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Las mujeres desde hace siglos cargamos con el obstáculo de una sociedad que siempre nos lo ha puesto difícil por el hecho de ser las encargadas de engendrar la vida

08 de marzo de 2026 a las 08:49h
Manifestación por el 8M de Jerez, en una edición pasada.
Manifestación por el 8M de Jerez, en una edición pasada. CANDELA NÚÑEZ

Muchos pensarán que, siendo hoy el Día Internacional de la Mujer, es de obligación que me manifieste acerca del mismo. No es de obligación, ya que tengo la gran suerte de escribir en un medio de comunicación tolerante y libre donde puedo opinar de aquello que desee, pero sí lo veo necesario y es lo que hoy, por convicción, decido.

Hoy ocho de marzo se llevarán a cabo manifestaciones y actos en toda España para intentar que el grito de igualdad constante que las mujeres del mundo llevamos en la garganta sea más fuerte o al menos que por un día existan menos oídos sordos hacia la verdadera igualdad. Estoy a favor de estas iniciativas públicas, de salir a las calles a exponer las necesidades y los derechos que se nos deberían dar nada más nacer.  Para hacer entender que no deberían existir los géneros y que la igualdad, al menos para mí, se alcanzará cuando no exista el machismo ni el feminismo (el feminismo no hubiera nacido de no existir el machismo), y por supuesto cuando logremos olvidarnos de que algún día existieron.

Seguramente, si hoy me estás leyendo en vez de estar manifestándote, será porque tendrás motivos de fuerza mayor para no hacerlo; por motivos de salud, trabajo, cuidado de mayores, de los hijos o tal vez porque el estado de desigualdad en el que hoy aún coexistimos te ha dejado tan mermada que no te atreves a salir a gritar a la calle. No te preocupes que, aunque no puedas formar parte de las concentraciones mientras sientas las mismas carencias que todas, formarás parte de la eterna cruzada.

Y decía al comenzar este artículo que era necesario escribir sobre lo que reivindicamos en el Día Internacional de la Mujer, y lo es, pero también es una elección personal; hoy, si también me lo permiten, la voz que escribo la inspiran mi madre, mi hermana y, cómo no, yo misma. Quiero agradecerles esa valentía y fuerza con la que dijeron basta hace ya algunos años y con la que me arrastraron, protegieron y contagiaron para, juntas las tres, salir de una de las situaciones más difíciles por las que una mujer puede pasar a causa del machismo, la violencia y la desigualdad.

Mis palabras son para ambas, que fueron en ese momento el mayor ejemplo de integridad, fuerza e igualdad para mí; hoy estoy escribiendo estas letras y conseguí hacerlo sin miedos, sintiéndome libre y orgullosa de ser mujer como ellas me mostraron. Pero mi madre también me educó en ser generosa y en dar buen uso de aquello que poseo y compartirlo, así que, aunque este artículo surge en gran parte por sus valores, es irremediable pretender que, también estas palabras que escribo las toméis como vuestras.

Que la unión hace la fuerza, es una frase que siempre se oye en momentos difíciles, en la adversidad, entre minorías o en situaciones de exclusión. Tal vez suene a convicción, pero les puedo asegurar que cuando sientes que no hay salida en algo y que tus fuerzas están a punto de agotarse, sentir que cuentas con alguien que te sostenga, que te haga ver que aún tienes fuerzas, te enseñe cómo sacarlas y que esté todo momento a tu lado, es de vital importancia. Y si hablamos de situaciones de violencia o desigualdad, creo que además es la única salida.

Sin embargo, no puedo dejar de observar con tristeza (y la mayoría de las veces desde fuera, por suerte) cómo, a pesar de que las mujeres pretendemos dar una imagen de unión, de sensibilidad especial y de justas, a diario, no paramos de clavarnos puñaladas por la espalda unas a las otras e incluso de acosarnos y tirarnos por tierra en nuestros círculos más cercanos, trabajo, etc.  

Lo peor de todo es que a muchas aún se les llena la boca con la palabra igualdad y no pueden tolerar y les envenena, por ejemplo, tener un compañero enfermero, un educador infantil que instruya a sus hijos, un limpiador de género masculino, cuidador de enfermos, y esto, por el hecho de ser mujer, no lo consideran extorsión, acoso o maldad.  Se dan golpes en el pecho POR defender con esta actitud los derechos del resto de las mujeres. A estas no las quiero en mi vida, ni en la vida de mis hijos, de mis abuelos, ni cuidándome en un hospital. Por suerte, aún existe una gran mayoría que no es así, pero también es cierto que con frecuencia ese empoderamiento del que presumen es un arma que usan para hacer el mal, para herir, para arruinar la vida de otras personas sin distinción de género; utilizan el feminismo como una careta con la cual se creen invencibles.

Mi mensaje hoy, Día Internacional de la Mujer, es claro: Las mujeres desde hace siglos cargamos con el obstáculo de una sociedad que siempre nos lo ha puesto difícil por el hecho de ser las encargadas de engendrar la vida; algo que para nosotras es el mayor regalo y la experiencia más maravillosa que se pueda experimentar, se ha transformado desde antaño en una excusa para infravalorarnos cuando deberían tratarnos con el mismo respeto que las abejas tratan a su abeja reina.

Está comprobado que no tenemos la ética y los valores que muestran a diario y de forma innata los animales, pero estoy convencida de que, con un poco de tolerancia, respeto y una actitud de aprendizaje ante los que nos rodean, las desigualdades sociales y la igualdad de unos con otros nacerían sin esfuerzo y sin necesidad de lastimarnos. Da igual si eres mujer, hombre o lo que quieras ser; hay cabida para todos y es tan fácil como darle a cada cual su sitio y ya sabes, ¡vive y deja vivir!

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