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Opinión

La Caleta no es un caso aislado

Limpiar la costa no se puede convertir en arma política

  • Operarios de limpieza trabajando en la playa de la Caleta.

La existencia de basura acumulada junto al Paseo Fernando Quiñones, en La Caleta, ha dado lugar a la polémica entre Ayuntamiento y Gobierno central: el primero la ha retirado, y ha anunciado que pasará la factura al segundo; posteriormente, ambas administraciones se han acusado mutuamente de dejadez. El alcalde, Bruno García, insiste en que la competencia es "directamente de Costas". La Subdelegación del Gobierno responde citando el artículo 115 de la Ley de Costas. Y la ciudadanía, mientras tanto, se queda con la imagen de un litoral convertido en vertedero y con la sensación de que nadie quiere hacerse cargo.

Pero conviene decirlo con claridad: esto no es un pulso entre este Ayuntamiento y Gobierno. Es un problema estructural que afecta, con toda probabilidad, a cientos de municipios costeros de toda España — y presentarlo como una disputa bilateral, coyuntural y de partidos políticos es, cuando menos, una simplificación interesada.

La ley es clara en un punto: la limpieza de las playas es responsabilidad municipal. Ningún ayuntamiento costero discute eso, y de hecho lo asume con normalidad todo el año.

El problema aparece en otro lugar: en los tramos de costa que no son "playa" en sentido estricto —rocas, paseos, miradores— pero que los vecinos usan igualmente para pasear, pescar o simplemente sentarse a ver el mar o la puesta de sol. No hace falta interpretar la ley para verlo: basta con mirar los presupuestos. La partida del Ministerio para la costa en los Presupuestos Generales del Estado se destina a regeneración de playas, control de erosión y protección del dominio público. Ninguna línea está pensada para la limpieza recurrente de lo que allí se acumula. El vacío no es solo legal, es también presupuestario. Y no es nuevo: viene arrastrándose desde la propia Ley de Costas de 1988, y ni siquiera la reforma de 2013 llegó a resolverlo. Una búsqueda de casos similares en otros puntos del litoral español confirma que esta fricción entre espacios delimitados y uso ciudadano se repite con frecuencia, y no solo en Cádiz: esta misma semana, sin ir más lejos, ha sido el alga invasora junto al castillo de San Sebastián.

No es que haya que afirmar que este problema se repite en otros sitios. Un análisis cartográfico que he realizado, cruzando los límites municipales oficiales con la delimitación del dominio público marítimo-terrestre, sitúa en 565 los municipios costeros de toda España (península, Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla). Todos ellos, previsiblemente, están expuestos a la misma fricción que hoy vemos en Cádiz: ciudadanos que usan un espacio que la ley no termina de asignar a nadie con claridad.

  • Mapa de municipios costeros españoles sometidos al domino público marítimo-terrestre.

Dicho de otro modo: si el marco legal es el mismo para todos, no hay ninguna razón para pensar que Cádiz es una excepción. Lo raro no es que este problema exista aquí. Lo raro es que en la mayoría de sitios se resuelva en silencio, mientras que aquí se ha convertido en un episodio de reproche público del alcalde a la administración central.

Lo llamativo es que el propio Bruno García ya ha puesto el dedo en la llaga, sin darse cuenta de hasta dónde llega su propio diagnóstico. Al defender la petición de un Plan de Acción, ha admitido: "que no basta solo con tener estas competencias, sino que hay que disponer de recursos para poder ejercerlas". Es, exactamente, la conclusión a la que quiero llegar aquí. La diferencia es que él la aplica solo a Cádiz, y el problema no es de Cádiz — es de los 565 municipios costeros de España.

Por eso un Plan de Acción para "todo este espacio" —el litoral de un solo municipio— no es la solución, por bienintencionado que sea: la Administración central no puede ir elaborando un plan distinto para cada tramo de costa que un ayuntamiento le reclame. Lo que necesita, y lo que el propio Ayuntamiento debería estar exigiendo, es que se articulen instrumentos jurídicos y presupuestarios de alcance general, capaces de dar respuesta a un problema que se repite, con matices, en un litoral densamente poblado —peninsular y extrapeninsular por igual—, no una serie de acuerdos ciudad por ciudad negociados según la relación política de turno.

Ese planteamiento global podría arrancar de un acuerdo impulsado desde la FEMP, entre los municipios costeros de toda España; o podría abordarse por la vía legislativa, actualizando la Ley de Costas para resolver del todo esta fricción; o, probablemente, exigirá ambas cosas a la vez. Lo que no puede ser es una negociación aislada, ciudad a ciudad, resuelta a golpe de pleno municipal y ultimátum mediático.

Imaginemos que los 565 municipios costeros de España responden igual: cada uno reclamando su propio Plan de Acción a medida, cada uno limpiando por su cuenta cuando el Estado no llega, cada uno negociando en solitario según la relación política del momento con el Gobierno de turno. La ausencia de una solución global no generaría orden, generaría una enorme burocracia: cientos de expedientes, convenios y peticiones sueltas, gestionados de forma desigual según la fuerza política de cada ayuntamiento. Sea cual sea la solución final, pasa por dos cosas a la vez: dotar económicamente el mantenimiento de estos espacios, y descentralizar ese gasto para que no dependa de que cada ciudad libre su propia batalla.

El problema de fondo seguirá ahí mientras se siga tratando como una anécdota local en lugar de lo que realmente es: un vacío normativo compartido por cientos de municipios, que exige una solución de conjunto, no un titular de verano. Cádiz no necesita un héroe que rescate a la ciudad cada verano. Necesita un buen gestor que emplee bien los recursos humanos y materiales de que ya dispone — y que, sabiendo lo que sabe, lo ponga al servicio de una solución que sirva a todos los municipios en su misma situación, no solo al relato de este.

La existencia de basura acumulada junto al Paseo Fernando Quiñones, en La Caleta, ha dado lugar a la polémica entre Ayuntamiento y Gobierno central: el primero la ha retirado, y ha anunciado que pasará la factura al segundo; posteriormente, ambas administraciones se han acusado mutuamente de dejadez. El alcalde, Bruno García, insiste en que la competencia es "directamente de Costas". La Subdelegación del Gobierno responde citando el artículo 115 de la Ley de Costas. Y la ciudadanía, mientras tanto, se queda con la imagen de un litoral convertido en vertedero y con la sensación de que nadie quiere hacerse cargo.

Pero conviene decirlo con claridad: esto no es un pulso entre este Ayuntamiento y Gobierno. Es un problema estructural que afecta, con toda probabilidad, a cientos de municipios costeros de toda España — y presentarlo como una disputa bilateral, coyuntural y de partidos políticos es, cuando menos, una simplificación interesada.

La ley es clara en un punto: la limpieza de las playas es responsabilidad municipal. Ningún ayuntamiento costero discute eso, y de hecho lo asume con normalidad todo el año.

El problema aparece en otro lugar: en los tramos de costa que no son "playa" en sentido estricto —rocas, paseos, miradores— pero que los vecinos usan igualmente para pasear, pescar o simplemente sentarse a ver el mar o la puesta de sol. No hace falta interpretar la ley para verlo: basta con mirar los presupuestos. La partida del Ministerio para la costa en los Presupuestos Generales del Estado se destina a regeneración de playas, control de erosión y protección del dominio público. Ninguna línea está pensada para la limpieza recurrente de lo que allí se acumula. El vacío no es solo legal, es también presupuestario. Y no es nuevo: viene arrastrándose desde la propia Ley de Costas de 1988, y ni siquiera la reforma de 2013 llegó a resolverlo. Una búsqueda de casos similares en otros puntos del litoral español confirma que esta fricción entre espacios delimitados y uso ciudadano se repite con frecuencia, y no solo en Cádiz: esta misma semana, sin ir más lejos, ha sido el alga invasora junto al castillo de San Sebastián.

No es que haya que afirmar que este problema se repite en otros sitios. Un análisis cartográfico que he realizado, cruzando los límites municipales oficiales con la delimitación del dominio público marítimo-terrestre, sitúa en 565 los municipios costeros de toda España (península, Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla). Todos ellos, previsiblemente, están expuestos a la misma fricción que hoy vemos en Cádiz: ciudadanos que usan un espacio que la ley no termina de asignar a nadie con claridad.

  • Mapa de municipios costeros españoles sometidos al domino público marítimo-terrestre.

Dicho de otro modo: si el marco legal es el mismo para todos, no hay ninguna razón para pensar que Cádiz es una excepción. Lo raro no es que este problema exista aquí. Lo raro es que en la mayoría de sitios se resuelva en silencio, mientras que aquí se ha convertido en un episodio de reproche público del alcalde a la administración central.

Lo llamativo es que el propio Bruno García ya ha puesto el dedo en la llaga, sin darse cuenta de hasta dónde llega su propio diagnóstico. Al defender la petición de un Plan de Acción, ha admitido: "que no basta solo con tener estas competencias, sino que hay que disponer de recursos para poder ejercerlas". Es, exactamente, la conclusión a la que quiero llegar aquí. La diferencia es que él la aplica solo a Cádiz, y el problema no es de Cádiz — es de los 565 municipios costeros de España.

Por eso un Plan de Acción para "todo este espacio" —el litoral de un solo municipio— no es la solución, por bienintencionado que sea: la Administración central no puede ir elaborando un plan distinto para cada tramo de costa que un ayuntamiento le reclame. Lo que necesita, y lo que el propio Ayuntamiento debería estar exigiendo, es que se articulen instrumentos jurídicos y presupuestarios de alcance general, capaces de dar respuesta a un problema que se repite, con matices, en un litoral densamente poblado —peninsular y extrapeninsular por igual—, no una serie de acuerdos ciudad por ciudad negociados según la relación política de turno.

Ese planteamiento global podría arrancar de un acuerdo impulsado desde la FEMP, entre los municipios costeros de toda España; o podría abordarse por la vía legislativa, actualizando la Ley de Costas para resolver del todo esta fricción; o, probablemente, exigirá ambas cosas a la vez. Lo que no puede ser es una negociación aislada, ciudad a ciudad, resuelta a golpe de pleno municipal y ultimátum mediático.

Imaginemos que los 565 municipios costeros de España responden igual: cada uno reclamando su propio Plan de Acción a medida, cada uno limpiando por su cuenta cuando el Estado no llega, cada uno negociando en solitario según la relación política del momento con el Gobierno de turno. La ausencia de una solución global no generaría orden, generaría una enorme burocracia: cientos de expedientes, convenios y peticiones sueltas, gestionados de forma desigual según la fuerza política de cada ayuntamiento. Sea cual sea la solución final, pasa por dos cosas a la vez: dotar económicamente el mantenimiento de estos espacios, y descentralizar ese gasto para que no dependa de que cada ciudad libre su propia batalla.

El problema de fondo seguirá ahí mientras se siga tratando como una anécdota local en lugar de lo que realmente es: un vacío normativo compartido por cientos de municipios, que exige una solución de conjunto, no un titular de verano. Cádiz no necesita un héroe que rescate a la ciudad cada verano. Necesita un buen gestor que emplee bien los recursos humanos y materiales de que ya dispone — y que, sabiendo lo que sabe, lo ponga al servicio de una solución que sirva a todos los municipios en su misma situación, no solo al relato de este.

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