Opinión

La bandera blanca de Toni Comín

Entre la conciencia y el cargo, Comín elige el cargo y pretende que sus seguidores lo aplaudan como un acto de rebeldía

  • Toni Comín.

A Francisco de Vitoria le horrorizó la anexión del Perú. Estaba convencido de que los españoles solo habían ido allí a robar y matar. Por eso escribió que, si él deseara mucho el arzobispado de Toledo y se lo ofrecieran, a cambio de afirmar la inocencia de los conquistadores, no se atrevería a proclamarla. La  verdad, para él, tenía prioridad sobre cualquier ventaja de índole material. De ahí que estuviera dispuesto a hacer un sacrificio para ser coherente con sus ideas. Todo lo contrario que algunos de nuestros políticos. 

Hace algunos días, Toni Comín prometió la Constitución para ser eurodiputado. Lo hizo “por imperativo legal” y en nombre del mandato del pueblo catalán el 1 de Octubre. No me molestó lo primero. La democracia debe aceptar a los políticos que no reconocen las normas del sistema. Lo segundo, en cambio, me irritó profundamente. Me pareció la última pirueta de un oportunista que pretende seguir siendo “rebelde” ante los suyos, disfrazando así de acto de resistencia lo que no es sino una claudicación. 

¿Se imaginan a Simón Bolívar, por ejemplo, jurando la Constitución de Cádiz? Si crees en el mandato popular para romper con España, lo último que deberías hacer es acatar su Ley fundamental. Es como si un comunista hubiera jurado los principios del Movimiento Nacional en nombre de Marx y Engels. 

Los que así actúan imaginan que se cubren las espaldas con la fórmula “por imperativo legal”. Vienen a decir que su conciencia está a salvo porque no han prestado su promesa por propia voluntad. En realidad, no es así. Nadie obligaba a Comín a ser diputado. Podía, sencillamente, haber dicho “no” y, de esta forma, no le hubiera pasado nada. El suyo no es el mismo caso que el de Tomás Moro, que se vio amenazado de muerte. Aún así, el inglés se negó a reconocer el segundo matrimonio de Enrique VIII. Pero Moro era un gigante moral sin nada que ver con la gentecilla que ocupa todos los días las portadas de nuestros periódicos. 

El gesto de Comín me parece incoherente con sus ideas pero coherente con sus hechos. Hace años, consiguió que le eligieran diputado del PSC. Eso ya era extraño. Alguien que iba de anticapitalista debería haber estado, como mínimo, en Iniciativa, la formación heredera del PSUC, el partido de su padre, el mítico -o mitificado- Alfonso Carlos. 

Después de su ruptura con los socialistas catalanes, Comín se fue con Esquerra Republicana. Lo hicieron conseller de la Generalitat. Más tarde, se marchó con Puigdemont y se convirtió en su número dos. Estos bandazos pueden ser interpretados, si uno quiere, como una legítima evolución ideológica. A mí, por el contrario, me resulta muy sospechoso que cada uno de estos cambios coincida con una promoción personal. Pienso que no hay más que una descarnada búsqueda del poder. 

Pero nuestro personaje pretende seguir siendo subversivo. En realidad, su acatamiento del orden legal español implica izar una bandera blanca aunque no lo reconozca. Su padre y quienes le apoyaron hicieron algo parecido cuando abandonaron Bandera Roja para ingresar en el PCE. “Banderas blancas”, así los llamaron. 

Alfonso Carlos no se fue con Carrillo como un militante de base. Pasó a formar parte, faltaría más, del Comité Central del PCE. Se podría argumentar que la clandestinidad era algo muy serio, aunque lo cierto es que, en aquellos años previos a la democracia, los comunistas imaginaban que iban a ser un partido mayoritario. Nadie creía que iban a sacar unos resultados electorales tan exiguos, con la excepción de los que obtendría el PSUC antes de su autodestrucción. Las expectativas, sin duda, ayudan a sobrellevar ciertos inconvenientes. 

Ahora se tiende a creer que no hay que exigir a los políticos de izquierda una virtud especial. Pienso lo contrario. Precisamente porque defienden un proyecto basado en la superioridad moral, hay que pedirles un estándar ético más alto. Lo mismo que hacemos con la Iglesia. Si un cura comete un delito grave, su ministerio constituye un agravante precisamente en razón de la causa que dice representar. 

El caso de Comín me ha hecho recordar una de mis películas preferidas. En Un hombre para la eternidad, el cardenal Wolsey se burla de Tomás Moro diciéndole que le gustaría gobernar Inglaterra por medio de la oración. Moro, sin el menor atisbo de ironía, le responde que así es. Expresa algo que le sale de lo más hondo. La escena, maravillosa, me hace pensar. ¿Y si, por una vez, probáramos a que nos gobernasen los santos? Religiosos o laicos, daría igual. 

Como adulto que soy, también tiendo a suponer que el mundo de los mayores es complicado. Eso es lo que le dice El Zorro, interpretado por Antonio Banderas, a su hijo. El niño le replica que no, que las cosas son fáciles: existe el bien y existe el mal. Más allá de lo que me diga mi intelecto, he de admitir que esa postura me hizo vibrar. Lo mismo que Tomás Moro, en Un hombre para la eternidad, cuando nos recuerda que un juramento son palabras que elevamos a Dios y que sería horrible pronunciarlas como si nada significaran. Pues eso. ¿Por qué nosotros, los ciudadanos, tendríamos que contentarnos con menos? 

A Francisco de Vitoria le horrorizó la anexión del Perú. Estaba convencido de que los españoles solo habían ido allí a robar y matar. Por eso escribió que, si él deseara mucho el arzobispado de Toledo y se lo ofrecieran, a cambio de afirmar la inocencia de los conquistadores, no se atrevería a proclamarla. La  verdad, para él, tenía prioridad sobre cualquier ventaja de índole material. De ahí que estuviera dispuesto a hacer un sacrificio para ser coherente con sus ideas. Todo lo contrario que algunos de nuestros políticos. 

Hace algunos días, Toni Comín prometió la Constitución para ser eurodiputado. Lo hizo “por imperativo legal” y en nombre del mandato del pueblo catalán el 1 de Octubre. No me molestó lo primero. La democracia debe aceptar a los políticos que no reconocen las normas del sistema. Lo segundo, en cambio, me irritó profundamente. Me pareció la última pirueta de un oportunista que pretende seguir siendo “rebelde” ante los suyos, disfrazando así de acto de resistencia lo que no es sino una claudicación. 

¿Se imaginan a Simón Bolívar, por ejemplo, jurando la Constitución de Cádiz? Si crees en el mandato popular para romper con España, lo último que deberías hacer es acatar su Ley fundamental. Es como si un comunista hubiera jurado los principios del Movimiento Nacional en nombre de Marx y Engels. 

Los que así actúan imaginan que se cubren las espaldas con la fórmula “por imperativo legal”. Vienen a decir que su conciencia está a salvo porque no han prestado su promesa por propia voluntad. En realidad, no es así. Nadie obligaba a Comín a ser diputado. Podía, sencillamente, haber dicho “no” y, de esta forma, no le hubiera pasado nada. El suyo no es el mismo caso que el de Tomás Moro, que se vio amenazado de muerte. Aún así, el inglés se negó a reconocer el segundo matrimonio de Enrique VIII. Pero Moro era un gigante moral sin nada que ver con la gentecilla que ocupa todos los días las portadas de nuestros periódicos. 

El gesto de Comín me parece incoherente con sus ideas pero coherente con sus hechos. Hace años, consiguió que le eligieran diputado del PSC. Eso ya era extraño. Alguien que iba de anticapitalista debería haber estado, como mínimo, en Iniciativa, la formación heredera del PSUC, el partido de su padre, el mítico -o mitificado- Alfonso Carlos. 

Después de su ruptura con los socialistas catalanes, Comín se fue con Esquerra Republicana. Lo hicieron conseller de la Generalitat. Más tarde, se marchó con Puigdemont y se convirtió en su número dos. Estos bandazos pueden ser interpretados, si uno quiere, como una legítima evolución ideológica. A mí, por el contrario, me resulta muy sospechoso que cada uno de estos cambios coincida con una promoción personal. Pienso que no hay más que una descarnada búsqueda del poder. 

Pero nuestro personaje pretende seguir siendo subversivo. En realidad, su acatamiento del orden legal español implica izar una bandera blanca aunque no lo reconozca. Su padre y quienes le apoyaron hicieron algo parecido cuando abandonaron Bandera Roja para ingresar en el PCE. “Banderas blancas”, así los llamaron. 

Alfonso Carlos no se fue con Carrillo como un militante de base. Pasó a formar parte, faltaría más, del Comité Central del PCE. Se podría argumentar que la clandestinidad era algo muy serio, aunque lo cierto es que, en aquellos años previos a la democracia, los comunistas imaginaban que iban a ser un partido mayoritario. Nadie creía que iban a sacar unos resultados electorales tan exiguos, con la excepción de los que obtendría el PSUC antes de su autodestrucción. Las expectativas, sin duda, ayudan a sobrellevar ciertos inconvenientes. 

Ahora se tiende a creer que no hay que exigir a los políticos de izquierda una virtud especial. Pienso lo contrario. Precisamente porque defienden un proyecto basado en la superioridad moral, hay que pedirles un estándar ético más alto. Lo mismo que hacemos con la Iglesia. Si un cura comete un delito grave, su ministerio constituye un agravante precisamente en razón de la causa que dice representar. 

El caso de Comín me ha hecho recordar una de mis películas preferidas. En Un hombre para la eternidad, el cardenal Wolsey se burla de Tomás Moro diciéndole que le gustaría gobernar Inglaterra por medio de la oración. Moro, sin el menor atisbo de ironía, le responde que así es. Expresa algo que le sale de lo más hondo. La escena, maravillosa, me hace pensar. ¿Y si, por una vez, probáramos a que nos gobernasen los santos? Religiosos o laicos, daría igual. 

Como adulto que soy, también tiendo a suponer que el mundo de los mayores es complicado. Eso es lo que le dice El Zorro, interpretado por Antonio Banderas, a su hijo. El niño le replica que no, que las cosas son fáciles: existe el bien y existe el mal. Más allá de lo que me diga mi intelecto, he de admitir que esa postura me hizo vibrar. Lo mismo que Tomás Moro, en Un hombre para la eternidad, cuando nos recuerda que un juramento son palabras que elevamos a Dios y que sería horrible pronunciarlas como si nada significaran. Pues eso. ¿Por qué nosotros, los ciudadanos, tendríamos que contentarnos con menos? 

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