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Opinión

Fernán Caballero y el problema de España

A veces da la impresión de que el instinto literario de nuestra autora acaba imponiéndose a su ideología, que en algunos aspectos resulta más moderna de lo que parece a primera vista

  • Estatua de Cecilia Böhl de Faber en El Puerto.

Una escritora del siglo XIX podía adoptar un seudónimo masculino para facilitar su éxito o proteger su intimidad. Lo hizo Aurore Dupin en Francia, más conocida como George Sand, mientras que en España Cecilia Böhl de Faber (1796-1877) se hizo llamar Fernán Caballero. Aunque su verdadera identidad trascendió sin su consentimiento, el caso es que supo abrirse paso en un mundo como el literario, prácticamente monopolizado por los hombres. En Cecilia Böhl Larrea, Fernán Caballero (Cátedra, 2026), Marieta Cantos Casenave muestra la innovación que representaron sus novelas de costumbres dentro de la literatura española decimonónica. Como era habitual en la época, publicó sus ficciones por entregas a través de la prensa. Cuando aparecieron en formato de libro, vigiló para que lo hicieran con una impresión de calidad. Tuvo éxito y, como explica Cantos Casenave, alcanzó cierto relieve internacional.

Sin duda, La gaviota es su título más conocido. Se ha reeditado recientemente dentro del volumen Narrativa escogida (Biblioteca Castro, 2025). Su protagonista, Marisalada, es una joven con una prodigiosa voz. Esa cualidad le servirá para triunfar como cantante, pero, mientras tanto, se verá envuelta en enredos pasionales que acabarán mal. Tras ser infiel a su marido con un torero, perderá su fortuna y volverá a contraer matrimonio con un simple barbero al que había despreciado.

Caballero era una novelista con una mentalidad tradicional. Acepta cierto grado de progreso siempre que sea gradual y no cuestione las tradiciones. Sin embargo, aunque rechaza el feminismo y aprovecha cuanto puede para moralizar, el hecho es que “la gaviota”, es decir, Marisalada, nos atrae por su carácter independiente. Nos recuerda, salvando las distancias, a Madame Bovary, la gran creación de Flaubert: ambas tienen como esposos a hombres formales pero se aburren con ellos. Es por eso que intentan construirse otra vida en abierto desafío a las convenciones sociales.

A veces da la impresión de que el instinto literario de nuestra autora acaba imponiéndose a su ideología, que en algunos aspectos resulta más moderna de lo que parece a primera vista. Ahí está el abierto amor hacia los animales, que se manifiesta en la crítica a quienes los maltratan. Es por eso que las corridas de toros aparecen como un espectáculo bárbaro. Otro elemento novedoso lo encontramos en el marido de la protagonista: no piensa en matar a su mujer infiel y a su amante, tal como le exigiría la masculinidad tradicional. Se limita a irse del hogar.

Böhl de Faber también habla de la situación de España, de su atraso respecto a Europa y de la autoestima, o falta, de ella, de sus compatriotas. En su obra, hay quien está a favor de rechazar todo lo extranjero simplemente por el hecho de serlo. En el lado contrario se alzan los que denigran lo propio por el mismo motivo. La autora se sitúa entre ambas tendencias. La gaviota, de esta forma, aporta un valioso testimonio acerca de un país que evoluciona hacia la modernidad en medio de una evidente falta de consenso. El progreso, entonces como ahora, suscitaba esperanzas a la vez que despertaba miedos.

Una vez más, la literatura es más compleja que la ideología. Ante la permanente tentación de censurar a quien no es de nuestra cuerda, deberíamos tenerlo presente.

Una escritora del siglo XIX podía adoptar un seudónimo masculino para facilitar su éxito o proteger su intimidad. Lo hizo Aurore Dupin en Francia, más conocida como George Sand, mientras que en España Cecilia Böhl de Faber (1796-1877) se hizo llamar Fernán Caballero. Aunque su verdadera identidad trascendió sin su consentimiento, el caso es que supo abrirse paso en un mundo como el literario, prácticamente monopolizado por los hombres. En Cecilia Böhl Larrea, Fernán Caballero (Cátedra, 2026), Marieta Cantos Casenave muestra la innovación que representaron sus novelas de costumbres dentro de la literatura española decimonónica. Como era habitual en la época, publicó sus ficciones por entregas a través de la prensa. Cuando aparecieron en formato de libro, vigiló para que lo hicieran con una impresión de calidad. Tuvo éxito y, como explica Cantos Casenave, alcanzó cierto relieve internacional.

Sin duda, La gaviota es su título más conocido. Se ha reeditado recientemente dentro del volumen Narrativa escogida (Biblioteca Castro, 2025). Su protagonista, Marisalada, es una joven con una prodigiosa voz. Esa cualidad le servirá para triunfar como cantante, pero, mientras tanto, se verá envuelta en enredos pasionales que acabarán mal. Tras ser infiel a su marido con un torero, perderá su fortuna y volverá a contraer matrimonio con un simple barbero al que había despreciado.

Caballero era una novelista con una mentalidad tradicional. Acepta cierto grado de progreso siempre que sea gradual y no cuestione las tradiciones. Sin embargo, aunque rechaza el feminismo y aprovecha cuanto puede para moralizar, el hecho es que “la gaviota”, es decir, Marisalada, nos atrae por su carácter independiente. Nos recuerda, salvando las distancias, a Madame Bovary, la gran creación de Flaubert: ambas tienen como esposos a hombres formales pero se aburren con ellos. Es por eso que intentan construirse otra vida en abierto desafío a las convenciones sociales.

A veces da la impresión de que el instinto literario de nuestra autora acaba imponiéndose a su ideología, que en algunos aspectos resulta más moderna de lo que parece a primera vista. Ahí está el abierto amor hacia los animales, que se manifiesta en la crítica a quienes los maltratan. Es por eso que las corridas de toros aparecen como un espectáculo bárbaro. Otro elemento novedoso lo encontramos en el marido de la protagonista: no piensa en matar a su mujer infiel y a su amante, tal como le exigiría la masculinidad tradicional. Se limita a irse del hogar.

Böhl de Faber también habla de la situación de España, de su atraso respecto a Europa y de la autoestima, o falta, de ella, de sus compatriotas. En su obra, hay quien está a favor de rechazar todo lo extranjero simplemente por el hecho de serlo. En el lado contrario se alzan los que denigran lo propio por el mismo motivo. La autora se sitúa entre ambas tendencias. La gaviota, de esta forma, aporta un valioso testimonio acerca de un país que evoluciona hacia la modernidad en medio de una evidente falta de consenso. El progreso, entonces como ahora, suscitaba esperanzas a la vez que despertaba miedos.

Una vez más, la literatura es más compleja que la ideología. Ante la permanente tentación de censurar a quien no es de nuestra cuerda, deberíamos tenerlo presente.

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