¿Hacia una guerra nuclear?

El panorama al que nos llevan psicópatas como Trump, Putin o Netanyahu es oscuro. Pero frente a este horizonte sombrío, conviene recordar que no todo avanza hacia la barbarie

07 de abril de 2026 a las 10:43h
Donald Trump en su despacho de la Casa Blanca.
Donald Trump en su despacho de la Casa Blanca.

Es la pregunta que ya se están haciendo muchos analistas cuando escuchan a Trump decir que va a enviar a Irán a la edad de piedra o que en 48 horas desatará un auténtico infierno.

Lo cierto es que las cosas no están saliendo como EE.UU. e Israel pretendían. El paralelismo con Ucrania es evidente: Putin invadió el país en una operación que pensaba que duraría semanas y terminaría con un gobierno títere en Kiev. Pero la sorpresa fue la capacidad de resiliencia del Estado y sobre todo del pueblo ucraniano. Así que ya llevamos cuatro años de maldita guerra.

Salvando las distancias, algo parecido le ha ocurrido a Trump. Pensaba que con unos días de bombardeo y descabezando el régimen de los ayatolás, con el precedente de las impresionantes movilizaciones populares de diciembre y enero pasados, el pueblo iraní se levantaría y ayudaría a colocar a otro títere en Irán, del mismo modo que en Venezuela.

Pero el cálculo fue errado. Un pueblo mayoritariamente deseoso de libertad, no se siente interpelado cuando lo empujan con balas y bombardeos extranjeros. Lo más probable es que se produzca un efecto de patriotismo sobrevenido, conscientes de que lo que tienen, que es malo, puede ser aún peor en manos de EE.UU.

También los sofisticados servicios secretos israelíes y norteamericanos erraron el cálculo acerca de las capacidades de respuesta del régimen iraní. Como analiza Pablo Dávalos en Viento Sur, Irán está desarrollando una verdadera tecno-guerrilla de drones y misiles basada en el concepto de enjambre, que modifica sustancialmente los marcos de una guerra basada en caros misiles, escudos de hierro y tanques. Y según parece, ni siquiera tuvieron en cuenta el control estratégico militar de Irán sobre el estrecho de Ormuz, embudo para buena parte del crudo, gas y fertilizantes mundiales

Dentro de lo imprevisible del personaje, parece que, dada la evolución de los mercados, el aumento de los precios, las disensiones en el entramado MAGA, el paulatino abandono de sus socios —porque lo de los muertos y la devastación no es un factor que se considere— a Trump parece que le entran prisas por acabar de forma rápida el conflicto.

A ello se suma que una parte significativa de la opinión pública estadounidense muestra un cansancio creciente hacia nuevas aventuras militares, algo que se ha hecho evidente este pasado fin de semana con más de ocho millones de manifestantes en diversas ciudades del país, lo que limita aún más el margen político de la Casa Blanca.

Hemos analizado en otro artículo aquí cuáles son las salidas posibles. Pero, aunque hay muchos indicios de que podría acudir a acciones terrestres siquiera puntuales, lo cierto es que los riesgos de poner tropas sobre el terreno son inmensos y pueden complicar aún más las posibles salidas de esta guerra que por ahora es regional.

Aunque la retórica oficial estadounidense es de victoria inminente, analistas y diversos reportes internacionales especulan sobre si esta guerra llevará a EE. UU. a un declive profundo, sugiriendo que la nueva dinámica geopolítica podría no resultar en una victoria clara para EE. UU. En resumen, la situación es activa y fluida, con EE. UU. asegurando la victoria, pero enfrentando complicaciones logísticas y bajas en el terreno, mientras busca una salida rápida del conflicto.

Ante esta situación, muchas fuentes aseguran que se está considerando seriamente otro escenario es mucho más peligroso: llevar a Irán a la edad de piedra mediante el uso de armas nucleares tácticas. Sería una escalada —esta vez sí— de consecuencias imprevisibles. Un crimen —otro más— de lesa humanidad. Y además absolutamente despreciable y cobarde si tenemos en cuenta que Irán no posee armas atómicas. Probablemente sin conseguir sus objetivos, el uso de la bomba atómica convertiría todavía en mayor grado a EE. UU. e Israel en auténticos parias de la humanidad, y la oposición social y política mundial sería tremenda.

Además, numerosos expertos advierten que, en un contexto tan volátil, el simple error de cálculo —un radar mal interpretado, una represalia desproporcionada, un fallo en la cadena de mando— podría desencadenar una escalada nuclear no deseada. Hay que estar atentos, muy atentos, y no tomarse las bravatas de Trump como simples fanfarronadas.

El panorama al que nos llevan psicópatas como Trump, Putin o Netanyahu es oscuro. Pero frente a este horizonte sombrío, conviene recordar que no todo avanza hacia la barbarie. Hay procesos que caminan en sentido inverso que nos iluminan. Precisamente en enero pasado se cumplieron cinco años de la entrada en vigor del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), el primer instrumento jurídico internacional con un enfoque humanitario en el desarme nuclear.

Este tratado fue impulsado por la sociedad civil, especialmente por la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN). Aunque las grandes potencias siguen modernizando sus arsenales e incluso se plantean como en este caso el uso táctico de bombas nucleares, el TPAN refuerza los tratados de no proliferación y promueve una visión global de paz y desarme basada en principios humanitarios.

A finales de 2025, el TPAN contaba con 95 países firmantes y 74 Estados parte. A lo que hay que sumar las centenas de acciones de la sociedad civil por todo el planeta que contribuyen a fortalecer esta arquitectura moral en desarrollo, orientada a apuntalar una norma que establezca la inaceptabilidad política de las armas nucleares.

La entrada en vigor del TPAN representa una señal esperanzadora y marca un cambio hacia un enfoque de seguridad que incluye a todas las personas. Es esencial que el impacto humanitario de las armas nucleares permanezca como núcleo en la conversación global sobre este tipo de armamento. Más que un acuerdo internacional, el TPAN es una ruta hacia la eliminación nuclear basada en valores de dignidad, justicia y optimismo.

Desde esa misma óptica de movilización de la sociedad civil, en estos próximos días, del 10 de abril al 9 de mayo, se inicia la campaña GDAMS 2026: Un llamamiento a la acción contra la militarización global. Una campaña en la que participamos la APDHA y a la que llamamos a sumarse a colectivos y personas amantes de la paz. Si la guerra avanza por decisiones de unos pocos, la paz solo puede construirse desde la presión organizada de muchos y muchas.

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