Opinión

Nos piden salvar la izquierda. ¿Quién salva a las mujeres?

Mi orfandad política no nace de la falta de ideas ni de haber bajado los brazos. Nace también de haber visto cómo se cerraban puertas desde las que creía que podíamos avanzar

  • Pancartas contra el patriarcado en una concentración feminista. -

España tiene problemas urgentes: la vivienda, el coste de la vida, unos servicios públicos que necesitan respuestas urgentes y una precariedad que condiciona la existencia de millones de personas. La ciudadanía necesita soluciones reales, no solo el cruce de cromos y disputas de salón entre partidos. Y las mujeres, seguimos sosteniendo buena parte de los cuidados invisibles y soportando desigualdades estructurales que no desaparecen por mucho que cambien los inquilinos de la Moncloa.

En medio de esta crisis perpetua, la izquierda vuelve a invocar su palabra mágica favorita: unidad. Hay que sumar, ser responsables, aparcar las diferencias y hacer de tripas corazón. Ahora no toca discutir. Ahora toca frenar a la derecha. Y, una vez más, da la impresión de que nuestras reivindicaciones pueden quedarse en la sala de espera. Entre ellas, por supuesto, las que cuestionan de verdad las estructuras de explotación de las mujeres.

El PSOE puede exhibir una trayectoria histórica de avances legislativos en igualdad y contra la violencia hacia las mujeres. Negarlo sería absurdo. Pero haber hecho algo no significa haberlo hecho todo, ni concede el derecho vitalicio a exigir fidelidad eterna. Las promesas incumplidas y los apaños legislativos también forman parte de cualquier balance honesto. El miedo a la derecha no convierte a nadie en intocable.

Y entonces aparece Gabriel Rufián, convertido para media izquierda en una especie de Moisés de cartón piedra del Congreso: el azote de los diputados, el hombre que dice las verdades que otros callan. A mí no me basta con el ingenio parlamentario de sobremesa ni con los zascas virales. También quiero saber qué defiende exactamente cuando habla de las mujeres. Su concepción de la sexualidad, compartida en no pocos aspectos con Irene Montero, choca frontalmente con mi lucha feminista. Que alguien se enfrente a determinados poderes no significa que cuestione todas las relaciones de poder.

ERC y Podemos acuerdan colaborar electoralmente. IU, Sumar, Más Madrid y los Comuns exploran un Frente Amplio. Adelante Andalucía sigue su propio camino táctico. Cambian las alianzas, se negocian los sillones y vuelve el estribillo de la unidad. Pero ¿qué proyecto de emancipación ofrecen a las mujeres en esa tómbola? ¿Qué lugar exacto ocupan nuestras reivindicaciones cuando llegan los repartos de poder?

Buena parte de esa izquierda sufre una confusión flagrante al llamar libertad a lo que no es más que elección individual, incluso cuando la más cruda desigualdad condiciona esa supuesta elección. ¿Quién se beneficia y quién pone el cuerpo? La emancipación exige de una vez por todas dejar de justificar la explotación mercantil en nombre de la autonomía personal. Nuestros cuerpos no son mercancía. Nuestros derechos no son la moneda de cambio de ninguna negociación electoral.

El caso de Ada Colau también merece algunas preguntas incómodas. Durante su etapa al frente del Ayuntamiento de Barcelona, su gobierno se opuso sistemáticamente a cualquier propuesta abolicionista de la prostitución, mientras el consistorio concedía subvenciones públicas a entidades que defienden descaradamente su consideración como trabajo sexual. ¿Qué lugar ocupa los derechos de las mujeres en esta lista que pretende encabezar?

Y luego está el flanco andaluz. Adelante Andalucía presume de una identidad andalucista y de una vinculación con los barrios populares que, desde luego, importa. Pero venir de un barrio obrero no convierte automáticamente a nadie en feminista. La procedencia social importa; las ideas políticas, también. Y su programa contiene planteamientos que considero incompatibles con la emancipación de las mujeres: son anticapitalistas de boquilla hasta que se trata de mercantilizar el cuerpo de las mujeres; entonces deciden por nosotras en nombre de una supuesta libertad que queremos vendernos 

Izquierda Unida tampoco puede pasar página sin rendir cuentas. En 2020 nos echaron del Partido Feminista de España, fundado por Lidia Falcón, del que yo soy militante. Aquella decisión forma parte de mi orfandad política.

El PP, por su parte, no puede presentarse como salvador de las mujeres, en sí mismo ya es un chiste,mientras su trayectoria incluye la oposición a avances fundamentales en nuestros derechos. En 2010 recurrió ante el Tribunal Constitucional la ley que regulaba la interrupción voluntaria del embarazo y solicitó que se suspendieran cautelarmente algunos de sus preceptos. En 2023, el Constitucional desestimó el recurso contra la reforma de la ley del aborto. Y hoy siguen existiendo motivos para preguntarse si los derechos conquistados están garantizados o expuestos a retrocesos. No basta con pronunciar la palabra mujeres: hay que defender nuestros derechos cuando toca votar, legislar y comprometer recursos.

No idealizo a la izquierda ni pienso regalarle mi silencio. Tampoco olvido que la derecha ha cuestionado derechos conquistados y que existen amenazas de retroceso. No son lo mismo, pero tampoco voy a aceptar que esa diferencia se utilice como chantaje para exigirnos obediencia. Criticar a las izquierdas no significa hacerle el juego a la derecha; significa negarnos a elegir entre callar ante unas y resignarnos ante otras.

Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer en 1792. En 1976, Lidia Falcón y Carmen Alcalde fundaron la revista Vindicación Feminista. Después de siglos de pensamiento y lucha implacable, las mujeres no hemos llegado hasta aquí para subordinar nuestras prioridades a las urgencias electorales de unos partidos que solo se acuerdan de nosotras cuando asustan las encuestas.

Por eso, la Vindicación Feminista de Pensamiento Crítico: Teoría, Acción y Alianzas, que celebraremos el próximo 22 de octubre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz, no es un acto rutinario más en el calendario. Es un espacio necesario para debatir, discrepar y construir alianzas sin convertir la obediencia ciega en requisito de pertenencia.

Nos piden que asumamos responsabilidades, que seamos realistas y que entendamos que ahora hay otras prioridades en la agenda. Pero yo me pregunto: ¿cuándo les toca el turno a las mujeres? ¿Cuándo deja de ser inoportuno hablar de prostitución, pornografía y explotación reproductiva? ¿Cuándo dejan de ser negociables nuestros derechos?

Mi orfandad política no nace de la falta de ideas ni de haber bajado los brazos. Nace también de haber visto cómo se cerraban puertas desde las que creía que podíamos avanzar. Y no pienso resolver esa orfandad renunciando a aquello por lo que llevo tantos años luchando.

Nos piden que salvemos la izquierda. Pero ¿quién salva a las mujeres cuando nuestras reivindicaciones quedan siempre archivadas para después? Nos vemos el 22 de octubre. Más información en las redes sociales de Cádiz Abolicionista.

España tiene problemas urgentes: la vivienda, el coste de la vida, unos servicios públicos que necesitan respuestas urgentes y una precariedad que condiciona la existencia de millones de personas. La ciudadanía necesita soluciones reales, no solo el cruce de cromos y disputas de salón entre partidos. Y las mujeres, seguimos sosteniendo buena parte de los cuidados invisibles y soportando desigualdades estructurales que no desaparecen por mucho que cambien los inquilinos de la Moncloa.

En medio de esta crisis perpetua, la izquierda vuelve a invocar su palabra mágica favorita: unidad. Hay que sumar, ser responsables, aparcar las diferencias y hacer de tripas corazón. Ahora no toca discutir. Ahora toca frenar a la derecha. Y, una vez más, da la impresión de que nuestras reivindicaciones pueden quedarse en la sala de espera. Entre ellas, por supuesto, las que cuestionan de verdad las estructuras de explotación de las mujeres.

El PSOE puede exhibir una trayectoria histórica de avances legislativos en igualdad y contra la violencia hacia las mujeres. Negarlo sería absurdo. Pero haber hecho algo no significa haberlo hecho todo, ni concede el derecho vitalicio a exigir fidelidad eterna. Las promesas incumplidas y los apaños legislativos también forman parte de cualquier balance honesto. El miedo a la derecha no convierte a nadie en intocable.

Y entonces aparece Gabriel Rufián, convertido para media izquierda en una especie de Moisés de cartón piedra del Congreso: el azote de los diputados, el hombre que dice las verdades que otros callan. A mí no me basta con el ingenio parlamentario de sobremesa ni con los zascas virales. También quiero saber qué defiende exactamente cuando habla de las mujeres. Su concepción de la sexualidad, compartida en no pocos aspectos con Irene Montero, choca frontalmente con mi lucha feminista. Que alguien se enfrente a determinados poderes no significa que cuestione todas las relaciones de poder.

ERC y Podemos acuerdan colaborar electoralmente. IU, Sumar, Más Madrid y los Comuns exploran un Frente Amplio. Adelante Andalucía sigue su propio camino táctico. Cambian las alianzas, se negocian los sillones y vuelve el estribillo de la unidad. Pero ¿qué proyecto de emancipación ofrecen a las mujeres en esa tómbola? ¿Qué lugar exacto ocupan nuestras reivindicaciones cuando llegan los repartos de poder?

Buena parte de esa izquierda sufre una confusión flagrante al llamar libertad a lo que no es más que elección individual, incluso cuando la más cruda desigualdad condiciona esa supuesta elección. ¿Quién se beneficia y quién pone el cuerpo? La emancipación exige de una vez por todas dejar de justificar la explotación mercantil en nombre de la autonomía personal. Nuestros cuerpos no son mercancía. Nuestros derechos no son la moneda de cambio de ninguna negociación electoral.

El caso de Ada Colau también merece algunas preguntas incómodas. Durante su etapa al frente del Ayuntamiento de Barcelona, su gobierno se opuso sistemáticamente a cualquier propuesta abolicionista de la prostitución, mientras el consistorio concedía subvenciones públicas a entidades que defienden descaradamente su consideración como trabajo sexual. ¿Qué lugar ocupa los derechos de las mujeres en esta lista que pretende encabezar?

Y luego está el flanco andaluz. Adelante Andalucía presume de una identidad andalucista y de una vinculación con los barrios populares que, desde luego, importa. Pero venir de un barrio obrero no convierte automáticamente a nadie en feminista. La procedencia social importa; las ideas políticas, también. Y su programa contiene planteamientos que considero incompatibles con la emancipación de las mujeres: son anticapitalistas de boquilla hasta que se trata de mercantilizar el cuerpo de las mujeres; entonces deciden por nosotras en nombre de una supuesta libertad que queremos vendernos 

Izquierda Unida tampoco puede pasar página sin rendir cuentas. En 2020 nos echaron del Partido Feminista de España, fundado por Lidia Falcón, del que yo soy militante. Aquella decisión forma parte de mi orfandad política.

El PP, por su parte, no puede presentarse como salvador de las mujeres, en sí mismo ya es un chiste,mientras su trayectoria incluye la oposición a avances fundamentales en nuestros derechos. En 2010 recurrió ante el Tribunal Constitucional la ley que regulaba la interrupción voluntaria del embarazo y solicitó que se suspendieran cautelarmente algunos de sus preceptos. En 2023, el Constitucional desestimó el recurso contra la reforma de la ley del aborto. Y hoy siguen existiendo motivos para preguntarse si los derechos conquistados están garantizados o expuestos a retrocesos. No basta con pronunciar la palabra mujeres: hay que defender nuestros derechos cuando toca votar, legislar y comprometer recursos.

No idealizo a la izquierda ni pienso regalarle mi silencio. Tampoco olvido que la derecha ha cuestionado derechos conquistados y que existen amenazas de retroceso. No son lo mismo, pero tampoco voy a aceptar que esa diferencia se utilice como chantaje para exigirnos obediencia. Criticar a las izquierdas no significa hacerle el juego a la derecha; significa negarnos a elegir entre callar ante unas y resignarnos ante otras.

Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer en 1792. En 1976, Lidia Falcón y Carmen Alcalde fundaron la revista Vindicación Feminista. Después de siglos de pensamiento y lucha implacable, las mujeres no hemos llegado hasta aquí para subordinar nuestras prioridades a las urgencias electorales de unos partidos que solo se acuerdan de nosotras cuando asustan las encuestas.

Por eso, la Vindicación Feminista de Pensamiento Crítico: Teoría, Acción y Alianzas, que celebraremos el próximo 22 de octubre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz, no es un acto rutinario más en el calendario. Es un espacio necesario para debatir, discrepar y construir alianzas sin convertir la obediencia ciega en requisito de pertenencia.

Nos piden que asumamos responsabilidades, que seamos realistas y que entendamos que ahora hay otras prioridades en la agenda. Pero yo me pregunto: ¿cuándo les toca el turno a las mujeres? ¿Cuándo deja de ser inoportuno hablar de prostitución, pornografía y explotación reproductiva? ¿Cuándo dejan de ser negociables nuestros derechos?

Mi orfandad política no nace de la falta de ideas ni de haber bajado los brazos. Nace también de haber visto cómo se cerraban puertas desde las que creía que podíamos avanzar. Y no pienso resolver esa orfandad renunciando a aquello por lo que llevo tantos años luchando.

Nos piden que salvemos la izquierda. Pero ¿quién salva a las mujeres cuando nuestras reivindicaciones quedan siempre archivadas para después? Nos vemos el 22 de octubre. Más información en las redes sociales de Cádiz Abolicionista.

Comentarios