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Opinión

El nombre de Dios en vano: servicios sociales, marketing y derecho a la ciudad

Si de verdad creemos que el derecho a la ciudad es un derecho universal, entonces no podemos aceptar que la calidad del espacio urbano sea un privilegio reservado para quienes consumen, trabajan o visitan el centro

  • Persona sin hogar en una imagen de archivo. -

Hay decisiones políticas que conviene discutir por lo que son y no por el relato que las acompaña y el traslado del albergue para personas sin hogar a un polígono industrial es una de ellas.

 

Durante estos días hemos escuchado repetidamente que las nuevas instalaciones serán mucho mejores que las actuales, hecho que quedó claro solo viendo las fotografías del nuevo espacio. Pero también hemos oído que no existía otra alternativa posible. Y, sobre todo, se ha insistido en que se trata de una decisión estrictamente técnica, ajena a cualquier modelo de ciudad. Es precisamente ahí donde empieza mi discrepancia.

 

Quienes llevamos años estudiando los procesos urbanos sabemos que las ciudades hablan. Hablan a través de sus calles, de sus inversiones, de sus equipamientos y también de aquello que deciden apartar de la vista. Ninguna decisión sobre dónde ubicar un servicio público es exclusivamente técnica. Elegir un lugar siempre significa expresar una determinada idea de ciudad. Por eso resulta difícil aceptar que el traslado del albergue responda únicamente a razones funcionales, porque este debate ya lo hemos visto antes. Menos aun si es un inmueble en alquiler y no depende de tus propiedades. 

 

Hace menos de cinco años Sevilla trasladó su centro de acogida desde el entorno del casco histórico hasta el polígono Hytasa levantando ampollas entre partidarios y detractores, momento en el que se generó un debate sobre el modelo urbano, como el que pretendo que tengamos aquí. Antes ocurrieron decisiones parecidas en otras ciudades. Cambian los gobiernos, cambian los argumentos y cambian las circunstancias concretas. Lo que apenas cambia es el patrón: la pobreza desaparece de los espacios centrales para reaparecer en ámbitos periféricos, industriales o alejados de la vida cotidiana. 

 

No creo que estemos ante una casualidad empujada por lo técnico, sino ante un modelo.

 

Y al hilo de la información y posterior debate de la jornada informativo debo aclarar: no afirmo que exista maldad en quienes toman estas decisiones. Hace tiempo abandoné el maniqueísmo, como San Agustín. Aprendí que lo malo no siempre aparece como una voluntad consciente de hacer daño, sino como una ausencia de bien, como una elección equivocada entre las muchas posibilidades que ofrece la libertad humana (eso a lo que llamó “libre albedrío” el obispo de Hipona). Por eso no me interesa juzgar las intenciones de nadie, sino las consecuencias para las personas sin hogar y las consecuencias de tapar los debates. Agradecería, en este sentido, mucho más la honestidad que el disfraz técnico. 

 

Si alguien considera que un centro histórico destinado al turismo, al consumo o a la imagen no debe compartir espacio con un recurso para personas sin hogar, prefiero que lo diga abiertamente. Podremos discrepar. Intentaré convencerle de que se equivoca. Pero al menos discutiremos sobre el verdadero asunto: qué ciudad queremos construir.

 

Y por último, me dio de nuevo coraje que durante la reunión se apeló a las convicciones cristianas para presentar la decisión como un gesto de humanidad y compromiso social.

 

No seré yo quien cuestione la fe de nadie. Pero sí me permitirán recordar algo mucho más antiguo que cualquier programa electoral. En el libro del Éxodo se nos pide no tomar el nombre de Dios en vano.

 

Tal vez también deberíamos recordar ese mandato cuando utilizamos el lenguaje de la caridad y la fe para justificar decisiones que, en realidad, pertenecen al terreno de la política urbana, a la ciudad terrena, siguiendo con San Agustín. Tan político como uniformar a las trabajadoras de la asistencia en la calle a personas sin hogar para que se vea y valore su trabajo, como recientemente ha sucedido. Tan político como usar la misma convocatoria en la que se explica el traslado al polígono industrial para anunciar que se cederán las instalaciones que se abandonan para uso vecinal. 

 

Si de verdad creemos que el derecho a la ciudad es un derecho universal, entonces no podemos aceptar que la calidad del espacio urbano sea un privilegio reservado para quienes consumen, trabajan o visitan el centro, mientras quienes más necesitan de la comunidad son desplazados hacia sus márgenes, por más que se mejoren los edificios que los acogen. 

 

Ese es el debate. 

Hay decisiones políticas que conviene discutir por lo que son y no por el relato que las acompaña y el traslado del albergue para personas sin hogar a un polígono industrial es una de ellas.

 

Durante estos días hemos escuchado repetidamente que las nuevas instalaciones serán mucho mejores que las actuales, hecho que quedó claro solo viendo las fotografías del nuevo espacio. Pero también hemos oído que no existía otra alternativa posible. Y, sobre todo, se ha insistido en que se trata de una decisión estrictamente técnica, ajena a cualquier modelo de ciudad. Es precisamente ahí donde empieza mi discrepancia.

 

Quienes llevamos años estudiando los procesos urbanos sabemos que las ciudades hablan. Hablan a través de sus calles, de sus inversiones, de sus equipamientos y también de aquello que deciden apartar de la vista. Ninguna decisión sobre dónde ubicar un servicio público es exclusivamente técnica. Elegir un lugar siempre significa expresar una determinada idea de ciudad. Por eso resulta difícil aceptar que el traslado del albergue responda únicamente a razones funcionales, porque este debate ya lo hemos visto antes. Menos aun si es un inmueble en alquiler y no depende de tus propiedades. 

 

Hace menos de cinco años Sevilla trasladó su centro de acogida desde el entorno del casco histórico hasta el polígono Hytasa levantando ampollas entre partidarios y detractores, momento en el que se generó un debate sobre el modelo urbano, como el que pretendo que tengamos aquí. Antes ocurrieron decisiones parecidas en otras ciudades. Cambian los gobiernos, cambian los argumentos y cambian las circunstancias concretas. Lo que apenas cambia es el patrón: la pobreza desaparece de los espacios centrales para reaparecer en ámbitos periféricos, industriales o alejados de la vida cotidiana. 

 

No creo que estemos ante una casualidad empujada por lo técnico, sino ante un modelo.

 

Y al hilo de la información y posterior debate de la jornada informativo debo aclarar: no afirmo que exista maldad en quienes toman estas decisiones. Hace tiempo abandoné el maniqueísmo, como San Agustín. Aprendí que lo malo no siempre aparece como una voluntad consciente de hacer daño, sino como una ausencia de bien, como una elección equivocada entre las muchas posibilidades que ofrece la libertad humana (eso a lo que llamó “libre albedrío” el obispo de Hipona). Por eso no me interesa juzgar las intenciones de nadie, sino las consecuencias para las personas sin hogar y las consecuencias de tapar los debates. Agradecería, en este sentido, mucho más la honestidad que el disfraz técnico. 

 

Si alguien considera que un centro histórico destinado al turismo, al consumo o a la imagen no debe compartir espacio con un recurso para personas sin hogar, prefiero que lo diga abiertamente. Podremos discrepar. Intentaré convencerle de que se equivoca. Pero al menos discutiremos sobre el verdadero asunto: qué ciudad queremos construir.

 

Y por último, me dio de nuevo coraje que durante la reunión se apeló a las convicciones cristianas para presentar la decisión como un gesto de humanidad y compromiso social.

 

No seré yo quien cuestione la fe de nadie. Pero sí me permitirán recordar algo mucho más antiguo que cualquier programa electoral. En el libro del Éxodo se nos pide no tomar el nombre de Dios en vano.

 

Tal vez también deberíamos recordar ese mandato cuando utilizamos el lenguaje de la caridad y la fe para justificar decisiones que, en realidad, pertenecen al terreno de la política urbana, a la ciudad terrena, siguiendo con San Agustín. Tan político como uniformar a las trabajadoras de la asistencia en la calle a personas sin hogar para que se vea y valore su trabajo, como recientemente ha sucedido. Tan político como usar la misma convocatoria en la que se explica el traslado al polígono industrial para anunciar que se cederán las instalaciones que se abandonan para uso vecinal. 

 

Si de verdad creemos que el derecho a la ciudad es un derecho universal, entonces no podemos aceptar que la calidad del espacio urbano sea un privilegio reservado para quienes consumen, trabajan o visitan el centro, mientras quienes más necesitan de la comunidad son desplazados hacia sus márgenes, por más que se mejoren los edificios que los acogen. 

 

Ese es el debate. 

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