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Opinión

¿Por qué lo llaman edición si quieren decir IA?

Si una persona vive de la creatividad, de la escritura, del diseño, de la comunicación o de cualquier disciplina relacionada con la cultura, ¿qué está diciendo de sí misma cuando presenta su trabajo mediante una imagen generada automáticamente?

  • ChatGpt, inteligencia artificial en una foto de archivo

Cada vez paso menos tiempo navegando por Instagram. Y mira que hay buenos contenidos, pero lo que me está agotando es la sensación de estar viendo siempre la misma imagen. Basta deslizar el dedo unas cuantas veces para encontrarse con un cartel tras otro generado por inteligencia artificial. Y lo peor es que esa estética ya la reconocemos a la primera, aunque no sepamos explicar exactamente por qué.

Entiendo perfectamente que una asociación pequeña no tenga presupuesto para contratar a un diseñador. También comprendo que muchas personas no sepan utilizar programas de edición o no tengan tiempo para aprender. Incluso yo misma recurrí a la inteligencia artificial cuando comenzó a popularizarse. Me sirvió para acompañar publicaciones divulgativas imaginando cómo pudo ser el callejón de las Siete Revueltas en el siglo XV o recreando la entrada de José Bonaparte en Jerez. Pero siempre empezaban igual: «Le he pedido a la IA que me haga...». Me parecía importante que el lector supiera desde el primer momento que aquello era una recreación y no una imagen histórica. En esos casos la ilustración no era el producto, simplemente acompañaba un texto divulgativo. Pero una cosa muy distinta es utilizar esa misma herramienta para vender un servicio profesional.

Este artículo viene motivado por el anuncio de una persona que ofrece corrección de textos para futuras publicaciones editoriales y la imagen que acompaña la publicidad está generada por inteligencia artificial. Mi primera reacción fue de desconfianza, y no quiero sonar a señora rancia que niega la existencia de la inteligencia artificial. Lo digo porque alguien que pretende convencerme de su criterio profesional ha decidido ahorrar precisamente en aquello que constituye su carta de presentación.

Quizá sea una impresión injusta, pero la primera impresión también forma parte de cualquier negocio. Si una persona vive de la creatividad, de la escritura, del diseño, de la comunicación o de cualquier disciplina relacionada con la cultura, ¿qué está diciendo de sí misma cuando presenta su trabajo mediante una imagen generada automáticamente?

A mí me transmite dos posibilidades: la primera es que no considera importante cuidar su propia imagen profesional; la segunda es que no está dispuesto a invertir en ella. Y ninguna de las dos me anima precisamente a contratar sus servicios.

Hay que tener en cuenta que un cartel no deja de ser una declaración de intenciones. Igual que un restaurante cuida su carta o una librería ordena su escaparate, un profesional también comunica quién es antes incluso de que el cliente lea una sola palabra. Por eso me preocupa la normalización de esta estética. Y vuelvo a repetir que no opino que toda inteligencia artificial sea negativa. Eso sería absurdo. Me parece una auténtica revolución tecnológica y una herramienta con un potencial enorme, capaz de ahorrar tiempo e incluso abrir posibilidades que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. El problema aparece cuando la utilizamos para sustituir precisamente aquello que pretendemos vender.

Si un diseñador utiliza imágenes generadas automáticamente para anunciar su estudio, algo chirría. Si una editorial sustituye a un ilustrador por una imagen generada por IA para la portada de un libro, está prescindiendo de uno de los oficios que históricamente han dado forma a la industria editorial. Y si alguien que vive de corregir textos o editar manuscritos decide presentarse mediante una imagen que transmite improvisación y falta de cuidado, inevitablemente me pregunto cuánto mimo pondrá en el resto de su trabajo.

Tal vez sea una percepción equivocada, pero los negocios viven precisamente de lo que transmiten. Vivimos en una época en la que cualquiera puede abrir una página web, crear un logotipo en cinco minutos y generar una campaña de imágenes sin gastar apenas dinero. Nunca había sido tan fácil parecer una empresa y, precisamente por eso, resulta más importante que nunca demostrar que detrás existe un profesional. La oferta profesional no basta para generar confianza, es esencial cuidar la manera en que decidimos presentarnos.

Y, al menos en mi caso, cada vez que veo un anuncio profesional construido íntegramente con inteligencia artificial me cuesta creer que detrás haya alguien dispuesto a cuidar con el mismo esmero el trabajo que dice vender. Quizá sea un prejuicio. O quizá sea simplemente la consecuencia de haber comprendido que, cuando alguien se dedica a una profesión creativa, su mejor publicidad sigue siendo demostrar, desde el primer segundo, que realmente sabe crear.

 
 

Cada vez paso menos tiempo navegando por Instagram. Y mira que hay buenos contenidos, pero lo que me está agotando es la sensación de estar viendo siempre la misma imagen. Basta deslizar el dedo unas cuantas veces para encontrarse con un cartel tras otro generado por inteligencia artificial. Y lo peor es que esa estética ya la reconocemos a la primera, aunque no sepamos explicar exactamente por qué.

Entiendo perfectamente que una asociación pequeña no tenga presupuesto para contratar a un diseñador. También comprendo que muchas personas no sepan utilizar programas de edición o no tengan tiempo para aprender. Incluso yo misma recurrí a la inteligencia artificial cuando comenzó a popularizarse. Me sirvió para acompañar publicaciones divulgativas imaginando cómo pudo ser el callejón de las Siete Revueltas en el siglo XV o recreando la entrada de José Bonaparte en Jerez. Pero siempre empezaban igual: «Le he pedido a la IA que me haga...». Me parecía importante que el lector supiera desde el primer momento que aquello era una recreación y no una imagen histórica. En esos casos la ilustración no era el producto, simplemente acompañaba un texto divulgativo. Pero una cosa muy distinta es utilizar esa misma herramienta para vender un servicio profesional.

Este artículo viene motivado por el anuncio de una persona que ofrece corrección de textos para futuras publicaciones editoriales y la imagen que acompaña la publicidad está generada por inteligencia artificial. Mi primera reacción fue de desconfianza, y no quiero sonar a señora rancia que niega la existencia de la inteligencia artificial. Lo digo porque alguien que pretende convencerme de su criterio profesional ha decidido ahorrar precisamente en aquello que constituye su carta de presentación.

Quizá sea una impresión injusta, pero la primera impresión también forma parte de cualquier negocio. Si una persona vive de la creatividad, de la escritura, del diseño, de la comunicación o de cualquier disciplina relacionada con la cultura, ¿qué está diciendo de sí misma cuando presenta su trabajo mediante una imagen generada automáticamente?

A mí me transmite dos posibilidades: la primera es que no considera importante cuidar su propia imagen profesional; la segunda es que no está dispuesto a invertir en ella. Y ninguna de las dos me anima precisamente a contratar sus servicios.

Hay que tener en cuenta que un cartel no deja de ser una declaración de intenciones. Igual que un restaurante cuida su carta o una librería ordena su escaparate, un profesional también comunica quién es antes incluso de que el cliente lea una sola palabra. Por eso me preocupa la normalización de esta estética. Y vuelvo a repetir que no opino que toda inteligencia artificial sea negativa. Eso sería absurdo. Me parece una auténtica revolución tecnológica y una herramienta con un potencial enorme, capaz de ahorrar tiempo e incluso abrir posibilidades que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. El problema aparece cuando la utilizamos para sustituir precisamente aquello que pretendemos vender.

Si un diseñador utiliza imágenes generadas automáticamente para anunciar su estudio, algo chirría. Si una editorial sustituye a un ilustrador por una imagen generada por IA para la portada de un libro, está prescindiendo de uno de los oficios que históricamente han dado forma a la industria editorial. Y si alguien que vive de corregir textos o editar manuscritos decide presentarse mediante una imagen que transmite improvisación y falta de cuidado, inevitablemente me pregunto cuánto mimo pondrá en el resto de su trabajo.

Tal vez sea una percepción equivocada, pero los negocios viven precisamente de lo que transmiten. Vivimos en una época en la que cualquiera puede abrir una página web, crear un logotipo en cinco minutos y generar una campaña de imágenes sin gastar apenas dinero. Nunca había sido tan fácil parecer una empresa y, precisamente por eso, resulta más importante que nunca demostrar que detrás existe un profesional. La oferta profesional no basta para generar confianza, es esencial cuidar la manera en que decidimos presentarnos.

Y, al menos en mi caso, cada vez que veo un anuncio profesional construido íntegramente con inteligencia artificial me cuesta creer que detrás haya alguien dispuesto a cuidar con el mismo esmero el trabajo que dice vender. Quizá sea un prejuicio. O quizá sea simplemente la consecuencia de haber comprendido que, cuando alguien se dedica a una profesión creativa, su mejor publicidad sigue siendo demostrar, desde el primer segundo, que realmente sabe crear.

 
 
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