológico
Y si estos centros cada vez son más políglotas y heterogéneos, lo que cada vez se ven menos en ellos son pizarras digitales. Eso que hace una década vendía la administración como la panacea que iba a acabar con todos los problemas de la educación e iba a combatir el fracaso escolar —y en lo que se fue una cantidad de dinero público que nadie ha auditado nunca del todo— ya es material de derribo, una herramienta casi vetada debido al síndrome de las multipantallas que trastornan, condicionan y moldean a los niños fuera de los muros del colegio, donde hoy en día todo son peligros, riesgos y un contexto social de malos ejemplos.
Y dice César Rendueles en Redes vacías (Anagrama, 2026) —un ensayo que, muy en coherencia con lo que defiende, se ha publicado bajo licencia Creative Commons— que "hemos pasado de la teoría de la inteligencia infantil incrementada digitalmente a “el móvil fríe el cerebro de los adolescentes” a una velocidad asombrosa. Si uno lo piensa desde el punto de vista de los niños y jóvenes, nuestra volubilidad debe de resultar desconcertante. Las mismas personas que se maravillaban de su capacidad para manejar pantallas táctiles antes de aprender a hablar, que llenaron sus aulas de pizarras digitales, que sustituyeron los libros de texto por tablets, que entregaron a multinacionales tecnológicas el control de las plataformas y los correos electrónicos educativos, que les obligaron a llevar relojes geolocalizados, que les regalaron un móvil en la primera comunión... Esas mismas personas, digo, parecen creer que los vídeos tontos de TikTok son una especie de fentanilo".
El rechazo actual a las pantallas en el aula le parece "una muestra de laboratorio casi perfecta del momento histórico que estamos viviendo": una reacción pendular a la introducción fanática de tecnología en las escuelas como panacea pedagógica, que ha sido la norma durante décadas, pero una reacción que, escribe, "se limita a recorrer en sentido contrario el problema". Ni la tablet nos iba a salvar ni prohibirla nos va a salvar. Mientras tanto, sostiene, la transición digital educativa nunca llegó a producirse: las pizarras, las tablets y las aulas virtuales han sido sobre todo decorado, atrezo para prácticas que apenas han cambiado en cincuenta años. Nuestros hijos leen en el Chromebook el PDF del libro de texto de siempre y resuelven en el aula virtual las operaciones combinadas de un cuaderno Rubio. Pero eso sí, olvidamos la caligrafía, que es la mejor manera de aprender a ir por la vida escribiendo de forma recta.
Hay que decir que el libro se escribió antes del martes pasado. Rendueles sostiene que el nivel educativo no ha descendido en España en las últimas décadas, y el PISA publicado el 8 de septiembre le ha enmendado ese dato sin contemplaciones: 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura, 477 en ciencias, los peores resultados de nuestra serie histórica, las tres competencias cayendo a la vez por primera vez desde que participamos, y cuarenta y cinco puntos perdidos en comprensión lectora desde 2015. El informe añade además que a los alumnos les va peor cuando el uso de dispositivos en clase es excesivo o meramente recreativo, y que más de uno de cada cuatro dice que sus compañeros se distraen con aparatos en casi todas las clases. Habrá que leerlo con calma, porque las exclusiones de alumnado han crecido bastante y Cataluña ni siquiera ha entrado en la muestra. Pero el titular es el que es.
Y aun así, o precisamente por eso, el diagnóstico de fondo del ensayo sale reforzado. Porque si el nivel se hunde mientras las pizarras digitales son decorado y el debate público lleva quince años oscilando entre la tablet milagrosa y el móvil estupefaciente, lo que queda demostrado es exactamente lo que él denuncia: que nuestras soluciones son pobres. Y que esa pobreza, escribe, refleja "nuestra visión también pobre de la infancia y la juventud" y, sobre todo, "nuestra propia impotencia política". Una visión pobre de la infancia es, entre otras cosas, no leer el tablón. Que no votan y consumen poco, se me ocurre a mí, tendrá algo que ver.
¿Es que nadie va a escuchar a los niños?
¿Hay solución a todo esto? Ninguna fácil y a corto plazo, obviamente. Rendueles apunta a "desmantelar los monopolios digitales, desarrollar plataformas tecnológicas públicas, introducir regulaciones democráticas en internet…". Y quizás haya que mezclarlo con aquella intuición de Gramsci de una educación conservadora para una política radical, aunque sé que él me discutiría esto último, porque en su libro el retorno a los recios valores pedagógicos tradicionales aparece justamente como la palanca que la derecha más ultramontana está usando para su contrarreforma. Discutible, pues. Pero es que empezar a preocuparse de verdad por la infancia y por las generaciones futuras no puede consistir solo en decidir qué les prohibimos.
Y dice quien suscribe: de lo que no tengo duda es de que cualquier solución a futuro siempre empezará por casa, de una casa en paz y con futuro, por mucho que haya docentes abnegados que sigan haciendo de este mundo un lugar mejor frente a los desalmados. Para que un niño lea, y comprenda, quizás lo mejor sea que nos pille leyendo. Y si es posible, con un cacho de pan. Como pedía Lorca.
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