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Opinión

Guerra Híbrida: el enemigo invisible de las democracias

El mundo actual gira a una velocidad tal que una noticia deja paso a otra a un ritmo frenético, impidiendo contrastar su veracidad

  • Donald Trump, en el Madison Square Garden de Nueva York para ver un partido de la NBA.

De un tiempo a esta parte, existe un término que se repite constantemente en foros, discursos y análisis geopolíticos: la 'guerra híbrida'. A pesar de su recurrencia, pocas veces se define con claridad a qué se refiere exactamente cuando se utiliza.

Este concepto difumina la frontera entre el estado de paz y el conflicto bélico, pretendiendo desestabilizar a un Estado a través de la manipulación de su ciudadanía. Para ello, se sirve de:

  • Ciberataques: provocan daños en redes e infraestructuras vitales.
  • Desinformación: genera campañas de bulos y mentiras diseñadas para dividir a la sociedad.
  • Presión económica: utiliza sanciones, bloqueos de recursos o la imposición de aranceles.

Estos ataques se ejecutan en la denominada 'zona gris'; es decir, sin llegar a una guerra abierta, buscan generar el enfrentamiento entre la población y el gobierno para provocar inestabilidad interna. Su objetivo último es forzar un cambio de régimen por otro que defienda los intereses extranjeros en el propio territorio.

El mundo actual gira a una velocidad tal que una noticia deja paso a otra a un ritmo frenético, impidiendo contrastar su veracidad. La cantidad de canales por los que nos llega la información es ingente, y es precisamente ese volumen el factor que facilita nuestra credulidad: si tantos lo dicen, debe de ser cierto. Si una difamación contra un sector se multiplica a través de diferentes plataformas, es solo cuestión de tiempo que el gobierno caiga.

Ante este escenario, la pregunta que cabe hacerse es obligada: ¿tiene el sistema democrático herramientas para defenderse de este tipo de ataques?

El sistema democrático actual —surgido de las revoluciones liberales del siglo XIX, asentado y generalizado durante el siglo XX— contiene una serie de contrapesos que facilitan su propia regulación: los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Todo ello, supervisado por unos medios de comunicación que, fundamentados en la libertad de prensa, dotan a la sociedad de los elementos de juicio suficientes para que, a través del sufragio, apruebe o desapruebe la gestión de sus gobernantes.

Cuando este engranaje se ve contaminado por la guerra híbrida, la democracia entra en peligro. Nos enfrentamos a una realidad capaz de manipular a una ciudadanía que, al no ser consciente de dicha manipulación, se convierte en la prueba irrefutable de su éxito.

Decía Rosa Luxemburgo que quien no se mueve no siente las cadenas. Hoy, esas mismas cadenas han conseguido apretar más que nunca sin hacer el más mínimo ruido.

«La barbarie puede nacer de la civilización, al igual que la democracia puede suicidarse o agotarse por sí misma». — Edwy Plenel.

De un tiempo a esta parte, existe un término que se repite constantemente en foros, discursos y análisis geopolíticos: la 'guerra híbrida'. A pesar de su recurrencia, pocas veces se define con claridad a qué se refiere exactamente cuando se utiliza.

Este concepto difumina la frontera entre el estado de paz y el conflicto bélico, pretendiendo desestabilizar a un Estado a través de la manipulación de su ciudadanía. Para ello, se sirve de:

  • Ciberataques: provocan daños en redes e infraestructuras vitales.
  • Desinformación: genera campañas de bulos y mentiras diseñadas para dividir a la sociedad.
  • Presión económica: utiliza sanciones, bloqueos de recursos o la imposición de aranceles.

Estos ataques se ejecutan en la denominada 'zona gris'; es decir, sin llegar a una guerra abierta, buscan generar el enfrentamiento entre la población y el gobierno para provocar inestabilidad interna. Su objetivo último es forzar un cambio de régimen por otro que defienda los intereses extranjeros en el propio territorio.

El mundo actual gira a una velocidad tal que una noticia deja paso a otra a un ritmo frenético, impidiendo contrastar su veracidad. La cantidad de canales por los que nos llega la información es ingente, y es precisamente ese volumen el factor que facilita nuestra credulidad: si tantos lo dicen, debe de ser cierto. Si una difamación contra un sector se multiplica a través de diferentes plataformas, es solo cuestión de tiempo que el gobierno caiga.

Ante este escenario, la pregunta que cabe hacerse es obligada: ¿tiene el sistema democrático herramientas para defenderse de este tipo de ataques?

El sistema democrático actual —surgido de las revoluciones liberales del siglo XIX, asentado y generalizado durante el siglo XX— contiene una serie de contrapesos que facilitan su propia regulación: los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Todo ello, supervisado por unos medios de comunicación que, fundamentados en la libertad de prensa, dotan a la sociedad de los elementos de juicio suficientes para que, a través del sufragio, apruebe o desapruebe la gestión de sus gobernantes.

Cuando este engranaje se ve contaminado por la guerra híbrida, la democracia entra en peligro. Nos enfrentamos a una realidad capaz de manipular a una ciudadanía que, al no ser consciente de dicha manipulación, se convierte en la prueba irrefutable de su éxito.

Decía Rosa Luxemburgo que quien no se mueve no siente las cadenas. Hoy, esas mismas cadenas han conseguido apretar más que nunca sin hacer el más mínimo ruido.

«La barbarie puede nacer de la civilización, al igual que la democracia puede suicidarse o agotarse por sí misma». — Edwy Plenel.

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