Vivimos tiempos confusos, de un catetismo atroz en el que muchos sevillanos, sin ir más lejos, en vez de presumir de sevillanía por demostrar su excelencia en lo que cada cual se haya especializado por la gracia de Dios y de sus propias circunstancias, aspiran a poder presumir de presumidos precisamente por no hacer nada y, por eso mismo, formar parte del más sonrojante de los escaparates en esa feria de la vanidad de las vanidades en que el propio Ayuntamiento es capaz de convertir lo más sagrado que tiene la ciudad: la Plaza del Triunfo y el entorno de la Catedral, con su Archivo de Indias mirando más para Gelves que para las Américas y con sus Reales Alcázares echando de menos el escarabajo negro de mi paisano Joaquín.
Resulta que todo este enclave es Patrimonio de la Humanidad desde -va a hacer ahora- 40 años, pero da igual porque todo depende de un grasiento permiso municipal. El catetismo escaparatista es de tal envergadura que, no contentos con convertir hasta la Semana Santa en una suerte de parque temático para unos pocos que miran a los demás por encima de la chapa, ahora se van a acostumbrar también a cerrar con esas mismas chapas de primera comunión campera el corazón de una ciudad milenaria que no merece convertirse en un bodorrio sin clase con muchos veladores provistos de esas sábanas blancas, tan fantasmales, que los mejores cáterin son capaces de transportar en furgonetas al fin del mundo.
Tan capaces son, que la próxima víctima será la Plaza Nueva, a la que van a llenar de sombrillas con propaganda para que, una vez más, tengamos que lamentar, después de los suelos, los cielos que perdimos. Y sin Romero Murube que se rompa la camisa. Aquí ya no queda nadie que no se deje comprar por una invitación vip. Así que viva la Pepa y vivan los escaparates para enseñar la vacuidad de este país bien retratado por los informes europeos que mejor bailan, o mejor pisan. Y a quién le importa, que decía y vuelve a decir la canción. Qué queremos si, como dejó dicho Machado, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Pues la que piensa piensa por las demás, que pueden hacer cola para recoger su consumición.
La palabra escaparate es un préstamo del neerlandés flamenco. Qué cosas. Es de los pocos vocablos que nos trajimos de Flandes cuando, en pleno Barroco todavía imperial, teníamos allí nuestra pica. Cuando empezó a usarse, se refería a un mueble con puertas de cristal para guardar objetos valiosos, pero luego fue involucionando hasta denotar la vidriera exterior de cualquier tienda, hasta que ayer mismo sirvió para vender a precio de baratija la mismísima Giralda, a la que Gerardo Diego consideró, “en prisma puro de Sevilla, / nivelada de plomo y de la estrella, / molde en engaste azul, torre sin mella, / palma en arquitectura sin semilla”. Más de un siglo después, hasta Belmonte se volvería a asombrar con su banderillero cuando, llegado a gobernador, le preguntaron cómo. Y él contestó: ¿Cómo va a ser? Degenerando, degenerando. Pues eso.
Vivimos tiempos confusos, de un catetismo atroz en el que muchos sevillanos, sin ir más lejos, en vez de presumir de sevillanía por demostrar su excelencia en lo que cada cual se haya especializado por la gracia de Dios y de sus propias circunstancias, aspiran a poder presumir de presumidos precisamente por no hacer nada y, por eso mismo, formar parte del más sonrojante de los escaparates en esa feria de la vanidad de las vanidades en que el propio Ayuntamiento es capaz de convertir lo más sagrado que tiene la ciudad: la Plaza del Triunfo y el entorno de la Catedral, con su Archivo de Indias mirando más para Gelves que para las Américas y con sus Reales Alcázares echando de menos el escarabajo negro de mi paisano Joaquín.
Resulta que todo este enclave es Patrimonio de la Humanidad desde -va a hacer ahora- 40 años, pero da igual porque todo depende de un grasiento permiso municipal. El catetismo escaparatista es de tal envergadura que, no contentos con convertir hasta la Semana Santa en una suerte de parque temático para unos pocos que miran a los demás por encima de la chapa, ahora se van a acostumbrar también a cerrar con esas mismas chapas de primera comunión campera el corazón de una ciudad milenaria que no merece convertirse en un bodorrio sin clase con muchos veladores provistos de esas sábanas blancas, tan fantasmales, que los mejores cáterin son capaces de transportar en furgonetas al fin del mundo.
Tan capaces son, que la próxima víctima será la Plaza Nueva, a la que van a llenar de sombrillas con propaganda para que, una vez más, tengamos que lamentar, después de los suelos, los cielos que perdimos. Y sin Romero Murube que se rompa la camisa. Aquí ya no queda nadie que no se deje comprar por una invitación vip. Así que viva la Pepa y vivan los escaparates para enseñar la vacuidad de este país bien retratado por los informes europeos que mejor bailan, o mejor pisan. Y a quién le importa, que decía y vuelve a decir la canción. Qué queremos si, como dejó dicho Machado, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Pues la que piensa piensa por las demás, que pueden hacer cola para recoger su consumición.
La palabra escaparate es un préstamo del neerlandés flamenco. Qué cosas. Es de los pocos vocablos que nos trajimos de Flandes cuando, en pleno Barroco todavía imperial, teníamos allí nuestra pica. Cuando empezó a usarse, se refería a un mueble con puertas de cristal para guardar objetos valiosos, pero luego fue involucionando hasta denotar la vidriera exterior de cualquier tienda, hasta que ayer mismo sirvió para vender a precio de baratija la mismísima Giralda, a la que Gerardo Diego consideró, “en prisma puro de Sevilla, / nivelada de plomo y de la estrella, / molde en engaste azul, torre sin mella, / palma en arquitectura sin semilla”. Más de un siglo después, hasta Belmonte se volvería a asombrar con su banderillero cuando, llegado a gobernador, le preguntaron cómo. Y él contestó: ¿Cómo va a ser? Degenerando, degenerando. Pues eso.
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