“Tienen menos sexo porque ya no necesitan el tacto en su intimidad”, es el titular que cae en nuestras manos a la hora del desayuno y en plena ola de calor. Se lo atribuye Mindy Seu a la generación Z. Un titular que se cruza con una fotografía explicada que mostraría la incomunicación en la que nos habría introducido el celular, como símbolo de una tecnología digital que nos arrastraría a la incomunicación y el aislamiento.
Es verano y la ola de calor nos mantiene largas horas de nuestro tiempo libre encerrados en casa, como si de un confinamiento se tratara, para protegernos del sol abrasador. Las vacaciones al sol van a empezar a tener poco éxito de marketing y las reservas de viajes y hoteles no están en su mejor momento, debido a los precios por la inflación y por los precios. Las guerras han subido los precios. Las olas de calor han bajado el valor inmediato de las narrativas poetizadas por la playa y el chiringuito. Se habla ya sin ambages de la cantidad de muertos por la pandemia del clima. Sí, una pandemia.
Es verano, la época del año con mayor actividad sexual humana, por turnos hemisféricos. El ser humano no tiene época de celo: hay momentos en el año con picos de actividad. El verano, al menos como lo conocíamos, era el momento estelar de la sensualidad y el erotismo. Ahora va a convertirse en la época del aislamiento, dada la pandemia del clima. Aislamiento que ya la generación Z parece haber experimentado por razón de una tecnología digital de las comunicaciones que los aisló. Comunicaciones que llevaron el ligoteo a los algoritmos y los estímulos eléctricos que levantaban salas distópicas de conversación y si te he visto, no me acuerdo.
Hay muchos tipos de intimidades
Una intimidad sin tacto. Este es un asunto, porque hay muchos tipos de intimidades y varios de uso del tacto. Hoy me referirá solo al tacto legítimo o legitimado por el acuerdo explícito al tacto. Así como hay varias categorías en el amor, siguiendo a Eric Fromm, hay varias categorías del tacto. Hay un tacto, por supuesto, cultural, al que tampoco me referiré hoy, sino más bien a un tacto universal: el que hace que los seres humanos sobrevivan a la vida y se desarrollen sanamente. El abrazo, la caricia materno-paterno-filial. Este tacto abriría, así mismo, un gran espacio de comunicación que reduciremos tajantemente a la diferencia entre el tacto materno filial y el paterno filial de esos mundos impregnados de moral sexual religiosa donde la mamá puede tocar, abrazar, además de abofetear, y el padre se quita el cinto o da la mano; solo en situaciones ceremoniales obsequiará un abrazo bien medido. Todo según las normas de castidad y decencia de cada momento.
Federico II Hohenstaufen, en el siglo XIII, acometió un experimento para tratar de averiguar cuál era la lengua original del ser humano, la lengua de Adán y Eva. Se trataba de alimentar cumplidamente a los bebés recién nacidos, pero negarles la comunicación, los afectos y el tacto. Løs niñøs murieron. Este fue el resultado extremo de lo que en la vida común ocurre cuando no hay un buen desarrollo de la comunicación y la expresión de los afectos, afectos que también expresa el tacto: darse la mano, tocarse el brazo, etc., etc. En todos los momentos de la vida humana la palabra y el tacto son fundamentales para la comunicación y para el bienestar.
El verano, estación del año que se suele esperar con deseo de que llegue y se disfrutaba con regocijo cuando llegaba, llena la vida de luz, de cierto desenfado, de mayor visibilidad de las formas de los cuerpos, de mayor cercanía corporal y seguramente de mayores ocasiones para el tacto.
Son varios los trabajos que describen la falta de tacto en la generación Z como una reorganización de su vida sexual; son muchos otros trabajos los que hablan de inseguridad, falta de certeza, aislamiento e incomunicación, originado por el encierro dentro de las aplicaciones tecnológicas digitales para la comunicación, y que habrían empujado a toda una generación a tener menos sexo y a no tocarse. Incluso se describe la aparición de un subgrupo social dentro de la gen-Z: los célibes-Z. La cuestión, para mí, no es si se tocan o no, sino la ideología surgida de toda esta situación y su extensión mediante los canales de la ortodoxia moralista y ultraderechista. Me preocupa la cantidad de neo emperadores tecnológicos que pudieran tener que ver con todo esto.
Desconfianza e inseguridad
Si han desarrollado una intimidad sin tacto podríamos estar hablando del desarrollo de una forma anómala de vivir, siempre considerando todas las individualidades y excepciones. Algunos trabajos indican que esa intimidad se hubiera desarrollado desde la desconfianza y la inseguridad, y la no aceptación de la propia vulnerabilidad. La generación Z practicaba menos sexo que los millennials; la generación Alpha, la siguiente, es todavía demasiado joven y no hay datos.
Recuerdo que un verano leí, entre otros libros, Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Para mí los veranos eran playa y novelas. Aquel mundo feliz que mostraba Huxley era un mundo anómalo, falto, a nuestros ojos enfermizo. Asexuado. Atáctil. En esas dos generaciones se desarrolló con mucha intensidad el acceso indiscriminado a la pornografía, y la pornografía se desbocó, seguramente, así como un proceso de hipersexualización que venía ya de atrás con los medios tradicionales de comunicación. Me llama la atención la descripción de esos mundos asexuados y atáctiles y de una misógina creciente cada vez más intensa, así como del rechazo violento de cualquier diversidad de la identidad sexual que se separe de la heterosexual. Para Freud el ser humano era el administrador de sus propios instintos. Aquí el problema lo veo en que han surgido varios candidatos a ser administradores absolutos de los instintos ajenos.
“Tienen menos sexo porque ya no necesitan el tacto en su intimidad”, es el titular que cae en nuestras manos a la hora del desayuno y en plena ola de calor. Se lo atribuye Mindy Seu a la generación Z. Un titular que se cruza con una fotografía explicada que mostraría la incomunicación en la que nos habría introducido el celular, como símbolo de una tecnología digital que nos arrastraría a la incomunicación y el aislamiento.
Es verano y la ola de calor nos mantiene largas horas de nuestro tiempo libre encerrados en casa, como si de un confinamiento se tratara, para protegernos del sol abrasador. Las vacaciones al sol van a empezar a tener poco éxito de marketing y las reservas de viajes y hoteles no están en su mejor momento, debido a los precios por la inflación y por los precios. Las guerras han subido los precios. Las olas de calor han bajado el valor inmediato de las narrativas poetizadas por la playa y el chiringuito. Se habla ya sin ambages de la cantidad de muertos por la pandemia del clima. Sí, una pandemia.
Es verano, la época del año con mayor actividad sexual humana, por turnos hemisféricos. El ser humano no tiene época de celo: hay momentos en el año con picos de actividad. El verano, al menos como lo conocíamos, era el momento estelar de la sensualidad y el erotismo. Ahora va a convertirse en la época del aislamiento, dada la pandemia del clima. Aislamiento que ya la generación Z parece haber experimentado por razón de una tecnología digital de las comunicaciones que los aisló. Comunicaciones que llevaron el ligoteo a los algoritmos y los estímulos eléctricos que levantaban salas distópicas de conversación y si te he visto, no me acuerdo.
Hay muchos tipos de intimidades
Una intimidad sin tacto. Este es un asunto, porque hay muchos tipos de intimidades y varios de uso del tacto. Hoy me referirá solo al tacto legítimo o legitimado por el acuerdo explícito al tacto. Así como hay varias categorías en el amor, siguiendo a Eric Fromm, hay varias categorías del tacto. Hay un tacto, por supuesto, cultural, al que tampoco me referiré hoy, sino más bien a un tacto universal: el que hace que los seres humanos sobrevivan a la vida y se desarrollen sanamente. El abrazo, la caricia materno-paterno-filial. Este tacto abriría, así mismo, un gran espacio de comunicación que reduciremos tajantemente a la diferencia entre el tacto materno filial y el paterno filial de esos mundos impregnados de moral sexual religiosa donde la mamá puede tocar, abrazar, además de abofetear, y el padre se quita el cinto o da la mano; solo en situaciones ceremoniales obsequiará un abrazo bien medido. Todo según las normas de castidad y decencia de cada momento.
Federico II Hohenstaufen, en el siglo XIII, acometió un experimento para tratar de averiguar cuál era la lengua original del ser humano, la lengua de Adán y Eva. Se trataba de alimentar cumplidamente a los bebés recién nacidos, pero negarles la comunicación, los afectos y el tacto. Løs niñøs murieron. Este fue el resultado extremo de lo que en la vida común ocurre cuando no hay un buen desarrollo de la comunicación y la expresión de los afectos, afectos que también expresa el tacto: darse la mano, tocarse el brazo, etc., etc. En todos los momentos de la vida humana la palabra y el tacto son fundamentales para la comunicación y para el bienestar.
El verano, estación del año que se suele esperar con deseo de que llegue y se disfrutaba con regocijo cuando llegaba, llena la vida de luz, de cierto desenfado, de mayor visibilidad de las formas de los cuerpos, de mayor cercanía corporal y seguramente de mayores ocasiones para el tacto.
Son varios los trabajos que describen la falta de tacto en la generación Z como una reorganización de su vida sexual; son muchos otros trabajos los que hablan de inseguridad, falta de certeza, aislamiento e incomunicación, originado por el encierro dentro de las aplicaciones tecnológicas digitales para la comunicación, y que habrían empujado a toda una generación a tener menos sexo y a no tocarse. Incluso se describe la aparición de un subgrupo social dentro de la gen-Z: los célibes-Z. La cuestión, para mí, no es si se tocan o no, sino la ideología surgida de toda esta situación y su extensión mediante los canales de la ortodoxia moralista y ultraderechista. Me preocupa la cantidad de neo emperadores tecnológicos que pudieran tener que ver con todo esto.
Desconfianza e inseguridad
Si han desarrollado una intimidad sin tacto podríamos estar hablando del desarrollo de una forma anómala de vivir, siempre considerando todas las individualidades y excepciones. Algunos trabajos indican que esa intimidad se hubiera desarrollado desde la desconfianza y la inseguridad, y la no aceptación de la propia vulnerabilidad. La generación Z practicaba menos sexo que los millennials; la generación Alpha, la siguiente, es todavía demasiado joven y no hay datos.
Recuerdo que un verano leí, entre otros libros, Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Para mí los veranos eran playa y novelas. Aquel mundo feliz que mostraba Huxley era un mundo anómalo, falto, a nuestros ojos enfermizo. Asexuado. Atáctil. En esas dos generaciones se desarrolló con mucha intensidad el acceso indiscriminado a la pornografía, y la pornografía se desbocó, seguramente, así como un proceso de hipersexualización que venía ya de atrás con los medios tradicionales de comunicación. Me llama la atención la descripción de esos mundos asexuados y atáctiles y de una misógina creciente cada vez más intensa, así como del rechazo violento de cualquier diversidad de la identidad sexual que se separe de la heterosexual. Para Freud el ser humano era el administrador de sus propios instintos. Aquí el problema lo veo en que han surgido varios candidatos a ser administradores absolutos de los instintos ajenos.
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