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Opinión

Solo sigue sonando

Era uno de esos eternos actores secundarios -siempre la dama de honor, nunca la novia- con los que contar como valor seguro

  • El actor Manolo Solo.

Los actores mueren más de una vez. Esto lo sabe todo el mundo. Mueren en la gran pantalla, mueren en la televisión, mueren sobre las tablas de un teatro, mueren en cada función en la que mueren, aunque eso solo nos priva de ellos por un lapso: hasta el estreno siguiente, hasta la nueva serie, hasta la próxima representación. Sin embargo, cuando además del personaje muere el intérprete, la cosa cambia; la ausencia se prolonga ad eternum. O al menos eso creemos los que aún seguimos por aquí. Cuando el que muere es un actor de doblaje sentimos su muerte más veces. La voz no es un instrumento diseñado para desaparecer, sino una creación imponente, única, intransferible y repleta de matices. Especialmente, la de aquellos que la han entrenado y la tienen por oficio. De profesión: su voz, ¿acaso puede existir algo más bello?

La voz no está pensada para morir, como sí lo está el cuerpo. Un artilugio tan perfecto, tan melódico a su manera aunque pueda ser incluso estridente, nunca pudo ser ideado para cesar. La voz es la manifestación del alma, el modo que encuentra más grácilmente para hacerse presente, para darse, para amar. Si el amor es el sentimiento más puro y total, si acompaña de veras a la verdad y la virtud, la voz es su modo de ser en el mundo. Por eso cuando nos deja un actor que también lo fue de doblaje nos pesa un poco más, porque las voces portentosas son las menos pensadas para apagar su chispa, su alma. 

Ha muerto Manolo Solo. De Algeciras. Huérfano de padre desde los catorce años, de ahí su escogido apellido artístico. Apasionado del rock y de las bandas sonoras. Actor de Goya, pero también de voz. Puso la magia de su alma sonora al servicio de personajes de la infancia de muchos, y de la juventud y adultez de otros tantos. También salió en pantalla nada menos que en unas cincuenta películas. Era uno de esos eternos actores secundarios -siempre la dama de honor, nunca la novia- con los que contar como valor seguro. Y así lo hicieron los mejores directores del país. Uno de esos grandes actores "menores" a los que muchos espectadores no ponen nombre pero sí rostro y, sobre todo, voz. Por eso será muy difícil que su recuerdo se extinga. Porque la voz nunca fue pensada para no ser. Incluso cuando falta, cuando el silencio se hace presente, sigue significando por la espera, por el tiempo que transcurre hasta que volvemos a oírla. Y todo vuelve a empezar. 

Así me gusta imaginar el futuro para Manolo Solo: volviendo una y otra vez a arrancar sus líneas tras un micrófono en un estudio de grabación, casi a oscuras, mirando a los labios del personaje para clavar el registro. Probablemente sea así, aunque haya que prestar más atención para lograr oírlo a partir de ahora.

Descansa, viejo rockero. Repasa desde arriba y espera el pie. Sigue componiendo y versionando. Sigue regalando tu voz rasgada y tu ironía tan tuya. Sigue sonándonos como sea. 

Los actores mueren más de una vez. Esto lo sabe todo el mundo. Mueren en la gran pantalla, mueren en la televisión, mueren sobre las tablas de un teatro, mueren en cada función en la que mueren, aunque eso solo nos priva de ellos por un lapso: hasta el estreno siguiente, hasta la nueva serie, hasta la próxima representación. Sin embargo, cuando además del personaje muere el intérprete, la cosa cambia; la ausencia se prolonga ad eternum. O al menos eso creemos los que aún seguimos por aquí. Cuando el que muere es un actor de doblaje sentimos su muerte más veces. La voz no es un instrumento diseñado para desaparecer, sino una creación imponente, única, intransferible y repleta de matices. Especialmente, la de aquellos que la han entrenado y la tienen por oficio. De profesión: su voz, ¿acaso puede existir algo más bello?

La voz no está pensada para morir, como sí lo está el cuerpo. Un artilugio tan perfecto, tan melódico a su manera aunque pueda ser incluso estridente, nunca pudo ser ideado para cesar. La voz es la manifestación del alma, el modo que encuentra más grácilmente para hacerse presente, para darse, para amar. Si el amor es el sentimiento más puro y total, si acompaña de veras a la verdad y la virtud, la voz es su modo de ser en el mundo. Por eso cuando nos deja un actor que también lo fue de doblaje nos pesa un poco más, porque las voces portentosas son las menos pensadas para apagar su chispa, su alma. 

Ha muerto Manolo Solo. De Algeciras. Huérfano de padre desde los catorce años, de ahí su escogido apellido artístico. Apasionado del rock y de las bandas sonoras. Actor de Goya, pero también de voz. Puso la magia de su alma sonora al servicio de personajes de la infancia de muchos, y de la juventud y adultez de otros tantos. También salió en pantalla nada menos que en unas cincuenta películas. Era uno de esos eternos actores secundarios -siempre la dama de honor, nunca la novia- con los que contar como valor seguro. Y así lo hicieron los mejores directores del país. Uno de esos grandes actores "menores" a los que muchos espectadores no ponen nombre pero sí rostro y, sobre todo, voz. Por eso será muy difícil que su recuerdo se extinga. Porque la voz nunca fue pensada para no ser. Incluso cuando falta, cuando el silencio se hace presente, sigue significando por la espera, por el tiempo que transcurre hasta que volvemos a oírla. Y todo vuelve a empezar. 

Así me gusta imaginar el futuro para Manolo Solo: volviendo una y otra vez a arrancar sus líneas tras un micrófono en un estudio de grabación, casi a oscuras, mirando a los labios del personaje para clavar el registro. Probablemente sea así, aunque haya que prestar más atención para lograr oírlo a partir de ahora.

Descansa, viejo rockero. Repasa desde arriba y espera el pie. Sigue componiendo y versionando. Sigue regalando tu voz rasgada y tu ironía tan tuya. Sigue sonándonos como sea. 

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