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Tragedia y carroñeros

Exigir responsabilidades es necesario; aprovechar el sufrimiento ajeno para ganar una batalla partidista revela cuánto nos está faltando la empatía

  • El ministro de Transportes, Óscar Puente, en una comparecencia sobre el estado de los trenes.

De la misma forma que en una inundación de esas catastróficas, como la que sucedió en Valencia con la dichosa dana, lo primero que se echa en falta en el agua para el consumo, en situaciones como las de una tragedia de la magnitud insoportable del accidente de trenes de esta semana, lo primero que ha dejado es la falta de empatía. Son, a la hora de escribir esta columna, 69 fallecidos, y sin embargo da la impresión que rápidamente se han convertido en un número al que acudir para que, una vez más, los españoles insistamos en el peligroso juego al que en los últimos años y como un día de la marmota más en nuestra historia nos dedicamos y que nos es otro que el de despellejarnos unos a otros, el que se estén buscando culpables antes que intentar velar a esos muertos. Es posible que el estar inmersos en campaña electoral haya acelerado esta miserable carrera hacia el hipócrita señalamiento de responsabilidades. Es inaudito como algunos se han lanzado con copas de champán a celebrar la tragedia (me recordaba a esto que dijo Franco cuando asesinaron a Carrero Blanco: «no hay mal que por bien no venga»). Es inaudito como otros se afanan en señalar el error humano como coartada de posibles consecuencias. Son 69 personas, cada una con sus historias, sus familias, sus amigos, sus vidas truncadas por un cúmulo de circunstancias que, lógicamente, habrá que detallar fundamentalmente para que se pueda intentar evitar en lo sucesivo.

Como cada vez que ocurre algo tan destructivo como este accidente de trenes –como ya ocurrió con el volcán, la dana, el Covid...– surgen como por esporas, un ejército de todólogos que son capaces de saber, según el día, tanto como los ingenieros en infraestructuras de ferrocarril, o más que cualquier vulcanólogo mindundi, expertos en climatología de salón y, en definitiva, una infantería de “cuñaos” que se permiten el lujo, en estos momentos de zozobra, salir en las redes sociales no solo para dar su “impoluta” opinión sino, lo que es más fuerte, insultar y amenazar a quien ose tener otra, aunque sea pronunciadas por los verdaderos especialistas en la materia. Tenemos que seguir aguantando a sinvergüenzas de profesión como el tal Iker Jiménez y otros de su calaña, alimentando el odio, como si no tuviéramos ya suficiente bilis a derramar.

He leído de todo, he escuchado de todo, incluso de personas cercanas que pudieran parecer, a primera vista, sensatas. Hay quienes alimentan locas e infundadas teorías de conspiración, como la de señalar un posible sabotaje. Otros que directamente te dicen que es que Pedro Sánchez y Óscar Puente son asesinos. Los de más allá hablan de castigos divinos, y así todo. Y todo mangas por hombro. Y lo cierto es que aunque nada nos asegura la accidentalidad cero, hay cosas que podrán hacerse: invertir más en mantenimiento y, en general, en infraestructuras de ferrocarril para aumentar la seguridad y la calidad del servicio. Y esto no quiere decir, que es lo que algunos pretenden que nos creamos, que no se estuviera invirtiendo, de hecho en los últimos 8 años se ha invertido un 128% más en esta materia, de la misma manera que los gobiernos anteriores, los de aquellos que ahora piden, con buen criterio, que se depuren responsabilidades, invirtieron un 55% menos en conservación y seguridad en los trenes.  Que el abrir a otras compañías privadas las líneas de trenes no ha venido acompañada de una mejora de los servicios, todo en una carrera para abaratar costes que tiene como correlato unas infraestructuras débiles para tanto tránsito. O que me digan que hay que bajar los impuestos y a la vez aumentar esas inversiones, o mejor aún, privatizar totalmente el servicio, como si ello garantizase un mejor funcionamiento.

El caso es que la utilización política de la tragedia es un hecho, y no me vale, como he leído a algún reputado periodista aplaudir que alguien estuviera a favor de esa politización argumentando que así ha ocurrido en otras ocasiones. Utilizar políticamente esta tragedia es hacer un corte de mangas a las víctimas con lo del “ande yo caliente, ríase la gente”, porque, por ejemplo, el 11M fue politizado por aquellos que, a sabiendas de que no era así, nos quisieron vender que fue un atentado de ETA, o aquellos que cuando se estrelló el Yak47 hicieron todo lo posible para evitar una investigación rigurosa, o los que se estaban dando un gusto al cuerpo mientras la dana ahogaba a los valencianos… eso es politizar y no exigir responsabilidades. Por eso, el intentar sacar tajada política de manera grosera de este evento no es hacer un ejercicio de lucidez, es simplemente el ser mala gente y un mal cronista de la realidad. Es impresentable que se hable de accidentes para beneficio de la izquierda o accidentes para beneficio de la derecha. Es una falta de respeto y humanidad intolerable.

Ahora lo que toca es rescatar a todas las víctimas, ayudar a los heridos, proteger a las familias, pagar las indemnizaciones con prontitud, investigar, sin intereses políticos lo que ha sucedido y, a partir de ahí, si quieren, saquen sus garras, fulminen a quienes quieran, pero hacerlo desde las buenas intenciones.

De la misma forma que en una inundación de esas catastróficas, como la que sucedió en Valencia con la dichosa dana, lo primero que se echa en falta en el agua para el consumo, en situaciones como las de una tragedia de la magnitud insoportable del accidente de trenes de esta semana, lo primero que ha dejado es la falta de empatía. Son, a la hora de escribir esta columna, 69 fallecidos, y sin embargo da la impresión que rápidamente se han convertido en un número al que acudir para que, una vez más, los españoles insistamos en el peligroso juego al que en los últimos años y como un día de la marmota más en nuestra historia nos dedicamos y que nos es otro que el de despellejarnos unos a otros, el que se estén buscando culpables antes que intentar velar a esos muertos. Es posible que el estar inmersos en campaña electoral haya acelerado esta miserable carrera hacia el hipócrita señalamiento de responsabilidades. Es inaudito como algunos se han lanzado con copas de champán a celebrar la tragedia (me recordaba a esto que dijo Franco cuando asesinaron a Carrero Blanco: «no hay mal que por bien no venga»). Es inaudito como otros se afanan en señalar el error humano como coartada de posibles consecuencias. Son 69 personas, cada una con sus historias, sus familias, sus amigos, sus vidas truncadas por un cúmulo de circunstancias que, lógicamente, habrá que detallar fundamentalmente para que se pueda intentar evitar en lo sucesivo.

Como cada vez que ocurre algo tan destructivo como este accidente de trenes –como ya ocurrió con el volcán, la dana, el Covid...– surgen como por esporas, un ejército de todólogos que son capaces de saber, según el día, tanto como los ingenieros en infraestructuras de ferrocarril, o más que cualquier vulcanólogo mindundi, expertos en climatología de salón y, en definitiva, una infantería de “cuñaos” que se permiten el lujo, en estos momentos de zozobra, salir en las redes sociales no solo para dar su “impoluta” opinión sino, lo que es más fuerte, insultar y amenazar a quien ose tener otra, aunque sea pronunciadas por los verdaderos especialistas en la materia. Tenemos que seguir aguantando a sinvergüenzas de profesión como el tal Iker Jiménez y otros de su calaña, alimentando el odio, como si no tuviéramos ya suficiente bilis a derramar.

He leído de todo, he escuchado de todo, incluso de personas cercanas que pudieran parecer, a primera vista, sensatas. Hay quienes alimentan locas e infundadas teorías de conspiración, como la de señalar un posible sabotaje. Otros que directamente te dicen que es que Pedro Sánchez y Óscar Puente son asesinos. Los de más allá hablan de castigos divinos, y así todo. Y todo mangas por hombro. Y lo cierto es que aunque nada nos asegura la accidentalidad cero, hay cosas que podrán hacerse: invertir más en mantenimiento y, en general, en infraestructuras de ferrocarril para aumentar la seguridad y la calidad del servicio. Y esto no quiere decir, que es lo que algunos pretenden que nos creamos, que no se estuviera invirtiendo, de hecho en los últimos 8 años se ha invertido un 128% más en esta materia, de la misma manera que los gobiernos anteriores, los de aquellos que ahora piden, con buen criterio, que se depuren responsabilidades, invirtieron un 55% menos en conservación y seguridad en los trenes.  Que el abrir a otras compañías privadas las líneas de trenes no ha venido acompañada de una mejora de los servicios, todo en una carrera para abaratar costes que tiene como correlato unas infraestructuras débiles para tanto tránsito. O que me digan que hay que bajar los impuestos y a la vez aumentar esas inversiones, o mejor aún, privatizar totalmente el servicio, como si ello garantizase un mejor funcionamiento.

El caso es que la utilización política de la tragedia es un hecho, y no me vale, como he leído a algún reputado periodista aplaudir que alguien estuviera a favor de esa politización argumentando que así ha ocurrido en otras ocasiones. Utilizar políticamente esta tragedia es hacer un corte de mangas a las víctimas con lo del “ande yo caliente, ríase la gente”, porque, por ejemplo, el 11M fue politizado por aquellos que, a sabiendas de que no era así, nos quisieron vender que fue un atentado de ETA, o aquellos que cuando se estrelló el Yak47 hicieron todo lo posible para evitar una investigación rigurosa, o los que se estaban dando un gusto al cuerpo mientras la dana ahogaba a los valencianos… eso es politizar y no exigir responsabilidades. Por eso, el intentar sacar tajada política de manera grosera de este evento no es hacer un ejercicio de lucidez, es simplemente el ser mala gente y un mal cronista de la realidad. Es impresentable que se hable de accidentes para beneficio de la izquierda o accidentes para beneficio de la derecha. Es una falta de respeto y humanidad intolerable.

Ahora lo que toca es rescatar a todas las víctimas, ayudar a los heridos, proteger a las familias, pagar las indemnizaciones con prontitud, investigar, sin intereses políticos lo que ha sucedido y, a partir de ahí, si quieren, saquen sus garras, fulminen a quienes quieran, pero hacerlo desde las buenas intenciones.

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