Los discursos de odio no son algo nuevo, ni están potenciados por las redes sociales. Son nuestros políticos quienes, con sus discursos, legitiman la aversión al diferente, promoviendo el maniqueísmo, el pensamiento vacío y las palabras de plástico.
El odio siempre estuvo con nosotros y lo hemos combatido con la educación. Así, el odio resurge y se agudiza en periodos como el actual, en el que las políticas educativas nacionales y regionales priorizan los objetivos económicos frente a los socioculturales. Hay un desprestigio consentido, institucionalizado, de la labor de los docentes. Su trabajo está permanentemente obstaculizado y bajo sospecha de adoctrinamiento.
Ilustración de Miguel Parra.
Pero no es de la España de hoy de la que quiero hablar, sino de esa España indeseable que tal vez será mañana mismo, a menos que nos miremos en el espejo de lo que está ocurriendo alrededor y consigamos frenar a tiempo esa locura a la que parecemos estar abocados.
Esta semana pasada estuve participando en varios eventos universitarios en el estado de Paraná en Brasil. Ahí, en los pasillos, que es donde, durante los congresos, acontece y se dice lo que verdaderamente importa, pude constatar una enorme preocupación ante las medidas políticas que se avecinan con la próxima implantación de un nuevo gobierno concebido “por y para la mayoría” (entiéndase blanca, heterosexual y cristiana), cuyo mensaje explícito para los brasileños diferentes (rojos, negros, amarillos, musulmanes, gays…) es “que se dobleguen o desaparezcan”.
Mis colegas me relataron varios hechos escalofriantes que ya están sucediendo. En concreto hubo uno que me impactó mucho. Aconteció en el aeropuerto de Salgado Filho de Porto Alegre. En la fila de embarque, una familia blanca, madre, padre y dos hijas pequeñas. Las niñas corrían y saltaban, pasando por encima de los equipajes, gritando sin que los padres levantaran la cabeza de sus móviles. En un momento dado, dice la niña mayor (de unos 7 años): " Mira allí ... unos negros ... papi ... aquellos de allí ... ¿Bolsonaro también va a acabar con ellos?” El padre, un poco molesto, quitándose los auriculares de los oídos, ordena a la niña que hable más bajo, empujándola a un lado de forma poco delicada. La madre, quitándose también los auriculares, dice en voz alta: “deja que ella diga lo que quiera ... después de todo ... a partir de ahora ... estamos viviendo en una democracia y podemos decir lo que sentimos” …
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