Opinión

Postuleo

Los expositores necesitamos que el público pueda acercarse a nuestros puestos, detenerse ante las novedades, hojear libros y comprar.

  • Los Claustros, sede de la Feria del Libro en Jerez. -

La mayoría de personas va a las ferias del libro para comprar libros, escuchar a sus autores favoritos, descubrir nuevas lecturas o, sencillamente, pasear entre las casetas. Y luego están quienes acuden exclusivamente para hacerse una fotografía que demuestre que han estado allí. No importa demasiado si han escuchado la conferencia, si conocen la obra del escritor o si han dedicado más de cinco minutos al acontecimiento. Lo importante es poder publicarlo en las redes sociales. A eso lo llamo postuleo, una práctica que empieza a resultar tan habitual en los actos culturales como las propias fotografías de sus protagonistas.

En la Feria del Libro de Jerez lo vimos con Enrique Vila-Matas. Una persona que también organiza actividades culturales en la ciudad apareció expresamente para fotografiarse en el acto y marcharse sin escuchar la conversación. Poco después, la imagen circulaba por las redes acompañada de un entusiasta "en la charla del posible premio Nobel". En la Feria del Libro de Cádiz, una autora que estaba firmando ejemplares abandonó momentáneamente su puesto para acercarse a la conferencia de Gioconda Belli, hacer la fotografía correspondiente y regresar a su casamata del Baluarte de la Candelaria. Después publicó que estaba escuchando a la escritora nicaragüense. Lo siento, pero estar en una casamata es como estar detrás de la barra de un bar: se ve todo. Incluido quién se acerca a disfrutar de la literatura y quién únicamente necesita una prueba gráfica de su supuesta vida cultural.

Pero hay otra forma de relacionarse con las ferias que me preocupa todavía más, porque no se limita a fingir interés, sino que acaba perjudicando a quienes trabajan para que estos encuentros sean posibles. La vivimos también en Jerez durante la firma de Inma Rubiales, una autora capaz de congregar a centenares de adolescentes. Se presentaron unas ochocientas personas, muchas eran jóvenes acompañadas de sus madres, y durante los primeros quince minutos se produjo el caos que cabe imaginar cuando semejante cantidad de público intenta organizar una cola en un recinto que no está preparado para absorberla de golpe.

El Ayuntamiento, responsable de la organización de la feria, reaccionó repartiendo números para que las asistentes pudieran dispersarse y regresar cuando les correspondiera. Una solución razonable que, sin embargo, provocó el enfado de algunas familias. No entendían por qué no podían permanecer formando una fila alrededor de las galerías si, según ellas, todavía quedaba un pequeño pasillo por el que se podía pasar. Y ahí estaba precisamente el problema: una feria del libro no es un pasillo por el que abrirse camino de lado entre ochocientas personas. Los expositores necesitamos que el público pueda acercarse a nuestros puestos, detenerse ante las novedades, hojear libros y comprar. Los demás autores tienen derecho a desarrollar sus firmas y los visitantes a recorrer tranquilamente el recinto. No basta con dejar metro y medio libre para considerar resuelta la circulación.

Después llegó el problema de los ejemplares. Cuando apenas se había alcanzado el número sesenta, se anunció por megafonía que cada persona podría obtener una única firma. Había asistentes que habían acudido con bolsos cargados de libros de la autora y pretendían llevárselos todos dedicados. Puedo entender perfectamente que una lectora no pueda comprar la última novedad y prefiera llevar un libro anterior que ya tenga en casa. Lo que no se puede hacer es pretender que una escritora que tiene a centenares de personas esperando dedique cinco ejemplares a cada una. También hubo quien intentó conseguir firmas adicionales sin disponer del número correspondiente. Y, cuando se le negó, la culpa volvió a ser de la organización.

Nosotros abandonamos la feria a las tres y media de la tarde. En aquel momento iban aproximadamente por el número setenta. Quedaban centenares de adolescentes esperando su oportunidad de conocer a una autora a la que admiran, algo que debería haber sido una experiencia emocionante y que para algunas familias se había convertido en una sucesión de reproches. Lo más disparatado llegó después, cuando el enfado de algunas asistentes terminó convertido en una mala reseña de Google contra una librería elegida entre las participantes en la feria, responsabilizándola de la organización del encuentro. Una librería que estaba allí para vender libros, no para gestionar la firma de Inma Rubiales.

Lo que tienen en común estas situaciones es una manera de entender los acontecimientos culturales como si estuvieran organizados exclusivamente para satisfacer nuestras expectativas personales. Quien aparece para hacerse una fotografía cree que participar consiste en poder demostrar que estuvo presente. Quien acude por primera vez a una firma multitudinaria parece pensar que haber esperado le concede derecho a exigir cualquier cosa, aunque perjudique a los demás. Y cuando algo no sale como esperaba, siempre encuentra a alguien a quien responsabilizar, aunque sea un librero que no tiene absolutamente nada que ver con sus quejas.

Las ferias del libro son espacios de encuentro, pero también de trabajo. Detrás de cada caseta hay personas que han invertido tiempo y dinero; detrás de cada presentación hay una organización, y detrás de cada firma hay un autor que intenta atender a sus lectores dentro de unos límites razonables. Conviene recordarlo, especialmente ahora que parece importar tanto contar que hemos estado en un acontecimiento cultural como cada vez menos comprender qué ocurre realmente en él.

La mayoría de personas va a las ferias del libro para comprar libros, escuchar a sus autores favoritos, descubrir nuevas lecturas o, sencillamente, pasear entre las casetas. Y luego están quienes acuden exclusivamente para hacerse una fotografía que demuestre que han estado allí. No importa demasiado si han escuchado la conferencia, si conocen la obra del escritor o si han dedicado más de cinco minutos al acontecimiento. Lo importante es poder publicarlo en las redes sociales. A eso lo llamo postuleo, una práctica que empieza a resultar tan habitual en los actos culturales como las propias fotografías de sus protagonistas.

En la Feria del Libro de Jerez lo vimos con Enrique Vila-Matas. Una persona que también organiza actividades culturales en la ciudad apareció expresamente para fotografiarse en el acto y marcharse sin escuchar la conversación. Poco después, la imagen circulaba por las redes acompañada de un entusiasta "en la charla del posible premio Nobel". En la Feria del Libro de Cádiz, una autora que estaba firmando ejemplares abandonó momentáneamente su puesto para acercarse a la conferencia de Gioconda Belli, hacer la fotografía correspondiente y regresar a su casamata del Baluarte de la Candelaria. Después publicó que estaba escuchando a la escritora nicaragüense. Lo siento, pero estar en una casamata es como estar detrás de la barra de un bar: se ve todo. Incluido quién se acerca a disfrutar de la literatura y quién únicamente necesita una prueba gráfica de su supuesta vida cultural.

Pero hay otra forma de relacionarse con las ferias que me preocupa todavía más, porque no se limita a fingir interés, sino que acaba perjudicando a quienes trabajan para que estos encuentros sean posibles. La vivimos también en Jerez durante la firma de Inma Rubiales, una autora capaz de congregar a centenares de adolescentes. Se presentaron unas ochocientas personas, muchas eran jóvenes acompañadas de sus madres, y durante los primeros quince minutos se produjo el caos que cabe imaginar cuando semejante cantidad de público intenta organizar una cola en un recinto que no está preparado para absorberla de golpe.

El Ayuntamiento, responsable de la organización de la feria, reaccionó repartiendo números para que las asistentes pudieran dispersarse y regresar cuando les correspondiera. Una solución razonable que, sin embargo, provocó el enfado de algunas familias. No entendían por qué no podían permanecer formando una fila alrededor de las galerías si, según ellas, todavía quedaba un pequeño pasillo por el que se podía pasar. Y ahí estaba precisamente el problema: una feria del libro no es un pasillo por el que abrirse camino de lado entre ochocientas personas. Los expositores necesitamos que el público pueda acercarse a nuestros puestos, detenerse ante las novedades, hojear libros y comprar. Los demás autores tienen derecho a desarrollar sus firmas y los visitantes a recorrer tranquilamente el recinto. No basta con dejar metro y medio libre para considerar resuelta la circulación.

Después llegó el problema de los ejemplares. Cuando apenas se había alcanzado el número sesenta, se anunció por megafonía que cada persona podría obtener una única firma. Había asistentes que habían acudido con bolsos cargados de libros de la autora y pretendían llevárselos todos dedicados. Puedo entender perfectamente que una lectora no pueda comprar la última novedad y prefiera llevar un libro anterior que ya tenga en casa. Lo que no se puede hacer es pretender que una escritora que tiene a centenares de personas esperando dedique cinco ejemplares a cada una. También hubo quien intentó conseguir firmas adicionales sin disponer del número correspondiente. Y, cuando se le negó, la culpa volvió a ser de la organización.

Nosotros abandonamos la feria a las tres y media de la tarde. En aquel momento iban aproximadamente por el número setenta. Quedaban centenares de adolescentes esperando su oportunidad de conocer a una autora a la que admiran, algo que debería haber sido una experiencia emocionante y que para algunas familias se había convertido en una sucesión de reproches. Lo más disparatado llegó después, cuando el enfado de algunas asistentes terminó convertido en una mala reseña de Google contra una librería elegida entre las participantes en la feria, responsabilizándola de la organización del encuentro. Una librería que estaba allí para vender libros, no para gestionar la firma de Inma Rubiales.

Lo que tienen en común estas situaciones es una manera de entender los acontecimientos culturales como si estuvieran organizados exclusivamente para satisfacer nuestras expectativas personales. Quien aparece para hacerse una fotografía cree que participar consiste en poder demostrar que estuvo presente. Quien acude por primera vez a una firma multitudinaria parece pensar que haber esperado le concede derecho a exigir cualquier cosa, aunque perjudique a los demás. Y cuando algo no sale como esperaba, siempre encuentra a alguien a quien responsabilizar, aunque sea un librero que no tiene absolutamente nada que ver con sus quejas.

Las ferias del libro son espacios de encuentro, pero también de trabajo. Detrás de cada caseta hay personas que han invertido tiempo y dinero; detrás de cada presentación hay una organización, y detrás de cada firma hay un autor que intenta atender a sus lectores dentro de unos límites razonables. Conviene recordarlo, especialmente ahora que parece importar tanto contar que hemos estado en un acontecimiento cultural como cada vez menos comprender qué ocurre realmente en él.

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