El asfalto de la ciudad es una mezcla de plomo y prisa que parece contagiarlo todo, la ciudad bulle a su ritmo mientras el paso del tiempo devora tus ansias de recortarle unos minutos al crono. En ese universo de urgencia cotidiana, los técnicos de emergencias sanitarias nos movemos a menudo como piezas de un engranaje frío. Sabemos calcular los tiempos de respuesta antes de mirar el reloj, anticipamos los accesos a los portales y medimos la casuística de cada paciente con la precisión clínica que otorgan los años de oficio. Pero la rutina, esa vieja y silenciosa enemiga de la vocación, tiene una habilidad pasmosa para, por momentos, anestesiar el alma.
Aquel día, la intervención exigía esa paciencia infinita que, por lo general, escasea. Tenía que trasladar a un señor de avanzada edad desde su domicilio hasta el vehículo sanitario, para luego conducirlo al hospital. Sus pasos eran lentos, frágiles, un combate diario contra la gravedad y el propio cuerpo diezmado por años de lucha. Cada metro era un ejercicio titánico de resistencia por su parte y de contención por la mía.
En medio de aquella situación, con la ambulancia ocupando medio carril y los coches acumulándose a nuestras espaldas con bocinas impacientes, un viandante se detuvo junto a nosotros.
El transeúnte observó la escena con detenimiento. Sin prisa, mientras yo sujetaba con firmeza el brazo del anciano para evitar un traspié, aquel desconocido me miró a los ojos y soltó una frase hecha, de esas que flotan en el imaginario popular:
—Tienes el cielo ganado.
Atrapado en la vorágine de la prisa y con la cabeza revoloteando en la siguiente tarea, mi cerebro no supo reaccionar con la elegancia o la altura que la situación merecía. Apenas atiné a articular un seco, casi automatizado:
—¿Por qué?
Él no se inmutó. Al contrario, correspondió ufano, con una sonrisa luminosa enmarcada en el rostro, de esas que se agradecen enormemente por lo inesperado y por la calidez que desprenden. Señaló con la barbilla al señor mayor, que seguía bregando con el peldaño que daba acceso al vehículo, y replicó:
—Por eso que haces.
Aquel breve intercambio de palabras se cerró con un agradecimiento apresurado por mi parte y el sonido sordo de la puerta lateral cerrándose. Sin embargo, aquella anécdota no se quedó ahí, se instaló en la recámara de la memoria, madurando lentamente durante la semana hasta convertirse en una profunda reflexión que va mucho más allá de la mera actitud de servicio que lleva implícito mi uniforme.
Ese encuentro fue necesario, absolutamente necesario. No tengo ninguna duda.
A lo largo de todo este tiempo en la trinchera sanitaria, había olvidado, descuidado casi sin darme cuenta, lo que verdaderamente conlleva ayudar a los demás. El desgaste emocional, la dureza de algunas escenas y la repetición constante del dolor ajeno me habían ido endureciendo por dentro. Poco a poco, sin proponérmelo, había empezado a comportarme como un autómata. Un engranaje eficiente, sí, pero vacío; a veces con menos escrúpulos emocionales y empatía de los que debiera, despojando al paciente de su condición de persona para convertirlo en un simple número de asistencia. Y eso no me gusta.
Ser técnico de emergencias sanitarias es una profesión maravillosa, un privilegio diario que te permite estar en la primera línea de la vida humana. Te enfrenta a la gratitud más sincera y a la vulnerabilidad más cruda. Pero descubrir tus propias miserias, es un trago amargo, necesario, que te conecta con los orígenes.
Aquel desconocido de la sonrisa afable no me regaló el cielo, ni falta que hace. Lo que hizo fue devolverme el espejo. Me recordó que, por encima de todo, lo que verdaderamente importa es el reconocimiento del otro en su momento de máxima debilidad. Y que la verdadera urgencia está en comportarse de manera humana.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
El asfalto de la ciudad es una mezcla de plomo y prisa que parece contagiarlo todo, la ciudad bulle a su ritmo mientras el paso del tiempo devora tus ansias de recortarle unos minutos al crono. En ese universo de urgencia cotidiana, los técnicos de emergencias sanitarias nos movemos a menudo como piezas de un engranaje frío. Sabemos calcular los tiempos de respuesta antes de mirar el reloj, anticipamos los accesos a los portales y medimos la casuística de cada paciente con la precisión clínica que otorgan los años de oficio. Pero la rutina, esa vieja y silenciosa enemiga de la vocación, tiene una habilidad pasmosa para, por momentos, anestesiar el alma.
Aquel día, la intervención exigía esa paciencia infinita que, por lo general, escasea. Tenía que trasladar a un señor de avanzada edad desde su domicilio hasta el vehículo sanitario, para luego conducirlo al hospital. Sus pasos eran lentos, frágiles, un combate diario contra la gravedad y el propio cuerpo diezmado por años de lucha. Cada metro era un ejercicio titánico de resistencia por su parte y de contención por la mía.
En medio de aquella situación, con la ambulancia ocupando medio carril y los coches acumulándose a nuestras espaldas con bocinas impacientes, un viandante se detuvo junto a nosotros.
El transeúnte observó la escena con detenimiento. Sin prisa, mientras yo sujetaba con firmeza el brazo del anciano para evitar un traspié, aquel desconocido me miró a los ojos y soltó una frase hecha, de esas que flotan en el imaginario popular:
—Tienes el cielo ganado.
Atrapado en la vorágine de la prisa y con la cabeza revoloteando en la siguiente tarea, mi cerebro no supo reaccionar con la elegancia o la altura que la situación merecía. Apenas atiné a articular un seco, casi automatizado:
—¿Por qué?
Él no se inmutó. Al contrario, correspondió ufano, con una sonrisa luminosa enmarcada en el rostro, de esas que se agradecen enormemente por lo inesperado y por la calidez que desprenden. Señaló con la barbilla al señor mayor, que seguía bregando con el peldaño que daba acceso al vehículo, y replicó:
—Por eso que haces.
Aquel breve intercambio de palabras se cerró con un agradecimiento apresurado por mi parte y el sonido sordo de la puerta lateral cerrándose. Sin embargo, aquella anécdota no se quedó ahí, se instaló en la recámara de la memoria, madurando lentamente durante la semana hasta convertirse en una profunda reflexión que va mucho más allá de la mera actitud de servicio que lleva implícito mi uniforme.
Ese encuentro fue necesario, absolutamente necesario. No tengo ninguna duda.
A lo largo de todo este tiempo en la trinchera sanitaria, había olvidado, descuidado casi sin darme cuenta, lo que verdaderamente conlleva ayudar a los demás. El desgaste emocional, la dureza de algunas escenas y la repetición constante del dolor ajeno me habían ido endureciendo por dentro. Poco a poco, sin proponérmelo, había empezado a comportarme como un autómata. Un engranaje eficiente, sí, pero vacío; a veces con menos escrúpulos emocionales y empatía de los que debiera, despojando al paciente de su condición de persona para convertirlo en un simple número de asistencia. Y eso no me gusta.
Ser técnico de emergencias sanitarias es una profesión maravillosa, un privilegio diario que te permite estar en la primera línea de la vida humana. Te enfrenta a la gratitud más sincera y a la vulnerabilidad más cruda. Pero descubrir tus propias miserias, es un trago amargo, necesario, que te conecta con los orígenes.
Aquel desconocido de la sonrisa afable no me regaló el cielo, ni falta que hace. Lo que hizo fue devolverme el espejo. Me recordó que, por encima de todo, lo que verdaderamente importa es el reconocimiento del otro en su momento de máxima debilidad. Y que la verdadera urgencia está en comportarse de manera humana.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
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