Parece que ahora vivimos en la continua desconfianza. En la desconfianza porque lo que creíamos producto de la Humanidad, resulta ser producto de una Inteligencia Inhumana, artificial como los fuegos. Miramos a nuestro alrededor y no sabemos si la obra de arte que se expone en esa galería ha sido creada por un artista, no sabemos si se ha inspirado en una IA, y si lo hace, lo artístico pierde su significado, pierde la innovación, la inspiración, y se convierte en mera técnica.
Vivimos instalados en la prisa, en la fascinación por las últimas novedades tecnológicas. Nos asombra, nos deslumbran, las capacidades de la inteligencia artificial, los entornos virtuales y esa promesa de eficiencia que parece salvar al mundo, al pueblo, cuando solo es el pueblo quien salva al pueblo, como decía el poeta andaluz, Antonio Machado.
Sin embargo, detrás de esa aparente pantalla de modernidad digital, los laboralistas empezamos a ver las costuras de una realidad que es vieja y conocida por todos: la deshumanización de las relaciones de producción. Parece que cambian las herramientas, pero los riesgos, las lamentaciones y las vulnerabilidades continúan y persisten. El peligro para la dignidad del trabajador sigue siendo, en esencia, los mismos que en el Siglo XIX con el surgimiento de la Primera Revolución Industrial.
“Esclavos son los hombres que necesitan señor” hablaba el Padre de la Patria Andaluza, y esclavos son ahora, los hombres y mujeres, las personas dependientes de la IA. En el Derecho del Trabajo nos enfrentamos a un problema importante, como es la gestión algorítmica. Cada vez son más las empresas que delegan en fórmulas matemáticas y sistemas algorítmicos para tomar decisiones muy críticas como la asignación de los turnos, la evaluación del rendimiento o de la productividad o incluso en los procesos de selección o el despido.
Y es que el problema no está en la tecnología como tal, sino en esa transferencia de la responsabilidad humana a un código informático donde un algoritmo llega a tener más poder e influencia que una persona sensible y natural. El algoritmo no sabe de conciliación laboral ni familiar. No conoce las particularidades sociales de la empresa. No entiende de sentimientos. No ha sufrido rachas de enfermedad, carece de equidad y, sobre todo, no tiene alma ni espíritu. Cuando una IA decide el destino de tu futuro como persona, desterramos y abandonamos la dignidad humana.
La IA no puede coartar derechos fundamentales
El Papa León XIV ha publicado hace unos días su nueva encíclica Magnifica Humanitas, donde concluye esto mismo. Habla del peligro de construir una nueva “Torre de Babel” tecnológica en la que el Ser Humano esté reducido a un mero dato matemático. En el documento, se denuncian las realidades que desde hace tiempo venimos denunciando desde el Derecho Digital del Trabajo, de esa nueva realidad del proletariado de datos, donde miles de personas se encuentran en condiciones de semiesclavitud.
Frente a un mercado de trabajo que obliga al trabajador a estar en continua conexión, se pone el foco en la salud mental, los riesgos psicosociales y en la importancia del derecho a la desconexión digital. El desafío es importante, la tecnología debe ser un vector que aumente las capacidad de las personas, que eliminen las tareas más monótonas y que democratice las oportunidades. La IA no puede coartar los derechos fundamentales. La IA no puede diluir los derechos laborales de los trabajadores del mundo.
Como sociedad, el reto es grande, el propio Papa habla de que “es deseable que la tecnología libere al hombre de trabajos especialmente pesados, repetitivos o peligrosos y que ofrezca un apoyo inteligente a la actividad humana” pero esto implica que “la norma general debe seguir siendo la protección de los puestos de trabajo y del papel insustituible de la persona”. La libertad económica no es absoluta y siempre debe medirse en función del bien común y de la dignidad de la persona, centrada en la justicia social y el progreso de todas las personas con la creación del empleo digno.
Parece que ahora vivimos en la continua desconfianza. En la desconfianza porque lo que creíamos producto de la Humanidad, resulta ser producto de una Inteligencia Inhumana, artificial como los fuegos. Miramos a nuestro alrededor y no sabemos si la obra de arte que se expone en esa galería ha sido creada por un artista, no sabemos si se ha inspirado en una IA, y si lo hace, lo artístico pierde su significado, pierde la innovación, la inspiración, y se convierte en mera técnica.
Vivimos instalados en la prisa, en la fascinación por las últimas novedades tecnológicas. Nos asombra, nos deslumbran, las capacidades de la inteligencia artificial, los entornos virtuales y esa promesa de eficiencia que parece salvar al mundo, al pueblo, cuando solo es el pueblo quien salva al pueblo, como decía el poeta andaluz, Antonio Machado.
Sin embargo, detrás de esa aparente pantalla de modernidad digital, los laboralistas empezamos a ver las costuras de una realidad que es vieja y conocida por todos: la deshumanización de las relaciones de producción. Parece que cambian las herramientas, pero los riesgos, las lamentaciones y las vulnerabilidades continúan y persisten. El peligro para la dignidad del trabajador sigue siendo, en esencia, los mismos que en el Siglo XIX con el surgimiento de la Primera Revolución Industrial.
“Esclavos son los hombres que necesitan señor” hablaba el Padre de la Patria Andaluza, y esclavos son ahora, los hombres y mujeres, las personas dependientes de la IA. En el Derecho del Trabajo nos enfrentamos a un problema importante, como es la gestión algorítmica. Cada vez son más las empresas que delegan en fórmulas matemáticas y sistemas algorítmicos para tomar decisiones muy críticas como la asignación de los turnos, la evaluación del rendimiento o de la productividad o incluso en los procesos de selección o el despido.
Y es que el problema no está en la tecnología como tal, sino en esa transferencia de la responsabilidad humana a un código informático donde un algoritmo llega a tener más poder e influencia que una persona sensible y natural. El algoritmo no sabe de conciliación laboral ni familiar. No conoce las particularidades sociales de la empresa. No entiende de sentimientos. No ha sufrido rachas de enfermedad, carece de equidad y, sobre todo, no tiene alma ni espíritu. Cuando una IA decide el destino de tu futuro como persona, desterramos y abandonamos la dignidad humana.
La IA no puede coartar derechos fundamentales
El Papa León XIV ha publicado hace unos días su nueva encíclica Magnifica Humanitas, donde concluye esto mismo. Habla del peligro de construir una nueva “Torre de Babel” tecnológica en la que el Ser Humano esté reducido a un mero dato matemático. En el documento, se denuncian las realidades que desde hace tiempo venimos denunciando desde el Derecho Digital del Trabajo, de esa nueva realidad del proletariado de datos, donde miles de personas se encuentran en condiciones de semiesclavitud.
Frente a un mercado de trabajo que obliga al trabajador a estar en continua conexión, se pone el foco en la salud mental, los riesgos psicosociales y en la importancia del derecho a la desconexión digital. El desafío es importante, la tecnología debe ser un vector que aumente las capacidad de las personas, que eliminen las tareas más monótonas y que democratice las oportunidades. La IA no puede coartar los derechos fundamentales. La IA no puede diluir los derechos laborales de los trabajadores del mundo.
Como sociedad, el reto es grande, el propio Papa habla de que “es deseable que la tecnología libere al hombre de trabajos especialmente pesados, repetitivos o peligrosos y que ofrezca un apoyo inteligente a la actividad humana” pero esto implica que “la norma general debe seguir siendo la protección de los puestos de trabajo y del papel insustituible de la persona”. La libertad económica no es absoluta y siempre debe medirse en función del bien común y de la dignidad de la persona, centrada en la justicia social y el progreso de todas las personas con la creación del empleo digno.
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