la rotonda

Buenos días, aunque no contestes

Un experimento con mis hijas en un parque, las broncas a Facebook descubierto, 'Contra el periodismo' de Karl Kraus y un libro de Ángeles Lucas para recordar que el otro existe

  • Imagen reciente de la Laguna de Torrox. LAVOZDELSUR.ES

El otro día, paseando con mis hijas por un parque cercano a casa —un paseo circular repleto de caminantes, ciclistas, runners y amantes de los perros—, pusimos en marcha un experimento muy simple que para ellas se convirtió al instante en el más estimulante de los juegos: forzar los buenos días. El mecanismo es tan sencillo como su enunciado. Si te cruzas con alguien a corta distancia, le sueltas un "hola, buenos días", aunque no te responda. La prueba empírica se apoya en una norma básica de buena vecindad y de educación: saludar y desear los buenos días a todo aquel con quien te cruzas en el camino. Antes era moneda común. Hoy parece una antigualla fuera de circulación.

El experimento duró un buen rato, confieso que a veces nos reíamos con las situaciones, y el resultado fue desolador. Algún saludo efusivo —generalmente de los paseantes de mayor edad—, algún otro forzado y balbuceante, y una mayoría de silencios más o menos incómodos. Como si desear un buen día a un desconocido fuera una intromisión en su andar rápido, una rareza, casi una impertinencia. ¿Por qué nos cuesta tanto dar los buenos días, pedir las cosas por favor, dar las gracias o la razón al otro?

Por esos mismos días observé otra realidad que parece ir a más y que, paradójicamente, me provoca tanto pudor y vergüenza ajena como atracción. Ver a conocidos discutir agriamente, a pecho descubierto, en el foro público de Facebook me recuerda a aquellos patios de vecinos donde de pronto saltaba la chispa y se montaba una bronca de campeonato por las cuestiones más insospechadas. Con una diferencia: en el patio, al día siguiente, había que volver a cruzarse en la escalera. Y darse los buenos días. Aquí a menudo es por política, porque uno no soporta que otro piense distinto a él, y para colmo le argumente, o por viejas rencillas que quedaron sin resolver, como el caso de dos trabajadores municipales —uno de ellos ya jubilado— que se enzarzaron a darse hostias verbales a mano abierta.

Tendemos a idealizar el pasado conforme vamos agotando el futuro, lo sé. Pero estos saltos evolutivos hacia la mala educación y la desvergüenza me alucinan: el intercambio de garrotazos por escrito en el espacio público y virtual de las redes sociales, algunos con más estilo que otros, todo hay que decirlo, me dan mucha cosa, me obligan a preguntarse si son conscientes de que todos estamos leyendo sus mierdas que no tendrían por qué interesarnos a nadie. Me alucinan tanto esas cosas como la ola de mala educación que nos rodea a pie de calle. Nos ponemos la capa de invisibilidad ante el vecino de carne y hueso y le gritamos al de la pantalla.

Si Karl Kraus levantara la cabeza, tendría material para otros cuarenta años de Die Fackel. Aquel vienés radical que escribía prácticamente solo su revista, La antorcha, estaba convencido de que la degradación de una sociedad empieza por la de su lenguaje, y de que quien maltrata las palabras termina maltratando a las personas. Llegó a levantar Los últimos días de la humanidad, su obra monumental sobre la Gran Guerra, con frases reales recortadas de los periódicos de la época, para que la barbarie y el ridículo se delataran solos. Hoy no necesitaría tijeras. Le bastaría con hacer capturas de pantalla. Por no hablar de que los aforismos de Contra los periodistas y otros contras (Taurus) siguen en muchos casos de rabiosa actualidad.

  • Ángeles Lucas presenta su libro en Jerez, acompañada por Antonio Aguayo y el presidente de la APJ, Javier Benítez.
  • -

Con esa desazón en el cuerpo, también alimentada por toda la incertidumbre que se abre paso bajo nuestros pies estos días de indignación y rabia, llegué a la presentación de Presentes en los Claustros, en el día más pegajoso de este verano eterno que toca de lleno al otoño. El libro de Ángeles Lucas, presentado en la Feria del Libro de Jerez —esa feria donde mucha gente va a ver de cerca a gente que sale por la tele y, al parecer, también escribe libros—, es el tercer título de la Colección Periodismo de la Asociación de la Prensa de Jerez, que preside Javier Benítez y presidió Roxana Sáez —ambos presentes—, y reúne veinte años de reportajes realizados fuera del foco mediático en 25 países.

La periodista sevillana de El País ha ido a mirar donde casi nadie mira. El libro pone el acento en las desigualdades tan atroces del mundo en el que vivimos, pero también en la dignidad y la capacidad de resistencia de sus protagonistas, y se ordena en cuatro bloques: Oxígeno, Calma, Bonhomía y Rastros. Cuatro palabras que, leídas juntas, parecen un programa de vida. Y un antídoto. Mi compañera de promoción en la US —ella de tarde, yo de mañana— me lo ha dedicado y valoro tanto su extraordinario trabajo como el empeño de Antonio Aguayo, responsable de la editora del libro, Peripecias, por seguir haciendo cosas tan bellas como inútilmente útiles, que diría Ordine: preocuparse concienzudamente en editar libros en papel de otros que quieren expresar sus cosas en esos libros.

Porque quizá el problema de fondo sea ese: hemos dejado de ver al otro. Lo esquivamos en el parque y lo apedreamos en las redes, pero en ninguno de los dos casos lo miramos de verdad o empatizamos con su sufrimiento o, sencillamente, con su mal día. Una mala tarde la tiene cualquiera, decía el filósofo de la Calzada. Ángeles Lucas lleva dos décadas haciendo justo lo contrario: plantarse delante de quienes el mundo prefiere no ver y decirles, con su oficio, que están presentes. Que cuentan. "¿Qué es lo que has aprendido en estos años, en este trabajo que ahora sintetizas en unos 40 reportajes en 25 países, a menudo lo más subdesarrollados del planeta?", le vinieron a preguntar a Ángeles. A lo que ella respondió: "A que todo el mundo vale lo mismo: el más rico y la mujer que cuida la tierra en Senegal".

Mis hijas y yo vamos a seguir con el experimento. Aunque nadie conteste. Aunque nos miren raro. Porque dar los buenos días es, al final, la forma más pequeña y más humilde de decirle a alguien que lo has visto. Que está presente, que estamos presentes. Y en estos tiempos de garrotazo fácil, donde a menudo el civismo y la educación brillan por su ausencia en este lado privilegiado del mundo, ya es mucho.

El otro día, paseando con mis hijas por un parque cercano a casa —un paseo circular repleto de caminantes, ciclistas, runners y amantes de los perros—, pusimos en marcha un experimento muy simple que para ellas se convirtió al instante en el más estimulante de los juegos: forzar los buenos días. El mecanismo es tan sencillo como su enunciado. Si te cruzas con alguien a corta distancia, le sueltas un "hola, buenos días", aunque no te responda. La prueba empírica se apoya en una norma básica de buena vecindad y de educación: saludar y desear los buenos días a todo aquel con quien te cruzas en el camino. Antes era moneda común. Hoy parece una antigualla fuera de circulación.

El experimento duró un buen rato, confieso que a veces nos reíamos con las situaciones, y el resultado fue desolador. Algún saludo efusivo —generalmente de los paseantes de mayor edad—, algún otro forzado y balbuceante, y una mayoría de silencios más o menos incómodos. Como si desear un buen día a un desconocido fuera una intromisión en su andar rápido, una rareza, casi una impertinencia. ¿Por qué nos cuesta tanto dar los buenos días, pedir las cosas por favor, dar las gracias o la razón al otro?

Por esos mismos días observé otra realidad que parece ir a más y que, paradójicamente, me provoca tanto pudor y vergüenza ajena como atracción. Ver a conocidos discutir agriamente, a pecho descubierto, en el foro público de Facebook me recuerda a aquellos patios de vecinos donde de pronto saltaba la chispa y se montaba una bronca de campeonato por las cuestiones más insospechadas. Con una diferencia: en el patio, al día siguiente, había que volver a cruzarse en la escalera. Y darse los buenos días. Aquí a menudo es por política, porque uno no soporta que otro piense distinto a él, y para colmo le argumente, o por viejas rencillas que quedaron sin resolver, como el caso de dos trabajadores municipales —uno de ellos ya jubilado— que se enzarzaron a darse hostias verbales a mano abierta.

Tendemos a idealizar el pasado conforme vamos agotando el futuro, lo sé. Pero estos saltos evolutivos hacia la mala educación y la desvergüenza me alucinan: el intercambio de garrotazos por escrito en el espacio público y virtual de las redes sociales, algunos con más estilo que otros, todo hay que decirlo, me dan mucha cosa, me obligan a preguntarse si son conscientes de que todos estamos leyendo sus mierdas que no tendrían por qué interesarnos a nadie. Me alucinan tanto esas cosas como la ola de mala educación que nos rodea a pie de calle. Nos ponemos la capa de invisibilidad ante el vecino de carne y hueso y le gritamos al de la pantalla.

Si Karl Kraus levantara la cabeza, tendría material para otros cuarenta años de Die Fackel. Aquel vienés radical que escribía prácticamente solo su revista, La antorcha, estaba convencido de que la degradación de una sociedad empieza por la de su lenguaje, y de que quien maltrata las palabras termina maltratando a las personas. Llegó a levantar Los últimos días de la humanidad, su obra monumental sobre la Gran Guerra, con frases reales recortadas de los periódicos de la época, para que la barbarie y el ridículo se delataran solos. Hoy no necesitaría tijeras. Le bastaría con hacer capturas de pantalla. Por no hablar de que los aforismos de Contra los periodistas y otros contras (Taurus) siguen en muchos casos de rabiosa actualidad.

  • Ángeles Lucas presenta su libro en Jerez, acompañada por Antonio Aguayo y el presidente de la APJ, Javier Benítez.
  • -

Con esa desazón en el cuerpo, también alimentada por toda la incertidumbre que se abre paso bajo nuestros pies estos días de indignación y rabia, llegué a la presentación de Presentes en los Claustros, en el día más pegajoso de este verano eterno que toca de lleno al otoño. El libro de Ángeles Lucas, presentado en la Feria del Libro de Jerez —esa feria donde mucha gente va a ver de cerca a gente que sale por la tele y, al parecer, también escribe libros—, es el tercer título de la Colección Periodismo de la Asociación de la Prensa de Jerez, que preside Javier Benítez y presidió Roxana Sáez —ambos presentes—, y reúne veinte años de reportajes realizados fuera del foco mediático en 25 países.

La periodista sevillana de El País ha ido a mirar donde casi nadie mira. El libro pone el acento en las desigualdades tan atroces del mundo en el que vivimos, pero también en la dignidad y la capacidad de resistencia de sus protagonistas, y se ordena en cuatro bloques: Oxígeno, Calma, Bonhomía y Rastros. Cuatro palabras que, leídas juntas, parecen un programa de vida. Y un antídoto. Mi compañera de promoción en la US —ella de tarde, yo de mañana— me lo ha dedicado y valoro tanto su extraordinario trabajo como el empeño de Antonio Aguayo, responsable de la editora del libro, Peripecias, por seguir haciendo cosas tan bellas como inútilmente útiles, que diría Ordine: preocuparse concienzudamente en editar libros en papel de otros que quieren expresar sus cosas en esos libros.

Porque quizá el problema de fondo sea ese: hemos dejado de ver al otro. Lo esquivamos en el parque y lo apedreamos en las redes, pero en ninguno de los dos casos lo miramos de verdad o empatizamos con su sufrimiento o, sencillamente, con su mal día. Una mala tarde la tiene cualquiera, decía el filósofo de la Calzada. Ángeles Lucas lleva dos décadas haciendo justo lo contrario: plantarse delante de quienes el mundo prefiere no ver y decirles, con su oficio, que están presentes. Que cuentan. "¿Qué es lo que has aprendido en estos años, en este trabajo que ahora sintetizas en unos 40 reportajes en 25 países, a menudo lo más subdesarrollados del planeta?", le vinieron a preguntar a Ángeles. A lo que ella respondió: "A que todo el mundo vale lo mismo: el más rico y la mujer que cuida la tierra en Senegal".

Mis hijas y yo vamos a seguir con el experimento. Aunque nadie conteste. Aunque nos miren raro. Porque dar los buenos días es, al final, la forma más pequeña y más humilde de decirle a alguien que lo has visto. Que está presente, que estamos presentes. Y en estos tiempos de garrotazo fácil, donde a menudo el civismo y la educación brillan por su ausencia en este lado privilegiado del mundo, ya es mucho.

Comentarios