Opinión

Miserables

La tragedia de Urda deja otra herida: la de una sociedad donde la necesidad ajena puede convertirse en una ocasión para disparar los beneficios

  • Carroñeros, en una imagen de archivo.

Hay tragedias que sacuden los cimientos de una sociedad no solo por la magnitud de sus víctimas, sino por la profunda sombra de dolor que proyectan sobre la vida cotidiana. Tenía muy claro que el reciente accidente ferroviario en Urda sería motivo de multitud de columnas de opinión y de artículos de prensa; por eso quise darle un enfoque totalmente diferente.

Durante días, las portadas de los periódicos, los informativos de radio y televisión y las interminables horas de cobertura digital han girado en torno al horror, a la búsqueda de respuestas, al llanto de las familias destrozadas y a la heroica labor de los equipos de emergencia que se dejaron el alma entre hierros retorcidos. Se han vertido ríos de tinta —y se seguirán vertiendo— para analizar las causas, depurar responsabilidades y acompañar en el duelo a los afectados. Es el ejercicio lógico y necesario de una comunidad que intenta recomponerse tras el golpe.

Sin embargo, cuando el foco mediático se aparta ligeramente de la zona cero del desastre y se adentra en los márgenes, en los daños colaterales de la desgracia, afloran detalles tan mezquinos que hielan la sangre. Hoy toca poner la lupa sobre un rincón oscuro, sobre un ejercicio de vileza tan singular como repugnante que demuestra hasta qué punto la avaricia puede corromper el alma humana.

Hagamos memoria de las horas inmediatas al accidente. Cientos de pasajeros, de ciudadanos corrientes atrapados en la red de conexiones rotas, se vieron de la noche a la mañana sin su medio de transporte habitual. Familias separadas, trabajadores intentando llegar a sus puestos, personas con citas médicas ineludibles o con la imperiosa necesidad de abrazar a los suyos tras el susto generalizado. Ante la imposibilidad de viajar por vía férrea, la alternativa lógica fue recurrir a los servicios de alquiler de vehículos para poder completar sus trayectos.

Es aquí donde entra en escena la cara más nauseabunda del capitalismo salvaje. Las empresas de alquiler de coches, perfectamente conscientes de la tragedia que se acababa de producir, de la desesperación ajena y del colapso de la movilidad, no vieron una emergencia nacional ni una oportunidad para mostrar un mínimo atisbo de humanidad o solidaridad. Vieron una mina de oro.

Con una falta absoluta de escrúpulos, estas compañías optaron por aplicar subidas escandalosas en las tarifas, exprimiendo la altísima y sobrevenida demanda provocada por el accidente. Mientras los bomberos aún trabajaban en las vías y los hospitales atendían a los heridos, estos señores hacían caja con la desgracia ajena. ¿Se puede ser más asqueroso? La pregunta resuena con la fuerza de una bofetada en la conciencia colectiva. ¿Cómo se puede dormir por las noches sabiendo que cada euro de más cobrado en esa factura proviene directamente de la angustia, de la urgencia y de la vulnerabilidad? Dinero manchado de sangre, en definitiva.

Lo más indignante, y a la vez previsible, es imaginar el perfil de quienes toman estas decisiones. Estoy convencido de que esos mismos directivos, gestores y tiburones de despacho son luego los primeros en poner el grito en el cielo y tener la piel más fina que nadie cuando contratan servicios en otros sectores. Son los que exigen empatía, los que se indignan si un camarero se retrasa dos minutos, los que exigen que el mundo entero gire a su alrededor con una sonrisa amable y un servicio impecable. Pero cuando el sufrimiento es de los demás, cuando la desgracia ajena se convierte en un nicho de mercado. Malditos sean.

Esta triste realidad nos devuelve de golpe a la casilla de salida de nuestras peores pesadillas morales. ¿Dónde están ahora todos aquellos que durante los meses más duros de la pandemia de la Covid-19 repetían como un mantra esperanzador que de aquella crisis saldríamos mejores, más unidos y profundamente solidarios?

Mentira. Fue una ensoñación colectiva, un ejercicio de autoengaño con el que intentábamos soportar el encierro y el miedo. La dolorosa verdad es que las grandes crisis y las desgracias cotidianas no nos hacen mejores; simplemente actúan como una radiografía implacable que desnuda lo que ya éramos. Sacan a la luz la peor cara del egoísmo, la mezquindad individual y la monstruosidad humana más silenciosa y calculada.

Porque el monstruo no siempre aterra con sus fauces sanguinolentas; a veces viste traje y corbata, se sienta frente a una pantalla de ordenador y analiza con fría frialdad matemática cuánto margen de beneficio le puede sacar al dolor de un país. Frente a esa miseria moral, solo nos queda la rabia, la memoria y la certeza de que, mientras existan buitres dispuestos a devorar los restos de una tragedia, la verdadera catástrofe no estará solo en las vías del tren, sino en la absoluta descomposición de la decencia humana.

Antes de finalizar, quisiera unirme al dolor de todas las familias que han perdido a sus seres queridos, con especial mención a los familiares de David Benítez Domínguez. Querido David, cuida de los tuyos. Aquí seguiremos manteniendo muy viva tu memoria.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

Hay tragedias que sacuden los cimientos de una sociedad no solo por la magnitud de sus víctimas, sino por la profunda sombra de dolor que proyectan sobre la vida cotidiana. Tenía muy claro que el reciente accidente ferroviario en Urda sería motivo de multitud de columnas de opinión y de artículos de prensa; por eso quise darle un enfoque totalmente diferente.

Durante días, las portadas de los periódicos, los informativos de radio y televisión y las interminables horas de cobertura digital han girado en torno al horror, a la búsqueda de respuestas, al llanto de las familias destrozadas y a la heroica labor de los equipos de emergencia que se dejaron el alma entre hierros retorcidos. Se han vertido ríos de tinta —y se seguirán vertiendo— para analizar las causas, depurar responsabilidades y acompañar en el duelo a los afectados. Es el ejercicio lógico y necesario de una comunidad que intenta recomponerse tras el golpe.

Sin embargo, cuando el foco mediático se aparta ligeramente de la zona cero del desastre y se adentra en los márgenes, en los daños colaterales de la desgracia, afloran detalles tan mezquinos que hielan la sangre. Hoy toca poner la lupa sobre un rincón oscuro, sobre un ejercicio de vileza tan singular como repugnante que demuestra hasta qué punto la avaricia puede corromper el alma humana.

Hagamos memoria de las horas inmediatas al accidente. Cientos de pasajeros, de ciudadanos corrientes atrapados en la red de conexiones rotas, se vieron de la noche a la mañana sin su medio de transporte habitual. Familias separadas, trabajadores intentando llegar a sus puestos, personas con citas médicas ineludibles o con la imperiosa necesidad de abrazar a los suyos tras el susto generalizado. Ante la imposibilidad de viajar por vía férrea, la alternativa lógica fue recurrir a los servicios de alquiler de vehículos para poder completar sus trayectos.

Es aquí donde entra en escena la cara más nauseabunda del capitalismo salvaje. Las empresas de alquiler de coches, perfectamente conscientes de la tragedia que se acababa de producir, de la desesperación ajena y del colapso de la movilidad, no vieron una emergencia nacional ni una oportunidad para mostrar un mínimo atisbo de humanidad o solidaridad. Vieron una mina de oro.

Con una falta absoluta de escrúpulos, estas compañías optaron por aplicar subidas escandalosas en las tarifas, exprimiendo la altísima y sobrevenida demanda provocada por el accidente. Mientras los bomberos aún trabajaban en las vías y los hospitales atendían a los heridos, estos señores hacían caja con la desgracia ajena. ¿Se puede ser más asqueroso? La pregunta resuena con la fuerza de una bofetada en la conciencia colectiva. ¿Cómo se puede dormir por las noches sabiendo que cada euro de más cobrado en esa factura proviene directamente de la angustia, de la urgencia y de la vulnerabilidad? Dinero manchado de sangre, en definitiva.

Lo más indignante, y a la vez previsible, es imaginar el perfil de quienes toman estas decisiones. Estoy convencido de que esos mismos directivos, gestores y tiburones de despacho son luego los primeros en poner el grito en el cielo y tener la piel más fina que nadie cuando contratan servicios en otros sectores. Son los que exigen empatía, los que se indignan si un camarero se retrasa dos minutos, los que exigen que el mundo entero gire a su alrededor con una sonrisa amable y un servicio impecable. Pero cuando el sufrimiento es de los demás, cuando la desgracia ajena se convierte en un nicho de mercado. Malditos sean.

Esta triste realidad nos devuelve de golpe a la casilla de salida de nuestras peores pesadillas morales. ¿Dónde están ahora todos aquellos que durante los meses más duros de la pandemia de la Covid-19 repetían como un mantra esperanzador que de aquella crisis saldríamos mejores, más unidos y profundamente solidarios?

Mentira. Fue una ensoñación colectiva, un ejercicio de autoengaño con el que intentábamos soportar el encierro y el miedo. La dolorosa verdad es que las grandes crisis y las desgracias cotidianas no nos hacen mejores; simplemente actúan como una radiografía implacable que desnuda lo que ya éramos. Sacan a la luz la peor cara del egoísmo, la mezquindad individual y la monstruosidad humana más silenciosa y calculada.

Porque el monstruo no siempre aterra con sus fauces sanguinolentas; a veces viste traje y corbata, se sienta frente a una pantalla de ordenador y analiza con fría frialdad matemática cuánto margen de beneficio le puede sacar al dolor de un país. Frente a esa miseria moral, solo nos queda la rabia, la memoria y la certeza de que, mientras existan buitres dispuestos a devorar los restos de una tragedia, la verdadera catástrofe no estará solo en las vías del tren, sino en la absoluta descomposición de la decencia humana.

Antes de finalizar, quisiera unirme al dolor de todas las familias que han perdido a sus seres queridos, con especial mención a los familiares de David Benítez Domínguez. Querido David, cuida de los tuyos. Aquí seguiremos manteniendo muy viva tu memoria.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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