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Opinión

Francisco López León, el 'Chusco'

Nunca necesitó un gran escenario para demostrar quién era y lo que sentía en sus entrañas. Su escenario siempre fue la cercanía, una silla y una mesa donde descansara una copa y el pitillo

  • Soleá Morente, Miguel Poveda, Lele y El Chusco al toque, de espaldas, en una imagen de archivo.
Jerez no solo es grande por aquello que la ha convertido en un escaparate mundial, como son sus bodegas, sus caballos, y el arte que recorre sus barrios a raudales. Nombres inmortales como Lola Flores, Manuel Alejandro y tantos otros que han llevado el nombre de nuestra ciudad por el mundo. Pero existe otro Jerez, el que no siempre ocupa portadas ni recibe homenajes oficiales, un Jerez con vida propia y olor a antaño. Es el Jerez de los bohemios, de los barrios señeros, de las peñas flamencas, de los bares y tabernas donde el compás nace sin previo aviso y donde te puedes encontrar artistas que son el alma de esta tierra.
 
Hoy quiero hacer mi humilde homenaje a uno de ellos, quizás, el bohemio que más trasmite sentimientos al toque de su guitarra y su voz rajada por los avatares de la noche. Es un hombre al que he conocido por su arte, pese a solo haber compartido en mi juventud alguna que otra vez una copa de morenita y pitillo, siempre lo saludaba cuando lo veía, y, acaparaba mí atención cuando le oía tocar y cantar, habló del Chusco.
 
Hablar del Chusco, de Francisco López León, es hablar de un artista auténtico, de barrio, donde el tiempo se quedó parado y el reloj se olvidó de dar las horas cuando el duende aparecía. De un bohemio de los de antes, de esos que nunca hicieron del flamenco una profesión, sino una manera de respirar, de vivir. Cuando acaricia la guitarra, cada nota parece contar una historia; cuando se arranca por derecho, no interpreta un cante, lo siente y lo entrega con el corazón abierto, su voz solo refleja verdad.
 
Nunca necesitó un gran escenario para demostrar quién era y lo que sentía en sus entrañas. Su escenario siempre fue la cercanía, una silla y una mesa donde descansara una copa y el pitillo, desde ahí, se ganó el respeto de los aficionados y el cariño de quienes saben reconocer el flamenco cuando nace del alma.
 
La vida, sin embargo, a veces golpea con una dureza difícil de comprender, pues una enfermedad limita hoy su movilidad y también dificulta su habla. Es una batalla silenciosa que afronta con la misma dignidad con la que siempre ha vivido; hoy, en su casa, donde encuentra el amor incondicional de su madre que lo cuida con esa entrega infinita que solo una madre es capaz de ofrecer. Y aunque las palabras ya no broten con la facilidad de antes, su mirada seguro sigue hablando el mismo lenguaje que siempre entendió, porque el Chusco también sabe expresarse desde el silencio, y así lo demostró muchas veces; porque hay silencios que emocionan tanto como sus malagueñas, bulerías o fandangos. 
 
Nuestra ciudad es hipócrita y mide a los artistas por los discos vendidos o por los escenarios que pisan, ellos cuentan con homenajes institucionales, y no es que no se lo merezcan, que lo merecen, pero también debemos mirar desde el legado que dejan en la memoria de los barrios, del pueblo llano, figuras como el Chusco. Porque él ha dejado una huella profunda en el corazón de todos los bohemios, noctámbulos y amantes del arte improvisado. Es uno de esos artistas de barrio que engrandecen una ciudad sin buscar protagonismo, de esos que mantienen viva la esencia más pura del flamenco y también se merecen un reconocimiento.
 
Este artículo no pretende despertar compasión, solo pretende despertar la memoria. Gracias, Chusco, por tanto arte, por tanta verdad nacida de tus entrañas, y por recordarnos que la grandeza no siempre se encuentra bajo los focos.
 
Creo que este homenaje merece terminar con está frase: "Mientras haya alguien que recuerde cómo tocaba su guitarra y cómo rompía el silencio con un cante, el Chusco seguirá estando donde siempre ha estado, en la calle, en el bar y en el corazón del flamenco de Jeré".
 
Jerez no solo es grande por aquello que la ha convertido en un escaparate mundial, como son sus bodegas, sus caballos, y el arte que recorre sus barrios a raudales. Nombres inmortales como Lola Flores, Manuel Alejandro y tantos otros que han llevado el nombre de nuestra ciudad por el mundo. Pero existe otro Jerez, el que no siempre ocupa portadas ni recibe homenajes oficiales, un Jerez con vida propia y olor a antaño. Es el Jerez de los bohemios, de los barrios señeros, de las peñas flamencas, de los bares y tabernas donde el compás nace sin previo aviso y donde te puedes encontrar artistas que son el alma de esta tierra.
 
Hoy quiero hacer mi humilde homenaje a uno de ellos, quizás, el bohemio que más trasmite sentimientos al toque de su guitarra y su voz rajada por los avatares de la noche. Es un hombre al que he conocido por su arte, pese a solo haber compartido en mi juventud alguna que otra vez una copa de morenita y pitillo, siempre lo saludaba cuando lo veía, y, acaparaba mí atención cuando le oía tocar y cantar, habló del Chusco.
 
Hablar del Chusco, de Francisco López León, es hablar de un artista auténtico, de barrio, donde el tiempo se quedó parado y el reloj se olvidó de dar las horas cuando el duende aparecía. De un bohemio de los de antes, de esos que nunca hicieron del flamenco una profesión, sino una manera de respirar, de vivir. Cuando acaricia la guitarra, cada nota parece contar una historia; cuando se arranca por derecho, no interpreta un cante, lo siente y lo entrega con el corazón abierto, su voz solo refleja verdad.
 
Nunca necesitó un gran escenario para demostrar quién era y lo que sentía en sus entrañas. Su escenario siempre fue la cercanía, una silla y una mesa donde descansara una copa y el pitillo, desde ahí, se ganó el respeto de los aficionados y el cariño de quienes saben reconocer el flamenco cuando nace del alma.
 
La vida, sin embargo, a veces golpea con una dureza difícil de comprender, pues una enfermedad limita hoy su movilidad y también dificulta su habla. Es una batalla silenciosa que afronta con la misma dignidad con la que siempre ha vivido; hoy, en su casa, donde encuentra el amor incondicional de su madre que lo cuida con esa entrega infinita que solo una madre es capaz de ofrecer. Y aunque las palabras ya no broten con la facilidad de antes, su mirada seguro sigue hablando el mismo lenguaje que siempre entendió, porque el Chusco también sabe expresarse desde el silencio, y así lo demostró muchas veces; porque hay silencios que emocionan tanto como sus malagueñas, bulerías o fandangos. 
 
Nuestra ciudad es hipócrita y mide a los artistas por los discos vendidos o por los escenarios que pisan, ellos cuentan con homenajes institucionales, y no es que no se lo merezcan, que lo merecen, pero también debemos mirar desde el legado que dejan en la memoria de los barrios, del pueblo llano, figuras como el Chusco. Porque él ha dejado una huella profunda en el corazón de todos los bohemios, noctámbulos y amantes del arte improvisado. Es uno de esos artistas de barrio que engrandecen una ciudad sin buscar protagonismo, de esos que mantienen viva la esencia más pura del flamenco y también se merecen un reconocimiento.
 
Este artículo no pretende despertar compasión, solo pretende despertar la memoria. Gracias, Chusco, por tanto arte, por tanta verdad nacida de tus entrañas, y por recordarnos que la grandeza no siempre se encuentra bajo los focos.
 
Creo que este homenaje merece terminar con está frase: "Mientras haya alguien que recuerde cómo tocaba su guitarra y cómo rompía el silencio con un cante, el Chusco seguirá estando donde siempre ha estado, en la calle, en el bar y en el corazón del flamenco de Jeré".
 

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