Llega octubre y, con él, se inicia la carrera por Halloween. Los consistorios han aprendido que, cuanta más fiesta exista, más votos podrán obtener en unas elecciones y más distraído estará el pueblo soberano.
De repente, se contratan empresas para organizar pasacalles terroríficos, empresas que traen fantasmas de cartón para adornar los diferentes bienes públicos, empresas que montan casas del terror, premios para que las asociaciones de vecinos organicen actividades acordes con la temática para engordar la programación, concursos de hostelería para ver qué restaurante crea el plato más “terrorífico”...
Las grandes empresas tampoco dejan pasar la oportunidad de decorar sus establecimientos, realizar talleres, conciertos, exposiciones de películas de terror y demás inventos que se les crucen por la cabeza.
Y entonces ocurre algo curioso.
Los investigadores de lo oculto pasamos de ser unos desconocidos que no interesan demasiado a la sociedad a convertirnos, de repente, en candidatos para encabezar su programación como evento estrella. Porque, claro, todo lo anterior huele a plástico del malo, a maquillaje con purpurina y a animatrónicos limitados. Pero los “locos” estos son los que pueden contactar con los fantasmas.
Así que, después de once meses dando por culo para que se nos escuche, haciendo rutas, experimentaciones, conferencias, publicaciones y demás asuntos con los que intentamos hacernos un hueco frente a los catedráticos oficialistas, nos convertimos, de repente, en monos de feria. Pero no cualquier mono: El gorila de pecho blanco y culo dorado que atrae la curiosidad de quienes consumen terror a través de Netflix.
Es interesante comprobar cómo el teléfono de aquel político que te sonrió en un evento serio y que lo ha tenido apagado, o fuera de cobertura, durante todo el año, empieza a llamarte y pedirte que hagas “eso de hablar con espíritus” en su prefiesta navideña.
Porque sí: Nada más llegar el 1 de noviembre, todo ese material pasará a coger polvo en algún almacén y no volverá a importar hasta que la fiesta regrese. Y, como los investigadores tenemos la mala fortuna de ser personas, pasaremos a convertirnos en el último contacto de una agenda súbitamente saturada.
Pero, ojo: Esos días en los que estés en manos de las instituciones públicas, sonríe, trae todos esos cacharros raros para impresionar, hazte la fotito con el concejal de turno; al cual, por supuesto, tienes que agradecer que se haya fijado en ti; y cuenta esas historias que nunca interesan hasta que llega Halloween. Aprovecha esos días. Ya no serás un friki, sino un experto investigador paranormal. ¿Gracias?
Luego ocurre lo evidente. Llegan clientes pensando que van a presenciar al mismísimo Lucifer y se encuentran con una actividad en la que se habla de “alteraciones del campo electromagnético”, “fantasmogénesis”, “fenómenos raps” y “sesiones de grabación de psicofonías”. Claro, la decepción es apoteósica.
Vienen de una casa del terror, donde reina la oscuridad, los animatrónicos hacen de las suyas, los actores aparecen a tu espalda y una banda sonora de película de terror te pone los vellos de punta. Y salen de allí para encontrarse con algo completamente diferente.
Así es como algunos, que no tienen ni idea de lo que somos ni de lo que hacemos, terminan pensando que somos un fraude. Y la culpa, en buena medida, es de quien organiza.
Primero, porque nos encajan como si fuésemos una pieza más de todo ese espectáculo de ficción en el que se ha convertido el 31 de octubre. Segundo, porque no promocionan estas actividades durante el resto del año para que la ciudadanía conozca realmente qué hacemos. Y tercero, porque a veces se exceden prometiendo contactos con el más allá, cuando estamos ante algo tan complejo que no puede resolverse pulsando el botón de una maquinaria imaginaria que haga que las entidades se presenten, hablen y asusten como si fueran parte del decorado de nuestra actividad.
No todo va a ser negativo. Al menos ya empiezan a contar con orgullo con los investigadores paranormales, aunque sea únicamente durante Halloween. Lo que faltaría ahora es que entendieran exactamente qué somos y cuál es el lugar más adecuado para hablar de experiencias paranormales.
O, mejor dicho, para hacer trabajo de campo durante una investigación.
Richard Stine
Llega octubre y, con él, se inicia la carrera por Halloween. Los consistorios han aprendido que, cuanta más fiesta exista, más votos podrán obtener en unas elecciones y más distraído estará el pueblo soberano.
De repente, se contratan empresas para organizar pasacalles terroríficos, empresas que traen fantasmas de cartón para adornar los diferentes bienes públicos, empresas que montan casas del terror, premios para que las asociaciones de vecinos organicen actividades acordes con la temática para engordar la programación, concursos de hostelería para ver qué restaurante crea el plato más “terrorífico”...
Las grandes empresas tampoco dejan pasar la oportunidad de decorar sus establecimientos, realizar talleres, conciertos, exposiciones de películas de terror y demás inventos que se les crucen por la cabeza.
Y entonces ocurre algo curioso.
Los investigadores de lo oculto pasamos de ser unos desconocidos que no interesan demasiado a la sociedad a convertirnos, de repente, en candidatos para encabezar su programación como evento estrella. Porque, claro, todo lo anterior huele a plástico del malo, a maquillaje con purpurina y a animatrónicos limitados. Pero los “locos” estos son los que pueden contactar con los fantasmas.
Así que, después de once meses dando por culo para que se nos escuche, haciendo rutas, experimentaciones, conferencias, publicaciones y demás asuntos con los que intentamos hacernos un hueco frente a los catedráticos oficialistas, nos convertimos, de repente, en monos de feria. Pero no cualquier mono: El gorila de pecho blanco y culo dorado que atrae la curiosidad de quienes consumen terror a través de Netflix.
Es interesante comprobar cómo el teléfono de aquel político que te sonrió en un evento serio y que lo ha tenido apagado, o fuera de cobertura, durante todo el año, empieza a llamarte y pedirte que hagas “eso de hablar con espíritus” en su prefiesta navideña.
Porque sí: Nada más llegar el 1 de noviembre, todo ese material pasará a coger polvo en algún almacén y no volverá a importar hasta que la fiesta regrese. Y, como los investigadores tenemos la mala fortuna de ser personas, pasaremos a convertirnos en el último contacto de una agenda súbitamente saturada.
Pero, ojo: Esos días en los que estés en manos de las instituciones públicas, sonríe, trae todos esos cacharros raros para impresionar, hazte la fotito con el concejal de turno; al cual, por supuesto, tienes que agradecer que se haya fijado en ti; y cuenta esas historias que nunca interesan hasta que llega Halloween. Aprovecha esos días. Ya no serás un friki, sino un experto investigador paranormal. ¿Gracias?
Luego ocurre lo evidente. Llegan clientes pensando que van a presenciar al mismísimo Lucifer y se encuentran con una actividad en la que se habla de “alteraciones del campo electromagnético”, “fantasmogénesis”, “fenómenos raps” y “sesiones de grabación de psicofonías”. Claro, la decepción es apoteósica.
Vienen de una casa del terror, donde reina la oscuridad, los animatrónicos hacen de las suyas, los actores aparecen a tu espalda y una banda sonora de película de terror te pone los vellos de punta. Y salen de allí para encontrarse con algo completamente diferente.
Así es como algunos, que no tienen ni idea de lo que somos ni de lo que hacemos, terminan pensando que somos un fraude. Y la culpa, en buena medida, es de quien organiza.
Primero, porque nos encajan como si fuésemos una pieza más de todo ese espectáculo de ficción en el que se ha convertido el 31 de octubre. Segundo, porque no promocionan estas actividades durante el resto del año para que la ciudadanía conozca realmente qué hacemos. Y tercero, porque a veces se exceden prometiendo contactos con el más allá, cuando estamos ante algo tan complejo que no puede resolverse pulsando el botón de una maquinaria imaginaria que haga que las entidades se presenten, hablen y asusten como si fueran parte del decorado de nuestra actividad.
No todo va a ser negativo. Al menos ya empiezan a contar con orgullo con los investigadores paranormales, aunque sea únicamente durante Halloween. Lo que faltaría ahora es que entendieran exactamente qué somos y cuál es el lugar más adecuado para hablar de experiencias paranormales.
O, mejor dicho, para hacer trabajo de campo durante una investigación.
Richard Stine
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