la señal errante

Miénteme

Hemos convertido el misterio en un espectáculo donde una aparición fabricada vale más que seis meses de investigación

  • Un fantasma en una imagen de archivo.

Hay algo profundamente curioso en el fenómeno de los vídeos paranormales que se hacen virales en internet: Cuanto más evidente resulta que son falsos, más posibilidades parecen tener de convertirse en un fenómeno de masas. Una sombra que atraviesa una habitación a una velocidad imposible, una supuesta criatura que aparece durante unos segundos detrás de un árbol, una mujer espectral caminando por una carretera, un supuesto fantasma que abre una puerta con una precisión casi cinematográfica o una criatura humanoide captada por una cámara de seguridad cuyo encuadre, iluminación y momento parecen haber sido diseñados expresamente para conseguir exactamente esa imagen. Los vemos, los comentamos, los compartimos y, en muchas ocasiones, sabemos perfectamente que aquello tiene más de producción audiovisual que de fenómeno inexplicable. Sin embargo, lo compartimos igualmente. Y quizá la pregunta más interesante no sea por qué hay personas capaces de fabricar estas falsificaciones, sino por qué nosotros estamos tan dispuestos a consumirlas. 

Porque quizá, en realidad, no siempre queremos que nos digan la verdad. A veces queremos que nos mientan. 

El problema de muchos vídeos virales de supuesto contenido paranormal no es que sean falsos. La historia del misterio está llena de fraudes, recreaciones, exageraciones y montajes, y eso no es precisamente una novedad de la era de TikTok. Lo verdaderamente interesante es que internet ha convertido el engaño en un producto extraordinariamente rentable. Un vídeo de diez segundos puede conseguir millones de reproducciones si contiene tres ingredientes fundamentales: Algo que parezca imposible, una imagen suficientemente ambigua para provocar discusión y un título capaz de activar inmediatamente nuestra imaginación. “¿Qué es eso?”, “Captado por una cámara de seguridad”, “Los expertos no pueden explicarlo”, “¿Fantasma o demonio?”. No hace falta demostrar nada. Ni siquiera hace falta que el vídeo sea especialmente bueno. Basta con conseguir que durante unos segundos nos hagamos la pregunta correcta para que el mecanismo empiece a funcionar. 

Y funciona porque las redes sociales no premian necesariamente aquello que es verdadero, sino aquello que consigue captar nuestra atención. El algoritmo no entiende de parapsicología, de metodología científica ni de investigación de campo. No sabe si una criatura es real o si detrás de ella hay un actor con un disfraz, un efecto digital o una edición realizada en un ordenador.

Lo único que puede medir es nuestra reacción: Si nos detenemos, si volvemos a ver el vídeo, si escribimos un comentario, si discutimos con otro usuario, si lo compartimos con un amigo o si entramos en el perfil de quien lo ha publicado. Desde ese punto de vista, una falsificación espectacular puede ser mucho más eficaz que una investigación auténtica y rigurosa. Y ahí empieza una de las grandes paradojas del misterio contemporáneo. 

La realidad, por desgracia, suele ser mucho menos cinematográfica que la ficción. Los fenómenos que alguien podría considerar auténticamente extraños; o, al menos, aquellos que no tienen una explicación inmediata; rara vez se presentan ante nosotros con las condiciones ideales para convertirse en un vídeo viral. Una grabación puede ser oscura, tener una calidad pésima, mostrar únicamente unos segundos de algo que nunca vuelve a repetirse o contener un sonido cuya interpretación depende de analizarlo cuidadosamente. Una fotografía puede ser ambigua hasta el punto de que necesitemos ampliarla, estudiar las condiciones de iluminación, conocer la posición del fotógrafo o compararla con otras imágenes antes de aventurarnos a sacar conclusiones. Un testimonio puede ser interesante y, al mismo tiempo, estar condicionado por la memoria, la percepción o las circunstancias en las que se produjo. En definitiva, el supuesto fenómeno real puede ser fascinante desde el punto de vista de una investigación, pero completamente mediocre desde el punto de vista del consumo rápido de contenido. 

La realidad no tiene obligación de ofrecernos un buen plano. No coloca al supuesto fantasma en el centro de la imagen, no ilumina convenientemente su rostro, no hace que una criatura se detenga unos segundos delante de la cámara y después desaparezca entre la niebla. La realidad tampoco pone música inquietante, ni utiliza una cámara lenta cuando aparece el momento más extraño, ni añade un círculo rojo alrededor de aquello que supuestamente debemos observar. Todo eso lo hacemos nosotros. Y quizá por eso muchos vídeos falsos triunfan precisamente porque se parecen demasiado a aquello que nuestro cerebro espera encontrar cuando alguien nos promete una experiencia paranormal. 

Hemos creado, además, una especie de lenguaje visual del terror que resulta inmediatamente reconocible. Una grabación nocturna, una cámara de seguridad, una carretera vacía, un bosque, una casa abandonada, una figura humana distorsionada, un sonido grave y una edición deliberadamente inquietante son suficientes para construir una atmósfera que nuestro cerebro identifica como peligrosa antes incluso de preguntarse qué estamos viendo.

Cuando aparece una figura imposible durante dos segundos, la música sube, la imagen se ralentiza y aparece un texto gigantesco preguntando “¿TÚ TAMBIÉN LO HAS VISTO?”, ya hemos entrado en el juego. El vídeo no necesita demostrar que existe un fantasma. Solo necesita conseguir que nosotros sintamos durante unos instantes que podría existir. 

Y quizá aquí esté la clave de todo. No consumimos estos vídeos únicamente porque queramos descubrir si son reales. Los consumimos porque queremos experimentar la sensación de que podrían serlo. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Una persona puede observar una grabación y pensar racionalmente que probablemente se trata de una manipulación, pero al mismo tiempo disfrutar de la posibilidad imaginaria de que aquello sea auténtico. Es exactamente lo que sucede cuando vemos una película de terror sabiendo perfectamente que los monstruos no existen. Durante un tiempo suspendemos voluntariamente nuestra incredulidad porque queremos sentir miedo. Internet ha llevado ese mecanismo un paso más allá al presentar una parte importante de esa ficción con el envoltorio de una supuesta evidencia real. 

Y ahí es donde aparece el problema. Porque una cosa es jugar con el misterio y otra muy diferente es presentar deliberadamente una ficción como documentación. Una cosa es recrear una leyenda urbana y decir que se trata de una recreación, y otra publicar la misma escena afirmando que fue grabada accidentalmente por una persona que no sabía lo que estaba captando. Una cosa es crear una criatura digital para entretener y otra utilizarla para alimentar la idea de que alguien ha encontrado una especie desconocida. Cuando desaparece esa frontera, el espectador deja de tener las herramientas necesarias para distinguir entre entretenimiento, especulación y evidencia. 

Pero tampoco creo que sea justo culpar exclusivamente a quienes fabrican estos vídeos. Existe una demanda. Nosotros mismos la alimentamos. Queremos historias extraordinarias, queremos imágenes que nos sorprendan y queremos pensar que todavía existe algo que no comprendemos. El problema es que hemos llegado a un punto en el que la espectacularidad parece haberse convertido en un requisito para considerar interesante un caso. Si una supuesta criatura aparece perfectamente definida durante diez segundos, inmediatamente tenemos millones de reproducciones. Si una investigación tarda seis meses en analizar una grabación y termina concluyendo que no puede determinarse con seguridad qué ocurrió, probablemente apenas interese a nadie. El misterio real exige paciencia; el algoritmo exige impacto inmediato.

Para quienes nos dedicamos de una forma u otra a estudiar, divulgar o simplemente disfrutar del mundo de lo paranormal, esta situación debería hacernos reflexionar. Existe una tentación enorme de entrar en el juego y utilizar las mismas herramientas que funcionan para los demás. Si una miniatura exagerada genera diez veces más visitas que una explicación prudente, resulta muy fácil terminar exagerando también. Si decir: “Hemos encontrado un fantasma” funciona mejor que decir “Hemos encontrado una grabación interesante que requiere análisis”, poco a poco podemos acabar transformando la investigación en espectáculo sin darnos cuenta. Y cuando eso sucede, el misterio pierde precisamente aquello que lo hacía interesante: La posibilidad de no saber. 

Porque reconocer que no sabemos algo debería ser una opción perfectamente válida. De hecho, posiblemente sea una de las respuestas más honestas que puede ofrecer cualquier investigador. El problema es que internet no suele recompensar el “no lo sé”. Recompensa el titular, la certeza, la emoción y la controversia. “No sabemos qué es” genera menos interacción que “CAPTAN UN DEMONIO”. “La grabación podría tener una explicación convencional” genera menos clics que “LOS EXPERTOS ESTÁN ATERRORIZADOS”. Y así, poco a poco, vamos construyendo un ecosistema en el que la afirmación extraordinaria siempre parece tener ventaja sobre la duda razonable. 

Por eso me resulta tan apropiado hablar de “Miénteme”. Porque, en cierta manera, eso es lo que estamos pidiendo. Miénteme durante diez segundos. Hazme creer que esa sombra es un muerto, que aquella figura es una criatura, que esa voz pertenece a alguien que murió hace décadas o que detrás de aquel árbol hay algo que no debería estar allí. Quiero sentir miedo. Quiero sorprenderme. Quiero imaginar que el mundo todavía guarda secretos. Después, cuando termine el vídeo, ya veremos si era verdad. 

El problema comienza cuando dejamos de querer descubrir la respuesta. Cuando la respuesta deja de importar y lo único importante es conservar la emoción. Cuando preferimos que sea un fantasma porque un fantasma consigue más visitas que una explicación convencional. Cuando la audiencia ya no pregunta “¿qué evidencias existen?”, sino únicamente “¿cómo puede ser que esto sea real?”. En ese momento ya no estamos investigando el misterio: Estamos protegiendo la historia que queremos creer. 

Y quizá esa sea la mayor paradoja del misterio contemporáneo. No estamos necesariamente rodeados de demasiados fenómenos inexplicables.

Estamos rodeados de demasiadas explicaciones fabricadas para parecer inexplicables. Los verdaderos misterios son escasos; las falsificaciones, las recreaciones y las manipulaciones pueden producirse en cuestión de horas. Precisamente porque los primeros son escasos, los segundos tienen tanto éxito. La realidad no puede competir permanentemente con una industria capaz de fabricar un monstruo nuevo cada semana. 

Eso no significa que debamos dejar de disfrutar de estos vídeos. Al contrario. Podemos seguir viendo fantasmas, criaturas, apariciones y todo tipo de anomalías. Podemos divertirnos, asustarnos, especular y discutir. Lo que deberíamos recuperar es algo mucho más sencillo: La capacidad de separar el entretenimiento de la evidencia. Podemos decir “esto es fascinante” sin decir “esto es real”. Podemos reconocer que una imagen nos produce escalofríos sin convertir ese escalofrío en una prueba. Podemos mantener abierta la posibilidad de que exista algo extraño sin aceptar automáticamente cualquier vídeo como demostración de ello. 

Porque detrás de un vídeo viral puede haber un fenómeno extraordinario, un error de percepción, una ilusión óptica, una manipulación digital, una persona disfrazada o simplemente una historia inventada para conseguir visitas. Y también puede haber algo que, por el momento, sencillamente no sepamos explicar. La diferencia entre una cosa y otra no la decide el número de reproducciones, ni la cantidad de comentarios, ni lo convincente que resulte la música, ni el entusiasmo del creador que lo presenta. 

La decide la evidencia. Y esa, desgraciadamente, casi nunca es tan espectacular como la mentira. 

Richard Stine

Hay algo profundamente curioso en el fenómeno de los vídeos paranormales que se hacen virales en internet: Cuanto más evidente resulta que son falsos, más posibilidades parecen tener de convertirse en un fenómeno de masas. Una sombra que atraviesa una habitación a una velocidad imposible, una supuesta criatura que aparece durante unos segundos detrás de un árbol, una mujer espectral caminando por una carretera, un supuesto fantasma que abre una puerta con una precisión casi cinematográfica o una criatura humanoide captada por una cámara de seguridad cuyo encuadre, iluminación y momento parecen haber sido diseñados expresamente para conseguir exactamente esa imagen. Los vemos, los comentamos, los compartimos y, en muchas ocasiones, sabemos perfectamente que aquello tiene más de producción audiovisual que de fenómeno inexplicable. Sin embargo, lo compartimos igualmente. Y quizá la pregunta más interesante no sea por qué hay personas capaces de fabricar estas falsificaciones, sino por qué nosotros estamos tan dispuestos a consumirlas. 

Porque quizá, en realidad, no siempre queremos que nos digan la verdad. A veces queremos que nos mientan. 

El problema de muchos vídeos virales de supuesto contenido paranormal no es que sean falsos. La historia del misterio está llena de fraudes, recreaciones, exageraciones y montajes, y eso no es precisamente una novedad de la era de TikTok. Lo verdaderamente interesante es que internet ha convertido el engaño en un producto extraordinariamente rentable. Un vídeo de diez segundos puede conseguir millones de reproducciones si contiene tres ingredientes fundamentales: Algo que parezca imposible, una imagen suficientemente ambigua para provocar discusión y un título capaz de activar inmediatamente nuestra imaginación. “¿Qué es eso?”, “Captado por una cámara de seguridad”, “Los expertos no pueden explicarlo”, “¿Fantasma o demonio?”. No hace falta demostrar nada. Ni siquiera hace falta que el vídeo sea especialmente bueno. Basta con conseguir que durante unos segundos nos hagamos la pregunta correcta para que el mecanismo empiece a funcionar. 

Y funciona porque las redes sociales no premian necesariamente aquello que es verdadero, sino aquello que consigue captar nuestra atención. El algoritmo no entiende de parapsicología, de metodología científica ni de investigación de campo. No sabe si una criatura es real o si detrás de ella hay un actor con un disfraz, un efecto digital o una edición realizada en un ordenador.

Lo único que puede medir es nuestra reacción: Si nos detenemos, si volvemos a ver el vídeo, si escribimos un comentario, si discutimos con otro usuario, si lo compartimos con un amigo o si entramos en el perfil de quien lo ha publicado. Desde ese punto de vista, una falsificación espectacular puede ser mucho más eficaz que una investigación auténtica y rigurosa. Y ahí empieza una de las grandes paradojas del misterio contemporáneo. 

La realidad, por desgracia, suele ser mucho menos cinematográfica que la ficción. Los fenómenos que alguien podría considerar auténticamente extraños; o, al menos, aquellos que no tienen una explicación inmediata; rara vez se presentan ante nosotros con las condiciones ideales para convertirse en un vídeo viral. Una grabación puede ser oscura, tener una calidad pésima, mostrar únicamente unos segundos de algo que nunca vuelve a repetirse o contener un sonido cuya interpretación depende de analizarlo cuidadosamente. Una fotografía puede ser ambigua hasta el punto de que necesitemos ampliarla, estudiar las condiciones de iluminación, conocer la posición del fotógrafo o compararla con otras imágenes antes de aventurarnos a sacar conclusiones. Un testimonio puede ser interesante y, al mismo tiempo, estar condicionado por la memoria, la percepción o las circunstancias en las que se produjo. En definitiva, el supuesto fenómeno real puede ser fascinante desde el punto de vista de una investigación, pero completamente mediocre desde el punto de vista del consumo rápido de contenido. 

La realidad no tiene obligación de ofrecernos un buen plano. No coloca al supuesto fantasma en el centro de la imagen, no ilumina convenientemente su rostro, no hace que una criatura se detenga unos segundos delante de la cámara y después desaparezca entre la niebla. La realidad tampoco pone música inquietante, ni utiliza una cámara lenta cuando aparece el momento más extraño, ni añade un círculo rojo alrededor de aquello que supuestamente debemos observar. Todo eso lo hacemos nosotros. Y quizá por eso muchos vídeos falsos triunfan precisamente porque se parecen demasiado a aquello que nuestro cerebro espera encontrar cuando alguien nos promete una experiencia paranormal. 

Hemos creado, además, una especie de lenguaje visual del terror que resulta inmediatamente reconocible. Una grabación nocturna, una cámara de seguridad, una carretera vacía, un bosque, una casa abandonada, una figura humana distorsionada, un sonido grave y una edición deliberadamente inquietante son suficientes para construir una atmósfera que nuestro cerebro identifica como peligrosa antes incluso de preguntarse qué estamos viendo.

Cuando aparece una figura imposible durante dos segundos, la música sube, la imagen se ralentiza y aparece un texto gigantesco preguntando “¿TÚ TAMBIÉN LO HAS VISTO?”, ya hemos entrado en el juego. El vídeo no necesita demostrar que existe un fantasma. Solo necesita conseguir que nosotros sintamos durante unos instantes que podría existir. 

Y quizá aquí esté la clave de todo. No consumimos estos vídeos únicamente porque queramos descubrir si son reales. Los consumimos porque queremos experimentar la sensación de que podrían serlo. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Una persona puede observar una grabación y pensar racionalmente que probablemente se trata de una manipulación, pero al mismo tiempo disfrutar de la posibilidad imaginaria de que aquello sea auténtico. Es exactamente lo que sucede cuando vemos una película de terror sabiendo perfectamente que los monstruos no existen. Durante un tiempo suspendemos voluntariamente nuestra incredulidad porque queremos sentir miedo. Internet ha llevado ese mecanismo un paso más allá al presentar una parte importante de esa ficción con el envoltorio de una supuesta evidencia real. 

Y ahí es donde aparece el problema. Porque una cosa es jugar con el misterio y otra muy diferente es presentar deliberadamente una ficción como documentación. Una cosa es recrear una leyenda urbana y decir que se trata de una recreación, y otra publicar la misma escena afirmando que fue grabada accidentalmente por una persona que no sabía lo que estaba captando. Una cosa es crear una criatura digital para entretener y otra utilizarla para alimentar la idea de que alguien ha encontrado una especie desconocida. Cuando desaparece esa frontera, el espectador deja de tener las herramientas necesarias para distinguir entre entretenimiento, especulación y evidencia. 

Pero tampoco creo que sea justo culpar exclusivamente a quienes fabrican estos vídeos. Existe una demanda. Nosotros mismos la alimentamos. Queremos historias extraordinarias, queremos imágenes que nos sorprendan y queremos pensar que todavía existe algo que no comprendemos. El problema es que hemos llegado a un punto en el que la espectacularidad parece haberse convertido en un requisito para considerar interesante un caso. Si una supuesta criatura aparece perfectamente definida durante diez segundos, inmediatamente tenemos millones de reproducciones. Si una investigación tarda seis meses en analizar una grabación y termina concluyendo que no puede determinarse con seguridad qué ocurrió, probablemente apenas interese a nadie. El misterio real exige paciencia; el algoritmo exige impacto inmediato.

Para quienes nos dedicamos de una forma u otra a estudiar, divulgar o simplemente disfrutar del mundo de lo paranormal, esta situación debería hacernos reflexionar. Existe una tentación enorme de entrar en el juego y utilizar las mismas herramientas que funcionan para los demás. Si una miniatura exagerada genera diez veces más visitas que una explicación prudente, resulta muy fácil terminar exagerando también. Si decir: “Hemos encontrado un fantasma” funciona mejor que decir “Hemos encontrado una grabación interesante que requiere análisis”, poco a poco podemos acabar transformando la investigación en espectáculo sin darnos cuenta. Y cuando eso sucede, el misterio pierde precisamente aquello que lo hacía interesante: La posibilidad de no saber. 

Porque reconocer que no sabemos algo debería ser una opción perfectamente válida. De hecho, posiblemente sea una de las respuestas más honestas que puede ofrecer cualquier investigador. El problema es que internet no suele recompensar el “no lo sé”. Recompensa el titular, la certeza, la emoción y la controversia. “No sabemos qué es” genera menos interacción que “CAPTAN UN DEMONIO”. “La grabación podría tener una explicación convencional” genera menos clics que “LOS EXPERTOS ESTÁN ATERRORIZADOS”. Y así, poco a poco, vamos construyendo un ecosistema en el que la afirmación extraordinaria siempre parece tener ventaja sobre la duda razonable. 

Por eso me resulta tan apropiado hablar de “Miénteme”. Porque, en cierta manera, eso es lo que estamos pidiendo. Miénteme durante diez segundos. Hazme creer que esa sombra es un muerto, que aquella figura es una criatura, que esa voz pertenece a alguien que murió hace décadas o que detrás de aquel árbol hay algo que no debería estar allí. Quiero sentir miedo. Quiero sorprenderme. Quiero imaginar que el mundo todavía guarda secretos. Después, cuando termine el vídeo, ya veremos si era verdad. 

El problema comienza cuando dejamos de querer descubrir la respuesta. Cuando la respuesta deja de importar y lo único importante es conservar la emoción. Cuando preferimos que sea un fantasma porque un fantasma consigue más visitas que una explicación convencional. Cuando la audiencia ya no pregunta “¿qué evidencias existen?”, sino únicamente “¿cómo puede ser que esto sea real?”. En ese momento ya no estamos investigando el misterio: Estamos protegiendo la historia que queremos creer. 

Y quizá esa sea la mayor paradoja del misterio contemporáneo. No estamos necesariamente rodeados de demasiados fenómenos inexplicables.

Estamos rodeados de demasiadas explicaciones fabricadas para parecer inexplicables. Los verdaderos misterios son escasos; las falsificaciones, las recreaciones y las manipulaciones pueden producirse en cuestión de horas. Precisamente porque los primeros son escasos, los segundos tienen tanto éxito. La realidad no puede competir permanentemente con una industria capaz de fabricar un monstruo nuevo cada semana. 

Eso no significa que debamos dejar de disfrutar de estos vídeos. Al contrario. Podemos seguir viendo fantasmas, criaturas, apariciones y todo tipo de anomalías. Podemos divertirnos, asustarnos, especular y discutir. Lo que deberíamos recuperar es algo mucho más sencillo: La capacidad de separar el entretenimiento de la evidencia. Podemos decir “esto es fascinante” sin decir “esto es real”. Podemos reconocer que una imagen nos produce escalofríos sin convertir ese escalofrío en una prueba. Podemos mantener abierta la posibilidad de que exista algo extraño sin aceptar automáticamente cualquier vídeo como demostración de ello. 

Porque detrás de un vídeo viral puede haber un fenómeno extraordinario, un error de percepción, una ilusión óptica, una manipulación digital, una persona disfrazada o simplemente una historia inventada para conseguir visitas. Y también puede haber algo que, por el momento, sencillamente no sepamos explicar. La diferencia entre una cosa y otra no la decide el número de reproducciones, ni la cantidad de comentarios, ni lo convincente que resulte la música, ni el entusiasmo del creador que lo presenta. 

La decide la evidencia. Y esa, desgraciadamente, casi nunca es tan espectacular como la mentira. 

Richard Stine

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