Una semana da para mucho. Cuando te lo propones (y hasta sin proponértelo) eres capaz de recapitular la ingente cantidad de pequeñas o medianas empresas que, bajo su rotulación, incluye una amalgama de adjetivos que giran en la misma dirección: profesionalidad, seriedad, compromiso, etc.
Nos lo venden con tipografías elegantes, eslóganes rotundos de promesas férreas. Sin embargo, en cuanto se rasca esa pátina, la realidad nos explota en la cara con la precisión de un reloj suizo descompuesto. La verdadera razón social de muchos parece ser otra muy distinta: Informalidad S.L.
Tal y como argumentaba antes, esta semana lo he vivido en mis carnes multiplicado por cuatro. Cuatro carpinteros potenciales, cero carpinteros reales.
El rito de iniciación es siempre el mismo y todos lo hemos vivido. Necesitas uno en casa, buscas, preguntas, pides recomendaciones y finalmente das con el «profesional adecuado». Al primer contacto telefónico o por mensaje, todo son facilidades. Hay entusiasmo, hay predisposición y, sobre todo, hay una palabra dada.
—"Descuide, el jueves a las cuatro de la tarde estoy allí sin falta. Cuente con ello".
Y tú, pobre ingenuo, te lo crees. Inicias entonces un despliegue logístico digno de una cumbre internacional. Pides salir antes del trabajo, cancelas cosas que llevabas semanas esperando, rechazas un café con un amigo, o sencillamente organizas toda tu tarde en función de esa ventana horaria sagrada. Las cuatro de la tarde. Limpias la zona de trabajo, despejas el pasillo, te preparas un café y esperas.
En el mejor de los casos, una hora antes te llega un mensaje escueto, enviado con una frialdad glacial: "Me ha surgido un imprevisto, mañana nos vemos sin falta". Sin un "lo siento", sin una disculpa previa a la hora pactada, sin el menor atisbo de vergüenza. Te han dejado plantado. Tu tarde se ha ido a la basura y tu tiempo ha sido pisoteado con la mayor de las indiferencias.
La pregunta que surge de las tripas, masticada con la rabia de quien ha perdido un día entero esperando a un fantasma, es inevitable: ¿Qué demonios ha pasado con el valor de la palabra dada?
Hay quien teoriza que nos encontramos ante un fenómeno sociocultural donde los trabajos artesanales y de oficio —fontaneros, electricistas, carpinteros, albañiles, mecánicos— se han vuelto tan escasos y esenciales que sus ejecutantes han desarrollado una suerte de complejo de deidad. Como la oferta de mano de obra cualificada ha caído en picado y la demanda es desbordante, parece haberse instalado la creencia implícita de que el cliente debe estar agradecido solo por el hecho de ser atendido. Se ha incrustado una dinámica perversa: como "tienen trabajo de sobra", la formalidad se convierte en un lujo prescindible. Si este cliente se molesta, no importa, hay diez más esperando en la cola desesperados.
Tal vez sea hora de que empecemos a exigir que los eslóganes vuelvan a significar algo. Mientras tanto, nos queda el resignado consuelo de seguir esperando en el salón, mirando el reloj, preguntándonos si el próximo que nos jure "seriedad y profesionalidad" será un trabajador de verdad o simplemente otro flamante empleado de Informalidad S.L.
Gracias por la lectura y feliz lunes (si es que alguien no se lo chafa).
Una semana da para mucho. Cuando te lo propones (y hasta sin proponértelo) eres capaz de recapitular la ingente cantidad de pequeñas o medianas empresas que, bajo su rotulación, incluye una amalgama de adjetivos que giran en la misma dirección: profesionalidad, seriedad, compromiso, etc.
Nos lo venden con tipografías elegantes, eslóganes rotundos de promesas férreas. Sin embargo, en cuanto se rasca esa pátina, la realidad nos explota en la cara con la precisión de un reloj suizo descompuesto. La verdadera razón social de muchos parece ser otra muy distinta: Informalidad S.L.
Tal y como argumentaba antes, esta semana lo he vivido en mis carnes multiplicado por cuatro. Cuatro carpinteros potenciales, cero carpinteros reales.
El rito de iniciación es siempre el mismo y todos lo hemos vivido. Necesitas uno en casa, buscas, preguntas, pides recomendaciones y finalmente das con el «profesional adecuado». Al primer contacto telefónico o por mensaje, todo son facilidades. Hay entusiasmo, hay predisposición y, sobre todo, hay una palabra dada.
—"Descuide, el jueves a las cuatro de la tarde estoy allí sin falta. Cuente con ello".
Y tú, pobre ingenuo, te lo crees. Inicias entonces un despliegue logístico digno de una cumbre internacional. Pides salir antes del trabajo, cancelas cosas que llevabas semanas esperando, rechazas un café con un amigo, o sencillamente organizas toda tu tarde en función de esa ventana horaria sagrada. Las cuatro de la tarde. Limpias la zona de trabajo, despejas el pasillo, te preparas un café y esperas.
En el mejor de los casos, una hora antes te llega un mensaje escueto, enviado con una frialdad glacial: "Me ha surgido un imprevisto, mañana nos vemos sin falta". Sin un "lo siento", sin una disculpa previa a la hora pactada, sin el menor atisbo de vergüenza. Te han dejado plantado. Tu tarde se ha ido a la basura y tu tiempo ha sido pisoteado con la mayor de las indiferencias.
La pregunta que surge de las tripas, masticada con la rabia de quien ha perdido un día entero esperando a un fantasma, es inevitable: ¿Qué demonios ha pasado con el valor de la palabra dada?
Hay quien teoriza que nos encontramos ante un fenómeno sociocultural donde los trabajos artesanales y de oficio —fontaneros, electricistas, carpinteros, albañiles, mecánicos— se han vuelto tan escasos y esenciales que sus ejecutantes han desarrollado una suerte de complejo de deidad. Como la oferta de mano de obra cualificada ha caído en picado y la demanda es desbordante, parece haberse instalado la creencia implícita de que el cliente debe estar agradecido solo por el hecho de ser atendido. Se ha incrustado una dinámica perversa: como "tienen trabajo de sobra", la formalidad se convierte en un lujo prescindible. Si este cliente se molesta, no importa, hay diez más esperando en la cola desesperados.
Tal vez sea hora de que empecemos a exigir que los eslóganes vuelvan a significar algo. Mientras tanto, nos queda el resignado consuelo de seguir esperando en el salón, mirando el reloj, preguntándonos si el próximo que nos jure "seriedad y profesionalidad" será un trabajador de verdad o simplemente otro flamante empleado de Informalidad S.L.
Gracias por la lectura y feliz lunes (si es que alguien no se lo chafa).
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