desde la plazuela

Los silencios de San Juan

Niña, ¿sabes que aquí, en Jerez, hay un lugar donde reina el silencio absoluto? Aníbal González se frota las manos de gusto frente a su templo de ladrillo andaluz

  • Los silencios de San Juan.

No mezcles la verdad con la mentira. 2:42. Para ello, muchos deberían guardar silencio. El silencio de los corderos, nunca mejor dicho. Como la gran mayoría, también es cierto, deberíamos evitar pensar como Estados. Lo hacemos porque así creemos librarnos de nuestra responsabilidad de actuar como personas. ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres decirme? ¿Qué puedo ofrecerte? ¡Ni rastro de estas cuestiones! Nada porque en esta resucitada edad del Hierro sólo se hacen oír las piedras; rocas viejas que gustan de golpearse entre sí. No para traernos el bienaventurado fuego sino para avivar las llamas de guerras pasadas.  Arriba la luna, abajo el carbón dirían los pastores al calor de las estrellas. Yo no conozco ningún pastor que quiera ir a combatir. Sólo desean la guerra los que saben que podrán huir de ella sentencio yo. 

Niña, ¿sabes que aquí, en Jerez, hay un lugar donde reina el silencio absoluto? Aníbal González se frota las manos de gusto frente a su templo de ladrillo andaluz. Cien años ya de la primera piedra. Cien son muchas misas por los que se fueron y por los que vendrán. Nadie se acuerda de los presentes hasta que faltan. Un siglo son muchos orgasmos frente a su puerta de otro milenio. Psss, que nos van a escuchá. Y mi mano ardiendo en su boca como un cirio encendido en el altar. Cara a cara, nosotros los amantes, con los arcángeles del cielo. Nosotros en sus retinas. Susurran versos sagrados mientras los mendigos, sobre la escalinata blanca, liberados éstos del esmalte del azulejo y de la cenefa, cantan bulerías por fiesta para quitarse las pesadillas venideras. Las gitanas huelen a queso, las mulatas a aceituna, y la muchachitas moras huelen a piña maura resopla el gachó de las cuatro ramas negras.

Antes de entrar en la iglesia de la Chancillería toma todo el aire que puedas para no respirar en su interior. Con la boca sellada, por el aliento de una ciudad entera, observarás que no es necesario hablar para alcanzar el éxtasis. El silencio es una cosa muy grande diría Manuel Torre. Ahora tó el mundo cree sabe hablá. Entre los asientos, hace veinte años, ella escondió una de sus fotos para que yo la encontrara un lunes por la mañana. El que busca halla. En la fotografía, mi muchachilla tenía siete u ocho años. Con una de esas sonrisas que sólo la lectura proporciona. Süsü, a sárkany. El pelo corto y sus sueños largos. Szeretlek me dejó escrito en el reverso. El pequeño dragón de la portada echando humo tibio por la boca.

Mírate. Llevas un suspiro en el silencio y ya eres otro, otra. Caminas por el mármol del templo como el trapecista sobre el hilo blanco. De repente, cuidas todo lo que nace a tu alrededor: la ciencia de las bóvedas, el perdón en los ojos de los que rezan, las melodías predecibles de las monjas... Respetas y te respetas. Psss, que nos van a escuchá, vida mía. Y su pecho, bajo la gravedad de mi sentimiento, se vuelve un nido colmado de jilgueros durmientes.

No mezcles la verdad con la mentira. 2:42. Para ello, muchos deberían guardar silencio. El silencio de los corderos, nunca mejor dicho. Como la gran mayoría, también es cierto, deberíamos evitar pensar como Estados. Lo hacemos porque así creemos librarnos de nuestra responsabilidad de actuar como personas. ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres decirme? ¿Qué puedo ofrecerte? ¡Ni rastro de estas cuestiones! Nada porque en esta resucitada edad del Hierro sólo se hacen oír las piedras; rocas viejas que gustan de golpearse entre sí. No para traernos el bienaventurado fuego sino para avivar las llamas de guerras pasadas.  Arriba la luna, abajo el carbón dirían los pastores al calor de las estrellas. Yo no conozco ningún pastor que quiera ir a combatir. Sólo desean la guerra los que saben que podrán huir de ella sentencio yo. 

Niña, ¿sabes que aquí, en Jerez, hay un lugar donde reina el silencio absoluto? Aníbal González se frota las manos de gusto frente a su templo de ladrillo andaluz. Cien años ya de la primera piedra. Cien son muchas misas por los que se fueron y por los que vendrán. Nadie se acuerda de los presentes hasta que faltan. Un siglo son muchos orgasmos frente a su puerta de otro milenio. Psss, que nos van a escuchá. Y mi mano ardiendo en su boca como un cirio encendido en el altar. Cara a cara, nosotros los amantes, con los arcángeles del cielo. Nosotros en sus retinas. Susurran versos sagrados mientras los mendigos, sobre la escalinata blanca, liberados éstos del esmalte del azulejo y de la cenefa, cantan bulerías por fiesta para quitarse las pesadillas venideras. Las gitanas huelen a queso, las mulatas a aceituna, y la muchachitas moras huelen a piña maura resopla el gachó de las cuatro ramas negras.

Antes de entrar en la iglesia de la Chancillería toma todo el aire que puedas para no respirar en su interior. Con la boca sellada, por el aliento de una ciudad entera, observarás que no es necesario hablar para alcanzar el éxtasis. El silencio es una cosa muy grande diría Manuel Torre. Ahora tó el mundo cree sabe hablá. Entre los asientos, hace veinte años, ella escondió una de sus fotos para que yo la encontrara un lunes por la mañana. El que busca halla. En la fotografía, mi muchachilla tenía siete u ocho años. Con una de esas sonrisas que sólo la lectura proporciona. Süsü, a sárkany. El pelo corto y sus sueños largos. Szeretlek me dejó escrito en el reverso. El pequeño dragón de la portada echando humo tibio por la boca.

Mírate. Llevas un suspiro en el silencio y ya eres otro, otra. Caminas por el mármol del templo como el trapecista sobre el hilo blanco. De repente, cuidas todo lo que nace a tu alrededor: la ciencia de las bóvedas, el perdón en los ojos de los que rezan, las melodías predecibles de las monjas... Respetas y te respetas. Psss, que nos van a escuchá, vida mía. Y su pecho, bajo la gravedad de mi sentimiento, se vuelve un nido colmado de jilgueros durmientes.

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