Si criamos a los niños, a los adolescentes y a los treintañeros en ese vicio de nuevo rico de no recoger el desayuno ni la ropa, en esa despreocupación de que el bidé es un recogedero de trapos que siempre amanece limpio, no nos puede extrañar que las tiendas de trapitos sean unos constantes estercoleros de ropa tirada mientras otros jóvenes o no tan jóvenes están ya automatizados para recogerla. Pero toda esa ficción tiene truco.
Es mentira, puro engaño o espejismo para los pobres, que seguimos siendo la inmensa mayoría, narcotizados por esas estrategias tan bien diseñadas por el capitalismo gatuno y feroz. Hemos acostumbrado a nuestros muchachos al coche en la puerta a golpe de clic, a que la comida basura cueste lo que ellos aspiran a ganar en un día y a comprar ropa lo suficientemente barata como para pensar en repetir la compra el fin de semana siguiente. Y así, en una rueda incesante de la fortuna o del infortunio, en función de la dirección que tome, no terminamos de ser conscientes de nuestro complejo de hámsteres en una sociedad que nos quiere exactamente así, en esa dinámica del consumo que equilibra con bastante exactitud nuestra pobreza para que jamás seamos conscientes de ella, salvo cuando nos recuerdan para nada las grandes cuestiones: la sanidad cada día más privatizada, la vivienda cada vez más imposible, el trabajo fijo impensable fuera del funcionariado. Pero qué más dan ya esas aspiraciones utópicas si siempre tenemos suelto para una cerveza o un tetrabrik.
El callejón sin salida al que estamos llevando a nuestros treintañeros parece tener una ventana de alivio en todo ese mundo urbano de prendas desparramadas por las tiendas que aparecen y desaparecen cada temporada y en las que la juventud sigue haciendo shopping, como en el siglo pasado, porque tal vez el empoderamiento que les prometieron solo consistía en ese gustazo momentáneo de probarte algo y tirarlo a continuación para que vengan y lo doblen, lo cuelguen o lo coloquen. La ficción comienza en casa.
Si criamos a los niños, a los adolescentes y a los treintañeros en ese vicio de nuevo rico de no recoger el desayuno ni la ropa, en esa despreocupación de que el bidé es un recogedero de trapos que siempre amanece limpio, no nos puede extrañar que las tiendas de trapitos sean unos constantes estercoleros de ropa tirada mientras otros jóvenes o no tan jóvenes están ya automatizados para recogerla. Pero toda esa ficción tiene truco.
Es mentira, puro engaño o espejismo para los pobres, que seguimos siendo la inmensa mayoría, narcotizados por esas estrategias tan bien diseñadas por el capitalismo gatuno y feroz. Hemos acostumbrado a nuestros muchachos al coche en la puerta a golpe de clic, a que la comida basura cueste lo que ellos aspiran a ganar en un día y a comprar ropa lo suficientemente barata como para pensar en repetir la compra el fin de semana siguiente. Y así, en una rueda incesante de la fortuna o del infortunio, en función de la dirección que tome, no terminamos de ser conscientes de nuestro complejo de hámsteres en una sociedad que nos quiere exactamente así, en esa dinámica del consumo que equilibra con bastante exactitud nuestra pobreza para que jamás seamos conscientes de ella, salvo cuando nos recuerdan para nada las grandes cuestiones: la sanidad cada día más privatizada, la vivienda cada vez más imposible, el trabajo fijo impensable fuera del funcionariado. Pero qué más dan ya esas aspiraciones utópicas si siempre tenemos suelto para una cerveza o un tetrabrik.
El callejón sin salida al que estamos llevando a nuestros treintañeros parece tener una ventana de alivio en todo ese mundo urbano de prendas desparramadas por las tiendas que aparecen y desaparecen cada temporada y en las que la juventud sigue haciendo shopping, como en el siglo pasado, porque tal vez el empoderamiento que les prometieron solo consistía en ese gustazo momentáneo de probarte algo y tirarlo a continuación para que vengan y lo doblen, lo cuelguen o lo coloquen. La ficción comienza en casa.
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