El nombre de la columna viene a préstamo por el título de un fabuloso tema de una banda de metal gaditano llamada Sphinx (la cual recomiendo escuchar encarecidamente), fundada en la década de los 90. Y viene, como vulgarmente se suele decir “al pelo” para hilar con el reciente y atroz caso de Lindsay Clancy, la madre estadounidense que asesinó a sus tres hijos. Y que, para mayor desgracia, ha sacado a flote la peor cara de una sociedad desquiciada, incapaz de distinguir entre la monstruosidad y el dolor; dispuesta a justificarlo todo bajo el paraguas de un victimismo posmoderno tan absurdo como repugnante.
Lo que resulta verdaderamente insoportable no es solo la dimensión inhumana del crimen en sí, sino la obscena reacción de un nutrido grupo de sectores autodenominados progresistas y feministas en el ecosistema digital norteamericano. Lejos de condenar el infanticidio con la contundencia que exige la tragedia, no pocas voces han salido en su defensa bajo el peregrino argumento de que la verdadera víctima es la asesina, culpando de sus actos a las secuelas del trauma posparto. La deriva ha llegado a tal extremo de abyección que se han puesto en marcha campañas de recaudación de fondos para exigir su liberación, convirtiendo a una infanticida en una suerte de mártir de un sistema supuestamente opresor.
Este lodazal no es, por desgracia, patrimonio exclusivo de Estados Unidos. La toxicidad de este discurso ha cruzado el Atlántico encontrando altavoces locales igualmente irresponsables. Una de las polémicas más sonoras la ha protagonizado la conocida colaboradora televisiva Tania Llasera, quien aprovechó la turbia ocasión para empatizar públicamente con la presunta asesina. Sus declaraciones, que restaban gravedad moral al trasfondo de la tragedia bajo coartadas de comprensión psicológica mal entendida, elevaron instantáneamente el tono de la indignación colectiva.
Se cumple aquí, con matemática precisión, la ley de la acción y la reacción: ante un mensaje que banaliza el asesinato de menores, la respuesta ciudadana no se hizo esperar, exigiendo un límite ético que no admite coqueteos ni ambigüedades. La postura de Llasera resulta profundamente abominable. Al margen de los posteriores intentos de rectificación o enmienda táctica para mitigar el desgaste reputacional, su actitud merece una rotunda y enérgica repulsa social.
Pero el problema trasciende la anécdota o el desliz dialéctico de un personaje público; radica en la peligrosa impunidad con la que operan los medios de comunicación y las productoras que les otorgan tribuna. Las plataformas y las cadenas de televisión deberían ejercer un filtro ético y censurar a aquellos rostros que, amparados en el altavoz masivo que les confiere un medio de comunicación, exponen a un peligro real a una sociedad ya de por sí debilitada y al borde del colapso emocional. Difundir mensajes tan nauseabundos erosiona los cimientos de la convivencia y normaliza lo abyecto. Si el mundo continúa a la deriva, permitiendo que la empatía se instrumentalice para justificar el asesinato de niños inocentes, habremos renunciado a lo único que nos hace humanos.
Gracias por la lectura y feliz lunes (menos a Tania Llasera, claro está).
El nombre de la columna viene a préstamo por el título de un fabuloso tema de una banda de metal gaditano llamada Sphinx (la cual recomiendo escuchar encarecidamente), fundada en la década de los 90. Y viene, como vulgarmente se suele decir “al pelo” para hilar con el reciente y atroz caso de Lindsay Clancy, la madre estadounidense que asesinó a sus tres hijos. Y que, para mayor desgracia, ha sacado a flote la peor cara de una sociedad desquiciada, incapaz de distinguir entre la monstruosidad y el dolor; dispuesta a justificarlo todo bajo el paraguas de un victimismo posmoderno tan absurdo como repugnante.
Lo que resulta verdaderamente insoportable no es solo la dimensión inhumana del crimen en sí, sino la obscena reacción de un nutrido grupo de sectores autodenominados progresistas y feministas en el ecosistema digital norteamericano. Lejos de condenar el infanticidio con la contundencia que exige la tragedia, no pocas voces han salido en su defensa bajo el peregrino argumento de que la verdadera víctima es la asesina, culpando de sus actos a las secuelas del trauma posparto. La deriva ha llegado a tal extremo de abyección que se han puesto en marcha campañas de recaudación de fondos para exigir su liberación, convirtiendo a una infanticida en una suerte de mártir de un sistema supuestamente opresor.
Este lodazal no es, por desgracia, patrimonio exclusivo de Estados Unidos. La toxicidad de este discurso ha cruzado el Atlántico encontrando altavoces locales igualmente irresponsables. Una de las polémicas más sonoras la ha protagonizado la conocida colaboradora televisiva Tania Llasera, quien aprovechó la turbia ocasión para empatizar públicamente con la presunta asesina. Sus declaraciones, que restaban gravedad moral al trasfondo de la tragedia bajo coartadas de comprensión psicológica mal entendida, elevaron instantáneamente el tono de la indignación colectiva.
Se cumple aquí, con matemática precisión, la ley de la acción y la reacción: ante un mensaje que banaliza el asesinato de menores, la respuesta ciudadana no se hizo esperar, exigiendo un límite ético que no admite coqueteos ni ambigüedades. La postura de Llasera resulta profundamente abominable. Al margen de los posteriores intentos de rectificación o enmienda táctica para mitigar el desgaste reputacional, su actitud merece una rotunda y enérgica repulsa social.
Pero el problema trasciende la anécdota o el desliz dialéctico de un personaje público; radica en la peligrosa impunidad con la que operan los medios de comunicación y las productoras que les otorgan tribuna. Las plataformas y las cadenas de televisión deberían ejercer un filtro ético y censurar a aquellos rostros que, amparados en el altavoz masivo que les confiere un medio de comunicación, exponen a un peligro real a una sociedad ya de por sí debilitada y al borde del colapso emocional. Difundir mensajes tan nauseabundos erosiona los cimientos de la convivencia y normaliza lo abyecto. Si el mundo continúa a la deriva, permitiendo que la empatía se instrumentalice para justificar el asesinato de niños inocentes, habremos renunciado a lo único que nos hace humanos.
Gracias por la lectura y feliz lunes (menos a Tania Llasera, claro está).
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