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Opinión

Cállate mujer: tres milenios acaparando la palabra

En la política contemporánea resulta difícil encontrar un ejemplo más explícito de esta dinámica que Donald Trump

  • Donald Trump, en un acto reciente.

Cuando Telémaco manda callar a su madre en el primer canto de La Odisea, no está corrigiéndola simplemente por considerarla inoportuna. Está delimitando quién tiene derecho a hablar y quién debe guardar silencio. Este episodio es uno de los más reveladores de toda la literatura occidental. Su joven hijo Telémaco, que busca afirmarse como heredero legítimo, interrumpe a Penélope delante de todos, ordenándole regresar a sus habitaciones y atender las tareas domésticas. Hablar –añade– corresponde a los hombres, especialmente a él, que pretende ejercer la autoridad de Ítaca.

Casi tres mil años después, las formas han cambiado, pero la escena sigue resultando inquietantemente familiar. Desde los palacios de la épica griega hasta las salas de prensa presidenciales y los gobiernos ilegítimos, la exclusión de las mujeres del espacio público ha encontrado en la negación de la palabra una de sus herramientas más eficaces. Por ello no debería extrañarnos que el caso más extremo y atroz lo encontremos actualmente en Afganistán, donde las mujeres literalmente han sido castigadas a vivir en un prisión textil y condenadas al silencio forzoso.

Mûthos: la palabra como territorio de poder

La historiadora y clasicista Mary Beard convirtió esta escena en el punto de partida de su célebre ensayo Mujeres y poder. Su tesis es tan sencilla como perturbadora: el silenciamiento de las mujeres no es una anomalía moderna ni un fenómeno coyuntural, sino parte de los cimientos culturales sobre los que se construyó la tradición patriarcal occidental, aún vigente.

Beard llama la atención sobre un término fundamental del texto original griego: mûthos. Cuando Telémaco afirma que hablar es asunto de hombres, no se refiere a una conversación cotidiana. En el lenguaje homérico, mûthos designa el discurso autorizado, la palabra pública que confiere prestigio, liderazgo y capacidad de decisión; en suma, el poder. Es la voz que cuenta políticamente. La cuestión, por tanto, no es doméstica: Telémaco no le pide a su madre que sea discreta, sino que le niega el acceso al espacio donde se ejerce la autoridad a través de la palabra.

En la lectura de Beard, el episodio muestra cómo la masculinidad se construye, en parte, mediante la apropiación de la palabra pública. El joven se convierte en hombre precisamente cuando desplaza a una mujer del centro del discurso. Para ser reconocido por sus pares, necesita demostrar que puede ocupar el lugar de mando, y su primera validación consiste en silenciar a su propia madre, la mujer que custodiaba el poder legítimo de su padre ausente, el rey Ulises.

Privada de ese poder efectivo, Penélope se ve obligada a desarrollar otras estrategias de resistencia, como el célebre engaño del sudario que tejía de día y deshacía de noche para retrasar a los pretendientes. Aquel gesto revela una extraordinaria capacidad de astucia y sofisticación política. Aun así, la observación de Beard conserva toda su vigencia: la literatura fundacional de Occidente arranca con una mujer a la que se le ordena callar. En España, la ensayista Anna Caballé llega a conclusiones similares en su obra de referencia Breve historia de la misoginia, donde demuestra cómo este patrón de exclusión e invalidación intelectual ha sido una constante estructural universal arraigada secularmente en las diversas culturas.

La persistencia de ese patrón en el siglo XXI

En la política contemporánea resulta difícil encontrar un ejemplo más explícito de esta dinámica que Donald Trump. A lo largo de sus campañas electorales y sus mandatos presidenciales, numerosas periodistas han sido objeto de interrupciones masivas, descalificaciones personales y órdenes tajantes de silencio. Los episodios se han repetido con nombres y escenarios distintos, pero siempre con hostilidad.

Es cierto que Trump no reserva su agresividad exclusivamente para las mujeres, y que su relación con la prensa ha sido conflictiva independientemente del sexo de los profesionales. Sin embargo, diversos observadores y organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de prensa señalan que, en el caso de las mujeres periodistas, las interrupciones suelen ir acompañadas de un escrutinio machista sobre su actitud, su apariencia, su tono de voz o sus circunstancias personales. El mensaje implícito trasciende el mero desacuerdo político: busca cortocircuitar la legitimidad misma de quien formula la pregunta.

Las democracias modernas reconocen hoy la igualdad formal de hombres y mujeres. Las periodistas dirigen redacciones, presentan informativos, interrogan a líderes gubernamentales y participan en el debate público con una autoridad profesional indiscutible. Sin embargo, la resistencia cultural a la voz femenina sigue operando bajo formas renovadas. En Occidente, ya no se trata de una prohibición explícita, sino de una fiscalización no siempre sutil que penaliza la vehemencia, ridiculiza el tono o recurre a la interrupción sistemática para restar valor a los argumentos de las mujeres.

La diferencia fundamental entre Penélope y las mujeres contemporáneas en las sociedades democráticas es evidente: las segundas ya no regresan a sus aposentos. Contestan, repreguntan, publican y siguen habitando la esfera pública. Pero precisamente por eso resulta tan revelador que los intentos de silenciarlas continúen produciéndose en los países donde formalmente gozan de los mismos derechos. El conflicto de fondo apenas ha cambiado: quién posee la prerrogativa de expresar autoridad, exigir ser escuchado y lograr imponerse.

Cinco años del femigenocidio que ha anulado a las mujeres afganas 

Si bien en las democracias la exclusión adopta la forma del machismo condescendiente o el descrédito, el reverso más atroz y absoluto de este fenómeno se localiza actualmente en Afganistán Al cumplirse cinco años del regreso del régimen talibán al poder, se ha consolidado un sistema de apartheid sexual que ha despojado por completo a las mujeres y niñas de su condición de personas sujetos de derechos ante la mirada impasible y cuasicómplice de la comunidad internacional.

Desde 2021, las autoridades de facto han promulgado más de 70 disposiciones represivas que violan de forma flagrante el Derecho Internacional y los derechos humanos. Esta ofensiva sistemática les ha vetado el acceso a la educación, la salud, el empleo y la libre circulación, confinándolas al ostracismo social, jurídico y político más absoluto. La opresión alcanza su cénit al trasladar la vigilancia al ámbito doméstico, obligando por decreto a los varones de cada familia a actuar como guardianes estatales. Son ellos los responsables de asegurar que las mujeres vivan en una reclusión textil forzosa y de vigilar que no emitan sonidos, prohibiéndoles hablar o reír en el espacio público. Una medida extrema que evidencia, paradójicamente, el profundo temor del  régimen totalitario y los hombres afganos a la fuerza de la voz de las mujeres.

El supremacismo machista sigue vigente

Casi tres mil años de historia nos separan de la Penélope de la Edad del Bronce; un abismo temporal cruzado por revoluciones sociales, vanguardias jurídicas y conquistas feministas de enorme magnitud. Sin embargo, la estructura del agravio permanece reconocible. Ya sea a través del asedio verbal y el desdén en los parlamentos de las democracias occidentales, o mediante la erradicación violenta de los derechos humanos más elementales en Afganistán, el poder masculino sigue ensayando fórmulas para retener el monopolio del relato. Se constata así la persistencia de una vieja constante: la soberanía de la palabra sigue siendo la última frontera de la libertad de las mujeres, un pilar innegociable sin el cual es sencillamente imposible hablar de democracia, porque sin mujeres no hay democracia.

Cuando Telémaco manda callar a su madre en el primer canto de La Odisea, no está corrigiéndola simplemente por considerarla inoportuna. Está delimitando quién tiene derecho a hablar y quién debe guardar silencio. Este episodio es uno de los más reveladores de toda la literatura occidental. Su joven hijo Telémaco, que busca afirmarse como heredero legítimo, interrumpe a Penélope delante de todos, ordenándole regresar a sus habitaciones y atender las tareas domésticas. Hablar –añade– corresponde a los hombres, especialmente a él, que pretende ejercer la autoridad de Ítaca.

Casi tres mil años después, las formas han cambiado, pero la escena sigue resultando inquietantemente familiar. Desde los palacios de la épica griega hasta las salas de prensa presidenciales y los gobiernos ilegítimos, la exclusión de las mujeres del espacio público ha encontrado en la negación de la palabra una de sus herramientas más eficaces. Por ello no debería extrañarnos que el caso más extremo y atroz lo encontremos actualmente en Afganistán, donde las mujeres literalmente han sido castigadas a vivir en un prisión textil y condenadas al silencio forzoso.

Mûthos: la palabra como territorio de poder

La historiadora y clasicista Mary Beard convirtió esta escena en el punto de partida de su célebre ensayo Mujeres y poder. Su tesis es tan sencilla como perturbadora: el silenciamiento de las mujeres no es una anomalía moderna ni un fenómeno coyuntural, sino parte de los cimientos culturales sobre los que se construyó la tradición patriarcal occidental, aún vigente.

Beard llama la atención sobre un término fundamental del texto original griego: mûthos. Cuando Telémaco afirma que hablar es asunto de hombres, no se refiere a una conversación cotidiana. En el lenguaje homérico, mûthos designa el discurso autorizado, la palabra pública que confiere prestigio, liderazgo y capacidad de decisión; en suma, el poder. Es la voz que cuenta políticamente. La cuestión, por tanto, no es doméstica: Telémaco no le pide a su madre que sea discreta, sino que le niega el acceso al espacio donde se ejerce la autoridad a través de la palabra.

En la lectura de Beard, el episodio muestra cómo la masculinidad se construye, en parte, mediante la apropiación de la palabra pública. El joven se convierte en hombre precisamente cuando desplaza a una mujer del centro del discurso. Para ser reconocido por sus pares, necesita demostrar que puede ocupar el lugar de mando, y su primera validación consiste en silenciar a su propia madre, la mujer que custodiaba el poder legítimo de su padre ausente, el rey Ulises.

Privada de ese poder efectivo, Penélope se ve obligada a desarrollar otras estrategias de resistencia, como el célebre engaño del sudario que tejía de día y deshacía de noche para retrasar a los pretendientes. Aquel gesto revela una extraordinaria capacidad de astucia y sofisticación política. Aun así, la observación de Beard conserva toda su vigencia: la literatura fundacional de Occidente arranca con una mujer a la que se le ordena callar. En España, la ensayista Anna Caballé llega a conclusiones similares en su obra de referencia Breve historia de la misoginia, donde demuestra cómo este patrón de exclusión e invalidación intelectual ha sido una constante estructural universal arraigada secularmente en las diversas culturas.

La persistencia de ese patrón en el siglo XXI

En la política contemporánea resulta difícil encontrar un ejemplo más explícito de esta dinámica que Donald Trump. A lo largo de sus campañas electorales y sus mandatos presidenciales, numerosas periodistas han sido objeto de interrupciones masivas, descalificaciones personales y órdenes tajantes de silencio. Los episodios se han repetido con nombres y escenarios distintos, pero siempre con hostilidad.

Es cierto que Trump no reserva su agresividad exclusivamente para las mujeres, y que su relación con la prensa ha sido conflictiva independientemente del sexo de los profesionales. Sin embargo, diversos observadores y organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de prensa señalan que, en el caso de las mujeres periodistas, las interrupciones suelen ir acompañadas de un escrutinio machista sobre su actitud, su apariencia, su tono de voz o sus circunstancias personales. El mensaje implícito trasciende el mero desacuerdo político: busca cortocircuitar la legitimidad misma de quien formula la pregunta.

Las democracias modernas reconocen hoy la igualdad formal de hombres y mujeres. Las periodistas dirigen redacciones, presentan informativos, interrogan a líderes gubernamentales y participan en el debate público con una autoridad profesional indiscutible. Sin embargo, la resistencia cultural a la voz femenina sigue operando bajo formas renovadas. En Occidente, ya no se trata de una prohibición explícita, sino de una fiscalización no siempre sutil que penaliza la vehemencia, ridiculiza el tono o recurre a la interrupción sistemática para restar valor a los argumentos de las mujeres.

La diferencia fundamental entre Penélope y las mujeres contemporáneas en las sociedades democráticas es evidente: las segundas ya no regresan a sus aposentos. Contestan, repreguntan, publican y siguen habitando la esfera pública. Pero precisamente por eso resulta tan revelador que los intentos de silenciarlas continúen produciéndose en los países donde formalmente gozan de los mismos derechos. El conflicto de fondo apenas ha cambiado: quién posee la prerrogativa de expresar autoridad, exigir ser escuchado y lograr imponerse.

Cinco años del femigenocidio que ha anulado a las mujeres afganas 

Si bien en las democracias la exclusión adopta la forma del machismo condescendiente o el descrédito, el reverso más atroz y absoluto de este fenómeno se localiza actualmente en Afganistán Al cumplirse cinco años del regreso del régimen talibán al poder, se ha consolidado un sistema de apartheid sexual que ha despojado por completo a las mujeres y niñas de su condición de personas sujetos de derechos ante la mirada impasible y cuasicómplice de la comunidad internacional.

Desde 2021, las autoridades de facto han promulgado más de 70 disposiciones represivas que violan de forma flagrante el Derecho Internacional y los derechos humanos. Esta ofensiva sistemática les ha vetado el acceso a la educación, la salud, el empleo y la libre circulación, confinándolas al ostracismo social, jurídico y político más absoluto. La opresión alcanza su cénit al trasladar la vigilancia al ámbito doméstico, obligando por decreto a los varones de cada familia a actuar como guardianes estatales. Son ellos los responsables de asegurar que las mujeres vivan en una reclusión textil forzosa y de vigilar que no emitan sonidos, prohibiéndoles hablar o reír en el espacio público. Una medida extrema que evidencia, paradójicamente, el profundo temor del  régimen totalitario y los hombres afganos a la fuerza de la voz de las mujeres.

El supremacismo machista sigue vigente

Casi tres mil años de historia nos separan de la Penélope de la Edad del Bronce; un abismo temporal cruzado por revoluciones sociales, vanguardias jurídicas y conquistas feministas de enorme magnitud. Sin embargo, la estructura del agravio permanece reconocible. Ya sea a través del asedio verbal y el desdén en los parlamentos de las democracias occidentales, o mediante la erradicación violenta de los derechos humanos más elementales en Afganistán, el poder masculino sigue ensayando fórmulas para retener el monopolio del relato. Se constata así la persistencia de una vieja constante: la soberanía de la palabra sigue siendo la última frontera de la libertad de las mujeres, un pilar innegociable sin el cual es sencillamente imposible hablar de democracia, porque sin mujeres no hay democracia.

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