La semana pasada os contaba mi experiencia en Getafe Negro, donde participé en una mesa redonda sobre Sherlock Holmes. Pero mi viaje no terminó allí. Aproveché que estaba en tierras manchegas para seguir los pasos de otro personaje literario universal, probablemente el más importante que ha dado nuestra literatura: don Quijote de la Mancha.
Recorrer la ruta del Quijote ha sido una experiencia maravillosa. Los pueblos están cuidados, conservan su encanto y han sabido mantener una relación con la obra de Cervantes que se percibe en sus calles, plazas y monumentos. Incluso los molinos, encaramados en lo alto de los cerros, cuentan con accesos para vehículos, aparcamientos y papeleras. Se nota que ha habido un esfuerzo por acondicionar estos lugares para recibir visitantes y permitirles disfrutar de un paisaje que forma parte de nuestro imaginario colectivo.
Y, sin embargo, regresé con una sensación agridulce. Porque, pese a todo ese patrimonio y a las posibilidades que ofrece, me sorprendió lo poco que se explota cultural y turísticamente una de las obras más importantes de la historia de la literatura. Tenemos los escenarios, tenemos los molinos, tenemos los pueblos y, sobre todo, tenemos al personaje. Pero parece que nos falta convencernos de que poseemos algo extraordinario.

- Ruta Quijote
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En cualquier tienda de regalos podemos encontrar camisetas y bolsas de tela con el rostro de Shakespeare y frases como «I put the LIT in Literature». Los británicos han convertido a sus escritores en símbolos culturales que exhiben con orgullo y que saben promocionar dentro y fuera de sus fronteras. Nosotros, en cambio, tenemos a Miguel de Cervantes, autor de la que suele considerarse la primera novela moderna de la historia, y parece que todavía nos cuesta reivindicarlo más allá de los actos institucionales del Día del Libro.
Tengo la impresión de que buena parte de los españoles sigue considerando Don Quijote de la Mancha un auténtico tostón, probablemente porque lo asocia a una lectura obligatoria de sus años escolares. Y resulta curioso que admiremos sin reservas a Shakespeare y sus obras, escritas en el inglés de su época, mientras miramos con cierta prevención una novela que también exige acercarse a una lengua y a una sociedad de hace cuatro siglos. Los británicos no necesitan que todo el mundo haya leído Hamlet para sentirse orgullosos de Shakespeare. Nosotros, en cambio, parecemos exigir que Cervantes sea fácil de leer para reconocer su importancia.
Quizá lo que nos falta no sean más molinos restaurados ni más rutas señalizadas, sino aprender a presumir de nuestro patrimonio literario con la misma naturalidad con la que otros países presumen del suyo. Después de recorrer aquellos pueblos
tan bien conservados, me quedó la sensación de que tenemos preparado un escenario magnífico y todavía no hemos aprendido a aprovechar todo su potencial. Y pocas cosas me parecen más tristes que disponer de uno de los mayores tesoros de la literatura universal y no saber muy bien qué hacer con él.
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