Opinión

El negocio del Planeta

Celebrar que Allende recupere el universo de 'La casa de los espíritus' parece más estimulante que exigirle que deje su sitio a otro escritor

  • Isabel Allende, ganadora del Premio Planeta.

Como cada 15 de octubre, anoche se entregó el Premio Planeta y, como cada año,  las redes sociales se llenaron de personas indignadas porque el galardón había recaído en una escritora consagrada en lugar de servir para descubrir a un talento  desconocido. Esta vez la elegida ha sido Isabel Allende, que a sus 84 años y con más de cincuenta millones de libros vendidos parece reunir todos los requisitos  para provocar ese enfado. A estas alturas, lo verdaderamente sorprendente es que  todavía haya quien espere otra cosa del Planeta. 

El premio nació en 1952 por iniciativa de José Manuel Lara Hernández, fundador  de la editorial, y desde entonces ha estado vinculado a una empresa que publica y  comercializa libros. Naturalmente, también tiene una dimensión literaria, pero su  funcionamiento no puede entenderse al margen de los intereses editoriales de  quien lo concede. Planeta no es una institución pública encargada de descubrir escritores sin recursos ni una fundación que distribuya ayudas a la creación. Es uno de los mayores grupos editoriales del mundo y su premio constituye, entre  otras cosas, una extraordinaria herramienta de promoción y adquisición de  derechos de publicación. Confundirlo con una beca para autores noveles conduce  inevitablemente a decepcionarse cada octubre. 

Pero lo de Isabel Allende tiene una dimensión que va bastante más allá de la  habitual polémica sobre los escritores famosos. Durante décadas, la autora chilena ha publicado sus novelas en Plaza & Janés, sello de Penguin Random House, el gran competidor de Planeta. Su victoria supone que La hora antes del  alba aparecerá bajo el sello de una editorial rival. Y estamos hablando nada menos que de la continuación de La casa de los espíritus, la novela que la  convirtió en un fenómeno literario internacional en 1982. No se me ocurre una forma mucho más espectacular de anunciar un cambio de editorial. 

  • Premios Planeta, con la presencia de los Reyes de España
  • -

El millón de euros que recibe la ganadora debe entenderse también en su  contexto. El Premio Planeta no funciona como un galardón honorífico que se  añade sin más a los ingresos de una escritora, sino que su dotación tiene carácter  de anticipo por la cesión de los derechos de edición de la novela premiada. Es decir, Planeta desembolsa una cantidad extraordinaria, pero adquiere a cambio un  libro que puede publicar, distribuir y vender. En el caso de Allende, además, recibe  una novela que parte con una ventaja comercial difícilmente igualable: millones  de lectores conocen ya a la familia Trueba y llevan más de cuatro décadas  vinculados a su historia. 

Algo parecido ocurrió en 2019 con Javier Cercas, que hasta entonces publicaba en Literatura Random House y ganó el Planeta con Terra Alta. Aquel premio también supuso un importante movimiento entre los dos grandes grupos editoriales. La  operación no exige necesariamente adquirir de golpe toda la obra anterior de un escritor. Los derechos de sus libros previos pueden continuar en otras editoriales mientras sus nuevas novelas comienzan a publicarse en un sello distinto. Para un grupo editorial, incorporar una firma de semejante prestigio y capacidad de ventas puede justificar sobradamente el desembolso. 

Y aquí llegamos a una de las reacciones que más me sorprenden cada octubre. Este año se han presentado 1.424 originales al Premio Planeta y, una vez conocido  el nombre de la ganadora, las redes sociales han vuelto a llenarse de comentarios  lamentando que el millón de euros no haya recaído en un escritor desconocido. Como si Planeta tuviera la obligación de repartir su dinero entre autores noveles o como si el premio no formara parte de una estrategia editorial perfectamente  legítima. Después de setenta y cinco ediciones, cuesta entender que todavía haya  quien desconozca su funcionamiento y se escandalice porque una empresa  privada actúe como tal. 

A mí, por el contrario, me encanta que haya ganado Isabel Allende. Y más todavía que lo haya hecho con la continuación de La casa de los espíritus, cuarenta y cuatro años después de su publicación. Allende contó durante la ceremonia que nunca antes se había presentado a un concurso literario por temor a quedar la  última y que esta vez había decidido hacerlo bajo seudónimo. La noticia de que recupera a Alba Trueba después de tanto tiempo me parece infinitamente más  interesante que cualquier discusión sobre si una escritora que ha vendido  millones de ejemplares merece recibir otro premio. 

Lo que no consigo comprender es esa idea tan extendida de que los escritores  consagrados deberían apartarse para dejar paso a quienes todavía no han conseguido publicar. Hay premios destinados a descubrir nuevas voces, concursos para autores inéditos y convocatorias que establecen expresamente esas condiciones. El Planeta no es uno de ellos. Pretender que funcione de otra  manera porque nos parece más romántico que gane alguien desconocido supone ignorar tanto sus bases como su naturaleza empresarial. Y tampoco veo por qué  una autora de la trayectoria de Allende tendría que renunciar a presentarse para que otros pudieran tener su oportunidad. 

Además, en esta ocasión el resultado permite entender especialmente bien lo que significa el Planeta para el negocio editorial. El grupo incorpora a una de las  autoras más importantes de Penguin Random House y se hace con la continuación de su novela más célebre, con una repercusión mediática que difícilmente habría conseguido mediante un anuncio convencional. El millón de euros impresiona, desde luego, pero Planeta sabe perfectamente lo que está adquiriendo y el potencial comercial que tiene entre manos. Por eso me sorprende  que, después de tantos años, sigamos discutiendo sobre el desconocido que debería haber ganado, en lugar de apreciar la magnitud del movimiento editorial  que acabamos de presenciar.

Como cada 15 de octubre, anoche se entregó el Premio Planeta y, como cada año,  las redes sociales se llenaron de personas indignadas porque el galardón había recaído en una escritora consagrada en lugar de servir para descubrir a un talento  desconocido. Esta vez la elegida ha sido Isabel Allende, que a sus 84 años y con más de cincuenta millones de libros vendidos parece reunir todos los requisitos  para provocar ese enfado. A estas alturas, lo verdaderamente sorprendente es que  todavía haya quien espere otra cosa del Planeta. 

El premio nació en 1952 por iniciativa de José Manuel Lara Hernández, fundador  de la editorial, y desde entonces ha estado vinculado a una empresa que publica y  comercializa libros. Naturalmente, también tiene una dimensión literaria, pero su  funcionamiento no puede entenderse al margen de los intereses editoriales de  quien lo concede. Planeta no es una institución pública encargada de descubrir escritores sin recursos ni una fundación que distribuya ayudas a la creación. Es uno de los mayores grupos editoriales del mundo y su premio constituye, entre  otras cosas, una extraordinaria herramienta de promoción y adquisición de  derechos de publicación. Confundirlo con una beca para autores noveles conduce  inevitablemente a decepcionarse cada octubre. 

Pero lo de Isabel Allende tiene una dimensión que va bastante más allá de la  habitual polémica sobre los escritores famosos. Durante décadas, la autora chilena ha publicado sus novelas en Plaza & Janés, sello de Penguin Random House, el gran competidor de Planeta. Su victoria supone que La hora antes del  alba aparecerá bajo el sello de una editorial rival. Y estamos hablando nada menos que de la continuación de La casa de los espíritus, la novela que la  convirtió en un fenómeno literario internacional en 1982. No se me ocurre una forma mucho más espectacular de anunciar un cambio de editorial. 

  • Premios Planeta, con la presencia de los Reyes de España
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El millón de euros que recibe la ganadora debe entenderse también en su  contexto. El Premio Planeta no funciona como un galardón honorífico que se  añade sin más a los ingresos de una escritora, sino que su dotación tiene carácter  de anticipo por la cesión de los derechos de edición de la novela premiada. Es decir, Planeta desembolsa una cantidad extraordinaria, pero adquiere a cambio un  libro que puede publicar, distribuir y vender. En el caso de Allende, además, recibe  una novela que parte con una ventaja comercial difícilmente igualable: millones  de lectores conocen ya a la familia Trueba y llevan más de cuatro décadas  vinculados a su historia. 

Algo parecido ocurrió en 2019 con Javier Cercas, que hasta entonces publicaba en Literatura Random House y ganó el Planeta con Terra Alta. Aquel premio también supuso un importante movimiento entre los dos grandes grupos editoriales. La  operación no exige necesariamente adquirir de golpe toda la obra anterior de un escritor. Los derechos de sus libros previos pueden continuar en otras editoriales mientras sus nuevas novelas comienzan a publicarse en un sello distinto. Para un grupo editorial, incorporar una firma de semejante prestigio y capacidad de ventas puede justificar sobradamente el desembolso. 

Y aquí llegamos a una de las reacciones que más me sorprenden cada octubre. Este año se han presentado 1.424 originales al Premio Planeta y, una vez conocido  el nombre de la ganadora, las redes sociales han vuelto a llenarse de comentarios  lamentando que el millón de euros no haya recaído en un escritor desconocido. Como si Planeta tuviera la obligación de repartir su dinero entre autores noveles o como si el premio no formara parte de una estrategia editorial perfectamente  legítima. Después de setenta y cinco ediciones, cuesta entender que todavía haya  quien desconozca su funcionamiento y se escandalice porque una empresa  privada actúe como tal. 

A mí, por el contrario, me encanta que haya ganado Isabel Allende. Y más todavía que lo haya hecho con la continuación de La casa de los espíritus, cuarenta y cuatro años después de su publicación. Allende contó durante la ceremonia que nunca antes se había presentado a un concurso literario por temor a quedar la  última y que esta vez había decidido hacerlo bajo seudónimo. La noticia de que recupera a Alba Trueba después de tanto tiempo me parece infinitamente más  interesante que cualquier discusión sobre si una escritora que ha vendido  millones de ejemplares merece recibir otro premio. 

Lo que no consigo comprender es esa idea tan extendida de que los escritores  consagrados deberían apartarse para dejar paso a quienes todavía no han conseguido publicar. Hay premios destinados a descubrir nuevas voces, concursos para autores inéditos y convocatorias que establecen expresamente esas condiciones. El Planeta no es uno de ellos. Pretender que funcione de otra  manera porque nos parece más romántico que gane alguien desconocido supone ignorar tanto sus bases como su naturaleza empresarial. Y tampoco veo por qué  una autora de la trayectoria de Allende tendría que renunciar a presentarse para que otros pudieran tener su oportunidad. 

Además, en esta ocasión el resultado permite entender especialmente bien lo que significa el Planeta para el negocio editorial. El grupo incorpora a una de las  autoras más importantes de Penguin Random House y se hace con la continuación de su novela más célebre, con una repercusión mediática que difícilmente habría conseguido mediante un anuncio convencional. El millón de euros impresiona, desde luego, pero Planeta sabe perfectamente lo que está adquiriendo y el potencial comercial que tiene entre manos. Por eso me sorprende  que, después de tantos años, sigamos discutiendo sobre el desconocido que debería haber ganado, en lugar de apreciar la magnitud del movimiento editorial  que acabamos de presenciar.

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