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Tres pinchazos de diferencia, dos primos de cuatro años, una misma bacteria y dos desenlaces completamente distintos

Vivimos un momento de avances extraordinarios en medicina

  • Vacunación infantil en Andalucía.

La escena que llega desde Palermo debería hacernos pensar mucho más allá de la tragedia de una niña de cuatro años.

Anna Rosa ha muerto después de sufrir una infección por difteria. Su primo, también de cuatro años, ha dado positivo por la misma enfermedad y permanece ingresado, pero evoluciona favorablemente. Tiene fiebre, dolor de garganta y placas, pero no presenta la gravedad que sufrió su prima. Hay una diferencia esencial entre ambos: él había recibido las tres primeras dosis de la vacuna frente a la difteria; ella no había sido vacunada.

No es una demostración científica basada en dos casos. Pero sí es una imagen extraordinariamente elocuente de lo que significa la vacunación: no elimina necesariamente toda posibilidad de infección, pero puede cambiar radicalmente el riesgo de desarrollar una enfermedad grave.

Y aquí aparece una palabra que suena a otro tiempo de nuestra historia: garrotillo.

Así se llamó durante siglos en España a una enfermedad que provocaba una terrible inflamación de la garganta y podía conducir a la asfixia. El término está documentado desde 1598 y se relacionaba con el garrote por la semejanza entre la opresión del cuello provocada por la enfermedad y la del instrumento de ejecución. Entre 1583 y 1638 se describieron en España varias epidemias de esta enfermedad.

Hoy la llamamos difteria. Y tenemos algo que aquellos médicos del Siglo de Oro no tenían: una vacuna capaz de prevenir sus formas graves.

Una bacteria que fabrica un veneno

La difteria está causada por cepas toxigénicas de Corynebacterium diphtheriae. La bacteria puede multiplicarse en las vías respiratorias y producir una toxina.

Esa toxina es la verdadera protagonista de la gravedad de la enfermedad.

Puede aparecer una característica membrana grisácea, fuertemente adherida a las mucosas de la garganta, que puede dificultar la respiración. Pero el problema no termina ahí. La toxina puede pasar a la circulación y producir complicaciones graves, especialmente cardíacas y neurológicas. (CDC⁠)

En el caso de Anna Rosa, los médicos describieron un deterioro fulminante, con afectación de varios órganos. Intentaron salvarla incluso mediante ECMO, pero no fue posible.

La medicina del siglo XXI hizo todo lo que pudo. Pero llegó demasiado tarde.

La vacuna no lucha contra el bicho: prepara al organismo contra su veneno

Hay algo especialmente interesante en esta historia.

La vacuna frente a la difteria utiliza un toxoide, es decir, una forma inactivada de la toxina que permite al sistema inmunitario aprender a reconocerla y generar anticuerpos.

Por eso es más preciso decir que la vacunación prepara al organismo para neutralizar la toxina que causa las formas graves de la enfermedad.

Y ahí está una de las claves de la historia de los dos primos.

El niño vacunado también ha podido infectarse. Pero su organismo disponía de defensas frente a la toxina. Sus niveles de inmunoglobulinas antidiftéricas han resultado protectores y su evolución está siendo buena.

Tres dosis no son una garantía absoluta. Son una barrera. Y a veces esa barrera marca la diferencia entre una enfermedad leve y una tragedia.

El miedo que nació de un fraude

Los padres de Anna Rosa explicaron a los médicos que no habían vacunado a sus hijos porque estaban convencidos de que las vacunas habían provocado el autismo de un familiar.

Ese miedo tiene una historia. En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó un trabajo que insinuaba una relación entre la vacuna triple vírica —sarampión, paperas y rubéola— y el autismo. El trabajo terminó siendo retirado y posteriormente se descubrieron graves problemas en la investigación.

En 2010, el General Medical Council británico concluyó que Wakefield había incurrido en una conducta profesional grave y lo expulsó del registro médico.

Pero para entonces el daño ya estaba hecho.

Una hipótesis desacreditada había conseguido algo extraordinariamente poderoso: convertirse en una creencia.

Y las creencias, cuando se enfrentan a la evidencia científica, no siempre desaparecen simplemente porque la evidencia las contradiga.

La desinformación no es inocua

No se trata de ridiculizar a unos padres.

El miedo de una familia ante una vacuna puede ser real aunque la causa de ese miedo sea falsa.

Por eso la respuesta no puede limitarse a decir "son antivacunas" y terminar ahí.

Hay que explicar.
Hay que escuchar.
Hay que desmontar los bulos.
Y hay que hacerlo antes de que una decisión basada en información falsa tenga consecuencias irreversibles.

Porque las vacunas pueden producir efectos adversos. Ninguna intervención médica está completamente exenta de riesgos.

Pero eso no significa que todas las explicaciones que circulan sobre ellas sean ciertas.

La ciencia no consiste en decir que algo es absolutamente imposible. Consiste en medir los riesgos y los beneficios con la mejor evidencia disponible.

Y la evidencia acumulada no demuestra que las vacunas causen autismo.

Italia había dejado de ver morir a niños por difteria

Lo más estremecedor de esta historia es que estamos hablando de una enfermedad que en Italia se había convertido prácticamente en un recuerdo de la historia de la medicina.

La muerte de Anna Rosa supone el primer fallecimiento por difteria registrado en Italia desde 1991, según las informaciones difundidas tras el caso.

En Sicilia, además, las coberturas vacunales pediátricas están por debajo de la media italiana. La cobertura del ciclo básico frente a difteria, tétanos, tosferina y polio entre los nacidos en 2022 se situaba en el 85,13%, frente al 94,46% nacional.

Y cuando la cobertura baja, enfermedades que parecían desterradas pueden encontrar una oportunidad para volver.

No porque las vacunas hayan dejado de funcionar.

Porque dejamos de utilizarlas.

De las vacunas contra el cáncer a volver a hablar del garrotillo

Hay algo profundamente paradójico en esta noticia.

Vivimos un momento de avances extraordinarios en medicina. Hablamos de inteligencia artificial aplicada al diagnóstico, de terapias celulares, de vacunas frente a algunos tipos de cáncer, de medicina personalizada, de nuevas estrategias para combatir microorganismos resistentes.

Y, al mismo tiempo, tenemos que volver a escribir sobre un niño de cuatro años que muere por una enfermedad que disponemos de medios para prevenir.

Es como si el futuro y el pasado se hubieran encontrado en una habitación de hospital de Palermo.

Por un lado, la medicina que intenta llevarnos cada vez más lejos.

Por otro, una enfermedad que nuestros antepasados conocieron como garrotillo.

La diferencia es que nosotros tenemos una herramienta que ellos no tenían. La vacuna.

No confundamos libertad con desinformación

Vacunarse no debería convertirse en una guerra cultural.

Tampoco debería ser un asunto de trincheras.

Una familia puede tener dudas. Puede preguntar. Puede querer conocer los efectos adversos, la eficacia, las contraindicaciones, los calendarios y los riesgos.

Todo eso es legítimo.

Lo que no es equivalente es poner en el mismo nivel una evidencia científica acumulada durante décadas y un bulo nacido de una investigación fraudulenta.

Porque cuando una enfermedad desaparece, podemos olvidar por qué desapareció.

Y cuando una vacuna evita una tragedia, nunca sabemos qué tragedia acaba de evitar.

Hasta que un día ocurre lo contrario.

Hasta que dos niños de cuatro años se encuentran con la misma bacteria. Uno tiene tres pinchazos. La otra no.

Y entonces comprendemos, demasiado tarde, que la prevención también salva vidas aunque casi nunca salga en las noticias.

Descanse en paz, Anna Rosa.

Y que su muerte no sirva para alimentar más miedo, sino para recordarnos algo mucho más importante: las vacunas no causan autismo. La difteria sí puede matar.

Y algunas veces, la distancia entre ambas cosas puede caber en tres pinchazos.

La escena que llega desde Palermo debería hacernos pensar mucho más allá de la tragedia de una niña de cuatro años.

Anna Rosa ha muerto después de sufrir una infección por difteria. Su primo, también de cuatro años, ha dado positivo por la misma enfermedad y permanece ingresado, pero evoluciona favorablemente. Tiene fiebre, dolor de garganta y placas, pero no presenta la gravedad que sufrió su prima. Hay una diferencia esencial entre ambos: él había recibido las tres primeras dosis de la vacuna frente a la difteria; ella no había sido vacunada.

No es una demostración científica basada en dos casos. Pero sí es una imagen extraordinariamente elocuente de lo que significa la vacunación: no elimina necesariamente toda posibilidad de infección, pero puede cambiar radicalmente el riesgo de desarrollar una enfermedad grave.

Y aquí aparece una palabra que suena a otro tiempo de nuestra historia: garrotillo.

Así se llamó durante siglos en España a una enfermedad que provocaba una terrible inflamación de la garganta y podía conducir a la asfixia. El término está documentado desde 1598 y se relacionaba con el garrote por la semejanza entre la opresión del cuello provocada por la enfermedad y la del instrumento de ejecución. Entre 1583 y 1638 se describieron en España varias epidemias de esta enfermedad.

Hoy la llamamos difteria. Y tenemos algo que aquellos médicos del Siglo de Oro no tenían: una vacuna capaz de prevenir sus formas graves.

Una bacteria que fabrica un veneno

La difteria está causada por cepas toxigénicas de Corynebacterium diphtheriae. La bacteria puede multiplicarse en las vías respiratorias y producir una toxina.

Esa toxina es la verdadera protagonista de la gravedad de la enfermedad.

Puede aparecer una característica membrana grisácea, fuertemente adherida a las mucosas de la garganta, que puede dificultar la respiración. Pero el problema no termina ahí. La toxina puede pasar a la circulación y producir complicaciones graves, especialmente cardíacas y neurológicas. (CDC⁠)

En el caso de Anna Rosa, los médicos describieron un deterioro fulminante, con afectación de varios órganos. Intentaron salvarla incluso mediante ECMO, pero no fue posible.

La medicina del siglo XXI hizo todo lo que pudo. Pero llegó demasiado tarde.

La vacuna no lucha contra el bicho: prepara al organismo contra su veneno

Hay algo especialmente interesante en esta historia.

La vacuna frente a la difteria utiliza un toxoide, es decir, una forma inactivada de la toxina que permite al sistema inmunitario aprender a reconocerla y generar anticuerpos.

Por eso es más preciso decir que la vacunación prepara al organismo para neutralizar la toxina que causa las formas graves de la enfermedad.

Y ahí está una de las claves de la historia de los dos primos.

El niño vacunado también ha podido infectarse. Pero su organismo disponía de defensas frente a la toxina. Sus niveles de inmunoglobulinas antidiftéricas han resultado protectores y su evolución está siendo buena.

Tres dosis no son una garantía absoluta. Son una barrera. Y a veces esa barrera marca la diferencia entre una enfermedad leve y una tragedia.

El miedo que nació de un fraude

Los padres de Anna Rosa explicaron a los médicos que no habían vacunado a sus hijos porque estaban convencidos de que las vacunas habían provocado el autismo de un familiar.

Ese miedo tiene una historia. En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó un trabajo que insinuaba una relación entre la vacuna triple vírica —sarampión, paperas y rubéola— y el autismo. El trabajo terminó siendo retirado y posteriormente se descubrieron graves problemas en la investigación.

En 2010, el General Medical Council británico concluyó que Wakefield había incurrido en una conducta profesional grave y lo expulsó del registro médico.

Pero para entonces el daño ya estaba hecho.

Una hipótesis desacreditada había conseguido algo extraordinariamente poderoso: convertirse en una creencia.

Y las creencias, cuando se enfrentan a la evidencia científica, no siempre desaparecen simplemente porque la evidencia las contradiga.

La desinformación no es inocua

No se trata de ridiculizar a unos padres.

El miedo de una familia ante una vacuna puede ser real aunque la causa de ese miedo sea falsa.

Por eso la respuesta no puede limitarse a decir "son antivacunas" y terminar ahí.

Hay que explicar.
Hay que escuchar.
Hay que desmontar los bulos.
Y hay que hacerlo antes de que una decisión basada en información falsa tenga consecuencias irreversibles.

Porque las vacunas pueden producir efectos adversos. Ninguna intervención médica está completamente exenta de riesgos.

Pero eso no significa que todas las explicaciones que circulan sobre ellas sean ciertas.

La ciencia no consiste en decir que algo es absolutamente imposible. Consiste en medir los riesgos y los beneficios con la mejor evidencia disponible.

Y la evidencia acumulada no demuestra que las vacunas causen autismo.

Italia había dejado de ver morir a niños por difteria

Lo más estremecedor de esta historia es que estamos hablando de una enfermedad que en Italia se había convertido prácticamente en un recuerdo de la historia de la medicina.

La muerte de Anna Rosa supone el primer fallecimiento por difteria registrado en Italia desde 1991, según las informaciones difundidas tras el caso.

En Sicilia, además, las coberturas vacunales pediátricas están por debajo de la media italiana. La cobertura del ciclo básico frente a difteria, tétanos, tosferina y polio entre los nacidos en 2022 se situaba en el 85,13%, frente al 94,46% nacional.

Y cuando la cobertura baja, enfermedades que parecían desterradas pueden encontrar una oportunidad para volver.

No porque las vacunas hayan dejado de funcionar.

Porque dejamos de utilizarlas.

De las vacunas contra el cáncer a volver a hablar del garrotillo

Hay algo profundamente paradójico en esta noticia.

Vivimos un momento de avances extraordinarios en medicina. Hablamos de inteligencia artificial aplicada al diagnóstico, de terapias celulares, de vacunas frente a algunos tipos de cáncer, de medicina personalizada, de nuevas estrategias para combatir microorganismos resistentes.

Y, al mismo tiempo, tenemos que volver a escribir sobre un niño de cuatro años que muere por una enfermedad que disponemos de medios para prevenir.

Es como si el futuro y el pasado se hubieran encontrado en una habitación de hospital de Palermo.

Por un lado, la medicina que intenta llevarnos cada vez más lejos.

Por otro, una enfermedad que nuestros antepasados conocieron como garrotillo.

La diferencia es que nosotros tenemos una herramienta que ellos no tenían. La vacuna.

No confundamos libertad con desinformación

Vacunarse no debería convertirse en una guerra cultural.

Tampoco debería ser un asunto de trincheras.

Una familia puede tener dudas. Puede preguntar. Puede querer conocer los efectos adversos, la eficacia, las contraindicaciones, los calendarios y los riesgos.

Todo eso es legítimo.

Lo que no es equivalente es poner en el mismo nivel una evidencia científica acumulada durante décadas y un bulo nacido de una investigación fraudulenta.

Porque cuando una enfermedad desaparece, podemos olvidar por qué desapareció.

Y cuando una vacuna evita una tragedia, nunca sabemos qué tragedia acaba de evitar.

Hasta que un día ocurre lo contrario.

Hasta que dos niños de cuatro años se encuentran con la misma bacteria. Uno tiene tres pinchazos. La otra no.

Y entonces comprendemos, demasiado tarde, que la prevención también salva vidas aunque casi nunca salga en las noticias.

Descanse en paz, Anna Rosa.

Y que su muerte no sirva para alimentar más miedo, sino para recordarnos algo mucho más importante: las vacunas no causan autismo. La difteria sí puede matar.

Y algunas veces, la distancia entre ambas cosas puede caber en tres pinchazos.

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