La última edición del Barómetro Juventud y Género 2025, elaborado por el Centro Reina Sofía de FAD Juventud, ofrece una fotografía que debería inquietarnos. Casi cuatro de cada diez jóvenes (38,4%) se identifican como feministas, el nivel más bajo desde 2021, cuando esa cifra rozaba el 50%. Al mismo tiempo, casi la mitad de la juventud encuestada (49,2%) percibe el feminismo como un instrumento de manipulación política. El resultado es una paradoja que define buena parte del debate público actual: una generación que suscribe los principios de igualdad, pero desconfía del movimiento que históricamente la ha hecho posible, el feminismo.
El estudio, basado en una muestra de 3.327 personas, de las cuales 1.528 son jóvenes de entre 15 y 29 años, forma parte de una serie iniciada en 2017 que permite leer tendencias con perspectiva de una década. Sus resultados refleja el daño que han hecho las políticas y discursos antifeministas de los partidos que instrumentalizan el feminismo para sus fines partidistas.
Una caída que no es accidental
La identificación feminista juvenil ha perdido más de doce puntos porcentuales en cuatro años: del 49,9% de 2021 al 38,4% de 2025. No se trata de una fluctuación estadística menor, sino de un desplazamiento sostenido que refleja algo más profundo que el desencanto generacional. En la población adulta, en cambio, el apoyo al feminismo crece con la edad y alcanza el 52,2% entre quienes tienen entre 30 y 39 años. La brecha entre cohortes merece atención: algo está ocurriendo en el modo en que la juventud recibe y procesa el discurso sobre la igualdad entre mujeres y hombres.
La lectura de los datos desagregados por sexo añade una capa de complejidad significativa. Cuando se pregunta a jóvenes si persisten desigualdades importantes entre mujeres y hombres en España, el 61,4% de las chicas responde afirmativamente, frente a solo el 36,7% de los chicos. Una distancia de más de veinte puntos que no refleja un desacuerdo sobre cifras, sino marcos de referencia vitales radicalmente distintos. Ellas viven la desigualdad porque la experimentan. Ellos, con mayor frecuencia, no la perciben porque no les afecta de la misma manera. Y esa asimetría en la experiencia está en la base del creciente distanciamiento entre jóvenes de distinto sexo respecto a los derechos de las mujeres y el cuestionamiento de los mismos; porque, no nos engañemos, cuando hablamos de igualdad lo que está en debate siempre son los derechos de las mujeres y niñas.
La corresponsabilidad, más declarada que practicada
En el plano de los valores relacionales, los datos ofrecen un panorama aparentemente alentador: el 81,8% de la juventud defiende la comunicación abierta como base de una relación sana, y el 77,4% señala la igualdad de derechos y responsabilidades como pilar fundamental en la pareja. El principio de la corresponsabilidad parece, al menos sobre el papel, interiorizado incluso entre quienes recelan de la “etiqueta” feminista.
Sin embargo, conviene no confundir el discurso con la práctica. Las estadísticas sobre uso del tiempo en España siguen mostrando que las mujeres dedican, en promedio, el doble de horas semanales que los hombres a las tareas domésticas y al cuidado de personas dependientes. El contraste entre lo que se declara y lo que se hace no es un dato menor: evidencia que la igualdad sigue siendo, para una parte significativa de la población, una convicción más retórica que real. Y pone de manifiesto que los valores no se traducen automáticamente en comportamientos cuando entran en conflicto con inercias estructurales profundamente arraigadas, donde las mujeres siguen siendo discriminadas y siguen cargando con el peso de las cargas familiares y domésticas.
El machismo no es cosa del pasado
Uno de los hallazgos más relevantes del Barómetro es el que desmiente la idea, todavía extendida, de que las actitudes de control en la pareja son un fenómeno residual propio de generaciones anteriores. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el 22,9% interpreta los celos como una expresión de amor, frente al 11,7% de la población adulta. Y el 31% considera que es necesario saber dónde está la pareja en todo momento, diez puntos más que entre los adultos.
El propio informe documenta la extensión del microcontrol en las relaciones (revisar el teléfono, exigir respuesta inmediata, saber dónde está la pareja) y su impacto desproporcionado sobre la salud mental de las chicas. Son formas de violencia que han adoptado nuevos códigos y nuevos canales, pero cuya lógica de fondo es la misma de siempre: la pretensión de controlar a las mujeres y la tenencia a escalar a otras formas de violencia más tangibles y graves. Llamarlo de otra manera no lo hace menos grave.
Una polarización con responsables
El descenso en la identificación feminista no ocurre en el vacío. El Barómetro documenta el avance simultáneo de dos tendencias aparentemente contradictorias: por un lado, una mayor aceptación social de la gravedad de la violencia de género; por otro, el crecimiento de posiciones negacionistas y de la narrativa de la "discriminación inversa", especialmente extendida entre los varones jóvenes que sienten que son ellos, ahora, los perjudicados por las políticas de igualdad.
Esa percepción no surge de la nada. Es el resultado de una disputa política activa en la que el feminismo ha sido utilizado como arma arrojadiza desde distintas posiciones: convertido en eslogan de marketing en los sectores de la izquierda y demonizado sistemáticamente por la extrema derecha, que ha encontrado en su impugnación sistemática un filón electoral de primer orden. El efecto combinado ha sido devastador para el significado del término: desvincularlo de su contenido real, la garantía del mandato constitucional y legal de igualdad entre mujeres y hombres, y convertirlo en un marcador identitario más de la batalla cultural.
Lo que el reloj global nos recuerda
Mientras el debate doméstico oscila entre percepciones y etiquetas, el Foro Económico Mundial calcula que, al ritmo actual, el mundo tardará 123 años en alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres. Ni siquiera Islandia, el país que encabeza el índice global de igualdad, ha cerrado completamente esa brecha, con un 92,6% de paridad alcanzada. La conclusión que se impone es incómoda pero necesaria: la igualdad no avanza sola ni por generación espontánea. Requiere políticas públicas sostenidas, marcos legislativos sólidos, inversión en cuidados, presencia de las mujeres en los espacios de decisión y educación en igualdad desde la primera infancia.
La paradoja como punto de partida
Que solo el 38,4% de la juventud se declare feminista no significa que la mayoría rechace la igualdad. Los datos del propio Barómetro demuestran que una amplia mayoría comparte los principios que el feminismo ha puesto en la agenda pública durante décadas: la no discriminación, la corresponsabilidad, el rechazo a la violencia machista, el derecho a relaciones libres de control. La desconexión no es entre valores y feminismo, sino entre valores y la palabra feminismo, que ha sido objeto de una disputa simbólica en la que las mujeres seguimos llevando las de perder.
Esa es la tarea pendiente del feminismo: no renunciar a los principios, ni a los derechos conquistados, ni a la lucha que debemos seguir librando. El feminismo no es un instrumento partidista ni una moda generacional, sino la herramienta política y jurídica que ha hecho posible que las mujeres y las niñas y los niños tengamos derechos. Todos los derechos que tenemos se los debemos al feminismo y a las feministas. Y todos los derechos que aún nos faltan y que debemos preservar sólo los podemos lograr a través de la lucha feminista.



