Cuando empecé a escribir lo que hoy es Futuro indocumentado, el mundo aún se balanceaba por la epidemia del virus aquel. En un rincón del sofá -que uso como escritorio estaba el manuscrito “Los días ausentes”, un conjunto de reflexiones sobre lo que había visto y oído durante el confinamiento; en una estantería, una carpeta con el rótulo “matar viejos”, con un relato empezado años atrás cuando una autoridad económica, no recuerdo quién -¿o fue más de una?- dijo, o dijeron, aquello de que los viejos viven mucho y salen caros de mantener; en un cuadernillo, anotaciones sobre temperaturas y anomalías climatológicas poco usuales.
Los tres me miraban y me pedían que dijera algo. De las tres llamadas surgió una unión, una síntesis apenas esbozada: una protagonista, Elia, una mujer mayor que contaría desde la perspectiva de sus años y el aprendizaje de la vida, que permitían una mirada más serena, no por ello carente de sentido crítico y pasión por la vida. Una forma de narrar a través de la vida cotidiana, como lo eran las notas de “Los días ausentes” y de los cambios meteorológico percibidos.
Después de una treintena de páginas vi que faltaba, o no emergía, el nexo profundo que los unía en mí. Deseché esas páginas y la intuición me llevó a releer los ensayos Miedo líquido y Psicopolítica, y las piezas fueron encajando en mi mente y adquiriendo entidad: el miedo personal, el miedo colectivo, el control evidente y el que pasa desapercibido; la manipulación, y la rebeldía frenta a esta; la soledad y el apoyo mutuo.
Aquel invierno de 2022 lo dediqué a tomar notas de esos libros, a aclarar y cohesionar un panorama social que lo veía en un futuro más o menos inmediato, pasado 2030, pero no mucho más. Ya podía escuchar la voz de Elia en mi cabeza, y la de su vecino Mauro, y las de otros personajes que se iban sumando para participar de lo que ocurría y cómo se vivía en ese futuro del que yo quería mostrar unos trazos.
Fue en febrero de 2022 cuando comenzó todo lo de Rusia y Ucrania, o estalló todo lo larvado durante años. Añadí a mis lecturas un librito de Anne Morelli, Principios elementales de la propaganda de guerra, que ya había leído un par de veces, pero que lo quería para refrescar ideas, para bandearme y vadear todas las noticias que desde un comienzo ya me parecían sesgadas.
Cuando terminé el proceso de tomar notas para la escritura del manuscrito, me encontré con más de cien páginas entre anotaciones de libros, caracteres de personajes, sucesos o situaciones posibles, etcétera, y “Los días ausentes”, que aún estaba en la misma esquina del sofá-escritorio.
Por abril o junio de 2022, no recuerdo con exactitud, la invasión y el conflicto inicial ya marcaban el ritmo de una guerra en la que no se apreciaba interés ninguno por ambas partes para negociar. Y antes de sentarme a comenzar el manuscrito reflexioné: ¿la incluyo entre los recuerdos de Elia y Mauro o en ese presente de más allá de 2030? Era incapaz de decidir, mi imaginación se negaba a estirarse en ese sentido y todo quedó en una frase -escrita meses después-, en el cuaderno de Elia, sobre una conversación mantenida con su vecino Mauro: “Después estuvimos de acuerdo en que las cosas cambiaron a peor”.
Tecleé ya sumergida en el manuscrito, que por aquel entonces adquirió su título definitivo, “Futuro indocumentado”, absorta en las voces de Elia, Mauro, Andrés, la supervisora y los demás personajes; inmersa en una sociedad en la que ocurrían las mismas cosas que ahora, pero exacerbadas por la codicia económica en sus vertientes política química-tecnológica más canallas.
Unas voces, sobre todo la de Elia, que narra el día a día y en él las formas de control más o menos sutiles que se toman sobre la población, la docilidad general, las excepciones y pequeñas rebeliones cotidianas; se asoma a un barrio empobrecido con el que tiene vínculos y nos cuenta un poco de ellos; nos habla de pequeños detalles de la vida diaria que van dejando al margen a una parte de la población, y las estrategias político-económicas para hacerlo con quienes disienten o con quienes “salen muy caros mantenerlos”. Y también nos habla, porque lo vive, del apoyo mutuo, de la amistad, de la soledad, la ansiedad y el miedo, de las alegres complicidades y las pequeñas cosas que nos pueden pasar, sin edad, a cualquiera.
Así, poco a poco, todas las tardes sentada a la mesa camilla, concluí el manuscrito a finales de verano de 2023. Tocaba ahora descansar de él y luego revisarlo, reescribir lo necesario, podar por aquí y por allá.
Hasta que el siete de octubre me encontré con una noticia aterradora, tanto por la masacre en sí como por lo que intuía que vendría y no tardé en comprobar. Todo lo que estaba ocurriendo me impactaba, pero había un matiz que me sobrecogía: la dimensión ética de la matanza diaria de centenares de civiles, casi la mitad de ellos menores, iba mucho más allá de mi comprensión de la bestia humana: la presenciábamos en directo, unos dirigentes mundiales abogaban por el derecho a defenderse de Israel, otros guardaban silencio: quienes podían hacer algo o al menos intentarlo se quedaban quietos -y aún hoy, tres años después, lo están-. La ética del mundo occidental -del que también forma parte Israel por aspiración- se desmoronaba.
Era por fin comprender de qué iría el mundo en el futuro, de cómo seríamos considerados los seres humanos normales y corrientes. Los medios varían: a nuestras sociedades, con tenernos económicamente en la situación de ni bastante como para que se puedan sentir a gusto y piensen en otras cosas, ni tan asfixiados que se rebelen, es suficiente: que teman perder lo que tienen es una técnica de docilitar y someter no cruenta. Y si se adoba todo con pastillas para la ansiedad y la depresión y un uso irracional o compulsivo del móvil y las pantallas en general, obtenemos una población dócil y sumisa, manejable en alto grado para cualquier propósito necesario o conveniente. ¿Qué necesidad hay de sangre y costoso armamento si ya se está gastando el viejo en el propio territorio europeo para producir más?
El manuscrito había quedado guardado unas semanas a la espera de una lectura distanciada y su revisión. Cuando las comencé me saltaban del texto los diálogos sobre la censura y la autocensura, sobre lo que se puede decir y a quién, el silenciamiento -solicitado o autoimpuesto- de todo lo que no sea suscribir la narrativa oficial de buenos y malos: en el confinamiento, en la guerra entre Rusia y Ucrania, en el asedio y la masacre de Gaza a manos de Israel, y la depredación económica y tecnológica.
Lectora de mí misma como de cualquier otro libro, las palabras allí escritas las incorporaba a una realidad distinta y a la vez igual a la de hacía meses. Cada día que me ponía a la tarea procuraba aislarme durante unas horas del mundo y vivir en el de Elia y Mauro, un esfuerzo que regalaba poco a poco la tarea realizada. Hasta que un día concluyó y el manuscrito “Futuro indocumentado” salió a recorrer mundo hasta convertirse en libro.
En este trayecto de años, mientras escribía Futuro indocumentado, el mundo dejó de ser el que era para no cambiar: los seres humanos seguíamos, seguimos haciendo ostentación de las mismas costumbres de acabar con nosotros mismos y nuestro entorno. Por otra parte, seres cercanos y queridos ya no estarían en la presentación del libro, unos fallecidos, otros enfermos, y alguno porque tendría una pequeña vida de la que hacerse cargo. Este trayecto de escritura también ha sido un recorrido vital del que un libro no está exento mientras se escribe. Un libro puede traspasar el tiempo y, a su vez, ser atravesado por él.
Cuando empecé a escribir lo que hoy es Futuro indocumentado, el mundo aún se balanceaba por la epidemia del virus aquel. En un rincón del sofá -que uso como escritorio estaba el manuscrito “Los días ausentes”, un conjunto de reflexiones sobre lo que había visto y oído durante el confinamiento; en una estantería, una carpeta con el rótulo “matar viejos”, con un relato empezado años atrás cuando una autoridad económica, no recuerdo quién -¿o fue más de una?- dijo, o dijeron, aquello de que los viejos viven mucho y salen caros de mantener; en un cuadernillo, anotaciones sobre temperaturas y anomalías climatológicas poco usuales.
Los tres me miraban y me pedían que dijera algo. De las tres llamadas surgió una unión, una síntesis apenas esbozada: una protagonista, Elia, una mujer mayor que contaría desde la perspectiva de sus años y el aprendizaje de la vida, que permitían una mirada más serena, no por ello carente de sentido crítico y pasión por la vida. Una forma de narrar a través de la vida cotidiana, como lo eran las notas de “Los días ausentes” y de los cambios meteorológico percibidos.
Después de una treintena de páginas vi que faltaba, o no emergía, el nexo profundo que los unía en mí. Deseché esas páginas y la intuición me llevó a releer los ensayos Miedo líquido y Psicopolítica, y las piezas fueron encajando en mi mente y adquiriendo entidad: el miedo personal, el miedo colectivo, el control evidente y el que pasa desapercibido; la manipulación, y la rebeldía frenta a esta; la soledad y el apoyo mutuo.
Aquel invierno de 2022 lo dediqué a tomar notas de esos libros, a aclarar y cohesionar un panorama social que lo veía en un futuro más o menos inmediato, pasado 2030, pero no mucho más. Ya podía escuchar la voz de Elia en mi cabeza, y la de su vecino Mauro, y las de otros personajes que se iban sumando para participar de lo que ocurría y cómo se vivía en ese futuro del que yo quería mostrar unos trazos.
Fue en febrero de 2022 cuando comenzó todo lo de Rusia y Ucrania, o estalló todo lo larvado durante años. Añadí a mis lecturas un librito de Anne Morelli, Principios elementales de la propaganda de guerra, que ya había leído un par de veces, pero que lo quería para refrescar ideas, para bandearme y vadear todas las noticias que desde un comienzo ya me parecían sesgadas.
Cuando terminé el proceso de tomar notas para la escritura del manuscrito, me encontré con más de cien páginas entre anotaciones de libros, caracteres de personajes, sucesos o situaciones posibles, etcétera, y “Los días ausentes”, que aún estaba en la misma esquina del sofá-escritorio.
Por abril o junio de 2022, no recuerdo con exactitud, la invasión y el conflicto inicial ya marcaban el ritmo de una guerra en la que no se apreciaba interés ninguno por ambas partes para negociar. Y antes de sentarme a comenzar el manuscrito reflexioné: ¿la incluyo entre los recuerdos de Elia y Mauro o en ese presente de más allá de 2030? Era incapaz de decidir, mi imaginación se negaba a estirarse en ese sentido y todo quedó en una frase -escrita meses después-, en el cuaderno de Elia, sobre una conversación mantenida con su vecino Mauro: “Después estuvimos de acuerdo en que las cosas cambiaron a peor”.
Tecleé ya sumergida en el manuscrito, que por aquel entonces adquirió su título definitivo, “Futuro indocumentado”, absorta en las voces de Elia, Mauro, Andrés, la supervisora y los demás personajes; inmersa en una sociedad en la que ocurrían las mismas cosas que ahora, pero exacerbadas por la codicia económica en sus vertientes política química-tecnológica más canallas.
Unas voces, sobre todo la de Elia, que narra el día a día y en él las formas de control más o menos sutiles que se toman sobre la población, la docilidad general, las excepciones y pequeñas rebeliones cotidianas; se asoma a un barrio empobrecido con el que tiene vínculos y nos cuenta un poco de ellos; nos habla de pequeños detalles de la vida diaria que van dejando al margen a una parte de la población, y las estrategias político-económicas para hacerlo con quienes disienten o con quienes “salen muy caros mantenerlos”. Y también nos habla, porque lo vive, del apoyo mutuo, de la amistad, de la soledad, la ansiedad y el miedo, de las alegres complicidades y las pequeñas cosas que nos pueden pasar, sin edad, a cualquiera.
Así, poco a poco, todas las tardes sentada a la mesa camilla, concluí el manuscrito a finales de verano de 2023. Tocaba ahora descansar de él y luego revisarlo, reescribir lo necesario, podar por aquí y por allá.
Hasta que el siete de octubre me encontré con una noticia aterradora, tanto por la masacre en sí como por lo que intuía que vendría y no tardé en comprobar. Todo lo que estaba ocurriendo me impactaba, pero había un matiz que me sobrecogía: la dimensión ética de la matanza diaria de centenares de civiles, casi la mitad de ellos menores, iba mucho más allá de mi comprensión de la bestia humana: la presenciábamos en directo, unos dirigentes mundiales abogaban por el derecho a defenderse de Israel, otros guardaban silencio: quienes podían hacer algo o al menos intentarlo se quedaban quietos -y aún hoy, tres años después, lo están-. La ética del mundo occidental -del que también forma parte Israel por aspiración- se desmoronaba.
Era por fin comprender de qué iría el mundo en el futuro, de cómo seríamos considerados los seres humanos normales y corrientes. Los medios varían: a nuestras sociedades, con tenernos económicamente en la situación de ni bastante como para que se puedan sentir a gusto y piensen en otras cosas, ni tan asfixiados que se rebelen, es suficiente: que teman perder lo que tienen es una técnica de docilitar y someter no cruenta. Y si se adoba todo con pastillas para la ansiedad y la depresión y un uso irracional o compulsivo del móvil y las pantallas en general, obtenemos una población dócil y sumisa, manejable en alto grado para cualquier propósito necesario o conveniente. ¿Qué necesidad hay de sangre y costoso armamento si ya se está gastando el viejo en el propio territorio europeo para producir más?
El manuscrito había quedado guardado unas semanas a la espera de una lectura distanciada y su revisión. Cuando las comencé me saltaban del texto los diálogos sobre la censura y la autocensura, sobre lo que se puede decir y a quién, el silenciamiento -solicitado o autoimpuesto- de todo lo que no sea suscribir la narrativa oficial de buenos y malos: en el confinamiento, en la guerra entre Rusia y Ucrania, en el asedio y la masacre de Gaza a manos de Israel, y la depredación económica y tecnológica.
Lectora de mí misma como de cualquier otro libro, las palabras allí escritas las incorporaba a una realidad distinta y a la vez igual a la de hacía meses. Cada día que me ponía a la tarea procuraba aislarme durante unas horas del mundo y vivir en el de Elia y Mauro, un esfuerzo que regalaba poco a poco la tarea realizada. Hasta que un día concluyó y el manuscrito “Futuro indocumentado” salió a recorrer mundo hasta convertirse en libro.
En este trayecto de años, mientras escribía Futuro indocumentado, el mundo dejó de ser el que era para no cambiar: los seres humanos seguíamos, seguimos haciendo ostentación de las mismas costumbres de acabar con nosotros mismos y nuestro entorno. Por otra parte, seres cercanos y queridos ya no estarían en la presentación del libro, unos fallecidos, otros enfermos, y alguno porque tendría una pequeña vida de la que hacerse cargo. Este trayecto de escritura también ha sido un recorrido vital del que un libro no está exento mientras se escribe. Un libro puede traspasar el tiempo y, a su vez, ser atravesado por él.
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