Hace unos días dimos por terminada la temporada de ferias del libro. Después de varios meses de montar y desmontar stands, cargar cajas, recorrer kilómetros y pasar horas hablando con lectores, hemos tomado una decisión. A partir de ahora nuestra Sociedad Literaria limitará este tipo de actividades a tres citas muy concretas: la Feria del Libro de Jerez, la jornada Literatura y Vino y el festival Jerez Victoriano.
No ha sido una decisión contra las ferias. Todo lo contrario. Precisamente porque las hemos vivido muy de cerca, una termina observando cosas que quizá pasan desapercibidas para quien solo acude como visitante. Y, una y otra vez, libreros, editores y escritores nos preguntamos qué futuro le espera al sector editorial.
Nunca he compartido ese tono casi apocalíptico con el que a veces se formula la cuestión. Da la impresión de que cada avance tecnológico trae consigo una nueva profecía sobre la muerte del libro. Primero fue la televisión. Después internet. Más tarde el libro electrónico. Luego los audiolibros. Ahora la inteligencia artificial. Y, sin embargo, aquí seguimos.
Lo que sí creo que está cambiando, y seguirá cambiando, es la manera en que consumimos las historias. Hace cincuenta años todo pasaba por el libro impreso. Hoy ya no. Hay muchas personas que no quieren volver al papel porque prefieren el libro electrónico. No renuncian a la lectura, simplemente han encontrado un formato que les resulta más cómodo. Viajan con cientos de novelas en un dispositivo que pesa menos que un libro de bolsillo, leen en la cama sin sujetar un volumen de ochocientas páginas y compran un título sin salir de casa.
Otros han descubierto los audiolibros. Durante mucho tiempo hubo quien los miró con cierto recelo, certificando que escuchar una novela era una forma inferior de leer. Sin embargo, cada vez hay más personas que aprovechan un trayecto en coche, un paseo o una sesión de deporte para escuchar una historia. No es exactamente la misma experiencia, pero sigue siendo una historia.
Y después están quienes han crecido consumiendo contenidos de otra manera. Los jóvenes que pasan horas escuchando podcasts quizá encuentren mucho más natural acercarse a un audiolibro que a una novela de tapa dura. No significa necesariamente que lean menos. Significa que sus hábitos culturales son distintos a los nuestros.
Tal vez dentro de unos años vuelvan a cambiar. Es posible que la inteligencia artificial transforme también la forma en que nos acercamos a la ficción. Quizá veamos adaptaciones personalizadas, experiencias inmersivas o formatos que hoy ni siquiera imaginamos. Sería bastante ingenuo pensar que la narrativa permanecerá al margen de esa revolución.
Pero la necesidad de escuchar historias no desaparecerá. Llevamos miles de años contándolas. Mucho antes de la imprenta, antes del papel e incluso antes de la escritura. Las historias viajaban de boca en boca, se contaban alrededor del fuego, pasaban de generación en generación y ayudaban a explicar el mundo. Después llegaron los manuscritos, los libros impresos, la radio, el cine, la televisión y las plataformas digitales.
Ha cambiado el soporte, no la necesidad. Quizá por eso no me preocupa especialmente el futuro del libro. Me preocupa, en todo caso, que sigamos creando buenas historias. Porque si existen buenos narradores, siempre aparecerá un formato dispuesto a llevarlas hasta sus lectores, oyentes o espectadores. Y sospecho que entonces volveremos a escuchar la misma frase de siempre: «El libro se está acabando». Puede ser. Pero las historias nunca lo harán.
Hace unos días dimos por terminada la temporada de ferias del libro. Después de varios meses de montar y desmontar stands, cargar cajas, recorrer kilómetros y pasar horas hablando con lectores, hemos tomado una decisión. A partir de ahora nuestra Sociedad Literaria limitará este tipo de actividades a tres citas muy concretas: la Feria del Libro de Jerez, la jornada Literatura y Vino y el festival Jerez Victoriano.
No ha sido una decisión contra las ferias. Todo lo contrario. Precisamente porque las hemos vivido muy de cerca, una termina observando cosas que quizá pasan desapercibidas para quien solo acude como visitante. Y, una y otra vez, libreros, editores y escritores nos preguntamos qué futuro le espera al sector editorial.
Nunca he compartido ese tono casi apocalíptico con el que a veces se formula la cuestión. Da la impresión de que cada avance tecnológico trae consigo una nueva profecía sobre la muerte del libro. Primero fue la televisión. Después internet. Más tarde el libro electrónico. Luego los audiolibros. Ahora la inteligencia artificial. Y, sin embargo, aquí seguimos.
Lo que sí creo que está cambiando, y seguirá cambiando, es la manera en que consumimos las historias. Hace cincuenta años todo pasaba por el libro impreso. Hoy ya no. Hay muchas personas que no quieren volver al papel porque prefieren el libro electrónico. No renuncian a la lectura, simplemente han encontrado un formato que les resulta más cómodo. Viajan con cientos de novelas en un dispositivo que pesa menos que un libro de bolsillo, leen en la cama sin sujetar un volumen de ochocientas páginas y compran un título sin salir de casa.
Otros han descubierto los audiolibros. Durante mucho tiempo hubo quien los miró con cierto recelo, certificando que escuchar una novela era una forma inferior de leer. Sin embargo, cada vez hay más personas que aprovechan un trayecto en coche, un paseo o una sesión de deporte para escuchar una historia. No es exactamente la misma experiencia, pero sigue siendo una historia.
Y después están quienes han crecido consumiendo contenidos de otra manera. Los jóvenes que pasan horas escuchando podcasts quizá encuentren mucho más natural acercarse a un audiolibro que a una novela de tapa dura. No significa necesariamente que lean menos. Significa que sus hábitos culturales son distintos a los nuestros.
Tal vez dentro de unos años vuelvan a cambiar. Es posible que la inteligencia artificial transforme también la forma en que nos acercamos a la ficción. Quizá veamos adaptaciones personalizadas, experiencias inmersivas o formatos que hoy ni siquiera imaginamos. Sería bastante ingenuo pensar que la narrativa permanecerá al margen de esa revolución.
Pero la necesidad de escuchar historias no desaparecerá. Llevamos miles de años contándolas. Mucho antes de la imprenta, antes del papel e incluso antes de la escritura. Las historias viajaban de boca en boca, se contaban alrededor del fuego, pasaban de generación en generación y ayudaban a explicar el mundo. Después llegaron los manuscritos, los libros impresos, la radio, el cine, la televisión y las plataformas digitales.
Ha cambiado el soporte, no la necesidad. Quizá por eso no me preocupa especialmente el futuro del libro. Me preocupa, en todo caso, que sigamos creando buenas historias. Porque si existen buenos narradores, siempre aparecerá un formato dispuesto a llevarlas hasta sus lectores, oyentes o espectadores. Y sospecho que entonces volveremos a escuchar la misma frase de siempre: «El libro se está acabando». Puede ser. Pero las historias nunca lo harán.
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