Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Verano del 26: Japonerías II. Camino por Tokio

Tokio es también la ciudad de los paraguas, los que van de la mano de alguien o los abandonados

  • Las calles de Tokio, en Japón.

Camino por Tokio con melancolía ante la improbable posibilidad de volver a pasar por el mismo lugar que me acababa de cautivar, especialmente si me lanzo a desentrañar rincones o esquinas más allá de los caminos vitales que ya voy transitando. Me tomo el tiempo y cruzo por donde antes no crucé. Si me surge ir a algún lugar concreto, aprovecho para caminar si el recorrido no supera la media hora: el sol es tórrido; la humedad, elevada. Contra el sol y los aguaceros inesperados ayudan los paraguas-sombrilla. Varones y mujeres van ataviados con su sombrilla de la mañana a la noche. Tokio es también la ciudad de los paraguas, los que van de la mano de alguien o los abandonados.

Llegaba a Tokio con el último tren antes de que cortaran la línea por las lluvias torrenciales que provocaron una catástrofe. Mis zapatillas necesitaron tres días para volver a estar secas. En una semana pude ver el sol los últimos tres días, para concluir que acá el cielo también es azul. Inmediatamente de llegar me hice a las calles de esta ciudad que no se puede tomar toda entera, como es, y de la que no pueden separarse ninguna de sus partes o Tokio dejaría de serlo. Una ciudad disparada hacia el cielo, que a su vez mantiene sus casitas bajas, incluso de madera, en un acto de poético urbanismo desobediente no planeado. Restaurantes o peluquerías en los pisos superiores de algunos edificios que reservan la planta baja para el aparcamiento o el acceso automatizado al aparcamiento, junto al vestíbulo. Calles peatonales con asientos bajo doseles sin velo, alrededor de los cuales sopla el aire acondicionado o se disparan los aspersores de agua, rodeados de colores de neón y mesitas con juegos.

Quedan antiguos restaurantes en casas rebeldes contra los rascacielos; lugares donde un europeo entra a cenar, queda ignorado por toda la clientela y sonreído por su tripulación, alojada en una suerte de puente de un navío, a cuyo alrededor se sientan los comensales. Magnífico pescado, magnífico precio y magnífica conducta: pides tu plato en una tablet que incluye inglés, chino y coreano, y pagas en la puerta en una maquina cuando vas a marcharte.

Sótanos repletos de restaurantes, grandes, pequeños y minúsculos; callecitas traseras atiborradas de bares a menudo pequeños o diminutos. Ir solo no es ninguna rareza y los grupos que van a cenar después del trabajo se reverencian agachando la cabeza y la espalda como despedida. Templos en cantones, callejas y plazas adonde acuden en su vida ordinaria durante la pausa de la oficina o en cualquier otro momento. Escaleras que bajan a un subsuelo donde una muchedumbre va y viene entre trenes y andenes. Debajo, mucho más abajo, el rugido de la tierra que se extiende hasta donde llega su fuerza y es lejos.

Me despierta el movimiento del barco y quizá lo que me despierta es que, aun en sueños, sé que no viajaba en uno antes de acostarme sobre mi futón. Tampoco. No tengo consciencia suficiente todavía. Mi futón se mueve como un barco a 5,9, ¿nudos? Los ribetes de los tatamis parecen la espuma de un mar fantástico. No, no son nudos ni mar. El sismo llega desde Tokio, a casi dos horas en Shinkansen, y el impulso pudo llegar todavía con una fuerza de aproximadamente 3.

Despierto, boca abajo, contemplo y siento cómo arfa mi futón. Permanezco tranquilo. Nada abandona el lugar donde estaba. No hubo ruidos estentóreos ni crujidos. Una vez ha terminada la navegación vuelvo a dormirme hasta la hora de tomar mi té de la mañana. Conversamos. No fui el único que hizo lo que yo, aunque no fuera lo más aconsejable.

Camino por Tokio con melancolía ante la improbable posibilidad de volver a pasar por el mismo lugar que me acababa de cautivar, especialmente si me lanzo a desentrañar rincones o esquinas más allá de los caminos vitales que ya voy transitando. Me tomo el tiempo y cruzo por donde antes no crucé. Si me surge ir a algún lugar concreto, aprovecho para caminar si el recorrido no supera la media hora: el sol es tórrido; la humedad, elevada. Contra el sol y los aguaceros inesperados ayudan los paraguas-sombrilla. Varones y mujeres van ataviados con su sombrilla de la mañana a la noche. Tokio es también la ciudad de los paraguas, los que van de la mano de alguien o los abandonados.

Llegaba a Tokio con el último tren antes de que cortaran la línea por las lluvias torrenciales que provocaron una catástrofe. Mis zapatillas necesitaron tres días para volver a estar secas. En una semana pude ver el sol los últimos tres días, para concluir que acá el cielo también es azul. Inmediatamente de llegar me hice a las calles de esta ciudad que no se puede tomar toda entera, como es, y de la que no pueden separarse ninguna de sus partes o Tokio dejaría de serlo. Una ciudad disparada hacia el cielo, que a su vez mantiene sus casitas bajas, incluso de madera, en un acto de poético urbanismo desobediente no planeado. Restaurantes o peluquerías en los pisos superiores de algunos edificios que reservan la planta baja para el aparcamiento o el acceso automatizado al aparcamiento, junto al vestíbulo. Calles peatonales con asientos bajo doseles sin velo, alrededor de los cuales sopla el aire acondicionado o se disparan los aspersores de agua, rodeados de colores de neón y mesitas con juegos.

Quedan antiguos restaurantes en casas rebeldes contra los rascacielos; lugares donde un europeo entra a cenar, queda ignorado por toda la clientela y sonreído por su tripulación, alojada en una suerte de puente de un navío, a cuyo alrededor se sientan los comensales. Magnífico pescado, magnífico precio y magnífica conducta: pides tu plato en una tablet que incluye inglés, chino y coreano, y pagas en la puerta en una maquina cuando vas a marcharte.

Sótanos repletos de restaurantes, grandes, pequeños y minúsculos; callecitas traseras atiborradas de bares a menudo pequeños o diminutos. Ir solo no es ninguna rareza y los grupos que van a cenar después del trabajo se reverencian agachando la cabeza y la espalda como despedida. Templos en cantones, callejas y plazas adonde acuden en su vida ordinaria durante la pausa de la oficina o en cualquier otro momento. Escaleras que bajan a un subsuelo donde una muchedumbre va y viene entre trenes y andenes. Debajo, mucho más abajo, el rugido de la tierra que se extiende hasta donde llega su fuerza y es lejos.

Me despierta el movimiento del barco y quizá lo que me despierta es que, aun en sueños, sé que no viajaba en uno antes de acostarme sobre mi futón. Tampoco. No tengo consciencia suficiente todavía. Mi futón se mueve como un barco a 5,9, ¿nudos? Los ribetes de los tatamis parecen la espuma de un mar fantástico. No, no son nudos ni mar. El sismo llega desde Tokio, a casi dos horas en Shinkansen, y el impulso pudo llegar todavía con una fuerza de aproximadamente 3.

Despierto, boca abajo, contemplo y siento cómo arfa mi futón. Permanezco tranquilo. Nada abandona el lugar donde estaba. No hubo ruidos estentóreos ni crujidos. Una vez ha terminada la navegación vuelvo a dormirme hasta la hora de tomar mi té de la mañana. Conversamos. No fui el único que hizo lo que yo, aunque no fuera lo más aconsejable.

Comentarios