El servicio público obliga a tener agendas muy extensas y con mucha actividad durante todo el día. Es normal que un alto cargo comience muy temprano y culmine bien entrada la noche. Los que sufren estas maratonianas jornadas son los empleados públicos que acompañan al político en su quehacer: personal de gabinete, escoltas y conductores, fundamentalmente. Estos trabajadores conocen el sacrificio horario que acarrea su puesto y lo suelen llevar con mucho estoicismo. Lo que ya no es tan normal es que un alto cargo aproveche su agenda pública para extenderla con una parranda privada y ‘castigue’ a su equipo con una noche en vela o de imaginaria esperando a que el susodicho decida regresar a casa cuando el cuerpo ya no aguanta.
Una peripecia de este tipo vivió hace un par de meses un conductor que presta sus servicios en el Palacio de San Telmo, sede de la Presidencia. Un preboste del gobierno de las derechas adscrito a este departamento decidió ir a El Rocío por supuesta razón de su puesto y concluyó la jornada a las seis de la mañana después de unas cuantas horas de palmas y olés en distintas casas de la aldea. Cuando terminó su tarea, si es que tuvo alguna, se pegó una juerga rociera de categoría y el empleado público esperando que el gerifalte decidiera picar billete de vuelta al hogar.
Este alto cargo (cuyo nombre conozco y me reservo) es muy amigo de otro que manda mucho más en San Telmo. Posiblemente por eso, muchos días lo recogen de su casa en una ciudad a unas decenas de kilómetros de Sevilla aunque por su posición en el organigrama no le corresponde ese servicio y tendría que acudir al antiguo palacio de los Montpensier en vehículo propio. No sólo hacen uso de privilegios que no les corresponden, sino que además tratan con desdén y miran por encima del hombro a los empleados públicos a su servicio. Estilo cortijero.
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