La guerra que devasta Oriente Medio avanza con una crueldad que desborda cualquier cálculo estratégico. Y, sin embargo, la conversación pública global parece obsesionada únicamente con los mercados, el precio del petróleo o la estabilidad de las rutas comerciales. Resulta insoportable comprobar cómo, una vez más, las víctimas quedan relegadas a un pie de página. Como escribía recientemente una amiga iraní, Parisa Delshad, “el sufrimiento que impone la guerra sobre el cuerpo y la mente de las personas es incomparable con cualquier otra crisis”. Y, aun así, miles de vidas quedan fuera del foco, como si fueran un daño colateral asumible. No lo son. Nunca lo serán.
Israel: el gran beneficiado
Entre los actores implicados, Israel emerge como el país que más rédito está obteniendo, aunque ese supuesto beneficio llegue acompañado de un deterioro moral y político que lo hunde cada vez más en la condición de Estado repudiado por buena parte de la humanidad. Desde hace décadas, su objetivo declarado —y a menudo ejecutado mediante prácticas ilegales como los asesinatos selectivos— es reducir la influencia de Irán en la región. La caída de Bashar al-Ásad, el debilitamiento de Hezbolá y la complicidad abierta de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump han allanado ese camino.
El proyecto es conocido: consolidar a Israel como potencia hegemónica regional y avanzar hacia el viejo sueño del “Gran Israel”. Ese horizonte incluye la anexión de territorios en el Líbano y Siria, así como la absorción definitiva de Gaza y Cisjordania. Ese proyecto se despliega hoy también en el Líbano, donde Israel ha desatado una aterradora guerra de ocupación y destrucción siguiendo el modelo aplicado en Gaza, con centenares de víctimas y la anexión de facto del sur del país.
El pueblo palestino, por su parte, sometido a niveles de sufrimiento indescriptibles, queda condenado a un futuro cada vez más incierto. No es descabellado pensar que Israel contemple una expulsión masiva o incluso la eliminación de facto del pueblo palestino para cerrar, por la vía más brutal, un conflicto que lleva 80 años marcando la región.
A ello se suma lo que diversos analistas, como Ignacio Álvarez-Ossorio, han señalado: esta guerra abre la puerta a un viejo anhelo geoestratégico israelí, el control de las rutas energéticas que conectan Oriente Medio con Europa, asegurándose que el tránsito del petróleo pase por su territorio.
Estados Unidos: atrapado en su propia trampa
La posición de Estados Unidos es mucho más frágil de lo que su retórica sugiere. Las consecuencias económicas de la guerra están golpeando su propia base social, y Trump —que llegó al poder prometiendo no embarcar al país en nuevas guerras— se encuentra ahora atrapado en un conflicto que no sabe cómo gestionar ni cómo terminar.
La falta de aliados es evidente: ni en el Estrecho de Ormuz ni en Europa encuentra apoyos sólidos. La escalada militar, como el bombardeo de la planta gasística de South Pars, solo ha profundizado su aislamiento. Y mientras tanto, el presupuesto militar se dispara, solicitando al Congreso nada menos que 200.000 millones de dólares adicionales; los sistemas de armamento resultan demasiado caros para sostener una guerra prolongada y el precio del petróleo amenaza con alcanzar cifras históricas.
Las posibles salidas son todas malas. Declarar una victoria ficticia y retirarse sería difícil de vender a su electorado. Aunque en estos días Trump ha dicho que hay negociaciones —inmediatamente negadas por Irán—, lo cierto es que un acuerdo de paz es complicado porque exigiría concesiones que Irán no aceptará y que Israel bloquearía. Y prolongar la guerra más allá de abril parece insostenible incluso para la maquinaria militar estadounidense.
La tentación de la escalada
La opción más temida —y la más irresponsable— sería poner tropas sobre el terreno. Netanyahu la acaricia; Trump la descarta por ahora. Sería una carnicería y abriría un escenario de caos absoluto en Irán, con riesgo de implicar a minorías como la kurda y de incendiar aún más toda la región.
Otra vía de escalada es la destrucción deliberada de infraestructuras civiles, como la red eléctrica iraní. Es una estrategia prohibida por el derecho internacional, pero ya aplicada en otros conflictos, como en Ucrania por parte de Rusia. Sus efectos, sin embargo, serían limitados militarmente, pero devastadores para la población civil.
Irán: resistencia y dolor
Pese a los ataques selectivos contra su cúpula militar, Irán mantiene una sorprendente capacidad de resistencia. La estructura del Estado y de la Guardia Revolucionaria parece más capilar de lo que muchos creían, y su producción de armamento barato —drones, misiles de medio alcance— sigue activa. La estrategia iraní no busca derrotar directamente a Estados Unidos, sino “horizontalizar” el conflicto, extendiendo el coste de la guerra a los aliados de Washington en la región.
Pero nada de esto debe ocultar lo esencial: el pueblo iraní está atrapado entre la represión del régimen de los ayatolás y la violencia de una guerra que no ha elegido. La fantasía de que la población aprovechará el conflicto para derrocar al régimen es eso, una fantasía. Como me recordaba Parisa Delshad, "¿cómo puede alguien creer que un movimiento cuyo lema es 'Mujer, Vida, Libertad' desea una guerra que solo trae muerte, desplazamiento y desprotección para las mujeres?”
Nuestra responsabilidad
Desde esta parte del mundo, tan lejos y tan cerca a la vez de los bombardeos, solo nos queda mantener viva la solidaridad con el pueblo iraní y con todas las víctimas de esta guerra infame. Exigir el fin inmediato de la agresión. Defender el derecho de los pueblos a decidir su futuro sin imposiciones externas. Y recordar, una y otra vez, que ninguna estrategia geopolítica justifica el sacrificio de vidas humanas.



